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IV

Noelia iba cada vez más por el despacho para resolver asuntos profesionales. Su preparación y sus conocimientos eran evidentes y, en algunas materias, una verdadera especialista.
He podido constatar en mi relación con Noelia algo que había intuido a lo largo de mi vida y que me había hecho pensar en la complejidad de las relaciones humanas: compartir conocimientos, aportar distintos puntos de vista, resolver problemas en equipo, genera un magma de complicidades que, pasando por la admiración profesional, impulsan la confianza mutua y el afecto que, sin solución de continuidad, pueden derivar hacia la amistad o incluso el amor. Nace un torrente de agua cristalina que, de cascada en cascada, acaba bifurcándose hacia un punto u otro. Es la misma corriente que se va incrementando con diversos aportes y aumentando su velocidad a medida que se acerca al final de su recorrido. ¿Qué lucecitas se encienden en nuestro cerebro que nos llevan, como sin darnos cuenta, desde una conversación sobre absorción de sociedades hasta reparar en unos bonitos ojos verdes o en un culo espectacular?
Lo cierto es que mi torrente particular fluía ya sin control hacia Noelia sin que nada ni nadie pudiera interponerse en su curso. Era consciente del peligro que me acechaba, pero aquello no pasaba de ser, al fin y al cabo, una ensoñación mía. ¡Qué iba a hacer Noelia con un hombre de mi edad! La naturaleza, pensaba, debía llevar sus preferencias hacia hombres de su generación, fuertes, potentes, inteligentes como ella, guapos como ella, que le ofrecieran una relación estable, paritaria y gratificante. Pero no perdía la esperanza de que otro torrente, el de ella, corriera en paralelo al mío y que, en algún momento, ambos pudieran encontrarse.






















V

Aquella tarde de Octubre había decidido asistir a una conferencia en el Colegio de Abogados sobre un tema de actualidad que además me interesaba enormemente: el blanqueo de capitales y las profesiones jurídicas.
En nuestro provinciano Colegio de Abogados, remozado y puesto al día por la joven generación de letrados que ya había tocado el poder, se impartían cursos y se organizaban conferencias de un nivel muy aceptable. Aquella tarde se servía en los salones del Colegio un vino tras la conferencia al que me quedé contra lo que era mi costumbre; nada más empezar el conferenciante, casi me vi obligado a volver la cabeza hacia el pasillo del salón de actos ante el tableteo de los tacones de dos mujeres que llegaban tarde y que pretendían encontrar acomodo lo antes posible. Noelia y una amiga eran las que concentraban las miradas de desaprobación de todos los presentes. Sabía que estaba allí, y su sola presencia me impedía seguir el discurso con atención. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para involucrarme en la exposición, aunque finalmente lo conseguí.
Mientras me dirigía hacia la estancia donde estaban preparados los canapés, Noelia me saludó, moviendo la mano, haciéndose ver entre la gente al tiempo que le decía algo a su amiga. Departía sobre la conferencia con dos jóvenes abogados, miembros de la Junta Directiva del Colegio, con un Fiscal que me acababan de presentar y un notario de edad conocido por su simpatía y sus chistes, cuando se acercaron Noelia y su amiga.



--Jesús, qué tal. Quiero presentarte a Viky, compañera de despacho que tiene mucho interés en conocerte. Le he hablado mucho de ti y de lo que me estás ayudando últimamente con tus consejos.
Tras excusarme con mis interlocutores, nos apartamos hacia una esquina del salón y la conversación, como no podía ser de otra manera, se centró en los pormenores de la conferencia. Antes le había recriminado a ambas el retraso en llegar.
--Ya sabes cómo está el tráfico y el aparcamiento en esta Ciudad.
Mientras charlábamos con la copa en la mano, los ojos de Noelia no se apartaban de los míos y sostenía la mirada con facilidad, sin esfuerzo, siendo consciente de que había una línea directa, imaginaria, entre nosotros que sólo esporádicamente confluía en Viky, que, ajena a su propia situación, reclamaba de vez en cuando la atención.
La conversación discurría fluida e interesante cuando Pablo, uno de los jóvenes letrados, se acercó a nosotros, saludó a Noelia y Viky y se metió de lleno en la conversación, aportando interesantes perspectivas desde su especialización en derecho fiscal. En un momento determinado nos encontrábamos hablando de música. Ellos hablaban de grupos y cantantes que yo ni siquiera conocía, recomendándome que oyera algunos de sus discos.
--Porqué no cenamos de tapeo y luego nos pasamos por el Lewis a tomar una copa. Actúan unos chavales en directo que hacen una fusión muy interesante del jazz y el flamenco. Esto se está acabando y el blanqueo de capitales ya no da más de sí.
Pablo había visto la oportunidad de ligar con Viky, una chica a la que ya conocía, espontánea y dicharachera, además de despampanante. Al parecer consideró agotada con buenas expectativas la fase de los tanteos previos y vio llegado el momento de pasar a la siguiente en otros sitios más adecuados para su propósito final.
Me negué en rotundo.
--Yo no salgo por las noches. Marchaos vosotros que sois jóvenes. Estoy seguro de que os lo pasaréis estupendamente. Yo me voy a casa.
--Jesús, por favor, no nos dejes colgados.
No supe interpretar la frase de Viky. Quizá quien pensaba que estaba ligándose a Pablo era ella, y en un momento determinado, si yo los acompañaba, podría hacer mutis por el foro con su galán “de noche”.
--Por favor, Jesús.
Noelia había buscado directamente una respuesta afirmativa en lo más profundo de mí desde sus ojos verdes entornados por el humo con un mohín y una voz que me recordaban a una niña pequeña pidiéndole a su padre que la llevara al circo.
Pablo insistía, sin querer que se le escapara aquella oportunidad.
--Jesús, hombre, una noche es una noche. Te va a encantar la música que hace esa gente.
---“De acuerdo. Os acompañaré hasta donde Morfeo me lo permita. Me temo que mi compañía a partir de las once de la noche no tiene ningún interés.
Aunque trataba de trasmitir a mis interlocutores la impresión de que accedía a prolongar mi velada por su insistencia y, en definitiva, como había dicho Viky, por no dejarlos colgados, lo cierto es que en mi interior no me desagradaba la idea de compartir unas horas con gente de otra generación. Es más, casi habría podido decir que me apetecía enormemente tomar unas copas con ellos y, sobre todo, (a mí mismo no me lo podía negar) con Noelia.
Iniciamos nuestro recorrido por “La terraza”, un mesón en el que podían degustarse unas magníficas tapas de cocina tradicional: migas con arenques, lomo de orza, secretos de ibérico etc. Seguimos por “La barca”, con sus especialidades de quisquilla, calamares, boquerones y salmonetes. El buen vino iba haciendo su efecto, soltando la lengua, desinhibiendo la mente, haciendo más rápida y chispeante la conversación que discurría desde temas profesionales a los omnipresentes temas del hombre: el amor, la amistad, la envidia, los celos, el eterno femenino y masculino.
Me extrañaba que yo, que a las once ya estaba en el primero y más profundo de los sueños, no me viera asaltado por los inevitables bostezos. Al contrario, me sentía vivo, despierto, interesado en la función que como protagonistas estábamos representando. Veía los acontecimientos, las situaciones y los diálogos desde fuera, como si un director de escena invisible guiara nuestra actuación; pero al mismo tiempo tenía plena conciencia de que yo era uno de los personajes principales de aquella obra que no era invención ni figuración, sino que estaba acaeciendo en la realidad.
Cuando salimos del último bar, Pablo ya le pasaba el brazo por los hombros a Viky y ella lo enlazaba por la cintura, levantando la cabeza para mirarlo entre risas, en algunos momentos verdaderas carcajadas.
Noelia se había colgado de mi brazo y caminábamos con lentitud, hablando de su madre, a la que claramente se veía que adoraba.
--Ha sufrido mucho, sabes. Mi padre no fue el mejor marido ni el mejor padre del mundo.
Expresaba sus vivencias con cierto rencor, pero como si estuvieran guardadas en el tiempo, superadas, difuminadas en el recuerdo desde donde ya carecían de la fuerza necesaria para hacerle daño.
Me hubiera gustado decirle que ya sabía lo que Carmen había pasado, que la había consolado, que estaba renaciendo a la vida y a las sensaciones olvidadas, que... Pero algo, que yo sabía ya lo que era, me lo impedía.
--Noelia, ¿sabes que tu madre y yo de jóvenes, casi adolescentes, fuimos muy amigos?
--Sí, después de vernos en tu despacho me habló algo de eso.
Nos habíamos acomodado en una mesa de aquel pub, oscuro, con el humo suficiente como para incidir en las estadísticas de muerte de los fumadores pasivos, pero acogedor, con un ambiente multirracial, multicultural y multigeneracional. Efectivamente, había negros, anglos, hispanoamericanos, gitanos y hasta algún magrebí me pareció ver. Había gente de mi edad con melena larga; otros más jóvenes con la cabeza rapada, pelos de colores, vestimenta negra; señoras arregladas, chicas de trapillo pero perfectamente conjuntadas a la búsqueda de la estética que habían hecho suya; señores de traje y corbata con barba cuidada o de días; personas mayores y jóvenes veinteañeros. En definitiva, parecía que la buena música atraía a personas de todas las edades, razas y culturas. Me vinieron a la mente aquellas visitas esporádicas al Jazz Club de Madrid, con un ambiente casi místico, de celebración y encuentro, de humo y alcohol, con las notas del saxo de Pedro Iturralde (esos compases lentos, arrastrados), penetrando nítidamente tu interior.
Entre tema y tema, Viky ya se ofrecía claramente a Pablo, desplegando todas sus armas de seducción. Risas, cuchicheos, miradas, contactos, besos tenues, anticipo de otros que reservaba para la intimidad. Noelia permanecía abstraída, concentrada en la música, y sólo de vez en cuando, me miraba buscando mi aprobación a la actuación de aquellos jóvenes. Yo asentía porque realmente estaba disfrutando de aquella música extraña pero llena de matices, de mixtura del “duende” y el “alma”, palabras tan distintas, pero que en el fondo expresaban lo más profundo de los sentimientos.
Acabó la actuación y toda la sala rompió a aplaudir, a silbar; en definitiva, a devolver a aquellos muchachos todo lo que ellos habían arrancado de sí para hacérnoslo llegar. Estaba convencido de que antes o después estarían en lo más alto.
Ya saliendo nos vimos en la obligación de saludar a algunos conocidos y, mientras nos dirigíamos a los coches, Pablo se ofreció a llevar a Viky a su casa. Noelia se ofreció a acercarme a la mía. Al despedirnos, la sonrisa de Viky y Pablo presagiaba claramente lo que iba a ocurrir, y Noelia le dijo algo al oído a su amiga que le provocó una sonora carcajada. Cuando nos separamos, volví la cabeza y pude ver que, mientras caminaban, se besaban como si les fuera la vida en ello.
--Qué rápidos sois los jóvenes.
Noelia, colgada de mi brazo, me sonrió:
--No todos.
Atravesamos la ciudad desierta. Sólo se veían algunas parejas y grupos de chicos y chicas que gritaban desaforadamente.
El pequeño utilitario se detuvo en la puerta de mi casa.
--He estado muy a gusto con vosotros. Me lo he pasado muy bien.
--Y yo también, Jesús.-
Me volví hacia Noelia para darle un beso de despedida, pero ella giró levemente su cara y me besó apasionadamente en los labios. Le cogí las muñecas separándole las manos de mi cara.
--Por favor, Noelia, no me hagas esto.
Pero ella, como si no me hubiera oído o como si no le importara lo que le decía, volvió a besarme con mayor intensidad.
Mientras subíamos en el ascensor, ella, apretándose contra mí, quería trasmitirme la serenidad que tenía y de la que yo carecía en esos momentos.
--No te preocupes. Sé lo que hago y quiero hacerlo.

Texto agregado el 17-08-2014, y leído por 117 visitantes. (0 votos)


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