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Inicio / Cuenteros Locales / gcarvajal / EL LADO OSCURO DEL AMOR - Capitulo VII

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Después de varios llamados a la puerta Daniel abrió y no pudo disimular su sorpresa al hacerlo y ver a Roberto, su antiguo profesor de física del colegio, parado con las manos en los bolsillos del pantalón, con un viejo suéter y barba de varios días.
Le causó sorpresa porque era la primera vez que Roberto venía a su casa, si bien vivían a un par de cuadras el uno del otro, no eran amigos que se frecuentaran, pero sobre todo se impresionó por su apariencia, pues en la época del colegio, siempre vestía impecablemente, de corbata aun en los días en que no había clases, bien rasurado y fragante.
Sin disimular su torpeza por causa de la sorpresa, le pidió que entrara. Se sentaron y Roberto comenzó a conversar, preguntándole cómo le iba en la universidad y por un buen rato mantuvieron una conversación cotidiana, en la que intentaron actualizase por el largo tiempo que hacía que no se veían y recordando algunas anécdotas de la época del colegio.
La conversación dio un giro cuando Roberto hizo alguna mención del suicidio y con despreocupación aseveró que creía que tarde o temprano todas las personas en algún momento de sus vidas, con mayor o menor convicción, atrapadas por la depresión derivada de cualquier problema o aún sin existir ninguno y sintiéndose con la espalda contra la pared y creyendo no tener ninguna otra opción, consideraban como última alternativa el suicidio.
Daniel lo escuchó con atención para replicar que no todas las personas podían pensar igual, que el suicidio lejos de ser una solución, era la agudización máxima de los problemas. Preguntó, sin dejar opción para obtener respuesta, que qué se podía resolver quitándose la vida. Si ese hecho por sí mismo, podría contribuir en alguna medida a modificar el problema causa de la depresión.
Agrego que a su modo de ver, solo era un acto de profunda cobardía, por parte de quien no tenía la entereza de enfrentar un problema determinado. Dijo creer que por regla general la depresión hacía ver los problemas más grandes de lo que en realidad eran, pero que una vez que se superaba, el sujeto era consciente de que los había sobredimensionado y que nunca habría situación, por terrible que fuera, que no estuviera expuesta al riesgo de empeorar.
Roberto se frotó la barba con la mano, al tiempo de refutar el que le parecía débil argumento de Daniel. «Eso es fácil decirlo, cuando uno no se encuentra en los zapatos de una persona deprimida». Aseguró que solo quien ha estado en esa situación, puede afirmar con alguna cercanía de lo que puede sentir o dejar de sentir en esos momentos un deprimido. Acotó que cualquier aseveración sin experiencia vivida en ese sentido, no dejaba de ser más que un ejercicio teórico de algo de lo que no se conocía.
Daniel trató de argumentar diciendo que no todas las personas sufrían los mismos niveles de depresión y que posiblemente para quien no sea depresivo, nunca consideraría esa opción.
Roberto agregó que la vida era muy larga y que tarde o temprano todas las personas, al menos una vez en su vida pensaban en esa alternativa, aunque nunca llegaran a reconocerlo frente a alguna otra persona y en muchos casos ni siquiera frente a ellos mismos. Y volvió a preguntar: «Qué sentirá la persona que está a punto de tomar esa decisión», a lo cual respondió Daniel: «yo creo que un profundo miedo» pero desestimando la respuesta Roberto continuó: «yo pienso que un profundo valor» y agregó que a su modo de ver, el suicida trataba de castigarse a sí mismo, con el castigo máximo, por no tener la capacidad de enfrentar su depresión y considerar que ya no le quedaban más recursos válidos para enfrentar la vida.
Daniel agregó que a él en cambio le parecía que el suicida, con una muy baja autoestima, trataba de castigar a los demás, dejándoles el remordimiento de que por no haber sido más comprensivos o tolerantes, eran los responsables indirectos de su decisión.
Roberto no pudo dejar de mencionar la terrible posición en que quedaban las personas diagnosticadas con enfermedades incurables que se enfrentaban a largas y en ocasiones dolorosas agonías, convirtiéndose en una carga para sus familias, no solo por el trabajo físico que implicaba su atención, sino moral por la imagen que brindaban, además de las que por diversos accidentes quedaban mutiladas impidiéndoles desarrollar una vida plena, para las que la opción de la eutanasia estaba vedada y que no merecían vivir en condiciones tan deplorables, en cuyo caso a su modo de ver estaba plenamente justificado tomar la decisión de acortarse la agonía.
Roberto había adquirido tanta vehemencia en su discurso, que Daniel terminó por claudicar en su posición frente a la fuerza con que este había defendido su tesis, pero en realidad lo que le había disminuido la fuerza, fue el abandonar el argumento central, atraído por la mórbida idea de que tanta vehemencia solo podía ser sustentada por alguien que en algún momento de su vida, había creído que en realidad el suicidio era la única opción decente y le exacerbaba más aún el morbo el estar discutiendo precisamente ese tema con un auténtico potencial suicida.
Roberto por su parte sin comprender de donde le surgió tanta elocuencia para tratar ese tema y sin entender con claridad qué lo había motivado a hacer esa inesperada visita, se levantó y le extendió la mano a Daniel para dar por terminada la visita.

Texto agregado el 22-04-2015, y leído por 67 visitantes. (5 votos)


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