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Inicio / Cuenteros Locales / gcarvajal / EL LADO OSCURO DEL AMOR - Capitulo XI

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Unos años después, un viernes fin de mes, Daniel salió más temprano de lo habitual de su oficina para evitar el congestionamiento de vehículos propio de esos días en especial cuando llovía.
Se subió a su auto y mientras se secaba un poco la lluvia de la cara, emprendió la marcha apresurada al tiempo que se lamentaba que justamente tenía que llover cuando él iba a viajar.
Su vida había involucionado de una manera significativa con el paso de los años, de la persona intelectual y sensata que era por la época en que se graduó en la universidad y fue retrocediendo en un proceso gradual que de la luz lo llevó al oscurantismo, desde cuando incursionó en cibernética social y regresiones hipnóticas, Don Juan y Gourgeff, pasando por etapas como el espiritismo, la numerología, la búsqueda de ovnis, brujería y astrología, tratamientos de masajes que le aplicaban con los codos, que en lugar de alivio a enfermedades inexistentes le producían intensos dolores, hasta la consulta de médicos invisibles, que justamente era el motivo del viaje de ese día.
Debía hacer un recorrido de más de cuatro horas para llegar al sitio previsto para la consulta en la que supuestamente le iban a operar de una extraña dolencia, diagnosticada por él mismo desde hacía algunos meses con su irremediable hipocondría.
Pronto estuvo fuera de la ciudad y aunque la lluvia se había hecho más intensa, sus pensamientos estaban centrados en la ansiedad que le producía el encuentro que se avecinaba sin importar el clima que hacía, ni que todo el procedimiento se fuera a realizar al aire libre, sobre un campo totalmente anegado.
Estaba eufórico, se reacomodó bien en el asiento, puso un casete al azar en la radio, que resultó ser uno de música folclórica interpretado por Jorge Cafrune, que le había regalado hacía mucho tiempo Horacio y recordó con nostalgia al amigo que llevaba algunos años sin ver.
Siempre postergó la decisión de ir a buscarlo o de llamarlo con cualquier pretexto, pero estaba seguro de que cuando lo hiciera su amigo estaría allí esperándolo. Su enorme ego no le permitía aceptar que Horacio había repudiado su amistad, cansado de su egoísmo y falta de sindéresis entre tantas teorías que predicaba pero que no aplicaba en su propia vida.
Quizás Daniel muy íntimamente lo sabía pero sus mecanismos de defensa se lo escondían para protegerse a sí mismo, por las mismas razones que siempre se negó a analizar el por qué habían fracasado sus múltiples intentos por mantener una relación sentimental estable, de las que solo obtuvo siete hijos conocidos a los que lo único que les pudo dar, aparte de nombres extraños, fue su apellido y cuatro desconocidos, incluido uno para el que anónimamente donó su esperma para una inseminación artificial.
Ninguna de estas ideas tenía cabida en la mente de Daniel, para quien el mundo giraba a su alrededor y se creía dueño de verdades absolutas.
Mientras tarareaba la canción que sonaba, tomó el volante del auto con las dos manos después de prender las luces y en un gesto reflejo acercó la cabeza al parabrisas al tiempo que abría un poco más los ojos para tratar de ver mejor en medio de la obscuridad que se había producido por el diluvial aguacero, aunque todavía no era de noche.
Siguió conduciendo bajo esas severas condiciones por unos quince minutos más. En la medida que se alejó de la ciudad el tráfico se hizo más escaso y esto le reforzó la confianza de experto conductor.
Al salir de una curva que resultó ser mucho más cerrada de lo que había calculado y que lo forzó a girar con gran dificultad, pues la había tomado demasiado rápido, entendió que en esas circunstancias no podía pisar el pedal del freno, lo que lo haría perder por completo el control del auto.
Mantuvo la dirección en esa posición hasta que casi había salido de la curva y poco a poco sintió cómo la fuerza centrífuga fue desplazando el auto desde el centro de la carretera hacia la cuneta opuesta al lado del conductor y cuando ya se terminó la curva y Daniel trató de enderezar la dirección, sintió que las llantas del vehículo no estaban en contacto con el pavimento, sino que patinaban sobre el agua y que se desplazaba a gran velocidad fuera de la carretera, solo por inercia.
Cuando las llantas volvieron a tener tracción sobre el suelo, el auto rodaba directo hacia una gran peña que se veía reflejada intermitentemente como un inmenso telón de cine por las luces que subían y bajaban por los innumerables saltos que iba dando el descontrolado auto, entre piedras, palos y fuertes golpes.
En la medida que la luz se hacía más intensa, como prueba inequívoca de que cada vez estaba más cerca del inmenso peñón, el tiempo se descomprimió para Daniel.
Pudo entender con claridad lo que se mencionaba en muchas historias, películas y libros, de que personas en circunstancias similares, frente a la proximidad de la muerte, en unas fracciones de segundo, veían pasar como una película, cuadro por cuadro, todos los actos de sus vidas.
Tuvo tiempo no solo para repasar una a una sus acciones, sino también para verse a sí mismo como un ser mezquino y miserable que había hecho muy pocas cosas en beneficio de los demás y que cuando lo hizo había sido por casualidad, o porque el principal beneficiado era él mismo o para lucirse frente a otras personas.
Solo entonces, por primera vez en su vida, sintió remordimiento y vergüenza de ser como era y un profundo dolor porque fuera muy tarde para remediarlo.
Comprendió que las cartas estaban echadas y que solo le quedaba una alternativa para hacer su última jugada y en ese instante entendió cómo debía jugarla.
Aceptó que la muerte era parte de la vida y que al ser imposible detener el auto, debía tomar la decisión correcta, aunque esa fuera la única digna que habría tomado en su vida y con ella intentaría resarcir en algo todo lo torcido y poco ético que había sido siempre y entonces se sintió libre, pleno e invencible y pisó el acelerador a fondo con una leve sonrisa de satisfacción, mientras sentía cómo rugía el motor que recobraba bríos y lo empujaron con mayor impulso hacia el telón en el que se proyectaba la película de su propia vida mientras la luz se hacía más y más intensa, en medio de un gran estruendo.
Cuando todo se detuvo Daniel se vio a sí mismo, a pesar que las luces ya no alumbraban más, con las dos manos sobre el timón y la cabeza ensangrentada apoyada en el parabrisas roto, que daba la impresión de una gran telaraña rectangular.
Repentinamente todos los ruidos quedaron reducidos al incesante martilleo de la pertinaz lluvia que azotaba al automóvil y que disipó en segundos la nube de polvo y humo que se había levantado por el impacto del auto que quedó totalmente destruido.

Texto agregado el 04-05-2015, y leído por 65 visitantes. (4 votos)


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