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Inicio / Cuenteros Locales / gcarvajal / EL LADO OSCURO DEL AMOR - Capitulo XII

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Un poco aturdido no terminaba de entender todo lo ocurrido entre la confusión de haber pasado por una película tan larga y tan vívida en una fracción de segundo y un abanico de tan variadas emociones, mientras espectaba la escena de la que a la vez era protagonista.
Sintió la presencia de una conciencia que era mayor que la suya, pero que al mismo tiempo estaba en su interior y de pronto todo fue claro para él en lo que podía definir como un nuevo día, en donde ya no existía la infinita obscuridad que caracterizaba al universo y comprendió que ese era el final del túnel que conducía hacia la luz descrita tantas veces.
Entendió con absoluta claridad todos los secretos del cosmos. Ya no hubo más misterios ni enigmas que no pudiera descifrar.
En un solo instante se supo poseedor de todas las respuestas para todas las preguntas imaginables, con la convicción de que para cada pregunta solo había una respuesta acertada y que él las tenía todas. Le fue claro que cada idea que concebía era una verdad absoluta y que ya no había mentiras, ni verdades a medias, ni equivocaciones, solo la verdad.
Se sintió libre de emociones y sentimientos.
Ya no había más remordimiento, ni dolor, ni nostalgia, ni alegría, ni egoísmo, ni curiosidad, ni miedo, ni ninguna clase de afecto y entendió que aunque intelectualmente conocía la existencia de todas aquellas pasiones, se hallaba como en un nivel más alto en el que ya no podía ser víctima de ellas, en el sentido que tradicionalmente los humanos las enmarcaban dentro de antojadizos parámetros morales entre lo bueno y lo malo; solo lo embargaba una inmensa sensación de plenitud.
Comprendió que era cierto que Dios existía, pero no en el concepto mundano de un ser superior que habita en alguna parte del cielo, con cinco mil millones de telescopios para observar a cada uno de los seres humanos y con cinco mil millones de libretas para anotar el comportamiento de cada uno y castigar las acciones malas por todos ellos realizadas, sino como un todo del que era parte él mismo. Entendió cómo era inevitable para la humanidad mantenerse dentro de los engaños que las religiones se habían encargado de difundir a lo largo de todos los tiempos, pues ese era un proceso de conocimiento humano y que no existía una deliberación de mala fe por parte de ellas, sino simplemente un reflejo de la ignorancia y limitación humana ya que las religiones no eran una creación de Dios para los hombres, sino de los hombres para intentar acercarse a Dios, pero que para los seres humanos era imposible acceder a ese conocimiento hasta que superaran esa etapa.
Le fue claro que Dios no era un ser tirano y castigador, dispuesto a enviar a una humanidad pecadora y desobediente al infierno, pues en realidad no existían ni el pecado ni la desobediencia, ese era un sofisma inventado por los mismos hombres para a través de las religiones mantenerse subyugados unos a otros.
Supo que los seres humanos disponían de todas las herramientas necesarias para vivir una vida plena, pero que la ignorancia propia de su condición de humanos les impedía utilizarlas, aunque siempre se encontraban al alcance de sus manos.
Daniel entendió que una de las cargas más pesadas que arrastraba la humanidad, era la permanente búsqueda de respuestas y que a través de esa perenne búsqueda recorría un interminable vía crucis por sectas, congregaciones, filosofías y en general una gran variedad de ideologías, creyendo que en ellas las podría encontrar y que el error en realidad no era buscar respuestas, sino buscarlas afuera, cuando todas las respuestas estaban dentro de cada ser, como lo estaba constatando él mismo.
Entendió que el bien y el mal eran una sola cosa, inventada por el hombre para definir a través de juicios morales un mismo hecho, de acuerdo invariablemente a conveniencias y entonces le fue muy claro por qué siempre lo que para algunos seres humanos era bueno para otros era malo.
Comprendió que el libre albedrío era una verdad a medias surgida de las religiones, en la que se intentaba hacer creer a la humanidad que por medio de un acto de voluntad, el hombre tenía la capacidad de encontrar la salvación eterna de su espíritu, cuando en realidad ese era un privilegio solo de Dios, y aunque él era parte de esa naturaleza Divina, solo lo podía entender una vez que trascendía desprendiéndose de su despojo humano.
Le fue claro que ese libre albedrío no era otra cosa que la capacidad de los seres humanos para tomar decisiones en las cosas mundanas y que por lo general siempre que lo ejercían hacían mal uso de él, para desistir y abandonar los propósitos o proyectos que se habían fijado en la vida.
En ese momento comprendió con plenitud el verso de la canción «No hay nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí...» y entendió que la mayoría de las personas no eran felices, solo porque no sabían cómo serlo y justificaban su infelicidad en carencias materiales o espirituales y creían que podrían alcanzar la felicidad si lograban obtener tal o cual objeto o meta y se gastaban la vida corriendo detrás de cosas generalmente inalcanzables y cuando lograban alcanzar alguna y no encontraban en ella la felicidad, corrían entonces atrás de otra y seguían así en una carrera interminable hasta agotar la vida, con la fatiga de haber corrido todo el tiempo tras falsas ilusiones, sin encontrar la felicidad como le había ocurrido a él mismo y en esa desaforada carrera, perdían la preciosa oportunidad de ser felices, disfrutando el equilibrio de lo que la vida les había brindado.
Eran muchas las cosas que llegaban al conocimiento de Daniel y a pesar de ya no estar afectado por emociones, el entender asuntos que en vida lo habían intrigado con solo pensar en ellos, le causaba por decirlo de alguna forma un intenso bienestar, pero sin lugar a dudas diferente de cualquier emoción que pudiera haber sentido en vida.
Pese a saberse totalmente atemporal el conocimiento le iba llegando de una manera ordenada y sistemática como si se tratara de una memoria que se estuviera cargando. A pesar de tener plena conciencia de su estado, lo sentía similar, para compararlo con algo, a un sueño muy vivaz mientras dormía cuando aun tenia vida corporal, en el que dentro del sueño sabía que estaba dormido y también que estaba soñando y que mediante un poco de esfuerzo podía tener control y voluntad dentro del mismo sueño para hacer cosas a su antojo, pero como haciéndolas en voz baja y de puntillas para no despertar y romper el encanto del sueño, aunque sabía que esta vez no había nada que lo pudiera hacer despertar.

Texto agregado el 04-05-2015, y leído por 60 visitantes. (6 votos)


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