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Han-Bithrán

Tras leer la ultima pagina del manuscrito se echó a descansar junto al fuego y al cabalístico té de hinojo, con un poquito de limón y dos de azúcar. Concluía por fin el tedioso arte de descifrar las ideas del querido Tío Carlos. Entre sorbo y sorbo un pequeño temblor, que en momentos tomaba forma de calor, se arremolinaba dentro ¿sería cierto que por los sueños podemos llegar a esas eternas praderas que son nublabas por nuestros aprendizajes mundanos? ¿Es cierto que si nos aventuramos a soñar no es solo cordura lo que podríamos perder ni países y reinos completos a los que podríamos llegar? según lo descifrado, durante sueños inquietos, Carlos H. había llegado tras la roca azul desde la trampilla en el bosque a las puertas de Han-Bithrán la ciudad esmeralda de maravillosos seres de sal y sonido; Los que para soñar se detenían completamente, hasta ser parte de todos, para así, ser únicos al fin. Desde donde, al despertar, se rompían completamente para cantar sus viajes esmeraldas.

Su sobrino moría por cantar el mismo, cantarse a sí y a sus hermanos sonoros lo aburrido que es despertarse a comer y lavarse los dientes, cambiar tiempo por papeles y papeles por cosas y tener esa increíble necesidad de necesitar cosas; el asombrarse, pensaba, tendría que ser su mejor verso junto al amor, a su parecer, lo único rescatable del estar en este sueño enropado; rematando la narración con que muchos de estos portadores de ropa (y muchos desnudos) reían como si de sus bocas naciesen miles de nosotros, maravillados por sus experiencias del tener cuerpo.

Años y años el sobrino intentó dormirse y ser sonido como su tío, pero todo fue en vano hasta esa misma noche en que obtuvo el diario que quiso poseer y descifrar por tanto tiempo. En las anotaciones estaban descritos los pases, plegarias, cantos y montones de sales diferentes necesarias. Las mismas sales encontradas en paredes, techo, piso y objetos la noche de la desaparición de su tío.

Sobre la noche de fuego e hinojo, a cuadras a grandes distancias, casi como si un avión volase a dos metros del suelo, se escuchó un alarido horripilante, fétido y verde cual color de las manos de niños contentos, un alarido que despertó a todos. Primero en las casas de esta cuadra, luego en las de la siguiente, después de nuevo en la primera, terminando en un callejón al lado de la panadería del barrio. El alarido entró en cada casa y habitación, retumbó en los sueños de los niños que dormían para llegar temprano a la escuela mañana, sorprendió a las vecinas que planeaban el cumpleaños sorpresa de su mejor amiga, tocó a perros, gatos, micreros, barrenderos, hombres tristes, señoras, infantes, ancianos y aves; y en todos, este alarido provocó una risa imparable dentro del eterno recuerdo de la maravilla mas prístina, la vez que fui al colegio en pijama, el día que Samuel llevó una rana al colegio para asustar a sus compañeras, la vez que miguel, el anciano que revienta las pelotas que caen en su patio se hizo pichí de tanto reírse el día que conoció a su futura esposa a los 7 años; viajaron todos a la vez al recuerdo de la vez que se enamoraron por primerísima primera vez y al cómo su corazón se estrujó y estrujó en el engaño.

Tras esto, muchos vecinos fueron a buscar este sonido y seguirlo hasta donde fuera, para recordarse que estaban vivos en la sal, pero al llegar al callejón no encontraron más que tristezas. Pues estaba desierto salvo un borrachito que cantaba, hasta las lagrimas, sus milongas tras 20 años de olvido.

Al llegar la policía al departamento del sobrino, sólo encontraron kilos y kilos de sal, en el pasillo, la pieza y todas las paredes, esa pesada sal con olor a escuálidos días y recurrentes vidas policiales.

Nadie supo del sobrino tras su desaparición. Pues nada sabemos de la piedra azul ni de la trampilla en el bosque, ni mucho menos de la ciudad esmeralda.

Solo se sabe que todos los oficiales de policía de esa noche dejaron el uniforme, vendieron su casa y ahora son pescadores, albañiles, hacen muebles o toman clases de canto. Y lo único en común en ellos es que cada noche juegan hasta tarde con sus hijos, besan a sus mujeres como si las vieran por primera vez, que ninguno compra ya sal para la comida y que muchos han caído hasta en sus sueños al té de hinojo, con un poquito de limón y dos de azúcar.

Texto agregado el 28-05-2015, y leído por 113 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
28-05-2015 Me temo amigo mío que sin pretenderlo con tu buena historia has creado la cofradía del té de hinojo :) . autumn_cedar
28-05-2015 Un cuento con toques de realismo mágico. lucrezio
28-05-2015 Gran y didáctico final, dejar la sal y cambiarlo por un delicioso té de hinojo, con un poquito de limón, eso si, que para mí sin azúcar por favor. Muy entretenida narración de ficción. 5* jdp
28-05-2015 Tan buen relato,me hizo antojar de un té de hinojo.UN ABRAZO. GAFER
 
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