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Nacho sabía que no habría festejos el inicio de año durante la mañana siguiente, cuando cumpliría 100 años; así que en el transcurso de la noche asumió varias posiciones, incapaz de conciliar el sueño. Volteó hacia su mujer Chayo hecha ovillo en el centro justo de la cama y enrollada no sólo en su chal, sino igual en ocho cobijas de San Marcos atascadas de barbitas; pensó entonces que hasta ella había perdido el aura de juventud que a él le echaran en cara cuando la tomara por esposa a los 43 años sin importarle que ella tuviera 17.

Nacho sintió una bocanada de frío que se incrustaba por las hendiduras de la puerta de madera añeja del cuartito de adobe donde vivía desde 30 años atrás. Tironeó sus propias cinco cobijas de lana y se acomodó en el catre mediante un empujón a su mujer, que masticó unas palabrotas impregnadas aún por el magma del sueño.

Afuera la oscuridad cubría como atole la milpa y las nopaleras, y adentro persistía la luz mortecina de una veladora ofrendada a media docena de potestades desgarbadas a quienes Chayo hacía los honores cada madrugada, mediante oraciones rápidas y precisas que lo mismo agradecían los favores recibidos, como reclamaban los olvidos caprichosos de los santos más rejegos.

Si algo odiaba Nacho era que cada aniversario debía revisar todo su cuerpo, empezando por la boca sin dientes, que requería la dentadura metida en un vaso de agua en una mesita anexa con pastillas y jarabes; o los ojos sumidos en sus cuencas como capulines aguados, que precisaban de unos anteojos de vidrios gruesos cual fondos de botella para definir “en siluetas de cristianos” las manchas de espantos que Nacho veía “a rais”.

Instantes depués Nacho ya se encontraba masajeando sus rodillas, que percibía como atascadas de herrumbre, al igual que los fierros inútiles que se hacinaban en el corral, al lado de cuatro gallinas ponedoras y un gallo coruquiento y orondo en mitad de su harén. Y casi por inercia, Nacho pensó en el bastón que utilizaba desde el año de la canica para caminar a pasitos medidos y no más de veinte metros de un tirón.

Pero Nacho nunca había tenido auténticos festejos; cuando mucho, la visita de algunos de los hijos que le sobrevivían de los diez tenidos con su primera mujer, todos patriarcas ancianos con nietos y bisnietos en racimos; o la llegada a las prisas de la parentela engendrada con Chayo, menos viejos “pero más cabrones y olvidadizos”.

Afuera uno de los siete perros de Nacho levantó la cabeza incordiada por el vaho de un coyote y alertó a los demás, que salieron como demonios, con los pelos tiesos y los dientes desenfundados tras el invasor, que escapó hacia la espesura del monte.

Los ladridos hicieron que Chayo se revolviera en su reducto soltando un reclamo inútil antes de retomar la hebra de un sueño donde platicaba cosas de suma gravedad con San Cayetano: “Chingados perros malsines que no dejan dormir”.

Nacho cerró los ojos llevándose la mano al pecho, donde sintió los latidos persistentes que estaban a punto de hacerlo completar un siglo. Y entonces tuvo una especie de revelación: supo que pocos podían darse el lujo de ser equiparados con las franjas definitivas en que se dividiera la línea del tiempo “desde el nacimiento de Nuestro Señor hasta estas épocas malvadas que ya nomás esperan por la llegada del Malo”, como le gustaba salmodiar cuando se tomaba sus pulques con varios de sus compadres, casi tan ancianos como él.

En su mente destelló una nueva secuencia de su juventud, y Nacho entendió que ya abordaba la etapa en que “vivía de sus recuerdos”, pero no le importó. Así que escudriñó las imágenes donde montaba un caballo de grupas lustrosas al perseguir con varios de sus hombres a un alborotador, que al paso de los años se transformaría en su mejor amigo: Juan Aparicio José.

Luego identificó la escena donde entablaba largas conversaciones con Juan Aparicio José, ya bien guardadito en la penitenciaría rascuacha de la que Nacho era la máxima autoridad “por mandato y determinación popular”; y más tarde los tiempos en que Juan Aparicio José expulsó al chamuco que le obnubilara el entendimiento para integrarse a la comunidad como dócil zapatero.

Después la cabeza de Nacho le jugó una mala pasada: lo remitió al tiempo esplendoroso cuando cortejaba a una muchacha de cachetes como jitomates y delgadita cual rama de azafrán. Se trataba de Rosarito, que por obra y gracia de los malos espíritus se había convertido en la vieja quejumbrosa engurruñada a su lado.

“¡Chingada madre!”, dijo Nacho en voz bajita, como si llorara. Y al no obtener respuesta de nadie, se descobijó con coraje y levantó la voz ya desafinada como el sonido de un violín apolillado: “¡Chingada madre, carajo!” Pero su queja tampoco tuvo ningún efecto en su mujer, que a esas horas ya discutía sobre la complejidad de los santos misterios con San Cayetano.

De modo que Nacho se quedó sentado en la cama con las manos temblorosas depositadas en las piernas flacas de pellejos como cera derretida, y al final se vistió luego de calarse las gafas y de meterse la dentadura en la boca que musitaba frases terribles contra el tiempo, el frío y “los cabrones recuerdos”.

Se apoderó de unas cobijas y atenazó su bastón antes de salir. Ya afuera, se acomodó en la silla de palma donde se calentaba todas las mañanas, mientras sus animales retornaban gimiendo contentos.

Los primeros destellos enrojecidos del crepúsculo darían de lleno en su rostro de arrugas delineadas por un punzón, donde se acalambraron en santa paz los rayos de un sol persistente que alumbró la plenitud de su siglo.



Texto agregado el 31-12-2014, y leído por 174 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
08-01-2015 Ahhh... delicioso texto Gustavo, que como siempre adentra en los personajes, hasta casi "verlos", además de las descripciones tan precisas, que crean y recrean ambientes a tu libre albedrio, un lujo leerte amigo. Gracia por la lección. Muichooossss aulllidos yar
01-01-2015 "Cabrones recuerdos"...sip... sabiel
01-01-2015 1. Me fascinó tu cuento Gatocteles. Un recorrido bien plasmado y muy reflexivo sobre el personaje central de tu historia. Una historia que habla sobre la introspección necesaria en la vida de cada uno, pero que pareciera que sólo se percibe al “final de los tiempos”. SOFIAMA
01-01-2015 2. Las descripciones usadas para desarrollar las escenas presentadas son perfectas y con un vocabulario de altura, pero sin rebusques. Excelente cuento. Un gusto leer dos historias brillantes en la mañana de hoy: el tuyo y el de Pielfría. Genial. Un gran abrazo y feliz vida para ti. SOFIAMA
01-01-2015 Vi tu cuento y entré a comentarlo. Conoces muy bien la conducta de la gente de pueblo. Y sobre todo la describes con precisión incomparable. Rulfo sin dudarlo firmaba como propio alguno de tus cuentos. Feliz 2015. Un abrazo. umbrio
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