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El mendigo

Desde hacía varios meses, Eusebio había hecho del atrio de la iglesia su lugar de trabajo como mendigo.

Cada día llegaba temprano. Se sentaba en un lateral de la puerta y se despojaba de su sombrero, que colocaba al alcance de su mano derecha y se colocaba unas gafas oscuras.

Todo delataba su triste condición: la descuidada barba y la expresión de desaliento de el rostro; el olor a descuido en sus ropas sucias y sus zapatos rotos. Era un hombre de mediana edad, enjuto, de piel curtida y unos bigotes que conectaban desordenadamente con los pelos de la barbilla.

La presencia miserable de Eusebio convocaba la solidaridad de gente, que colocaban monedas en el sombrero, lo que él agradecía con un “que Dios lo bendiga”.

Quien lo veía cada día podía observar la presencia de una dama que asistía cada día al templo, que le cruzaba al frente y miraba de soslayo al pobre hombre, quien, con ojos ansiosos, esperaba un gesto de compasión.

Ella, que siempre llegaba en su flamante auto faltando unos minutos para la misa de las nueve, cruzaba con un gesto de desagrado pintado en el rostro, como si la presencia del hombre le repugnara.

Sin embargo, un buen día se detuvo y se quedó inmóvil, observándole con atención. Eusebio creyó ver un brillo en los ojos de la dama y una ligera sonrisa en sus labios.
Entonces, con una habilidad inusitada, se incorporó y se puso frente a la mujer. Con esa cercanía pudo apreciar la tersura de su piel, el olor de su perfume. Pudo también apreciar la calidad de sus finas vestimentas y de sus joyas.

Ella lo miró aparentemente desconcertada por su osadía aunque ya no tenía la mueca de desagrado que mostraba en otras ocasiones, por lo que él se envalentonó y le dijo lo que siempre había pensado:

—Tanto tiempo esperando un gesto consecuente de tu parte, que llegué a pensar que no me saludarías, que jamás te detendrías.

La mujer sonrió con desparpajo. Lo apretó contra su pecho y sus olores se mezclaron por primera vez en mucho tiempo.

—¡Mentira! Sabías que venía por aquí cada día para verte, porque no puedo vivir sin ti ¡Vámonos a casa!

Alberto Vásquez

Texto agregado el 05-08-2016, y leído por 118 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
11-08-2016 Que excelente historia. Usando mi imaginación,pienso que hubo alguna riña que lo puso en esa situación;pero el cariño o el amor continúan intactos a pesar de la rabia que se pueda sentir. Ella,visitaba la iglesia para verlo y llegó el momento en que lo que sucedió quedó atrás. Bello inicio del amor***** Me encantó Un abrazo Victoria 6236013
07-08-2016 No esperaba ese final 5* grilo
06-08-2016 Realmente ingenioso. Me gusto mucho. Felicitaciones. 5* dfabro
06-08-2016 ***** monisara
05-08-2016 Un texto genial y un final de sorpresa. Muy buen texto. Saludos. . NINI
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