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Juguetes

La mamá de Quique regresa con prisa a su casa, antes de entrar a la vecindad un anciano sentado sobre el quicio de la puerta le extiende la mano para mendigar unas monedas. Ella escruta su cara hinchada y el cuerpo atormentado y convulso por la falta de alcohol. El viejo proclama indescifrables procacidades por no recibir nada de la señora que agotó sus últimos centavos al adquirir medio kilo de manteca de cerdo; hoy es día de pago, mañana será mejor.

Ella atraviesa el umbral del portón desvencijado y su semblante se descompone. Suelta la bolsa que contiene su compra, se lleva las manos a la cabeza y suelta un grito histérico. Corre profiriendo amenazas con gestos iracundos tras la docena de chamacos andrajosos que jugaban fútbol en el patio con una pelota desinflada que ha dejado su impronta en las sábanas percudidas tendidas al sol para recuperar la blancura perdida.

Los niños ateridos huyen como liebres cubriéndose la cabeza con las manos por si, además de las amenazas, los alcanza un escobazo.

Una perra de aspecto infame, de pellejo untado al espinazo y a las costillas olisquea la bolsa que la señora abandonó y aprovecha el momento para lamer la grasa. Uno de sus cachorros mueve las patas delanteras de un lado a otro de forma juguetona, ladra y mueve la cola invitando al juego, Quique imita sus movimientos oscilando la cabeza de un vidrio a otro detrás de la ventana de su casa.

A Quique le gustaría abrir la ventana para responder con mayor entusiasmo a la criatura que no lo ignora como los niños pero sabe que no debe hacerlo. Las corrientes de aire podría empeorar la precaria salud de su hermanito que cuida mientras su madre salió de compras por unos instantes.

Quique se aleja de la ventana al ver a su madre entrar a la casa. El cachorro sin la distracción del juego se rasca las orejas asoladas por pulgas tenaces que se hinchan de sangre. Su madre cruza con premura la estancia para dirigirse a la cuna del bebe, Quique sabe que su hermano enfermo es prioridad pero siente que su madre lo tiene presente en su pensamiento y corazón. Ella palpa la frente del bebé que permanece fresca, la fiebre ha dado tregua, respira aliviada y va a cocinar para el esposo hambriento que está por llegar y acicalarse para recibirlo de tal modo que le guste.

Hoy resultó peor, el marido llega tarde y malhumorado porque ha perdido dinero jugando a las cartas. Al mismo tiempo que arroja sobre la mesa el dinero que le queda pregunta si se arregló para lucirse en la calle y sin esperar respuesta exige algo de comer. Busca la mirada a su mujer esperando encontrar algún reproche que sea el pretexto para desquitar su coraje. Ella sumisa se refugia en los deberes.

Mientras el marido enciende la radio para escuchar “La hora de las rancheras”, algunas pringas de manteca caliente subyugan el brazo de la mujer cuando fríe unas tortillas con las que prepara unas enchiladas para el marido. Con el pretexto de aliviar una quemadura con saliva muerde uno de sus nudillos para implorar a Dios y todos los ángeles, especialmente a Quique, para que su bebé no llore.

Los niños regresan a jugar fútbol en el patio, Quique hace señas con las manos para que dejen de hacer ruido porque pueden despertar a su hermanito, nadie lo escucha y nuevamente desea abrir la ventana pero solo agravará la condición de su pequeño hermano. El bebé despierta con un llanto persistente. El marido maldice su suerte y a su mujer, “chingada suerte, justo cuando estoy tragando” gruñe mientras se atraganta con la comida. Se levanta de la silla y zarandea con aspereza a la mujer y le exige que silencie de una buena vez al niño, de lo contrario él lo hará.

Ella se lava las manos de prisa, se las va secando en el delantal para ganar tiempo y atender a su hijo.

Quique un día comprobó la desquiciada conducta de su padre cuando después de fracturarle un brazo con abusivo golpe le estrujó una almohada en la cara para callarlo. De modo que hace monerías para divertir a su hermanito con un oso de peluche y entona el inicio de una melodía con una flauta de carrizo que es su juguete favorito. El sonido dulce del instrumento es un bálsamo que no sólo logra acallar el llanto, le hace reír.

La madre frena asombrada en el umbral de la puerta de la única habitación de la casa, el bebe mantiene una apacible sonrisa. Sobre la cuna están el oso de peluche y la flauta que eran los juguetes preferidos de su Quique al que no deja de llorar.

Dirige la mirada en todas direcciones en busca de él. Un sentimiento indescifrable le oprime la garganta que a apenas le permite balbucear “Lo sé. Te prometo que al bebe no le hará daño. A él no. Tú eres su ángel protector”. Resuelta sale a terminar con una vida de oprobio.

Texto agregado el 22-04-2014, y leído por 272 visitantes. (17 votos)


Lectores Opinan
05-09-2014 Excelente. delaida
23-07-2014 Amigo, tu relato me conmovió mucho. Tal vez, porque conozco demasiado bien este tipo de cosas. Te abrazo en mi corazón.***** MujerDiosa
27-04-2014 Una historia que estremece por lo real. Bien contada, amigo Umbrío. Un abrazo full. SOFIAMA
25-04-2014 Me ha quedado un nudo en la garganta... desgarrador relato, narrado con la maestría de tu pluma. Te abrazo. gsap
24-04-2014 Ese tipo de gente deberia vivir sola, no merece tener familia. Buen cuento, muy bien narrado. jaeltete
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