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Inicio / Cuenteros Locales / gcarvajal / EL LADO OSCURO DEL AMOR - Capitulo XVI

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El encuentro entre Horacio y Patricia había sido muy emotivo. Después de que ella viajó mantuvieron correspondencia ocasional que le permitió a Horacio seguirle la pista hasta la casa de su abuela paterna en la capital de Gabón y posteriormente hasta el campamento petrolero donde se encontraba trabajando de peón, como una forma de auto castigo que se había impuesto por su rebeldía sin causa y permanente lucha contra todo lo establecido.
Para ella fue la más agradable sorpresa cuando vio bajar a Horacio del helicóptero de la compañía, pues nunca dejó de estar enamorada de él y el mayor de los halagos para su ego, saber que ese hombre había recorrido textualmente medio mundo, superado toda clase de infortunios y necesidades, pasado hambres y desamparos solo para encontrarla, aún sabiendo como sabía que no estaba enamorado de ella y que solo sentía una fuerte atracción física.
Se encontraban en medio de una tórrida luna de miel en la que ella combinaba el placer con el rudo trabajo, entre permanentes ruidos metálicos, un penetrante olor acre a aceite y ese inmisericorde calor, que los hacía sudar de día y de noche y que no se mitigaba ni siquiera en la ducha pues cuando terminaban de bañarse y cerraban la llave del agua, antes de tomar la toalla para secarse, ya estaban sudando de nuevo.
Un día en la casa rodante, fatigado por el inclemente calor, Horacio había dejado salir como un gesto de nostalgia, la expresión que le permitió a Daniel encontrarlo.
Después de muchos esfuerzos por parte de Daniel, trasponiendo cosas tratando de llamar la atención de Horacio finalmente lo consiguió, un día cuando estaba recostado leyendo, en el mismo momento que hizo una pausa y levantó la vista del libro, vio como la tapa de una olla vacía que estaba sobre una de las hornillas de la estufa levitó unos veinte centímetros sobre la olla para instantáneamente caer con gran estruendo produciendo un ruido metálico hueco, como si alguien invisible la hubiera levantado y soltado.
Horacio se quedó mirando la olla fijamente por unos instantes y luego recorrió con la vista todo el entorno tratando de encontrar una explicación al fenómeno que acababa de presenciar.
Acto seguido dejó el libro sobre la cama y sin perder por un solo instante de vista la olla, se aproximó a la estufa, verificó que todas las hornillas estaban apagadas y pasó su mano en movimientos circulares lentos pero sin tocarla por los costados y por encima de ella, tratando de encontrar algo que le diera una explicación satisfactoria de lo que acababa de ver, pero no encontró nada.
Por último destapó con mucho cuidado la olla y vio que en su interior no había nada, miró por ambos lados la tapa y luego la sostuvo a una pequeña altura de la olla y la dejó caer, repitiendo el sonido que se había producido unos instantes antes.
Se quedó mirándola por un rato y poco a poco su expresión de confusión fue cambiando por una leve sonrisa mientras poco a poco se fue aclarando su mente al recordar aquel viejo compromiso que había hecho en vida con su amigo y al entender que lo que no tenía explicación, no era otra cosa que la manifestación de que Daniel se encontraba allí y sin vacilación lo preguntó en voz alta: -Daniel, te encuentras aquí?-, al tiempo que una mezcla de sentimientos encontrados de rencor y de alegría se producía en Horacio al intuir que ni siquiera después de muerto había podido deshacerse del fantasma del amigo que tanto lo había fustigado en vida.
A partir de ese momento comenzó una comunicación entre Horacio y Daniel que se prolongó por varios días y en la que pudieron tratar sin las dificultades que los obstaculizaban en vida de Daniel muchos y muy variados temas, tal y como lo habían planeado años atrás.

Texto agregado el 15-05-2015, y leído por 60 visitantes. (8 votos)


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