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LO MÁS POR LO MENOS
(2006)

Los temas a tratarse en la reunión de trabajo, fueron evacuados con agilidad pues Alfonso se encontraba ansioso por llegar a su casa a ultimar los detalles para el viaje de fin de semana que planeaba hacer con su esposa e hijos.
Delegó responsabilidades a los ejecutivos de su empresa, con el propósito de dar los toques finales antes de poner en marcha un proyecto nuevo que venían planeado desde tiempo atrás. Le dio las últimas instrucciones a su secretaria y apresuradamente bajó al parqueadero del edificio y salió velozmente en su convertible blanco, con destino a su casa.
Alfonso era un brillante joven profesional, que tenía una próspera compañía constructora que había forjado él mismo con tesón y dedicación y que con su buen sentido común e intuición le había permitido diversificar e invertir en otros negocios, igualmente prósperos.
Cuando llegó a su casa todo estaba listo y su esposa le recordó que de salida debían pasar un momento por el consultorio del doctor para retirar los resultados de los exámenes de rutina que le habían realizado la semana anterior. Todo auguraba que sería un excelente fin de semana.
Alfonso entró apresurado al consultorio y en cuanto lo vio el doctor le pidió que tomara asiento. Alfonso le explicó que estaba saliendo de viaje con su familia y que solamente quería retirar los resultados de los exámenes. El doctor buscó entre los sobres y cuando lo encontró le dijo al paciente sin entregárselo, que solo les tomaría unos minutos e insistió en que tomara asiento.
Incómodo por la falta de comprensión del doctor, Alfonso se sentó mientras el médico le decía que no tenía buenas noticias para él. Que el resultado del examen de sangre había dado positivo en la presencia de células L-E.
La expresión del rostro de Alfonso cambió de molesta a interrogante y el doctor continuó diciéndole que la presencia de esas células era prueba inequívoca de una rara enfermedad de la sangre llamada Lupus Heritematoso.
Alfonso se reacomodó en la silla y le preguntó qué era eso. Sin ningún rodeo el doctor le explicó que se trataba de una enfermedad de la sangre que atacaba el sistema inmunológico, que en poco tiempo empezaba a deteriorar los órganos vitales del organismo y que era incurable.
Agregó el doctor que afectaba a un promedio de una persona por cada diez mil y que no existía ninguna predisposición por edad ni sexo. Alfonso sin reponerse de la sorpresa replicó que por qué si él solo se había hecho unos exámenes de rutina y el doctor le confirmó que era cierto, pero que por la extraña mancha en forma de mariposa que le había aparecido en el rostro desde hacía algún tiempo, cubriéndole la nariz y los dos pómulos, había sospechado la existencia de la enfermedad y por esa razón había decidido incluir ese examen en la orden para el laboratorio. Alfonso lo oía sin escucharlo, mientras movía lentamente la cabeza de un lado a otro en gesto de negación, al tiempo que repetía en voz baja:
-Incurable…
El médico le dijo que de todas formas la semana siguiente le realizaría nuevos exámenes, pero que no cabía duda respecto al diagnostico. La última pregunta de Alfonso antes de salir del consultorio fue si esa enfermedad era letal en corto tiempo y después de una corta pausa del doctor, que a Alfonso le pareció un siglo, le respondió que si. De inmediato se puso de pie, le estiró la mano al doctor para despedirse y salió del consultorio, repitiendo de nuevo pausadamente en voz baja la palabra:
-Incurable…
Durante el fin de semana no le comentó absolutamente nada al respecto a su esposa, limitándose a decirle cuando salió del consultorio que todo había salido normal, pero el Martes siguiente le pidió que lo acompañara a ver de nuevo al doctor y durante el trayecto de la casa al consultorio le contó todo.
La reacción de Alfonso frente a tan devastadora noticia fue muy serena pues no le tenía miedo a la muerte, pero si sentía una inmensa frustración pues pensaba que tenía muchas cosas pendientes por concluir en la vida y que seguramente en el corto tiempo en que le quedaba no alcanzaría a completar.
De inmediato inició un tratamiento agresivo con hidrocortisona, pero el doctor le advirtió que solo era como una forma de evitar que la enfermedad avanzara demasiado rápido dañando órganos vitales. También le explicó los efectos secundarios del medicamento, como que posiblemente subiría de peso y se le incrementaría el crecimiento del cabello y el bello de todo el cuerpo se podría engrosar.
Desde la nueva perspectiva que enfrentaba, Alfonso empezó a poner en orden muchas cosas de su vida, tanto en lo espiritual como en lo material. Empezó a dedicarle mucho más tiempo a su familia y amigos y también a investigar todo lo que podía respecto a su enfermedad. Conversó con muchas personas, siempre guardando la esperanza de encontrar alguna alternativa de vida. Un día hablando con un viejo amigo doctor en Homeopatía, le mencionó que en otro país había conocido a un colega dedicado a la investigación de la medicina energética, que estaba incursionando en una nueva técnica que consistía en la imposición de unos filtros de colores sobre el cuerpo y que había tenido experiencias alentadoras en la remisión de ciertas enfermedades incurables. De inmediato Alfonso se interesó por conocer mas detalles y en pocos días organizó viaje para ir al extranjero a consultar con el colega de su amigo. Habían trascurrido once meses desde que había sido diagnosticado con la enfermedad.
Al día siguiente de llegar concurrió a la primera cita médica, con la profunda esperanza de que esa fuera la opción que por meses había estado esperando.
La consulta fue un poco fuera de lo usual pues el médico no le hizo ninguna pregunta, se limitó a escuchar con atención la historia de Alfonso y cuando este concluyó le pidió que se acostara en un sofá que parecía de sicoanalista, lo cubrió del cuello hasta los pies con una sábana y empezó a colocarle por todo el cuerpo unas diapositivas plásticas con acetatos de diferentes colores. Al finalizar la consulta le dijo que todavía no le podía decir nada y que debían realizar cuatro sesiones más, para poderle dar un diagnostico.
Al finalizar la semana, Alfonso esperó pacientemente a que el doctor recogiera cada una de las diapositivas y las guardara en sus estuches de madera y cuando este terminó de hacerlo, se quedó mirándolo fijamente, se quitó los lentes, como para darle mas énfasis a sus palabras y le dijo secamente que él no tenia Lupus Heritematoso y que ya no era necesario que regresara al consultorio. No le dio ninguna otra explicación y le pidió que se marchara porque tenía otros pacientes que atender.
Alfonso se sintió timado y regresó frustrado al hotel, donde canceló la cuenta y de inmediato tomo un taxi que lo condujo al aeropuerto en donde abordó el primer vuelo de regreso a su país.
Sentía que había sido víctima de un burdo engaño, pero lo que más le dolía era la frustración de haber forjado una esperanza de curación basada en una idea tan ridícula como que con esas laminitas de colores se podría eliminar de su sangre una enfermedad incurable.
Ya en el avión abrió su portafolio para guardar el pasaporte y encontró en una esquina el frasco de pastillas que estaba tomando antes de iniciar ese descabellado viaje. Las cogió y mientras miraba sin leer la etiqueta, recordó que desde hacía una semana no las tomaba y que una de las recomendaciones del doctor cuando había iniciado el tratamiento era que para comenzarlo debía hacerlo con una dosis muy pequeña e irla aumentando gradualmente hasta llegar a la normal y que cuando la fuera a suspender debía hacerlo en la misma forma gradual y que por ninguna razón debía interrumpir el tratamiento de forma brusca como él lo había hecho hacía una semana.
Ahora sus esperanzas volvían a estar cifradas en esas pastillas, pero si había cometido un error al suspenderlas abruptamente, no podía cometer otro volviéndolas a tomar sin antes consultar con su doctor, como efectivamente lo hizo tan pronto retornó.
Cuando le contó su experiencia a su amigo Homeópata, este lo escuchó con un poco de decepción y lo único que le sugirió fue que se hiciera un nuevo examen de sangre. Para entonces algunos de sus negocios habían sufrido un serio revés financiero que lo obligaron a vender unas propiedades antes de cerrarlos definitivamente.
Alfonso consultó con su doctor la sugerencia de su amigo y este le recomendó que se hiciera el examen con un médico alemán, profesor de la facultad de medicina y reconocido como el mejor Hematólogo del país. Así lo hizo y cuando concurrió al consultorio del doctor Villbawer a conocer los resultados, el médico lo recibió con una gran sonrisa y le dio un abrazo al tiempo que le decía que no entendía cómo pero que había revisado varias veces su caso e inexplicablemente estaba curado, que lo felicitaba porque ya no tenía Lupus Heritematoso.
Alfonso le narró brevemente el tratamiento que había seguido con hidrocortisona y también le dijo del médico energético con la esperanza de poder determinar cual de los tratamientos había dado resultado, pero el doctor Villbawer le respondió que dentro de su experiencia el Lupus Heritematoso era una enfermedad incurable y que el suyo era un caso único, que desconocía el procedimiento energético y que bien se podía tratar de un «milagro», no en el sentido religioso, sino quizás movido por la fe que el había generado por quererse curar. Alfonso no podía contener su emoción y le dio un nuevo abrazo de agradecimiento al doctor y salió a buscar a su esposa para contarle la buena nueva. Ese día sintió que volvía a nacer.
De la misma inexplicable forma en que se produjo su curación, a partir de ella la vida de Alfonso empezó a cambiar en otros aspectos. No volvió a tener la chispa que lo caracterizaba para olfatear los buenos negocios y por el contrario, cualquier proyecto que emprendía por bueno que pareciera, no se concluía y si conseguía terminarlo siempre algo salía mal. En un par de años perdió todos los bienes materiales que forjó en una vida de trabajo, se vio forzado a liquidar la constructora y poco a poco fue vendiendo todo lo que poseía, hasta quedarse sin ningún patrimonio. Cuando ya no tuvo mas recursos para mantener el sustento de su familia, se vio obligado a irse a trabajar como ingeniero en una pequeña empresa de construcción que había formado un grupo de sus antiguos empleados. No duraba mucho tiempo en los trabajos y siempre tenía dificultades para ganar el dinero, aunque nunca le faltó para llevar el pan a su casa.
Daba la impresión de que la vida le hubiera pasado una factura muy costosa, por el simple hecho de haberle permitido seguir manteniéndose vivo, después de que parecía que su destino era una desaparición prematura, como si el haber podido cambiar ese destino, rompiendo la armonía predestinada, buscara compensar un exceso de vida con un déficit material.
Después de esa experiencia Alfonso comprendió que la vida es un equilibrio y que en realidad la predestinación no existía y que si quería cambiar o mejorar algún aspecto de ella, lo podía conseguir si encontraba la forma adecuada de hacerlo, pero siempre a cambio de sacrificar algún otro.

Texto agregado el 20-05-2015, y leído por 111 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
01-08-2015 NADA PUEDE OCUPAR EL LUGAR DE OTRA SITUACIÓN. CADA ECHO SI BIEN PUEDEN IR ALIADOS NADA CREO QUE TUBO QUE VER LA SANIA CON LA MALA SUERTE QUE LE SIGUIÓ AL PERSONAJE , DE SER ASI ENTRARÍAMOS A CREER EN VARIADA IPOTEXIS QUE NO TIENEN ASIDEROS A LA HORA DE LA VERDAD, TU CUENTO SE ESCABULLE POR EL ALMA DE ALFONSO Y POR LOS INTRINCADOS CAMINOS DEL DESTINO. ME ENCANTO TU RELATO. INVITA A PENSAR. UN GUSTO VOLVER A TUS LETRAS LO COMENTAMOS CON MI NIETA QUE ACABA DE LEÉRMELO UN ABRAZO AMIGO rolandofa
27-06-2015 Me agradó mucho, querido. Sólo que esa idea de tener que "pagar" si ganamos en algo, se trata a nivel psicológico, no necesariamente es así. Tiene que ver con lo que nos inculcan de pequeños. Un beso grandote! MujerDiosa
 
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