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Por los caminos del Inca Por: Alfredking
Corría el año 2003, en una mañana templada y brillante, luego del desayuno salí desde la
serrana ciudad de Ayacucho ubicada al este de Lima, república del Perú, rumbo a nuestro
campamento de obra de Paco Bamba, distante a unos 130 kilómetros ubicada en plena
cadena de los Andes. Ayacucho es una típica ciudad colonial, que conserva su arquitectura
antigua. En las callecitas de su casco histórico, gratamente nos podemos encontrar con
amplios portones de madera que invita a trasponerlos para sorprendernos con pintorescos
patios interiores. En sus vetustas recovas estilo español, abundan agradables restaurantes y
negocios de artesanía, en medio de abundante y exótica vegetación.
La ciudad además, posee una universidad, según información que pude recabar de los
lugareños, en la misma germinó el sanguinario y temible grupo guerrillero Sendero
Luminoso. Triste currículo.
El camino hacia la alta montaña no es aburrido, ni mucho menos, al principio hay mucha
arboleda y muchas montañas por donde discurren los maltratados senderos intercalados
por tramos pavimentados y de ripio, más de lo segundo. A pocos kilómetros se atraviesa la
ahora famosa Pampa de Ayacucho. Este sitio está convertido en un gran parque nacional y
en sus verdes praderas aún se siguen encontrando balas de cañones, sables y mosquetes
enterrados, mudos testigos de la cruenta batalla entre los americanos y españoles. (1)

(1): Con San Martín ya retirado del Perú, el héroe de la victoriosa batalla a favor de los americanos fue el
Mariscal Antonio José de Sucre. Relatan las crónicas que Simón Bolívar, dejando en claro que jamás se
enemistó con San Martin lo arengó con estas palabras: “Tenga en cuenta que Genio de San Martín nos hace
falta y sólo ahora comprendo por qué cedió el paso, para no entorpecer la libertad que con tanto sacrificio
había conseguido para tres pueblos. Esa lección de táctica y de prudencia que nos ha legado este gran General
–le dice finalmente Bolívar a Sucre- no la deje de tomar en cuenta V.S. para conseguir la victoria”.

Serpenteaba con mi camioneta Mitsubishi 4x4, con cambios de tracción manual. Conocía el
camino, sin embargo era la primera vez que viajaba solo, cosa nada aconsejable. Ni bien se
pasa la llanura de Quinua, el camino se hace más serpenteante y peligroso. Respetables
desfiladeros comienzan a hacerse más frecuentes en los angostos caminos. Estos caminos,
fueron antiguamente los famosos senderos del inca, cuya traza fue respetada pero
ensanchada por maquinarias modernas. Luego de un extenso y zigzagueante camino difícil
para conducir, se llega al fin a un oasis, a una verde y extensa llanura en donde se arrastra
un colosal reptil de lomo plateado que no es otra cosa que el Rio Pachachaca, para cruzar
sus cristalinas aguas hay dos puentes, uno antiguo y angosto de piedras y otro moderno
mucho más alto, utilizado cuando hay crecida. Encaré por el antiguo puente de piedras
bolas y a poco de andar, comienza el verdadero ascenso a alta la montaña. La primera
cumbre es una montaña bastante regular, de unos mil metros, la circunda un camino
encaracolado que rodea varias veces sus laderas empinadas hasta llegar a la cima para
continuar la travesía hacia las altas cumbres. Esa montaña tiene dos modos de subir, uno
largo y otra más corto. El largo, es transitarla por los caracoles circundantes y el modo
rápido y corto, directamente por uno de sus lados que solo es posible encararlo con
potentes camionetas de tracción 4x4, como la que yo conducía. Sin dudarlo puse primera y
dirigí la trompa hacia el empinado sendero, avanzaba bastante bien, hasta que en la mitad
del recorrido noto que el vehículo perdía velocidad y acelerando no aumentaba, aceleré a
fondo y la camioneta se detuvo peligrosamente por la empinada cuesta en un ángulo de casi
60 grados. En ese momento caí en la cuenta de mi lamentable error, había olvidado colocar
la tracción en modo 4x4. Tarde para lamentaciones. Instintivamente coloqué el freno de
mano y coloqué marcha atrás, la camioneta retrocedía lentamente por gravedad, ayudada
por mis maniobras entre embrague y frenos, cualquier giro para colocarla de costado y
encarar la bajada de frente, hubiera provocado el vuelco del vehículo. Comencé la bajada
más larga y difícil de mi vida, 500 metros marcha atrás en la ladera de una montaña de los
Andes peruanos en la soledad más absoluta. El tiempo parecía nos transcurrir jamás, la distancia al camino me parecía inalcanzable, no quería imaginar si la camioneta se me salía de control. Avanzaba de a poco, cada metro, era un inmenso logro. Cuando finalmente las ruedas traseras tocaron el camino circundante, un profundo suspiro me invadió, estaba
salvado. Pude lentamente girar la dirección y encaminarme nuevamente por el camino normal. Estacioné a la vera del camino. Bajé del vehículo y bebí abundante agua, tenía la boca seca y las piernas y brazos entumecidos por la tensión soportada. Miré hacia arriba, coloqué los dados de las ruedas delanteras en 4x4, y comencé de nuevo mi ruta. Esta vez, por los más seguros caracoles del camino del Inca.

Texto agregado el 22-08-2016, y leído por 48 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
22-08-2016 Gracias por este inesperado y placentero viaje! Un abrazo sheisan
 
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