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El alférez Pinillos estaba de enhorabuena. Su excelente dominio del idioma alemán había inclinado la balanza y finalmente era elegido guía de los inspectores recién llegados. Estos formaban parte de una misión del Alto Mando Alemán cuyo objetivo era investigar cuánto había de cierto en los insistentes rumores sobre la inexistencia de un mínimo de disciplina dentro de los batallones españoles.

Él no había sido de los primeros voluntarios en alistarse a la División Azul. Hacía más dos años, justo dos días después de que los nazis invadieran el territorio ruso, Serrano Suñer había realizado el llamamiento. El todopoderoso ministro de exteriores del Régimen, mano derecha y cuñado del dictador, había proclamado a voz en grito: “Rusia es culpable. Su exterminio es una exigencia de la historia y del porvenir de Europa”. Pero, aunque tardara en incorporarse a las tropas nacionales que combatían el comunismo en el propio suelo ruso, su compromiso con la causa era total. Estaba plenamente convencido de la altura y nobleza de los ideales que movían su lucha y la de todos sus camaradas: la defensa del Cristianismo y de la Civilización Occidental.

Sólo llevaba unos meses en el frente de Leningrado, pero durante los mismos había quedado patente tanto su coraje, como su capacidad de mando y su sentido de la estrategia. Todo ello, unido a su reciente designación como informador de los inspectores alemanes, hacía que tuviera motivos para sentirse contento. Sin embargo, Pinillos no lo estaba. Aunque las motivaciones de la guerra pudieran ser puras, la guerra como tal era un asunto vil y sucio. No era sólo el hambre atroz, que a todas horas le acompañaba, y el frío extremo, que se le adhería como una segunda piel. Era, sobre todo, la contemplación espantada del dolor, la devastación y la muerte. Su paisaje diario, o al menos la parte de él que más percutía en su estado de ánimo, era una sucesión infinita de desharrapados, minusválidos, moribundos y cadáveres.

Mientras acompañaba al capitán alemán que inspeccionaba el batallón, Pinillos se puso a tararear una música sumamente triste, el tercer movimiento de la tercera Sinfonía de Brahms. De repente, cuando más ensimismado estaba, se dio cuenta de que el oficial alemán le seguía en su canturreo. Al poco, éste se dirigió a él.
- ¿Así que usted conoce la música de Brahms, ese insigne compositor, esa gloria nacional, ese orgullo de todos los alemanes?

- No sólo la conozco, sino que la adoro. Adoro sus sinfonías. Son realmente sublimes. Pocas veces habrá alcanzado el ser humano semejante grado de perfeccionamiento.

- No sabe cómo me satisface oír sus palabras. No esperaba encontrar a un español tan aficionado a la música clásica. Y menos aún en estas circunstancias, en el frente de batalla. Aunque soy profesor de filosofía, mi pasión es la música. Sobre todo, Brahms.

- Supongo que también tocará un instrumento, ¿no?

- Sí. Soy clarinetista de la orquesta de Friburgo, mi ciudad natal.

- No hará falta entonces que le pregunte si conoce el quinteto para clarinete de Brahms. Qué maravilla.

- ¿Qué si lo conozco? No es que lo conozca. Es que lo siento. Lo vivo. Cada vez que lo interpreto, me invade la emoción y se me hace un nudo en el estómago. A menudo me quedo sin aire para seguir soplando el clarinete. Alguna vez incluso he terminado llorando como un niño.

- Veo que le gusta.

- Sólo hay un quinteto para clarinete que puede comparársele.

- Creo que sé de lo que me habla.

- ¿No se estará usted burlando de mí?

- ¿Burlando? Qué va. Perdone la familiaridad. Creo estar hablando con un alma gemela y eso hace que me exprese informalmente. En España decimos que la confianza da asco. Intentaré ser más respetuoso en adelante. Lo que quiero decir es que sé a qué otro quinteto se refiere.

- ¿A qué otro quinteto me refiero?

- Al de Mozart, naturalmente.

- Naturalmente. Mozart, otro alemán egregio.

- No se moleste usted, pero tengo entendido que era austriaco.

- No me provoque. Austria y Alemania son exactamente lo mismo. Austria es Alemania. Y Alemania también es Alemania. Luego son lo mismo.

- No sé qué decirle. Lo mismo, lo mismo…

- Bien pensado, puede que tenga usted razón. En cualquier caso, serían diferencias de matiz. La música de Mozart quizá sea demasiado sensible, demasiado sutil, demasiado…femenina, si me acepta el término. En ese aspecto, es forzoso reconocer que estaría lejos de la grandiosidad de la música no sólo de Brahms, sino también de Bach, de Beethoven o de Wagner.

- ¿Y qué me dice la música moderna? ¿No encuentra algo bueno en lo nuevos ritmos? ¿Le gusta el jazz?

- En confianza le diré que me encanta Benny Goodman. Lástima que sus discos sean prácticamente inencontrables en Alemania. Es verdad que el jazz, en su origen, es música negra, pero yo creo que lo que hace este hombre con su orquesta son palabras mayores. Yo le perdonaría.

Siguieron hablando durante un largo rato. En su dictamen a las autoridades alemanas, el oficial alemán descartó cualquier preocupación por la indisciplina en la División azul y recomendó expresamente el ascenso de Pinillos, cosa que sucedió a los pocos días. Unas semanas después, Pinillos fue premiado asimismo con la posibilidad de pasar unos días en Narva, un pueblo de la retaguardia donde el ejército alemán organizaba un baile para sus oficiales.

Mientras el flamante teniente Pinillos y el capitán melómano con quien había entablado amistad entraban en Narva, se cruzaron con una formación de hombres dirigida por tres o cuatro miembros de la SS. Todos presentaban un aspecto lastimoso. Estaban demacrados, pálidos, esqueléticos, casi cadavéricos. Su mirada transmitía una tristeza infinita. Más que una mirada de terror o de pánico, era la mirada de los que han capitulado, de los que se han resignado, de los que ya nada esperan. No bien pasaron de largo, Pinillos le preguntó al alemán quienes eran, adonde se dirigían y el porqué de su patética apariencia. El capitán, asombrado de tamaña exhibición de inocencia, le dio un codazo de complicidad y, con tono socarrón, comentó: “Tranquilo, son sólo judíos”.

A los pocos meses, Pinillos regresó a España. Una Cruz de Hierro adornaba su guerrera. Una pena enorme desgarraba su corazón.

(Basado en el relato “Narva”, en el cual Antonio Muñoz Molina cuenta las experiencias de Jose Luis Pinillos en la División Azul)

Texto agregado el 31-12-2016, y leído por 82 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
01-01-2017 Buen cuento graciaspor compartirlo. EN EL FORO TALLERES "ELsentido de la vida rhcastro comenta tu texto. Acércate y dialoga con ella si te parece . nINIVE
31-12-2016 Buen relato... CalideJacobacci
 
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