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Sentí una mezcla alarmante de euforia y alegría.
El ver su cuerpo inerte bajo el ombú provocó en mí una sensación profunda de alborozo y energía.
Fue fatal. Desperté bañada en sudor. La culpa me carcomía lentamente, desgarraba cada uno de mis nervios. Dios mío… el sueño fue tan vívido que temí volverme loca.
*
Esa primera vez fue una de las tantas que luego siguieron repitiéndose. Es un sueño recurrente, que temo soñar cada noche, y que sin embargo vuelve cada vez con más y más fuerza.
Mientras, yo sigo compartiendo mi cama con él. Cada vez que el sol se oculta a la vez que la noche despliega sus encantos, siento su calor y su cuerpo moreno tendido a mi lado, relajado, sin temores, soñando otros sueños, los suyos propios.
Por supuesto él nada sabe de mis pesadillas. No me atreví a contárselas a nadie nunca, excepto a mi diario sobre el cual ahora escribo.
*
Y la culpa y los remordimientos siguen presentes. Lo peor es desear a veces en realidad verlo debajo del ombú, así como en mis sueños. Creo estar ganándome un lugar en el averno.
No sé por qué, él es tierno conmigo, bueno, atento, me comprende, responde a cada uno de mis pedidos… realmente no puedo imaginar ni más remotamente el motivo por el cual estos deseos y sentimientos recurren a mí tan insistentemente. (¿O sí?)
*
Confieso que siento algo muy profundo dentro de mí. Algo más, subyacente.
No logro identificar qué es. Pero por algún motivo presiento que es la clave para desentrañar esto que me sucede.
Antes de comenzar con estas pesadillas y sensaciones, algo viví… tal vez escribir me ayude a recordar.
Me resisto a ir a ver a algún profesional. No creo que cientos de especialistas, de psicólogos ni psiquiatras, encuentren el modo de escarbar en mi subconsciente y encontrar la respuesta. Por lo cual tan sólo esperaré, voy a dejar pasar las agujas del reloj hasta que la respuesta llegue sola.
*
Hace algunas semanas atrás, mis pesadillas comenzaron a tomar un rumbo diferente.
De pronto en mi sueño empiezo a caminar hacia el ombú. Sé que lo voy a ver, lo siento en cada paso que doy. Mas cuando llego, él no está. Giro sobre mis talones, y ahí lo veo, en el césped, como antes, pero con los ojos bien abiertos y apuntando con un dedo acusador hacia mí.
- Te lo buscaste – lo oigo decir. Con voz ronca y penetrante.
Y entonces despierto… es todo lo que logro recordar de mis nuevas pesadillas.
*
Y ahora mis culpas y remordimientos son más tangibles, puesto que no tolero que él me hable así, ni aun en sueños… y los deseos de verlo inerte bajo el ombú ahora trascienden lo meramente onírico, y los siento conmigo durante el día, despierta, en todo momento. Me acompañan y son la propia esencia de mi existir.
No puedo permitir que unos sueños, que unas pesadillas que no son más que eso, me trastoquen de esta manera.
Voy a visitar a un psicólogo. Voy a buscar ayuda profesional… finalmente lo haré. Me he decidido.
*
Ayer a la mañana le pedí disculpas llorando. Disculpas por ser lo que soy, tan sólo un fantasma de pie; sé que hace días que ya no soy una persona y me deshago en lágrimas para que me perdone. Creo que me entiende; creo.
Por eso le pido que me acompañe a ver a un psicólogo porque lo preciso más que nunca.
(Por supuesto, no menciono mis pesadillas)
*
Ayer por la tarde, cuando estaba por salir con él en auto hacia el consultorio, encontré en su cajón un cuaderno muy oculto. Transcribo textual lo que decía:
“Siento pena por ella. Nunca hubiese querido engañarla de este modo, pero me obligó. Santurrona, tan buena, tan recta. Tan perfecta. La imperfección en la vida a veces es necesaria. Y Susana, tan sensual… supo hacerme caer rendido a sus encantos femeninos, no lo pude evitar. La noche que pasé en nuestra cama, pero con Susana, fue la delicia carnal más intensa de toda mi vida. Le pido a Dios que me perdone. No fue más que eso, la carne débil… Y Celeste me empujó a engañarla. Desde hace tiempo no logra encender mi pasión. Ahora la veo, tan desconsolada, tan perdida… Es evidente que no recuerda nada de lo que vio. Es claro que en su mente de niña adulta uno de los eventos que no retuvo fue este. El verme en la cama con Susana, los dos enredados en la cama y cubiertos de sudor, haciendo cosas que con ella hacía rato no. Y lo siento, verdaderamente lo hago… un mea culpa sentido y real. Siento no haber evitado que ella nos viera. Y ahora siento que no podré seguir mucho más a su lado… dejaré pasar un tiempo hasta resolver qué hacer, qué decirle, con quién dejarla… y entonces me voy a marchar.”
*
Hoy vuelco mis últimas horas en este diario. Luego de leer su confesión escrita, recordé aquello que días atrás no lograba, logré recordar lo subyacente en mi memoria.
Era esto lo que había pasado, esta infidelidad tan grotesca y por escrito reiterada. Volví a ver imágenes de aquella noche cruel en que mi amor todo se iba por los poros. Recordé dolorosamente mi grito desesperado cuando atravesé la puerta de nuestra habitación sólo para ver a aquellos dos revolcarse como bestias.
Y de algún modo ahora recuerdo que entre tanta escena, me desmayé. Y perdí todos mis recuerdos de esa noche… hasta ayer. Hasta que la ira se apoderó de mí y tomé valor, y logré de algún modo tender su cuerpo inerte bajo el ombú.
*
Más la culpa y los remordimientos siguen ganándome…
Y es por eso que finalmente prescindiré de cualquier posible medicina y haré justicia por mano propia. Hoy soy mi propia jueza y verdugo. Me condeno a terminar conmigo.
Después de todo, ya tengo un lugar reservado en el averno, ¿o no?

Texto agregado el 01-08-2016, y leído por 68 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
01-08-2016 una lectura con pasajes interesantes seroma2
01-08-2016 Interesante relato y muy bien narrado. Felicitaciones. 5* dfabro
 
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