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A estas señoras nunca las he querido, desde chico que me molestan, no molestándome con burlas o cosas de esas, molestándome su presencia, me repelen, me caen pésimo y nunca he hablado con ellas, cuando las miro suelo escabullirme por algún rincón e irme del lugar, que alguien más lidie con ellas, yo no estoy dispuesto. Con lo que me consuelo es que tampoco soy el único que siente lo mismo, he conocido gente y sigo conociendo, o también conozco, a las que no le agradan estas señoras, quizá sean de lo más simpáticas, quizá sean hasta cariñosas pero la verdad no tengo mínimo interés en averiguarlo. Son bastante peculiares, mantienen un aspecto similar, un rasgo en común, no tengo idea de cuál es pero sé que hay uno, pues ustedes al verlas se darán cuenta de que son totalmente distintas unas de otras, tanto en tamaño, estatura, textura, habla, el pelo quizá, los colores, en fin un sinnúmero de cosas, sin embargo algo las une, a lo mejor es una especie de asociación, debe ser eso, quizá lleven alguna insignia, pues cada vez que me topo con una de ellas la reconozco de inmediato. De niño me habrán hecho algo, es de alguna manera la explicación más lógica al terror que les tengo, sin embargo no tengo recuerdo que respalde lo que digo, busco también las explicaciones de otra gente y tampoco tienen el panorama muy claro, algunos si tienen grandes argumentos, pero no me he dado la lata de escucharlos, no me gustan y a otros tampoco, con eso basta. Todos sabemos que hay un factor común y eso es lo que busco explicar aquí, quizá sea su postura, o su forma de caminar, o ellas mismas, su integridad, algunos dirán el aura pero no creo en esas cosas, lo cierto es que estas señoras se escabullen por cualquier parte, se les encuentra en lugares cálidos, eso es cierto pero a quién no le gustan esos lugares, generalmente les encanta tejer, y ¡ahí está! Ese puede ser un factor común, sin embargo hay otras señoras que tejen y no son de ellas; hay que reconocer que tejen de lo más bien, sus composturas son excelentes, pareciera que viviesen para eso, eso es rescatable, no se les despega los palos y la lana, nadie se los puede sacar, pero tienen que tener algo único, algo que otras señoras no tengan, algo que solo ellas hagan, sí, hacen cosas extraordinarias con la lana, he tenido la fuerza de mirarlas y contemplar lo que hacen, gente me había dicho que eran cosas muy elaboradas y nunca está demás mirar algo bueno, algo de calidad; con sus tejidos también parecen moverse, como un medio de transporte, se ven de lo más graciosas pero repugnantes, cómo me cargan, ah las señoras. Suelen ser muy ágiles a pesar de su edad, a pesar de ser señoras, hay quienes intentan atraparlas, como gran parte de mis familiares cuando les digo que vi a una pero resulta imposible, se escabullen tan rápidamente como yo lo hago al verlas, hay quienes, por supuesto, pueden atraparlas y deshacerse de ellas, yo a esos sujetos los valoro bastante, tener las pelotas para cruzarse con ellas y perseguirlas sin temor, sin vacilación, es digno de admiración. Hay algunas que de seguro son terribles, de las peores señoras que hay, nadie lo puede negar, su aspecto espeluznante estremece a cualquiera, hasta al más valiente, hasta al más temerario, y contra ellas hay un acuerdo común, eliminarlas. Son hechos que demuestran lo malas que son esas en especial, hay catálogos incluso hablando sobre ellas y cómo reconocerlas, cómo ahuyentarlas del hogar, y qué hacer en caso de encontrarse con una. Las demás no importan mucho a la gente, las otras señoras, las más normales, las que no causan tanto caos, las que simplemente pasean como un NN. Pero hay gente como yo que nos las tolera, a ninguna de ellas, independiente de lo malas o buenas que sean, las detesto, tampoco es algo racista, es que me nace, y a otros muchos más, tampoco es una discriminación pues no ando molestándolas o haciéndoles la vida imposible, más bien es al revés. Hay unas que son peludas, bien peludas y grandotas, parecen nórdicos, vikingos, pero a la gente le gustan, dicen “Son inofensivas.” Algunos las tienen incluso en su hogar, las alimentan, les tienen juegos y un lugar donde dormir, y la señora de lo más cómoda ahí, tejiendo y con casa. Debo reconocer, lo que no contradice mi repudio hacia ellas, que algunas son buenas en el sentido de que eliminan a las malas, es decir, dentro de su “sociedad” , sea lo que sea que tengan entre ellas, hay buenas y hay malas, sobre todo malas para mí, sin embargo hay unas que se deben identificar, un grupo reducido, que son las buenas, y a ellas hay que quererlas, yo no puedo hacerlo, mi más sería no aborrecerlas tanto como a las otras, más que eso no. Estas buenas parecen ser más delgadas y prolongadas, identificables respecto a las malas (Las malas, ustedes sabrán, siempre se encuentran lugares sucios y polvorientos, y ellas mimetizadas en el ambiente, tomando los colores y aprovechándolos, se encuentran en los callejones, o en los velorios, las malas.) , la gente no las toma mucho en cuenta, no le toman mucha importancia, las ven y dicen que son buenas, entonces no nos molestemos, pero es que yo no puedo y cómo quisiera poder, no hay más remedio que escabullirse y encontrar un camino libre de estas señoras. Lo irremediable es encontrarse con una, no importa el número de veces que haya escapado, no importa el número de veces en que haya huido, menos todas las oportunidades en que he buscado auxilio de otros en presencia de las malvadas, las de los velorios, de los callejones, siempre están y estarán, y todavía no encuentro el rasgo que quiero hallar, la diferencia, el factor común que excluye a estas de otras señoras, de otros señores tal vez, de otros al fin y al cabo. Para encontrar aquel factor, aquel determinante habría que entrar a investigar y a experimentar con estas señoras y ustedes sabrán que yo no puedo, jamás, acercarme sería una locura y tocarlas ¡Ah! No dan ganas ni de pensarlo, entonces tendría que recurrir a algún experto sobre ellas, sin embargo tampoco lo toleraría, esos tipos deben tener habitaciones repletas de señoras en examinación y de todos tipos, algunas muertas, algunas vivas, algunas disecadas, y no me hago la idea de estar allí dentro solo para encontrar la respuesta a un capricho, a una estupidez. Tejen y tejen, viven para tejer y yo no me atrevo ni a ver, señoras de aquí y de allá, y. “¿Cómo es que les temes?”.”No son nada.”.”No hay de qué preocuparse.”.”Son señoras.” Pero yo no puedo, y no podré, no es una actitud de vencimiento, menos de tirar todo por la borda, ellas son un especie de trauma, un trauma de infancia, y sus tejidos y cómo aparecen de repente, y cómo me asustan y cómo me engañan y cómo me cargan, la señoras, su mirada que no mira, su tejido que no teje, sus hijos que son señoras, y sobre todo sus patas, qué desagradables se mueven con ellas, con ellas tejen y yo ya no las quiero, y me disculparán pero no aguanto más escribiendo de ellas.

Texto agregado el 23-11-2015, y leído por 60 visitantes. (0 votos)


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