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Inicio / Cuenteros Locales / luis_oviedo / Del país de Adán: la tierra del oro

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Era una noche fresca de Agosto. Enrique preparaba una taza de café frente a la ventana que daba hasta el parque y en los cristales un joven de pelo negro alborotado con pecas en la nariz le devolvía la mirada un poco angustiado. Había tomado una de las decisiones más significativas de su vida y por ende tenía problemas para conciliar el sueño. Perturbado por ello, se veía obligado cada noche a levantarse de su lecho y deambular por cada rincón de su residencia. A sus 27 años, Enrique era un hombre soltero que vivía con Pancho, -su perro labrador- tenía pocos amigos y carecía del sentido del humor. Se dedicaba a trabajar en una compañía telefónica, hasta que un día ya sea por un hastío de lo cotidiano o por la necesidad de alcanzar un sueño, decidió renunciar a su trabajo y vivir de una pasión que lo llenaba y lo hacía feliz desde que era muy niño: escribir. Así que bien hubo renunciado, comentó a su madre de la repentina decisión aquella misma tarde.

- ¡Es una locura! ¿Cómo piensas vivir de eso? –chilló la Señora Maritza.
- Estoy seguro que puedo y ya lo he decidido madre. –sentenció Enrique y colgó la llamada sintiendo como se le encogía su corazón por el poco apoyo conseguido.

A lo largo de los años Enrique había leído un sinfín de novelas, los autores más reconocidos del siglo XXI lo inspiraban a escribir en su tiempo libre. Sus últimos años de estudio en la Universidad consolidaron la idea de volverse escritor. No en vano participó en varios concursos de literatura y aunque nunca logró ganar el premio principal, uno que otro de sus trabajos recibían mención especial.
Aquella noche a falta de sueño, se sentó con su taza de café al lado del ordenador y aguardó que alguna idea se asomara en su cabeza. Esperó y esperó ansioso hasta que se rindió, y sentado una vez más, el amanecer desde su ventana vio.

Hacia una tarde cálida y Enrique había sacado a caminar a su amigo Pancho, y con él, sentado en el último banco de la plaza -alejado de la muchedumbre- mantenía una conversación.
- Dejar mi trabajo por creer que puedo llegar a ser un escritor. ¡Semejante locura! Ella tal vez tenía razón.
Pancho bufó.

Varios días pasaron luego de que Enrique hubo renunciado, su conciencia lo atormentaba constantemente respecto a su decisión. No obstante, no era sólo su conciencia con lo que tenía que lidiar diariamente, la noticia de que había abandonado su trabajo se había regado como pólvora entre su familia y como resultado su móvil no paraba de sonar.

Era la tercera semana de Agosto y Enrique no tenía algo en mente todavía, le costaba organizar sus ideas y terminaba irritado yéndose a la cama o viendo su serie favorita de televisión. Ya a finales de mes, consternado por la idea de estar desempleado y sin haber comenzado a escribir una buena historia aun, se fue a dar un paseo y terminó en el bar de la villa bebiendo el whisky más fuerte que ofrecían en el lugar. Cada trago que daba a aquella bebida le quemaba la garganta y lo alejaba más de la decepción que sentía por sí mismo. Luego de un par de horas, y pese a encontrarse bajo los efectos del alcohol, salió del bar dando tumbos antes de la media noche en dirección a su hogar. Al llegar, se tumbó en la cama y por una noche en lo que iba de mes no se preocupo en escribir.

Enrique era un hombre de poca fe, así que lo primero que pensó al ver al enorme hombre cabalgando (en un también enorme caballo), fue que debía estar soñando.
- Eh, tú. –alguien lo llamó.
Enrique enseguida volteó, y vio a unos escasos metros de él un pequeño hombrecito que llevaba barba de color plateada e iba vestido con harapos que hacían juego con una cadena de oro que guindaba de su diminuto pantalón.
- ¿Dónde estoy? –preguntó Enrique desconcertado.
- Estas en la tierra del oro, hermana del mar de plata y del bosque de cristal. –el hombrecito dijo todo eso muy rápido y lo miró con recelo. Luego al percatarse de lo que ocurría levantó sus pequeñas manos y lo llamó para que saliera del camino y se aproximara a él. – ¡Gigantes!

Ya no era solo un enorme caballo marchando por aquel lugar, sino al menos una docena de ellos, con hombres del tamaño de un poste de luz en sus lomos se dirigían rumbo al horizonte. Cuando estos se hubieron perdido de vista, el hombrecito le contó todo lo que Enrique quiso saber acerca de la tierra del oro, este pudo concluir que resultaba un mal momento llegar de visita ya que los gigantes reclamaban el territorio porque los minerales de su tierra se agotaban y carecían de suministros para seguir viviendo. También le llamo la atención que para tratarse de un hombre tan pequeño (apenas le llegaba a la altura de su ombligo) hablara con una voz tan gruesa y por supuesto que este tuviera barba.
- ¿A dónde iban? –inquirió Enrique al hombrecito cuando comenzaron a andar por un estrecho pasaje atiborrado de rosas doradas.
- ¡Al palacio del Rey por supuesto! –respondió acalorado.
Continuaron andando hasta que llegaron a un pequeño prado con un rio de agua del color de la miel que maravillado, el muchacho se sentó a observar.

- Los gigantes no usan el carbón para sus necesidades como deberían. Cada habitante del país de Adán sobrevive con lo que cosecha de su tierra y ellos sólo son muy tontos para descifrarlo o demasiado estúpidos como para sacarle provecho. –dijo el pequeño hombre más para sí mismo que para su acompañante.
- ¿No tienes miedo?
- Los doranios tenemos miedo de pocas cosas y unos cuantos gigantes no nos detendrán.
- ¿Doranios?
- Todo ser viviente que haya nacido bajo el sol de oro.

Durante un largo periodo de tiempo Enrique y Crespote -como se hacía llamar el pequeño hombrecito- estuvieron conversando acerca de las tierras que conformaban el país de Adán y así tal vez pasaron varias horas hasta que soñolientos se tumbaron en las orillas del pequeño río a descansar.
Cuando el cielo radiante colmado de nubes amarillas se tornó de un hermoso color violeta; acompañado de pequeños puntos dorados (que Enrique pensó debían ser las estrellas de aquel país), comenzaron a andar en dirección a la pequeña cueva dónde Crespote vivía. No hubo pasado mucho tiempo cuando al llegar, una combinación de coñac y flores de azafrán los recibieron. Al final del pequeño recinto, una diadema de oro brilló con intensidad encima de la mujer que la llevaba; tenía unos rizos dorados que brincaban con cada paso que daba, y en la cintura, unas dagas de oro afiladas se aferraban a su cinturón de cuero. También era muy pequeña.
- ¡Has traído un invitado! –chillo la pequeña mujer esbozando una enorme sonrisa.

Mientras cenaban, Narha, esposa de Crespote, se mostraba muy curiosa con Enrique y no paraba de hacerle preguntas.

- ¿De qué tierra nos visitas? No eres tan alto como un gigante y tampoco luces como los elfos del bosque de cristal.

Gigantes, caballos enormes, elfos, doranios. Enrique intentó procesar y prontamente explicó a sus pequeños acompañantes que venía de un lugar llamado El Valle de La Rita, una tierra calurosa carca de las orillas de un gran lago. Y así Narha pasó la mitad de la cena interrogando al muchacho hasta que su esposo la distrajo con un comentario del avistamiento de los gigantes en tierra del oro, lo que pareció una noticia perturbadora para ella porque el resto de la cena transcurrió en completo silencio. Muy pronto hubieron terminado, decidieron retirarse a descansar.
Al despertar -a horas del almuerzo- un olor a estofado inundo los pulmones de Enrique y su barriga comenzó a rugir en señal de protesta. Había dormido más de lo que hubiera deseado. Narha le permitió servirse y tomó el tazón más grande que tenían en la diminuta cocina. Era un estofado de conejo, su comida favorita. Se sirvió dos presas con mucho maíz y repitió.

Hacia una tarde ligeramente tormentosa, las nubes doradas se arremolinaban en el cielo y Enrique y Narha observaban como Crespote pescaba oro en el pequeño riachuelo que pasaba a las afueras de la cueva cuando alguien llamó a la puerta y Narha corrió a contestar.

- Crespote, son noticias del Rey. ¡Tierra del oro ha sido tomada por los gigantes! –anunció la pequeña mujer con la voz quebrada cuando hubo vuelto.

El Rey había sido derrocado y el reino se encontraba a disposición de los gigantes de tierra del carbón. Así fue entonces como todos los habitantes de la tierra del oro marcharon a una concentración inmediata esa misma tarde. Centenares de pequeños hombres y mujeres se amontonaron en las entradas del enorme palacio real que se encontraba custodiado por una docena de gigantes. “¡Queremos ver al rey, queremos ver al rey!” coreaba la masa enfurecida mientras Crespote, Narha y Enrique se abrían paso entre la multitud. Justo cuando se hubieron acercado lo suficiente alcanzaron observar como una pequeña corona salía disparada por los aires a través de la puerta principal. “¡El rey Lincor!” Chilló alguien y Narha señaló al hombrecito regordete que salía en mano de uno de los gigantes.
El pequeño rey, humillado y con cierta palidez en su rostro alzo sus manos como pudo y vociferó unas palabras que Enrique no alcanzo a escuchar porque de repente y sin más la multitud había enloquecido. Los hombrecitos trepaban por los cuerpos de los gigantes que trataban de aplastarlos con sus enormes manos, la locura se apodero del lugar. Unos cuantos volaron por los aires y se estrellaron contra las paredes del palacio, otros eran aplastados bajo el peso de los gigantes enfurecidos mientras el rey se limitaba a observar. Una melodía penetrante retumbó entonces en el lugar: un ave fénix que con plumas que se consumían en fuego sobrevolaba los aires por encima del palacio derramando por su pico un fino chorro de fuego que caía sobre las pequeñas cabezas de los gigantes.

- ¡El desierto de fuego nos envía ayuda! -gritó alguien en la multitud.

Al poco rato, cuando el ave se hubo aproximado lo suficiente a tierra, Enrique observó como el gigante que mantenía al rey preso en una mano, capturaba al fénix. Despavorida, el ave intentó salir de las garras de su opresor en vano, por consiguiente no logró más que perder gran parte de sus plumas que caían al suelo todavía prendidas en fuego. Cuando el ave dejó de resistirse el gigante la acerco a su boca y sopló sobre ella, a continuación cayó a una velocidad increíble. La multitud gritaba. Enrique cerró sus ojos y apretó los párpados con fuerza pero eso no evitó que pudiera escuchar el terrible sonido de la colisión. El pequeño rey en la otra mano del gigante rompió a llorar. El aliento de los gigantes era tóxico.

La batalla transcurría mientras Enrique y Narha atendían a los lesionados. Si algo le había faltado al joven en su vida, era una familia unida y aquí en tierra del oro estaba el vivo ejemplo de lo que siempre había deseado tener: los doranios parecían uno solo cuando pensaban, sentían el dolor y el miedo de la misma forma pero se protegían y se alentaban entre ellos. Enrique recordó las palabras de Crespote “Los doranios tenemos miedo de pocas cosas…” a pesar de que sus enemigos los sobrepasaban en fuerza y tamaño, ellos mostraban un valor indudable.

- ¡Crespote, tengo un plan! –gruñó el hombre que acababa de auxiliar Narha.

El plan consistía en romper los inmensos depósitos de oro líquido que estaban a los lados del castillo y dentro de las torres frontales (dónde se encontraban la mayoría de los gigantes) para que quedaran petrificados bajo el oro. Era un plan bien estructurado y hasta sonaba sencillo, la parte difícil consistía en llegar hasta las torres y derrumbarlas con armas que no tenían. Pero a Enrique se le había ocurrido algo. Poco consciente de que todos a su alrededor lo observaban, el joven trazó un mapa del palacio y puso veinte hombrecitos en lugares estratégicos representados como unas grandes equis. Todos los presentes lo escucharon con atención.

La desventaja de ser inmenso en tierra del oro tenía sus consecuencias; veinte doranios se dirigían sin ninguna dificultad hacia el palacio a la velocidad que sus pequeñas piernas y la multitud les permitían. Al llegar al objetivo, diez hombres -ubicados a cada lado de las torres– comenzaron el plan de burlar a los gigantes. Enormes mazos de piedra y madera se agitaban y daban contra el suelo, muy cerca de las torres. A distancia parecía una danza alrededor de los gigantes pero los hombrecitos apenas lograban esquivar los golpes, hasta que lo consiguieron. Los gigantes estrellaron sus armas contra las paredes de las torres que cubrían los depósitos de oro líquido que se encontraban dentro. Primero se desplomo una y minutos más tarde se desplomaba la otra. El oro que salía a borbotones, se extendía rápidamente sobre la explanada cubriendo con una capa gruesa dorada todo lo que se interponía a su paso.
Enrique ahogo un grito.

- No te asustes forastero –chilló Narha –los doranios tenemos alma de oro, ¿cómo crees que algo por lo que vivimos puede hacernos daño?
El joven aturdido por aquellas palabras alcanzó entender luego de observar como los pequeños hombrecitos nadaban triunfantes en aquel mar dorado, mientras que los gigantes quedaban ocultos bajo la espesa capa de oro. Luego de un rato, parecían estatuas de aspecto gótico tumbadas alrededor del palacio real.

El rey Lincor había ordenado que aquel día fuera recordado como la gran victoria dorada. Esa misma noche ofrecieron honores a los caídos y Enrique fue nombrado caballero de la orden de la legión de honor y cabecilla del ejército dorado, así mismo Crespote y Narha fueron condecorados con la más alta distinción civil que se otorgaba en tierra del oro.

Con una felicidad que su corazón y su alma jamás habían sentido, Enrique se fue a la cama exuberante de alegría, a penas conseguía cerrar los ojos, estaba lleno de plena satisfacción puesto que en su vida había logrado recibir tantos méritos. Esa noche su sonrisa no se apagó hasta que se hubo quedado profundamente dormido.

Era medio día y hacía mucho calor. Enrique con pocas ganas y algo mareado por el whisky, en su cama –de Villa de La Rita- despertó. Más tarde entonces, y algo contrariado, una limonada con mucho hielo preparó para reponerse. Le fue duro asimilar que todo lo que había vivido era el resultado de un extraordinario sueño. La nostalgia lo invadió durante los siguientes días, y todas las mañanas antes de abrir sus ojos, en tierra del oro anhelaba despertar. Al fin y luego de muchos días que hubieron pasado, estaba rebozando de felicidad porque tenía una historia maravillosa, así que sin más y emocionado por lo que había vivido, comenzó a escribir. Pocos detalles de aquel sueño olvidó.
Sus dedos teclearon ansiosos las primeras palabras de lo que fue entonces el libro más vendido un par de años más tarde. “La tierra del oro” consiguió tanto éxito que en seguida le siguieron otros dos títulos: “Navegando por el mar de plata” y “El príncipe perdido en el bosque de cristal”. Lo cierto es que Enrique nunca más visitó aquellas tierras en sueños, el recuerdo de personas como Crespote, Narha y el Rey Lincor habitaban en cada palabra de sus obras preciadas, para él y para quién las leyera.

México del 2012, era la tercera rueda de prensa en lo que iba de día.

- ¿Y qué cambió en los últimos tres años Enrique? –le preguntó una joven corresponsal de un importante canal de noticias.
- El apoyo de mi familia. –respondió apretando fuerte la mano de su madre.

Texto agregado el 21-02-2014, y leído por 193 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
16-04-2014 Creo que te falta darle intensidad e inflexiones, o sea, corregir la puntuación, faltan muchas comas y puntos aparte. Existe algunos pleonasmos y frases repetitivas, por ej: hacia un día.... se dice el día estaba nublado. No comento el texto , solo la parte técnica. Al comenzar parece tu propia historia, luego la fantasía. Estudia los ritmos, las cadencias de la narración. mariodelafuente
27-02-2014 Me gustó... El desenlace lo esperaba diferente. Buen texto********** gracias por invitarme a leerlo. saludos. pithusa
24-02-2014 Buena historia, pero sigo con la duda de que substancia le dieron por error al pobre enrique (por que Whisky no era), saludos FEHR
24-02-2014 A mí me gustó. godiva
23-02-2014 Encuentro condiciones para la narración. lindero
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