LOS OJOS AZULES
Los ojos azules brillaban fríos con la tenue luz del farol del parque. Miraban. Acechaban. Asesinaban. Una pareja se revolcaba en el pasto bajo el viejo Naranjo. Eran jóvenes y mostraban al resto de los visitantes del parque el desinterés propio del amor desenfrenado. La mirada sedienta se posó en ellos, como cada noche lo hacía en un objetivo en particular en el mismo parque, bajo el mismo farol. Y como antes con el anciano del bastón y su enfermera, el niño vagabundo que pedía monedas para gastar en los videojuegos, la prostituta gorda que se vendía por alcohol a cualquier mamarracho, el ciego y su perro, la dama refinada y tantos otros especimenes diversos, esos ojos caminaron decididos hacia la pareja. La luz lentamente fue disipando las sombras y un rostro pálido muerto emergió de la oscuridad. Animal hambriento.Depredador. Los ojos azules brillaban ahora con violencia, aceleraron el paso hacia los amantes que se gozaban en el lugar equivocado y a la hora equivocada, ajenos al mundo exterior, exhibiendo su amor y su desnudez, presas indefensas, marionetas inocentes de la venganza, de la locura, de lo indecible, de los ojos azules.
Todo pasó rápido, como siempre pasaba. El Ser era un asesino infalible, rápido, certero, limpio. Un chillido de terror se escapó entre los árboles del parque y se disipó hasta volver a ser silencio. Bajo el Naranjo algo parecido a una sombra se escurrió fugaz y silencioso para simplemente desaparecer dejando al descubierto dos cuerpos desnudos, rígidos, fríos, morados, con ojos desorbitados y dos agujeros en el cuello cada uno.
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