Cirugía del alma
Un día cualquiera en la sala de espera del consultorio de un cirujano plástico.
-¿Sra. Ordoñez?
-Soy yo
-Puede pasar, el doctor la espera.
La señora Ordoñez era la primera vez que concurría a un especialista en devolver años como era el Dr. Elvio Morales.
-Buenas tardes doctor, venía a verlo porque quiero hacerle una consulta.
-¿Qué puedo hacer por usted?
Alcira Ordoñez era una mujer de unos 40 años bien llevados; agraciada figura y un rostro que haría llenar de envidia a cualquier adolescente. Se había animado a concurrir luego de muchos cabildeos. Se armó de coraje y pidió el turno.
No sabía cómo empezar y por más que lo había ensayado un montón de veces, ahora frente a frente con el profesional, no le salían las palabras.
Por la primera vez en años se había despojado de sus hábitos, como Madre Superiora del Convento de la Providencia era impropio que la vieran en esos lugares, habida cuenta de la fama del profesional en los muy terrenales deseos de sus pacientes.
-Vengo para que me practique una reconstrucción vaginal.
El doctor procedió a revisarla y evidentemente las partes de la monja no eran del todo agraciadas.
-Casi siempre discuto con mis pacientes sobre la oportunidad y la conveniencia de mis intervenciones, pero en este caso creo que coincidimos.
Con el rostro casi morado, esbozó una tímida sonrisa bajando la mirada por una vergüenza que la apabullaba.
-Siéntese que le voy a hacer la ficha, solo serán unas pocas preguntas.
-¿Edad?
-42 años
-¿A qué se dedica?
-Soy directora de un centro de estudios en teología- Mintió por primera vez la devota
-¿Tiene hijos?
No podía entender lo que estaba haciendo, confesando su vida a un extraño que jugaba a ser Dios.
Luego de los preparativos y estudios prequirúrgicos, acordaron la fecha de la intervención
Agobiada por una culpa cristiana no quiso ocultar su identidad, después de todo era peor la mentira.
Arrodilla frente al altar se sinceró ante el Creador y purgó sus pecados.
Concurrió el lunes convenido a las 9:00 hs. con su ropa habitual de religiosa, decidida a someterse a aquella intervención que en años había esperado, nunca tan cerca, nunca tan lejos.
Un velo negro por sobre la cofia blanca que cubría sus mejillas y el cuello. Una túnica de sarga negra que se ataba en la parte trasera, por sobre el cual se sujetaba el escapulario; el típico delantal colgando de la parte delantera y trasera. Un cinturón de lana del que colgaba un rosario de cuentas de madera. De su cuello se desprendía una cruz de plata y un inconfundible anillo en la mano izquierda que reafirmaba sus votos.
-Buen día Hermana, ¿que la trae por aquí?
-Como habíamos acordado, vengo por la intervención quirúrgica.
En un primer momento no la reconoció; nunca le había sucedido algo así. Solía recordar por el nombre a todos sus pacientes.
El Dr. Morales pudo recordar esa cara angelical, de delicados gestos, que un día había ingresado a su despacho.
Le costaba relacionar a aquella tímida señora con la imponente figura de aquella dama consagrada al Señor.
La impertinente e inoportuna aparición de su secretaria, cortó ese especial momento.
-Doctor, me acaba de llamar el Padre de la Sra.
Ordoñez para informarle que su hija ha desistido de la intervención quirúrgica.
La Divina Providencia se había hecho presente en aquel instante sublime, redimiendo a la religiosa y tal vez devolviendo la fe al agnóstico galeno.
-Muchas gracias por su cooperación, Doctor -Disimuló Alcira
Le extendió la trémula mano derecha, saludó al médico y se fue aferrada al Rosario, con su rostro encendido por la reconciliación.
OTREBLA
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