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Hacia 1895, mi abuelo don Ciriaco Emiliano Lorda, compró una pequeña estancia en la provincia de Buenos Aires, Departamento de Trenque Lauquen, a pocos kilómetros de la ciudad del mismo nombre y la explotó junto con su esposa Erminda y su hijo Guillermo, dedicándose mayormente al cultivo de árboles frutales. Llamó a la estancia con su propio nombre: “Establecimiento Don Ciriaco” y así, con los años, fue ampliamente conocida en la zona, o simplemente como “Estancia don Ciriaco”.

Sólo fui a visitarlo, cuando me llevaron mis padres cuando era niño. Después no lo visité jamás, por mi trabajo y porque nunca me gustó el campo y tampoco nos llevábamos demasiado bien, aunque nos veíamos cada vez que él o su hijo Guillermo venían a Buenos Aires.

Soy viudo hace unos cuantos años. No tengo hijos y jamás volví a casarme. Nunca conocí a otra mujer como la que me arrebató el cáncer, y después de algún tiempo me resigné a la soledad.

Me ha contactado un estudio jurídico, comunicándome que falleció mi tío Guillermo y, siendo su único pariente y heredero, debo presentarme en el juicio sucesorio y eventualmente disponer que ha de hacerse con la Estancia Don Ciriaco.

Estoy en el tren que me dejará hoy mismo en Trenaue Lauquen, relativamente cerca del límite con la Provincia de la Pampa, a 170 kilómetros de Santa Rosa. Es un día hermoso de fines de noviembre y veo kilómetros y kilómetros de gordas espigas de trigo, dobladas por el peso del grano y que parecen un mar dorado meciéndose con el viento.

Me fue a buscar a la estación Hugo, el encargado de la estancia, en la vieja camioneta de mi tío. La casa y la estancia lucen algo deterioradas. El tío Guillermo últimamente no se dedicaba mucho al campo por su enfermedad.

Hay dos peones que han vivido en la estancia y trabajado allí toda su vida. Los dos se llaman Hugo el padre ya nombrado con su esposa Amanda y Huguito el hijo de ambos. Tenemos una huerta para consumo familiar, 4 caballos con nombres exóticos: Rose, Lady, Gipsy y Giant. Los tres primeros son caballos de silla o sulky y Giant para tiro.

Hay además algunas vacas, y tienen cerdos y gallinas. Son autosuficientes en cuanto a alimentos, porque también hay una huerta familiar bien variada.

En cuanto a la explotación, tienen 25 Ha ocupadas por árboles frutales, duraznos, que cuando se cosechen dejarán un ingreso interesante, me dice Hugo

Hugo que es quién se encarga de la huerta, pero –según me explica- en cuanto a los duraznos, hay que esperar el momento justo para cosecharlos, que es cuando los duraznos están en plena maduración y presentan una coloración amarillo verdoso o crema ligera y brindan un aroma que es característico de esta etapa de la maduración. No deben recogerse verdes porque, a diferencia de otras frutas, los duraznos fuera de la planta no maduran.

Hicieron un inventario cuando me entregaron la posesión de todo esto, pero la verdad es que lo firmé sin leer, así que no se bien con que voy a encontrarme en la casa.

Es una típica casa de estancia, amplia, con varias habitaciones. Un enorme tanque australiano alimentado por un molino de viento provee agua para los frutales, si las lluvias no son suficientes. Dicen que en verano es una delicia refrescante zambullirse en sus aguas.

Hay una biblioteca ordenada y numerosa, pero me llama la atención que casi todos los libros y revistas tratan un solo tema: la conquista del desierto. En una caja de madera encuentro mapas militares y documentos de la época. Además un sobre de papel madera que dice: “Carta del Soldado” y contiene la carta de un soldado a su madre, contándole sus experiencias en el fortín, aunque jamás llegó a enviarla: está manchada con lo que parece ser sangre, tal vez su propia sangre.

En un soporte sobre la pared, veo un viejo fusil, y enmarcado al lado, un cartelito, escrito a máquina que dice:

Durante la a Campaña del Desierto (1878-1885) aparecen los fusiles Rémington. Este armamento será decisivo en la embestida final contra los pueblos nativos. Estos dispositivos son la tercerola corta, la carabina larga y el fusil modelo 1879, denominado “Patria”, que fue la primer arma reglamentaria del Ejército Argentino. La llamada Conquista del Desierto puede entenderse como un proceso que, en cierta forma, comenzó en el Periodo Colonial, marcando una línea de fortines para contener el avance de los malones. Con la ocupación de La Pampa, el Chaco y la Patagonia, se termina la consolidación del Estado Nación.

Hay otra caja que contiene huesos humanos, cada uno etiquetado con la descripción anatómica, que efectuó un Dr.Daniel Silva en un informe forense que le encargó mi tío. Allí dice que fueron recogidos en este mismo campo. Me llamó la atención un cráneo que presentaba una fea fractura en el parietal izquierdo con hundimiento redondeado del cráneo, que según el examen forense del Dr.Silva le causó la muerte y fue producida seguramente por un bolazo.

Según el mismo informe, los distintos huesos encontrados corresponden a siete diferentes personas, todas jóvenes del sexo masculino y todas militares, presunción basada en que los restos se encontraron junto con botones metálicos de uniformes y hebillas de cinturón con el número 3 estampado, que corresponde al número del regimiento que hizo campaña en estas tierras, el 3 de Línea. En el mismo informe, el Dr. Daniel Silva, le pide a mi tío que entregue los huesos al museo arqueológico o que los sepulte en el campo donde fallecieron.

Supongo que mi tío Guillermo no llegó a decidir que hacer con ellos y por eso están todavía en esta caja. Es algo que tendré que resolver yo mismo.

Suficiente por hoy. Me pasé todo el día con este asunto, estoy hasta aquí de indios, fusiles y malones. Mañana veré que hago.

A la mañana siguiente, muy temprano me despierta Hugo. Ha venido a visitarme, una mujer de cierta edad, de un porte digno, hasta diría que muy bonita a sus años, muy tostada por el sol, bien vestida, que ha sido maestra de escuela rural en la zona toda su vida. Huguito aprendió las primeras letras con ella y la saluda muy respetuosamente. Es la señora Mercedes Requejo.

Le pido a Huguito que prepare el mate y luego de presentarnos nos sentamos al reparo del alero de la casa. Es un deleite el aroma fresco del campo, todavía húmedo por el rocío y la sinfonía que brindan los trinos de las aves.

Ella entra de lleno en el tema. Casi no me deja hablar. Domina perfectamente el arte de la conversación en público, seguramente por sus largos años al frente del aula y habla con una fluidez extraordinaria.

Después supe que había incursionado en política, aunque no por mucho tiempo, porque –así me comentaron- siendo mujer de sólidos principios éticos y personalidad incorruptible no habrá tolerado ciertos usos y costumbres que son práctica común entre nuestros políticos.

Es cultísima, capaz de brillar por su inteligencia y locuacidad en cualquier ambiente. Tengo que contener la risa cuando, interiormente, pienso que el marido de esta mujer, jamás habrá ganado ninguna discusión contra semejante oradora.

- Me dicen que Ud. se hizo cargo de los asuntos de don Guillermo Lorda. Si es así, vengo a pedirle que cumpla con los que yo se eran sus deseos, Yo lo ayudé en muchas de sus investigaciones y muchas de las evidencias de campo, incluyendo los restos óseos, las encontramos juntos, escarbando aquí y allá en la propiedad
- Eso no lo sabía señora, dije

- El quería inhumar los restos aquí mismo y donar todos sus libros a la biblioteca del pueblo, que tiene una sección especializada en la conquista del desierto. Trenque Lauquen –continuó- fue fundada por el coronel Villegas, quién fijó aquí su centro de operaciones.

- Me parece bien donar los libros a la biblioteca –dije- aunque creo que es ilegal hacer inhumaciones privadas. Apenas me escucha y sigue

- Guillermo también quería colocar un monolito en la alambrada que da sobre la ruta, cerca de la tranquera de entrada, en homenaje a los caídos en la batalla que tuvo lugar en estas tierras.

- También estoy de acuerdo, dije

En cuanto a los objetos, don Guillermo pensaba donarlos al museo de Trenque Lauquen

No hay problema. No se me ocurre ningún lugar mejor para dejarlos, contesté.

- Gracias señor ha sido muy amable y comprensivo. Ahora quiero hacerle un pedido personal y muy especial para mí.

- Yo se que hay una carta escrita por un soldado dirigida a su madre que jamás se envió. Yo quiero pedirle que me la entregue para conservarla, porque según nuestra tradición familiar contada por las abuelas, un antepasado nuestro podría haber muerto en la batalla que se libró en este mismo campo. Su tío don Guillermo me había dicho que me la entregaría, siempre que yo prometiera conservarla en mi poder mientras viviese, dejando instrucciones para que fuera entregada al museo después de mi muerte.

- ¿Leyó Ud. la carta? me preguntó

- No señora, todavía no, pero cuente con que le entregaré la carta después de leerla, ya que a Ud. se interesa tanto por estos temas.

- Claro que me interesan, llevo 25 años estudiando todo esto. Su tío Guillermo también se interesaba en estos estudios. ¿Sabe quién fue el fundador de Trenque Lauquen?, preguntó

- No lo se, dije

- Fue el coronel Villegas, dijo, y volvió a preguntar ¿conoce algo de la historia del coronel Villegas?

Se le iluminó el rostro cuando dije que no conocía su historia. Había tocado su tema favorito, pensé. Y comenzó una disertación magistral, más digna del Aula Magna de alguna universidad famosa que del alero de una casa en el medio del campo donde estábamos.

- Debe comenzar por saber que en marzo de 1875, es nombrado Jefe de la Frontera Norte. Desde ese momento intervino en muchas acciones de guerra contra los indígenas. El 26 de enero de 1876, Villegas y su Regimiento combaten contra una coalición de indígenas de Namuncurá, Baigorrita, Pincén e indios chilenos y ranqueles que invadieron Tapalqué. Obtiene, con sus tropas una victoria importante y se gana las felicitaciones del Presidente de la República por esa acción.

- No lo sabía, dije un poco apabullado por su erudición y continuó:

- Los héroes que llevaron adelante la conquista del desierto han sido acusados de genocidio, pero hay que aclarar que los genocidas eran los ranqueles, ya que no eran ellos los primitivos habitantes nativos, pues la mayoría de ellos había llegado desde Chile, masacrando o esclavizando a las poblaciones locales. No digo que eran chilenos, porque en rigor constituían una nación distinta de la República de Chile. Estos invasores, buscando suelos con caza más abundante que los del otro lado de los Andes, expulsaron sangrientamente a los habitantes de estas llanuras, los llamados "pampas" por los argentinos. El mayor causante de tal atrocidad fue el cacique Juan Calfucurá, y continuó

- Del coronel Villegas, uno pensaría que era un ser excepcional, pero era un hombre como había muchos en aquella época. Un mes de junio, en cercanías del actual pueblo de Fortín Olavarría, tuvo un encuentro con los indígenas, del que salió vivo por milagro: con diecisiete lanzazos en su espalda llegó abrazando el cogote de su caballo a la Comandancia.
- No.crea que fue el único caso de valor. En esa época todos eran de ese temple.

Disculpe, dijo, y se levantó para ir a la biblioteca y traer un libro. Buscó rápidamente una página en el libro y continuó, escuche lo que el comandante Prado ha dejado escrito:

- “Aquellos hombres habían perdido el instinto de conservación. El campo se les hacía orégano y pensaban que no había en el mundo nada capaz de resistir al empuje de sus brazos ni al filo de sus sables. Era raro el combate con los indios en que no se registrara alguna victima por temeridad” y más adelante “El que no era heroico en grado extraordinario, el que no hacía alarde de bravura en esa guerra, no merecía llevar galones. Y así rivalizaban en locura de valor, Y como los jefes eran valientes hasta lo fantástico, así los oficiales y la tropa los imitaban”

Mercedes hizo una pausa para tomar el mate que le ofrecía Huguito. Gracias... ricos como siempre, y mirándome dijo -nadie ceba mate como Huguito. Después continuó

- Años después el coronel Villegas recibe permiso para viajar a Francia, gravemente enfermo, para ser atendido por un grupo de especialistas entre ellos el famoso profesor Broca, cuyo nombre se asocia a un área del cerebro que él identificó (área de Broca) que controla las funciones del lenguaje. Pese a los cuidados de los mejores médicos, nada pudo hacerse. El coronel finalmente falleció, a la edad de 43 años. A los médicos franceses les asombró que hubiera podido sobrevivir a las 54 heridas de arma blanca que reconocieron en su cuerpo, la mayoría de la cuales, si no todas, se habrán infectado seguramente.

- Y a pesar de los 25 años que llevo estudiando esto, hay todavía una pregunta que no he logrado responder, y es la siguiente: ¿Por qué hoy somos un país de rodillas, decadente, sin orgullo nacional, sin proyecto de país?

- Me indigna que nadie conozca nuestra enorme y gloriosa historia y a nadie le importa. El libro “La Guerra al Malón” del comandante Prado, que recién he citado, debería ser de lectura obligatoria en todas las escuelas.

- Somos un país de ignorantes, de enanos mentales, indignos descendientes de aquella raza de gigantes de la que procedemos y que dejaron regada generosamente su sangre en cada lugar que conquistaron para nosotros, llevando las fronteras desde Olavarría, Sauce Corto, la Blanca Grande, 25 de Mayo, Junín, Pergamino con un impulso tan grande que los llevó hasta el extremo sur del territorio y si no fueron más allá, fue porque Dios dispuso que el continente terminase en el Cabo de Hornos.

- Otro ejemplo y ya termino me dice la señora Requejo –tomando otro mate- aunque está tan entusiasmada que dudo que vaya a terminar pronto. No importa, sigo fascinado con ella y con el entusiasmo contagioso del relato.

- Un día –continúa- el ministro de Obras Públicas, doctor Civit, encarga al ingeniero Cipolleti el estudio hidrográfico de un “pequeño rincón” de la conquista realizada por el general Roca en 1879, y el señor Cipolleti manifiesta que ese pedazo de suelo, capaz de convertirse en una huerta valenciana, es casi tan grande como el territorio de Francia.

- El indio no era un vecino amable, como son hoy, por ejemplo, los uruguayos, era un vecino que saqueaba, incendiaba y capturaba mujeres y ganado, degollaba o cautivaba a todos los infelices que cayeran en sus manos y sometía a las mujeres como esclavas sexuales o bestias de carga. Ni siquiera eran originarios de nuestro territorio. Se consideraban chilenos y -como ya le comenté- lo eran de origen: habían invadido el territorio y masacraron a las verdaderas poblaciones originarias.

- Por eso me enferma que algunos imbéciles –perdone la expresión- hoy en día llamen a Roca genocida. Los procesos históricos no deben juzgarse de acuerdo a los principios morales actuales. Hay que aplicar lo que estaban vigentes en cada época y nadie en aquél entonces llamó genocida al General Roca, al contrario: el prestigio que le dio su éxito en la campaña, le valió la presidencia de la republica.

- Por supuesto que hubo muertes inocentes en la campaña. Son lamentables, pero no se olvide que se libró una guerra y en una guerra las víctimas inocentes, resultan inevitables. Pero también rescataron cientos de mujeres esclavas en los toldos.

- No fue una guerra de agresión, sino una acción defensiva. Ya no era el indio quien vendría a quemar las poblaciones cristianas Ahora el soldado era quien caería de improviso sobre el toldo, y rescataría millares de cautivos que gemían en la esclavitud. Bien mirada, la campaña del desierto puede verse como un malón a la inversa, ¿no le parece? Y levantándose dijo ahora me retiro. Gracias por su atención.

- Gracias por su visita, señora, le contesté, pronto tendrá noticias mías.

Me dejó pensando. Confieso que nunca me había preocupado demasiado por estas cuestiones y que, sin embargo, apasionaban a mi tío y a la señora Mercedes. Obviamente soy uno de los enanos mentales que enfurecen a Mercedes.

Me pregunto si en esas reuniones de estudio y en esas salidas al campo, buscando artefactos arqueológicos, habrán tenido alguna pausa romántica. Como dije, ella es todavía hoy una mujer atractiva y de una gran inteligencia y cultura, lo que la hace más fascinante, y esto, seguramente, no le habrá pasado desapercibido al tío Guillermo, que si bien era un solterón empedernido, tampoco era lerdo con las mujeres, según comentaban en la familia.

Era viernes y decidí esperar hasta el lunes para tomar cualquier decisión. Busqué la carta entre el mazo de mapas y documentos, Quería leerla para después entregársela a Mercedes como había prometido.

Estaba escrita con letra trabajosa y en varias hojas de distintas clases de papel, lo que consiguió en el momento para escribir. Eso me hace pensar que no la escribió de un tirón, sino a medida que le fue posible. No tiene fecha y dice así:

“Madre la saluda su hijo Marcial, ahora aspirante en el 3 de línea “Desobedientes”, también llamado el 3 de Fierro, a órdenes del Coronel Villegas. Bien de salud, y los extraño mucho a todos. Extraño los mates que tomábamos cada mañana con usted madre y con mis hermanas y hermanos.

Madre que no diera yo por unas tortas fritas hechas por sus manos. Acá nos dan galleta con te pampa, de un sabor muy amargo. La galleta es vieja y rancia y eso cuando hay, porque generalmente desayunamos tortas de harina sin sal, cocidas al rescoldo.

Llegamos al campamento el día de San José, el 19 de marzo, aunque no sabría decirle donde estamos ni que día es hoy. Solamente que estamos a campo abierto y hace mucho frío de noche.

El tren nos dejó en Chivilcoy, donde está la cabecera del ferrocarril Oeste. De ahí, con otros aspirantes seguimos en galera hasta el último puesto y luego cabalgamos durante días.

Hasta que ¡por fin! una noche -¡Al paso! -nos gritó una voz- y poniendo al tranco las cabalgaduras pasamos por delante de la guardia de prevención. Habíamos llegado. Cuarenta o más fogones iluminaban la escena. Se asomaban de las carpas los soldados para observarnos, con alpargatas unos; con botas de potro los demás; con el pelo largo, las barbas crecidas, la miseria en todo el cuerpo y la bravura en los ojos.

Nos reunió un mayor a todos los aspirantes y dijo:

“Empiezan ustedes una carrera muy difícil. Hay que ser guapo, resuelto y subordinado. Aquí no hay reclamo ni disculpa. El superior manda; y, tuerto o derecho, es preciso obedecerlo. Les advierto que el de arriba tiene siempre la razón. En la vida que llevamos se come cuando se puede y se come lo que le dan; se duerme como la grulla en una pata, y con un solo ojo como el zorro. La murmuración es una falta gravísima y los reclamos son delitos que no se perdonan jamás. Ahora van a darles el armamento y el uniforme. Los destinaremos a una compañía y mañana temprano empezaran el servicio”

Me aconsejaron los soldados viejos que lo primero que hay que aprender es el nombre de cabos, sargentos y oficiales. Es falta equivocarse al nombrarlos. En esa primera noche, churrasqueamos yegua, que era la comida habitual de todos los días. Si había suerte, un alón de avestruz... o nada a veces.

Somos ocho en la carpa y me llevo bien con todos, en especial con el aspirante Sotelo, Enlazador y jinete incomparable, para ayudar a voltear un animal siempre estaba listo y preparado.

Ay madre, y yo que creía ser un buen jinete, pero he visto aquí algunos que no necesitan apearse para levantar un real del suelo.

Y aunque no lo crea madre, le cuento que mi amigo el recluta Sotelo, los lunes, el día que la gente lleva velas de sebo a las tumbas de sus seres queridos, sale de noche, pasada la retreta, con una bolsa al hombro y... al cementerio, ya que como él dice, si una vela no basta para aliviar el alma de ningún difunto, alcanza en ocasiones para dar de comer a un vivo, y recoge todos los cabos que halla a mano, y vuelve cargado de grasa para un suculento guiso o un puchero de yegua, con choclos y zapallos si hay suerte, lo que sucede pocas veces.

Hoy llegó el coronel Villegas y sus cuerpos lo saludaban dándole la bienvenida. Nos hicieron ir a los nuevos con un grupo de oficiales que se dirigían a la comandancia para llevar sus saludos. Apenas nos vio el coronel, dirigiéndose al mayor Sosa le preguntó:

- ¿Como se portan los nuevos? Preguntó el Coronel

El mayor Sosa hizo elogios sobre nosotros y el coronel nos felicitó a todos y dijo que fuéramos aplicados y que si éramos perseverantes en el estudio y con el tiempo, llegaríamos a ser oficiales.

Mañana madre tendré mi primer encuentro con el indio. A las órdenes del mayor Rafael Solís atacaremos los toldos del cacique Pincén. Nos dieron cien tiros a cada uno y charque para diez días.

Salimos al amanecer y ya se imaginará la impaciencia que tenemos todos porque llegue ese momento. A la vuelta madre, le seguiré contando la vida en el fortín y haré que se sienta orgullosa al saber como se ha comportado su hijo Marcial en su primera acción como aspirante del 3 de Línea

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Aquí termina la carta. Quedé profundamente conmovido y angustiado por el terrible destino de esta madre y su hijo. Ese fue el primero y el último encuentro del aspirante Marcial, porque no continuó la carta que está manchada, como ya dije, con sangre, tal vez la suya. Supongo que habrán encontrado la carta en los bolsillos de su chaqueta cuando enterraron el cadáver.

Pasé el fin de semana preocupado, pero poco a poco, fui entendiendo lo que tenía que hacer. Le hice avisar a la señora Mercedes Requejo que deseaba verla el lunes por la mañana. Podíamos desayunar el comedor del hotel y planificar bien el día.

¿El desayuno? Un descomunal tazón de café con leche, bien a lo campo, acompañado por tostadas con manteca y dulce de leche. Un manjar.

Allí le entregué la carta de Marcial. Se emocionó hasta las lágrimas y la guardó cuidadosamente en su cartera. Yo tenía los libros de mi tío en la camioneta y los llevamos juntos a la biblioteca.

Los restos humanos, por los cuales yo había comenzado a sentir un respeto reverente, se los entregamos al cura párroco, que conocía y apreciaba mucho a Mercedes y también, por supuesto al tío Guillermo.

Luego de explicarle su origen y viendo el informe del Dr.Silva, consintió en depositar los huesos en el osario y cinerario que funciona en una cripta construida en el sótano, debajo del altar mayor. Un lugar digno para el eterno reposo de estos héroes anónimos. Bendijo los restos y le prometió a Mercedes pedir por ellos en las misas del domingo.

No quise hacer una inhumación ilegal que por serlo, habría tenido que realizarse en secreto y a escondidas. Yo había comenzado a tener conciencia de la enorme gesta que se había desarrollado en estas tierras y pensé que estos valientes merecían otra cosa Mercedes estuvo muy de acuerdo con esto.

Al día siguiente le doné la estancia a Hugo. Fuimos al escribano y allí firmé los documentos, quedando a su cargo los gastos y honorarios que hubiera, utilizando para esto los ingresos de la cosecha, ya próxima. Le puse sólo una condición: que no la venderla jamás, para que a su debido tiempo pasase a manos de Huguito y su descendencia. Por supuesto aceptó encantado.

Un par de días después, me entregaron las cruces que había encargado a la marmolería de la ciudad. Finalmente, en la alambrada perimetral que da a la ruta, cerca de la tranquera principal, hice colocar estas siete cruces de un blanco deslumbrante, suficientemente altas para que las vieran desde la ruta nacional que pasa frente a la propiedad, alineadas en forma paralela al alambrado y a metro y medio una de otra. En cada cruz hice colocar una chapa de bronce con esta leyenda:

En homenaje a los bravos del 3 de Línea que aquí dieron la vida

Hicimos una pequeña ceremonia al colocarlas, a la que concurrió Mercedes por supuesto y mucha gente que yo no conocía.

Todos llevados por un fervor patriótico que ya no se ve en Buenos Aires. También autoridades municipales y una delegación del Regimiento 3 de Caballería, con asiento en Trenque Lauquen.

Un trompa del Regimiento ejecutó el toque militar fúnebre El Silencio, una melodía de infinita tristeza que me puso, y a todos, la piel de gallina.

Muchos –Mercedes entre ellos- lloraron de emoción. Y no me avergüenza decir que yo también lloré. Fue un momento de intensa solemnidad.

Ya podía volver a mi tranquila vida de siempre. En el tren, rumbo a mi casa en Buenos Aires, comencé a sentir una paz interior y un profundo respeto por mi pertenencia e identidad, algo que no había experimentado jamás antes: el orgullo ser argentino.

Durante algunos años mantuve una afectuosa correspondencia con Mercedes Requejo. En una de ellas me contó que Hugo y el hijo trabajaban muy bien la estancia y siempre me mandaban saludos. Más adelante supe que esta gran mujer había fallecido. No fui a la inhumación, porque, para decir la verdad, evito estos tristes momentos.

He pensado mucho en las palabras que Mercedes me dijo el día que nos conocimos. Y he llegado a varias conclusiones y por eso a ninguna en realidad. Tiene razón Mercedes Requejo cuando dice que hoy parecemos una raza de enanos que sin embargo descienden de gigantes.

Pero porque somos sus descendientes, llevamos sus genes y –estoy seguro- nuestro legado se hará presente en el momento que más lo necesitemos. Simplemente, somos un gigante que ha extraviado el camino y desorientado, por el momento duerme, hasta que sucederá algo que nos despertará y recuperaremos la altura que alcanzaron los que nos precedieron en el camino de la vida. Algún día, estoy seguro haremos honor a nuestro linaje,

Los argentinos resultamos difíciles de comprender. El general Roca extendió el suelo patrio en un treinta por ciento más. En cualquier latitud, a quién lograra seméjate adquisición para su país se lo consideraría uno de los máximos héroes de su historia.

Pero aquí no sucede lo mismo. Se vandaliza su estatua ecuestre. Se lo denigra y nadie responde ni hace nada. Es cuestionado por personajes impresentables y con argumentos que no resisten el menor análisis que, sin embargo, son repetidos mecánicamente y si el menor conocimiento por una serie pseudointelectuales “progres” que son seguidos dócilmente por jóvenes que consideran que ser contestatarios y de izquierda queda bien
Las redes sociales de comunicación les facilitan esta prédica ignorante. Y como bien señala Umberto Eco, "las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que antes hablaban solo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles"

Ahora me apercibo que se me escapó la mula, decía Mercedes cuando se iba de tema, como yo ahora. Volviendo al relato, quiero decir que desde que instalamos las cruces, mucha de la gente que circula por la ruta, se detiene al verlas y siempre dejan al pie de cada cruz un ramito de flores silvestres.

A la vuelta de los años, la estancia Don Ciriaco, pasó a ser conocida en la zona como ”La Estancia Siete Cruces”.

Cuando Hugo, telefónicamente, me puso al tanto de esto, me produjo una emoción que hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Puedo decir que sentí una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida, y que me perdone mi abuelo Ciriaco por haberle cambiando el nombre a la estancia.


Texto agregado el 12-07-2017, y leído por 64 visitantes. (4 votos)


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