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Inicio / Cuenteros Locales / Pato-Guacalas / El monstruo.

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Primero cavaron a escondidas una zanja, incrustando en el fondo los cuellos de botella con los bordes desdentados hacía arriba, luego procedieron a taparla.

Ramas y hoja secas bastaron.

Les llevó 4 semanas y parte de ese día construirla.

Luego, diligentemente, empezaron a acarrear todo tipo de piedras; necesitaban las más grandes y las más filosas; traerlas hasta allí y subirlas luego a la red sujetada por las cuatro esquinas y que pendía encima de la trampa.

Se habían dividido la labor y cada uno trabajaba lo mejor posible.

Ninguno probó alimento ese día. Ninguno descansó. Ninguno se quejó de cosa alguna.

El tiempo era su peor enemigo.

Luego levantaron un pertrecho en la saliente de la montaña. Allí se metieron de uno en uno acurrucándose muy juntos. Estaban sucios, cansados, sudorosos; su ropa: rasgada, descocida y llena de tierra abundaba de ese material herbáceo de las ramas de las hojas rasposas. Todos tosían y suspiraban, y de vez en vez se limpiaban la frente y los ojos con las mangas de la camisa. Tenían miedo. Y dudas. Y esperanza, una llamita apenas que refulgía en medio de la oscuridad del miedo de cada uno de ellos.

Fuera, el cielo era nublado y la lluvia se olía a poco tiempo de ahí.

Ninguna estrella asomaba en el horizonte. Reinaba la oscuridad.

Entonces el canto de los grillos vino a adormecerlos un poco. A apaciguar dulcemente como una caricia sus males.

Un fuerte viento y unos inconfundibles bramidos ardiendo a lo lejos los despertaron.

Sobre la ladera, subiendo hacía ellos, los intermitentes relámpagos iluminaron el erizado pelaje de la bestia. Sus sanguinolentos ojos, su pronunciado y espumeante hocico, su esperpéntica, negra y atemorizante figura. La bestia los buscaba olisqueando aquí y allá, trepando y resoplando, taladrando al silencio con poderosos y continuos bramidos. Bajo su oscilante y musculoso cuerpo, furiosas, se escuchaban sus pesadas garras hendiendo la tierra.

Piedras y arbustos saltaban a su paso.

Aterrados, los niños se acurrucaron aún más.

Cuando las secas pisadas y el espeso bufido de unos cavernosos belfos empezaron a acercárseles, entendieron su suerte.

Entonces el más pequeño de ellos agachó la cabeza. Los demás hicieron lo mismo.

La trampa había fallado.

Papá estaba ahí.

Texto agregado el 01-03-2016, y leído por 394 visitantes. (25 votos)


Lectores Opinan
10-01-2018 Muy bueno. Tejera
21-11-2016 Para colmo alcoholizado. Muy bueno. Clorinda
21-11-2016 Ah! Lo cazaron al padre! ***** Clorinda
18-10-2016 a veces la realidad supera la ficcion satini
11-10-2016 ¡Excelente! ¡Buenísimo! Me remite a la loca infancia con un padrastro alcohólico. Con afecto y admiración. Marthalicia
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