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Inicio / Cuenteros Locales / gcarvajal / EL LADO OSCURO DEL AMOR - Capitulo II

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Novena de Beethoven, anunciaba escuetamente la cartelera de la sala de música de la biblioteca. Atraídos por el nombre Daniel y Horacio entraron y bromeando Daniel le advirtió a Horacio en tono de burla, que no se fuera a confundir, que la Novena de Betoven no era para rezarle al compositor. Se sentaron en el suelo con las piernas estiradas y la espalda pegada a la pared, al lado de un gran parlante a esperar que comenzara el concierto que estaba un poco retrasado.
Retornando al tema que discutían camino hacia la biblioteca, Horacio le dijo a Daniel:
-Yo no entendí nada de esa película- A lo que Daniel interpeló: -Vos nunca entendés nada de nada. Por eso preferís mirar ridículas novelas de televisión en las que no hay que pensar- Se refería a que siempre a Horacio le costaba algún trabajo abstraer en su mente ciertos conceptos y en ocasiones las explicaciones de lo muy obvio tenían que ser bastante esquematizadas para que las asimilara y siempre que Daniel utilizaba el trato de vos, para referirse a él, en lugar del tuteo tradicional, adquiría un tono peyorativo de superioridad.
Horacio protestó que la superposición de escenas dificultaba encadenar una trama, pero con rapidez Daniel lo interrumpió antes de que comenzara un proceso de justificaciones, que al final ni él mismo lograría entender.
-No seas bestia, es muy sencillo. No te compliques tratando de encadenar una trama, pues la trama es la vida misma. El mensaje que Passolini nos quiso enviar es que sencillamente el protagonista era como la realización que cada uno de los demás personajes buscaba en la vida, rompiéndoles la endemoniada rutina y mostrándoles otras opciones que les permitieran sentirse vivos-
Horacio agachó la cabeza, claudicando la discusión y reconociendo que Daniel tenía razón, no en la interpretación que había hecho de Teorema, sino que era muy bestia para entender ciertas cosas, aunque no para otras. Por eso no había podido interpretar con acierto las figuras geométricas dibujadas en tres dimensiones en la prueba de apreciación abstracta, que para otros resultaron demasiado fáciles. Eso lo deprimía, pues llegaba a la conclusión de que era un bruto. No obstante como siempre en esos casos, con rapidez salía a su rescate algún otro recuerdo que le permitía entender que su mente no era torpe, sino sencillamente diferente, como el día en que se había presentado sin haber estudiado nada a un examen de Calculo con el «Loco Gamba», como apodaban al profesor, porque el primer día de clases, preguntó a sus alumnos quién podía definir una línea y al no obtener ninguna respuesta, tomó una tiza, la puso en el centro del pizarrón y comenzó a caminar pintando una línea a lo largo del tablero hasta que llegó al extremo y continuó pintándola por la pared del aula y luego por la puerta y siguió pintando por las paredes de la facultad, hasta llegar a la puerta del edificio, repitiendo una y otra vez: -La línea es una sucesión infinita de puntos- y no regresó ese día a dictar clase. A partir de entonces fue llamado cariñosamente por sus alumnos: el «Loco Gamba», hasta un día en que Horacio salió con un grupo de compañeros de clase de cálculo y mientras caminaban hacia otro edificio para tomar la siguiente clase, le dijo a una compañera recién entrada a la universidad, una hermosa morena de ojos verdes que se había integrado a su grupo: -Tu le entiendes algo a ese loco?- Y ella le respondió con otra pregunta: -Cuál loco?- y él contestó sin pensarlo mucho: -Pues el «Loco Gamba»- Ella lo miró comprensivamente mientras le decía: -Ese loco es mi papá-. En medio de las burlas de sus demás compañeros, Horacio se disculpó con la chica por su desatino mientras ella lo animaba para que lo olvidara. Desde ese día Patricia, la hermosa morena de ojos verdes, siguió llamando entre sus compañeros con el sobrenombre a su padre.
Meses después, Patricia le confesaría a Horacio que en pocos días se iría de viaje para la costa atlántica a abordar un barco mercantil en el que viajaría a Gabón, país de origen de la familia de su padre y que le gustaría mucho que la acompañara en esa aventura, pues estaba enamorada de él y Horacio tuvo que reconocer, superada la sorpresa por la inusual confesión, que le fascinaría hacer ese viaje con ella, pero tal vez en otro momento de su vida.
Ese examen con el «Loco Gamba» en el que después de haber leído los cinco problemas, los resolvió como pudo con rapidez y fue el primero en entregar la hoja a los quince minutos, sin que se sorprendieran sus compañeros que estaban acostumbrados a que entregara los exámenes en blanco, cuando no sabía nada. Después del examen fue al centro de cómputo a hacer un cambio de horario y luego al servicio médico para sacar una cita. Cuando regresó a la facultad, casi dos horas después empezaron a salir los primeros compañeros del examen, quejándose de lo difícil que había estado.
La mayor sorpresa fue al día siguiente cuando vieron en la cartelera las calificaciones del examen y todos lo habían reprobado menos él, que había resuelto correctamente los cinco problemas en quince minutos, mientras ninguno de sus compañeros lo había podido hacer en dos horas.
En ese momento la paz retornó a Horacio, pues se esfumó ese sentimiento de desistencia que lo embargaba cada vez que pensaba en que nunca terminaría su carrera universitaria y que si lo hacía sería un profesional mediocre, matizado con un temor muy oculto de que solo seguía en la universidad por la terquedad de no claudicar, para no tener que reconocer que era un bruto y entonces entendió que podía abandonar la universidad cuando quisiera sin el lastre de sentirse un mediocre.
Ese día Horacio no escuchó la novena de Beethoven, ni nada de lo que siguió parloteando Daniel.

Texto agregado el 09-04-2015, y leído por 65 visitantes. (5 votos)


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