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De la conversación que Tama-eiki mantuvo con Kiv
Cuando Tama-eiki volvió a Aroba, tuvo que afrontar algo que hubiera querido ahorrarse. Pero hasta él tuvo que admitir que le debía una explicación a su hijo. Informado por Itué, fue a sentarse al lado de Kiv, que ahora pasaba tiempo observando por el pozo de la aldea. Ambos estuvieron largo tiempo en silencio hasta que el todavía niño habló:
-¿Eso que se ve al fondo es Aroba?
-La Aroba de los hombres, hijo. No la nuestra. La otra Aroba, la que quizás sea la verdadera es la que tenemos alrededor.-dijo Tama-eiki señalando en torno.
-Itué no es mi vedadera madre ¿verdad?
-No. Tu madre era una mujer humana. Ya murió. Mucho me temo, y me pesa, que no fue feliz en el poco tiempo que vivió después de conocerme. Me siento responsable, al menos en parte, aunque no lo pretendía. Por eso te recogí cuando tu abuelo humano te quiso abandonar a las garras de Puna.
-¿Cómo era ella?
Tama-eiki sonrió por un momento y luego su rostro se ensombreció. Por un momento pareció que el dios iba a llorar, cosa que Kiv nunca le había visto hacer. Por fin habló.
-Algún día te lo explicaré... Cuando no me duela tanto. Era una buena mujer, eso no lo dudes. No lo dudes nunca.
-¿Era de Aroba?
-No. Era nativa de la mayor de esas islas.- De un modo que Kiv no hubiera sabido describir, el fondo del pozo cambió. Apareció la imagen de un pequeño archipiélago. La isla mayor era alargada y con una laguna en su parte central: Nahu'ai.- Allí viven los descendientes más directos de los Primeros Hombres. Tú eres uno de ellos.
-¿Y qué va a ser de mí?
De nuevo, Tama-eiki calló. Pareció sumirse en profundos pensamientos. Cuando Kiv pensaba que no iba a decir nada, dijo el dios por fin:
-Mi esperanza es que quieras ser un dios-piedra. Buscaremos una morada adecuada para tí. Un buen lugar donde esperar el Tiempo después del Tiempo. Dicen que...
-¡Pero solo podré ver y oír lo que ocurra cerca de la piedra que habite! -saltó Kiv.- ¡No podré moverme, ni conocer de verdad a otra gente!
-Lo sé. Pero la alternativa es convertirte en humano. Con ello, volverás a estar en la lista de Puna. Aunque pase mucho tiempo, a mí no me gustaría ver como partes hacia el Inframundo para ella te juzgue.
Ahora fue Kiv el que se quedó callado. Ninguna de las dos perspectivas le atraía, pero sabía bien que no había tercera opción. Pues el que ha rechazado su oportunidad de convertirse en dios, no puede aspirar luego a ser deificado. Antes de levantarse, Tama-eiki abrazó al niño por los hombros.
-No tienes por qué decidir ahora. Solo eres un crío y tu elección no tendría ningún valor. Medita bien lo que harás. Tienes mucho tiempo.
Dichas estas palabras, el dios se levantó y se dirigió de nuevo a la cabaña que ahora compartía con Itué y Kiv. El niño se quedó mirando al fondo del pozo, donde permanecía la imagen de las islas cuyo nombre aún ignoraba.

De la batalla final
Nadie sabe cuánto tiempo pasó exactamente antes que llegara la ocasión de la batalla decisiva en Nahu'ai. Lanu y Ronu nunca pierden el número de festivales que se les dedica, pero la prohibición del culto a los dioses gemelos provocó que la gente que les seguía siendo leal tuviera que celebrar sus festivales cuando podía, que no era necesariamente cuando en el tiempo debido. Lanju empleaba un calendario que empezaba en el primer año de su propio reinado, pero se ha perdido. Así que no se puede asegurar cuánto estuvieron Kaumi y Ondo luchando, cada uno a su manera, por restablecer los antiguos pactos en Nahu'ai.
Debieron ser unos años, pues se prolongó tanto que otros dioses fueron tomando partido en la disputa. Al principio sólo eran Lanu y Ronu contra Ari e Iwaké. Pero luego Tama-eiki tomó partido por los dioses gemelos, lo que provocó que Walagun se aliara con Iwaké. Y progresivamente, por diversos caminos, se llegó a una situación en que las propias Kava y Puloa decidieron aprovechar la ocasión para arreglar sus diferencias. Kava, aliada con Lanu, Ronu y sus familias. Puloa al lado de Iwaké, Ari y sus familias. Así estaban las cosas cuando Kaumi y Ondo reunieron sus fuerzas y se lanzaron contra la aldea-fortaleza donde se hallaban Lanju, su familia y el grueso de sus fuerzas.
Fue una batalla terrible, en medio de la peor tempestad que se recuerda, con muchas bajas por ambos bandos. Ondo atravesó con su lanza a muchos de los que guardaban a Lanju, llegó hasta él y le atravesó el corazón. Kaumi guiaba a los suyos contra los mercenarios extranjeros traídos por Lanju, a los que guiaba su hijo mayor, que pereció en la refriega. Mientras, Kava y Puloa se enzarzaban como nunca en su eterna riña. Walagun quería aprovechar la ocasión para cortarle a Tama-eiki algo más que el dedo de un pie, pero vaciló al ver que ya estaba luchando con Fusi. Vaciló un momento, antes que le llamaran para ayudar a parar el empuje de Kranu, hijo de Ranu y la diosa serpiente Zaka, a la que también se la llama Zala, como el reptil bajo cuya forma prefiere manifestarse. Así que el dios de la niebla tuvo que olvidarse de ayudar al viejo dios de los pescadores, que encima no se lo hubiera agradecido.
En su lucha, Tama-eiki y Fusi se fueron apartando de la refriega principal hasta llegar detrás de unos arbustos. Una vez allí, el viejo preguntó:
-¿Nadie nos ve ya?
-Hace rato que nadie se fija en nosotros. Eres demasiado precavido.-Sonrió Tama-eiki. Y era que ambos habían quedado previamente de acuerdo en escapar de la lucha en cuanto les fuera posible, aparentando que se habían enzarzado entre ellos para salvar las apariencias. Así que ambos se saludaron y abandonaron el campo cada uno por su lado. Típico de Tama-eiki, aunque el hecho que Fusi no apareciera más desmoralizó mucho al bando de Lanju, donde había muchos pescadores.
Finalmente, Kranu llegó hasta el dios-piedra Ari y lo degolló con su navaja de dientes de tiburón. Como cada vez que perece un dios-piedra, la tierra tembló. La morada de Ari se hundió bajo las aguas y quedaron tan solo unos pocos islotes llamados hasta hoy "de Ari". En esas condiciones, Iwaké decidió retirarse y la mayoría de los defensores de la causa de Lanju se rindieron. Kaumi ya estaba celebrando la victoria cuando le dieron la noticia: Ondo había muerto también, abatido poco después de matar a Lanju.

De cuando Kiv dejó atrás la infancia
Kiv se había hecho amigo de uno de los cachorros de los Padres de Todos los Perros, regalo de Puloa a Tulaké y solía ir con él a todas partes. Siempre apreció la lealtad que le mostraba el can y acabó por hacerlo su totem. Es por eso que todos los de su clan tienen prohibido comer su carne. Mucho más tarde, en Nahu'ai, se iría perdiendo la costumbre de comer su carne por respeto al propio Kiv. Pero eso estaba muy lejos en el futuro. En esa ocasión, Itué comenzaba a preocuparse, pues veía a Kiv hacerse cada vez más humano, contrariando sus deseos y los de Tama-eiki. Se hubiera preocupado aún más si hubiera podido seguirle en otra ocasión que Kiv fue hasta la morada de la Araña Primordial.
Este mensajero de Tulaké vive en el interior de una enorme cueva al pie del monte en la Aroba celeste. El perro, amedrentado, no quiso entrar en ella. Kiv, prudente, decidió imitarlo y habló desde el exterior.
-¡Eh! ¡Que tengo algo que preguntarte!
-¡Déjame en paz, medio-humano!
La Araña Primordial no tiene especial estima a los hombres. Por eso algunas de sus hijas los envenenan.
-Tú sabes todo lo que ocurre. Tus hijas están por todas partes y te lo cuentan todo.
-¡Es la misión que me ha encomendado mi amo! ¡Es a él a quién debo informar! ¡Tú no tienes por qué saber nada de ello!
-¡Pero yo...!
-¡Vete, cachorro humano, o saldré yo!
Al decir esto, unas enormes patas peludas asomaron por la cueva. El perro retrocedió ladrando y Kiv abandonó el intento. En el futuro, recordaría la negativa de la araña a colaborar. Pero ahora solo le quedaba otra fuente a quien acudir. Así que bajó hasta el Inframundo, con el temeroso perro siguiéndole y llegó a los dominios de Puna.
-¿Qué haces tú aquí?- Le preguntó ésta, nada contenta de verlo.
-Quiero saber quién fue mi madre y por qué y por quién fuí abandonado.
-¿Y por qué crees que yo debería saberlo?
-Según mi padre, mi madre era humana y ya ha muerto, de manera que tienes que saberlo.
-¿Por qué debería decírtelo? ¡No puedes dar nada a cambio!- Dicho esto, Puna dióse la vuelta y se marchaba cuando oyó a Kiv.
-¡Sí que puedo! ¡Mi propia mortalidad!
Puna giró la cabeza.
-Pronto tendré que elegir mi destino. Si me dices lo que quiero, volveré a ser un hombre y, a su debido tiempo, regresaré aquí para someterme a tu juicio.
Puna examinó atentamente la cara de Kiv. Recordaba a la de su odiado padre, pero había en ella una determinación y una convicción que nunca había visto en Tama-eiki. Así que la diosa de la muerte se sentó y preguntó:
-¿Por qué ibas a desaprovechar la ocasión de ser un dios?
-Porque saberlo es importante para mí y he perdido ya la esperanza que mi padre me lo cuente alguna vez. Prefiero saber y morir que seguir ignorando y permanecer.
Puna volvió a examinar atentamente el rostro de Kiv antes de hablar.
-Es una historia muy triste. Tal vez te arrepientas de saberla.
-Quiero la verdad. Sea cual sea.
Puna suspiró y comenzó a hablar:
-Tu madre sabía con quién se estaba acostando cuando conoció a tu padre. A él le encanta creer que pasa desapercibido entre los hombres, después de todo, hay muchos que han perdido un dedo del pie. Pero esa es una primera señal y luego, si conversando sabes hacer las preguntas adecuadas, es evidente de quién se trata en realidad. No calculó que se quedaría embarazada. Pero ella te quería. Fue tu abuelo quien se empeñó primero en que abortara, cosa a la que se negó y luego la forzó a abandonarte a la marea. La había prometido a un amigo suyo. Poco después de casarse... ella vino a mí sin que yo la llamara.
-No me has dado nombres...
-Sé cómo es la herencia de tu madre. Tentada estoy de hacerlo porque sé que me enviarás a tu abuelo humano a menos que haya venido antes a mí, y quizás también a su amigo y a otros. Pero no soy yo quién debe decirte eso.
-¿Puedo hablar... con mi madre?
-¿Y si me niego?
-Me quedaré aquí hasta dar con ella.
El perro temblaba en presencia de Puna, pero no se alejaba ni un milímetro de su amo. Puna decidió que no valía la pena resistirse. Señaló al animal.
-Cuando alcances la mortalidad, él te seguirá.
-El perro es libre de hacer lo que quiera...
-¡Te ha seguido hasta aquí! Tú volverás aquí... y él te abrirá camino.
A Kiv no le quedó otra que ceder. Eso fue algo que le dolió, pues lo que le había ofrecido a Puna ya lo tenía decidido desde antes. Era hijo de su padre, pues iba a pagar con algo que Puna ya poseería sin saberlo. Y, por mucho que le gustara la compañía del perro, lo que no deseaba es que siguiera su propio destino bueno o malo. Pero así era Puna, como bien le había explicado una vez su padre.
Una vez hubo accedido, pudo acercarse hasta el espíritu de su madre y ambos conversaron largamente. Ignoramos lo que se dijo entonces. Lo que sí sabemos es que, una vez hubo vuelto del Inframundo, se dirigió directamente a la cabaña de Tulaké y le dijo que ya había decidido que, a sus dieciséis años, volvería a ser mortal.

Del primer fantasma
Sucedió en la ocasión en que Kaumi estaba estableciendo bosques sagrados. La diosa Zaka había establecido, como condición para ayudar a los rebeldes, que todos los lugares donde fuera vista la serpiente zala, en cuya forma prefiere ella presentarse, serían considerados sagrados. Los sacerdotes de Zaka se ocuparían que nadie cultivara nada en esos lugares y designarían cúales árboles iban a ser talados antes del festival de Lanu. Y no era cuestión enemistarse con la madre de Kranu, que ahora era dios de la guerra.
Después de la batalla, el reparto de los despojos: Ronu había recompensado a su hijo mayor dándole el dominio sobre la guerra, reservándose para sí el combate individual. El general debe rezar a Kranu para que le envíe la victoria, el soldado a Ronu para que le permita matar a su enemigo y sobrevivir. A Kranu ya le sirve que quede vivo uno solo en el campo, siempre que ese uno sea de los suyos. Iwaké había huído a Riwu y había sido despojado de todas sus propiedades en Nahu'ai. Se le había entregado a Lapei el poder del desterrado sobre los volcanes y el fuego le había sido entregado a uno de los hijos de Ronu. Por lo que hace a Ari, solo quedaban unos pocos islotes. Ari estaba muerto, igual que Lanju, pero hay quien dice que su malévola conciencia sigue entre los islotes y que llama a sus aliados, los hijos de Puloa, que se manifiestan en forma de peligrosas corrientes entre los islotes. Sea como sea, y para afirmar su victoria, Kaumi pensaba construir su palacio en el mayor de ellos.
Entonces le llegaron los rumores: habían visto a Ondo paseando por las noches en el lugar de la batalla, aunque ya estaba muerto. La aparición persistía. Y la gente temía dirigirse allí. Finalmente, Kaumi decidió presentarse una noche, con su ocarina.
Estuvo tocando desde el ocaso hasta el momento en que apareció la luna y vió dirigirse hacia él a un hombre alto y vigoroso. No le podía ver la cara, pero conocía bien su forma de moverse: efectivamente se trataba de Ondo. Y no dejaba huellas en la arena a su paso.
-Hola, Ondo.-dijo Kaumi, tragándose su miedo y recordándose que siempre habían sido amigos- ¿Qué haces aún aquí? ¿No ha venido ninguna gaviota a buscarte?
-Han venido muchas. Pero no quiero partir...-La voz de Ondo parecía venir de muy lejos.
-¿Por qué? Tú eras un hombre valiente, que no le temía a nada. Nuestra causa era justa y hemos ganado, no tienes nada que lamentar.
-Tengo esposa y tres hijos. ¿Qué será de ellos ahora?
Kaumi comprendió entonces: los hijos de Ondo eran demasiado pequeños para valerse y a la viuda le iba a ser difícil encontrar otro marido a su altura. Por otra parte, en aquellos entonces las mujeres no podían administrar los bienes del marido.
-Puedo hacer que tu viuda administre tus bienes hasta la mayoría de edad de tus hijos. Es algo que tenía pensado hacer de todas formas. Son muchas las que han quedado viudas, y algunas tienen hijos pequeños a su cargo. No puedo casarme con ella, pues es demasiado orgullosa para admitirme como su consorte.
A Kaumi le dió la impresión que su amigo quedaba algo más tranquilo. Pero aún añadió:
-Mis hijos...
-Cuidaré de ellos como si fueran los míos propios. Eso puedo hacerlo. Te lo juro.-Señaló a las olas que rompían en la costa- Son mis testigos el Rey Tiburón, la Ballena Dios y el Gran Pez Antiguo, que responderán por mí ante Tulaké.
Kaumi seguía sin conseguir verle la cara, pero le pareció que la sombra de Ondo sonreía. Pero solo dijo:
-Creo que me iré...
Entonces, la aparición dió la vuelta y se dirigió a un lugar donde anidaban las gaviotas. Cuando varias de ellas emprendieron el vuelo, lo que quedaba de Ondo desapareció. No no volvió a ser visto de nuevo.
Kaumi tomó su ocarina y estuvo tocando el resto de la noche.

Para los que siguen la narración, y ya que la cartografía fantástica se puso de moda desde Tolkien, he dejado en la página de los cuentos de google+ un mapa con los principales lugares donde transcurre la acción. Espero que les guste

Texto agregado el 04-05-2014, y leído por 64 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
17-05-2014 Sobre "Del primer fantasma": Me reconfortó ver cómo Kaumi asumía como sus responsabilidades aquellos asuntos pendientes que impedían al espíritu de Ondo marchar. Y, por sobre todo, me gusta ver cómo tus personajes y civilizaciones cambian y evolucionan con los acontecimientos. Esos detalles convierten tu relato en una historia casi palpable. Ikalinen
17-05-2014 Sobre "De cuando Kiv..:": No sé quién llegará a ser como humano, pero por las decisiones que toma, se puede llegar a saber que tiene un alma noble, y una gran inteligencia. Me ha gustado la manera en que termina de decidir su destino, a cambio de algo tan emotivo. Me gustó particularmente este capítulo. Ikalinen
17-05-2014 Sobre "De la batalla final": Por un lado, me alegro de saber que el pésimo reinado de Lanju llegó a su fin. Pero por el otro, me entristece la manera y la pérdida de Ondo. Este hecho puede traer cola. La manera en que Tama-eiki y Fusi se escabulleron de la batalla me pareció entre hilarante y original; aunque además me dio cierta satisfacción, porque en el fondo pensaba que esos dos jamás se podrían pelear entre ellos de esa manera. Ikalinen
17-05-2014 Sobre "De la Conversación...": No creo que Kiv acepte ser un Dios Piedra. Y supongo que el tiempo que le da Tama-eiki de reflexión es simbólico, porque, aunque la decisión la tomara ahora, difícilmente cambiará de la que tome de adulto. Y no es porque prefiera ser humano, sino porque desea no desea ser lo otro. Ikalinen
 
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