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BARCO DE PAPEL
(2005)

Mientras leía con interés el guión que por algunos días había estado esperando Ramón, sin poder contener la emoción que le producía haber llegado hasta ese punto de su vida en que se mezclaban realizaciones, sueños, sufrimientos y anhelos cohibidos, de pronto irrumpieron en su mente los recuerdos de la noche en que desaparecieron sus padres.
Esa noche habían decidido dejar a los niños viendo televisión por un momento, mientras iban a comprar pan y leche a la tienda de la esquina, ignorando que cuando cerraron la puerta de la calle sería la última vez que sus hijos los verían.
Julio y Nohora eran una pareja que había emigrado hacía algunos años del campo, desplazados por la violencia que había exterminado a sus familias.
La única que se había salvado de la masacre, además de ellos, fue la mamá de Nohora, quien había huido algún tiempo antes para la capital, cuando mataron a su marido.
Julio trabajaba como obrero en una embotelladora de gaseosas, lo que le permitía mantener con modestia a Nohora y a sus dos pequeños hijos. Vivian en un estrecho apartamento a unas pocas cuadras de la casa de la mamá de Nohora, en un barrio popular en el que todos los vecinos los conocían y apreciaban. No tenían problemas con nadie.
Una hora después de que salieron, Julieta comenzó a llamar a su mamá. Lo hizo en repetidas ocasiones, cada vez aumentando un poco más el tono de la voz hasta que sus llamados se convirtieron en gritos.
Ramón le pidió que no gritara, que la mamá regresaría pronto de la tienda y la pequeña se calmó por un momento y siguieron viendo televisión.
Unos minutos más tarde, Julieta empezó de nuevo a llamar a su mamá, esta vez repitiendo el llamado de una manera monótona y manteniendo el mismo tono de voz, como si se tratara del eco de un disco rayado. Poco a poco ese eco se fue trasformando en un quejido que pronto degeneró en llanto.
Ramón le alcanzó su osito de peluche para tratar de que se callara, pero no lo consiguió. Después de varias horas los niños se sentían desconcertados por la prolongada tardanza de sus padres. Lentamente el miedo se fue apoderando de ellos y empezaron a llorar los dos.
Julieta tenía dos años y Ramón cuatro y para sus cortas edades no era fácil entender la razón de la tardanza de sus padres. Para la niña era simplemente la ausencia de la mamá, pero Ramón si intuía que algo extraño estaba ocurriendo.
Finalmente se durmieron cansados de llamar a sus padres sin ningún resultado, en medio de llantos entrecortados.
A la madrugada se despertó Ramón con mucho frío y tan pronto como abrió los ojos miró para todas partes con la esperanza de encontrar en algún lugar a sus padres pero su desconsuelo aumentó al comprobar que no habían regresado.
Su hermanita dormía con un sueño sobresaltado, acompañado de repetidos suspiros que reflejaban el llanto con que se había dormido. Ramón le tocó el brazo descubierto que tenía una tonalidad azulada por el frío y haló una manta que había sobre la cama y como pudo cubrió sus cuerpos al tiempo que se estrechaba al cuerpo de la niña, en un gesto instintivo para mantener el calor corporal. Se volvió a dormir con la esperanza de que cuando despertaran ya habrían regresado sus padres y todo volvería a la normalidad.
Con las primeras luces de la mañana, Julieta abrió los ojos y vio a Ramón dormido a su lado, se levantó y empezó a llamar a su mamá y a pedir tetero, como llamaba el biberón que habitualmente Nohora le daba a esa hora. Tenía hambre.
Ramón también se despertó con los continuos llamados de Julieta. Se incorporó un poco sobre la cama y sin levantarse giró a derecha e izquierda la cabeza, hasta donde el cuello se lo permitía, con la esperanza de ver a alguno de sus padres.
Con terror comprobó que no estaban y poco a poco empezó a gemir en voz baja y en su tierna mente se hicieron presentes los primeros sentimientos de abandono que puede sentir un niño al saber que no hay una persona mayor que vea por él.
Sintió miedo por no saber qué pasaría con ellos y con los ojos bañados en lágrimas se levantó de la cama y abrazó a Julieta, aferrándose a ella como la única esperanza para convencerse a sí mismo que no estaba totalmente solo sobre la faz de la tierra.
Sintió lo que los adultos definían como absoluto desarraigo, al pensar que no pertenecía al medio en que se encontraba ni a ningún otro y su llanto se hizo más intenso, atragantado por un nudo que se le formó en la garganta que le impedía respirar con normalidad.
Julieta había encontrado medio vacío el biberón que Nohora le había dado un rato antes de salir la noche anterior y estaba tomándolo cuando Ramón la abrazó y en un gesto más de imitación que de solidaridad, empezó a llorar también.
Sus frágiles cuerpos tenían frío y hambre, pero nada comparado con el frío que les producía la soledad. Ramón pensó ingenuamente que quizás si abría la puerta de calle, del otro lado encontraría a sus padres, pero de inmediato recordó la recomendación que muchas veces le había hecho su mamá de que bajo ninguna circunstancia nunca abriera la puerta de calle cuando estuvieran solos y en el conflicto que se le formó, optó por obedecer la recomendación de Nohora, mirando de cuando en cuando la puerta y sin entender por qué su mamá le habría enseñado a no hacer algo que en ese momento podría ser la solución para la angustia que estaban viviendo.
Ese fue el día más largo y penoso que vivieron durante todas sus vidas Ramón y Julieta, entre llantos, hambre, desesperanza, cortos lapsos de sueño matizados de frío, pero sobre todo de abandono, la sensación que debe abrigar a cualquier persona que está auténticamente sola, aunque se encuentre en medio de una multitud.
En muchas ocasiones Ramón miró la puerta con la esperanza de que tras ella se encontrara la respuesta mágica que les permitiría despertar de aquella pesadilla y al final del día, cuando la decisión venció al miedo y creyendo que al otro lado de esa puerta alguien podría ayudarlos, se acercó a ella para abrirla.
Finalmente estiró su pequeño brazo y enganchó el dedo índice en el pestillo de la cerradura y lo haló con todas sus fuerzas, pero la puerta no se abrió. Sus padres la habían asegurado por fuera cuando salieron la noche anterior.
Pasado el medio día la mamá de Nohora se cambió de ropa, pues había convenido con su hija el día anterior que esa tarde la acompañaría al centro de salud para que les pusieran unas vacunas a los niños.
Cuando se terminó la telenovela, miró extrañada el reloj de la mesita de noche y pensó que a Nohora se le hacía tarde para la cita. Esperó más de una hora antes de preocuparse, pero la tranquilizó el recordar que por lo general Nohora nunca llegaba a tiempo a ninguna parte y que algo se le debía haber presentado a última hora que la había retrazado. Pasaron varias horas entre especulaciones hasta que decidió ir a buscarla.
Cuando salió a la calle, se encontró con un compañero de trabajo de Julio que le preguntó si ella sabía por qué razón no había ido su yerno ese día a trabajar. Al escuchar la pregunta comprendió que algo extraño estaba ocurriendo y luego de tomar la llave de la casa de su hija, que Nohora le había dado tiempo atrás para cualquier emergencia, caminó con determinación hasta la casa donde se encontraban sus nietos y no vaciló en abrir la puerta.
Encontró las luces y la televisión prendidas y a los dos niños estrechamente abrazados, dormidos sobre la cama de sus padres.
En el interrogatorio a que sometió al niño, lo único que pudo sacar en claro fue que Nohora y Julio habían salido la noche anterior con la intención de comprar pan y leche aunque en investigaciones posteriores se confirmó que nunca habían llegado a la tienda donde supuestamente iban a realizar las compras.
Años más tarde Julio y Nohora serían oficialmente declarados como desaparecidos ya que no se pudo establecer si habían muerto, pues sus cuerpos nunca aparecieron.
En torno a las indagaciones que hicieron las autoridades se tejieron muchas hipótesis que nunca pudieron ser comprobadas, desde el asalto común o el posible secuestro por parte de grupos insurgentes, hasta que el sino que había exterminado a sus familias en su región natal los había perseguido hasta allí como una maldición para aniquilarlos.
Aquellas veinticuatro horas marcaron de una manera indeleble los destinos de Ramón y Julieta, no solo por el cambio que significó para ellos la perdida de sus padres con todo lo que esto implicó, sino también porque los extremos a que se vieron sometidas sus emociones llevándolas de los sentimientos de miedo y soledad hasta la desesperanza, el desarraigo y el abandono, fortalecieron de una manera indisoluble los lazos de interdependencia y fijación que los atarían para el resto de sus vidas.
A falta de algún otro familiar vivo, la abuela tuvo que sostener una encarnizada lucha legal para evitar que el departamento de protección de menores se hiciera cargo de los niños, no obstante que su situación económica era muy precaria.
A partir del evento que partió sus vidas en dos, Ramón y Julieta se convirtieron en un par de niños huraños y solitarios que siempre preferían refugiarse en cualquier rincón donde pasaran desapercibidos, evitando cualquier forma de socialización.
Eran muy introvertidos y con la única persona que cruzaban palabra era con su abuela. En los primeros tiempos después de la desaparición de sus padres, muchos vecinos se preocuparon por su situación e incluso enviaban a sus hijos para que jugaran con ellos, pero sus permanentes negativas por mantener cualquier tipo de relación con otros niños o adultos hizo que poco a poco todos se fueran olvidando de ellos, justificando su comportamiento por el trauma que habían vivido.
Con el trascurso del tiempo, inventaban sus propios juegos para los que casi nunca utilizaban objetos materiales, lo que les permitió el desarrollo de su imaginación y creatividad a la vez que la incipiente aparición de un don actoral.
La brutalidad con que un día se quedaron huérfanos, reforzó mucho en ellos una recíproca dependencia que hacía que donde estuviera el uno siempre apareciera como una sombra el otro, al punto que dormían juntos en el colchón de la cama que había sido de sus padres, se sentaban el uno al lado del otro a comer y cuando alguno entraba al baño, el otro lo esperaba al lado de la puerta, como si la noche de la desaparición de sus padres se hubieran tejido entre ellos unos lazos invisibles que los mantendrían atados enfermizamente por el resto de sus vidas.
Los pocos bienes que poseían Julio y Nohora, fueron recuperados por la mamá de ella, pero poco a poco los tuvo que ir vendiendo para suplir las necesidades diarias, hasta que aparte del colchón, lo único que les quedó a los niños de sus padres fue el recuerdo de que una noche salieron a comprar pan y leche y nunca regresaron.
A pesar de la pobreza en que vivían, cuando Ramón tenía seis años, la abuela hizo todos los preparativos para que fuera a estudiar a la escuela del barrio, le compró un cuaderno y una cartilla para aprender a leer, pero el primer día de clases no hubo poder humano que lo persuadiera de que tenía que ir solo pues su hermanita estaba muy pequeña todavía para ir a la escuela.
Su abuela y las madres de otros niños, trataron de darle todas las explicaciones pertinentes pero fue imposible convencerlo y fue tan férrea su posición que solo consiguieron que asistiera a la escuela dos años más tarde cuando Julieta estuvo en edad de hacerlo.
Cuando la abuela le contó la historia de los padres a la maestra de los niños, consiguió que fueran juntos al mismo salón y que les permitiera sentarse juntos.
Durante la edad escolar mantuvieron esa naturaleza solitaria que les impedía ser amigos de cualquier otro niño, pero para ellos mientras se tuvieran el uno al otro, no les hacía falta nadie más.
Con el desfase de dos años, Ramón siempre fue muy grande para cuando hicieron la primera comunión, terminaron la escuela e iniciaron el bachillerato, pero nunca le importó con tal de no separarse de su hermana.
Julieta era más dedicada al estudio que Ramón, lo que se hizo evidente cuando terminaron el primer año de bachillerato, en el que a pesar de hacer siempre juntos los trabajos escolares y de estudiar los dos para los exámenes, Julieta terminó sin ningún problema el año, mientras que Ramón lo perdió y la niña no tuvo ningún reparo en repetirlo junto con su hermano, pese a los ruegos de su abuela por tratar de explicarle que ella no se debía sacrificar por la negligencia de su hermano. Para ese entonces ya se encontraban en el despertar de la adolescencia.
Una noche mientras dormían, Ramón puso involuntariamente su mano sobre el insipiente busto de Julieta y sin proponérselo, comenzó a juguetear con el minúsculo pezón que muy leve se alcanzaba a insinuar bajo la tela de la pijama y despertó su curiosidad el sentir cómo con los suaves movimientos circulares de sus dedos empezó a ponerse duro y un poco más grande. Mantuvo su mano sobre el seno de Julieta mientras sentía una inusual corriente que le recorría el cuerpo, acompañada de una extraña emoción que no había sentido jamás, al tiempo que en su cuerpo también empezaban a manifestarse cambios.
Cuando fue consciente de que algo raro estaba ocurriendo, sintió miedo e instintivamente trató de retirar la mano del pecho de Julieta, quien parecía dormir placidamente, pero que cuando sintió que la presión de aquella mano que le quemaba el seno peor que fuego vivo disminuía, con la inequívoca intención de retirarse, puso sus dos manos sobre la de Ramón y la apretó con todas sus fuerzas contra su pecho, para no dejar de sentir esa llama sobre su corazón, pues intuía que sería peor el dolor de ya no sentirla.
Juntos despertaron a las emociones de la piel, entre el conflicto del deseo reprimido y el rechazo natural que la sangre siente por su propia sangre.
Siguieron creciendo entre juegos prohibidos pero con la certidumbre de que no se podrían acercar tanto que aquella flama que ardía en sus corazones los llegara a quemar.
En medio de los sobresaltos que permanentemente les producía el temor de ser sorprendidos por la abuela, para quien todo el tiempo la relación de los niños fue normal y que nunca pensó en hacerlos dormir separados pues siempre justificó ese inusual deseo de sus nietos por no separarse en la ya remota en la memoria tragedia de la desaparición de Julio y Nohora, siguieron creciendo y desarrollando una vida que para ellos era normal, sin paseos, sin fiestas, sin amigos y sin novios, pues nada de esto les hacía falta mientras se tuvieran el uno al otro, lo que les acentuó más ese espíritu solitario que los acompañaría para el resto de sus vidas.
Los límites que se auto impusieron implícitamente, pues conversaron abiertamente al respecto, les permitían juegos en que desarrollaban mucha sensibilidad de tacto, pero siempre cuando lo inevitable se veía venir, terminaban cada uno satisfaciéndose por separado, aunque en una ocasión lo hicieron recíprocamente.
Para cuando terminaron el bachillerato eran dos jóvenes sombríos, que habían podido estudiar hasta allí, gracias a los inmensos esfuerzos que realizó su abuela para tratar de que no les faltara nada, pero sus escasos recursos no le permitieron pensar en enviarlos a la universidad, así que de común acuerdo decidieron estudiar actuación en una academia.
Pese a seguir estudiando juntos, sus inclinaciones artísticas, los llevaron por caminos profesionales diferentes, pues Julieta aunque introvertida, pero con una gran capacidad para satirizar y ridiculizar, a la vez que una pícara gracia natural, se inclinó por la comedia, mientras que Ramón más formal, parco y un poco complicado optó por el drama.
Gracias a las dotes que desde niños manifestaron, pronto se destacaron como buenos actores, cada uno en su género. Incursionaron por un par de años en el teatro, pero rápido descubrieron que ese género no les daba más que satisfacciones morales y cuando probaron las mieles del primer dinero ganado haciendo de extras para la televisión, continuaron por ese camino en el que les esperaba fama y fortuna.
La vida les retribuyó de esa forma la mutilación a que fueron sometidos de niños y se hizo frecuente verlos por separado en papeles secundarios de telenovelas y en algunos comerciales de televisión.
Cuando fueron profesionales sus talentos los hicieron populares, pero nadie en el medio conocía que eran hermanos, ya que por desarrollar géneros diferentes, sus trabajos los realizaban en estudios y con personas diferentes y para distintas productoras, además de que adoptaron nombres profesionales diferentes y de un pacto secreto que hicieron en el que nunca revelarían que lo eran.
Con el relativo éxito que alcanzaron, pronto se pudieron mudar junto con su abuela, del barrio que los vio crecer y así retribuirle en algo todos los sacrificios que la anciana había hecho por ellos para sacarlos adelante.
Un día cuando terminó de grabar una serie de escenas para un comercial, el director le pidió a Ramón que pasara por su oficina. El propósito era comentarle que un conocido productor le había propuesto el desarrollo de un proyecto muy importante para una cadena de televisión internacional.
Se trataba de una gran producción que se vendería para toda América y para la cual requerían de un buen actor para que la protagonizara, pero que no fuera muy conocido y cuando le hicieron la propuesta al director, pensó que el personaje estaba perfecto para Ramón.
Se quedaron hasta muy tarde discutiendo pormenores del proyecto y mientras lo hacían, mentalmente Ramón empezó a hacer planes de que si el proyecto se cristalizaba, sería el trampolín perfecto para consolidar su carrera y que sería la sorpresa más increíble que les podría dar a Julieta y a la abuela, pero por superstición decidió no comentarles nada hasta que todo estuviera definido y hubiera firmado el contrato.
Un par de días después cuando estaban en la mesa desayunando, Julieta anunció que tenía una sorpresa para darles y en realidad que lo fue, en especial para Ramón, quien no podía creer que la fortuna les estuviera sonriendo de tal manera, cuando le escuchó decir a su hermana que la estaban considerando para protagonizar una telenovela romántica con contenido para adultos.
De inmediato Ramón se interesó por conocer más detalles y le preguntó qué pensaba de que fuera con contenido para adultos.
Julieta le recordó que todo lo que habían aprendido en la academia, era la base para convertirse en buenos actores y que serlo no era otra cosa que estar preparado para enfrentar los más complicados retos en la actuación y que eso incluía tener que hacer escenas difíciles como desnudos, o meterse en una cama con alguien a simular escenas de amor sin ninguna protección o tener que besarse y acariciarse eróticamente con alguien de su mismo sexo y que ella creía que estaba preparada para dar ese paso tan importante en su carrera.
Ramón tuvo que reconocer que Julieta tenía razón, aunque algo en lo más íntimo de su interior le molestaba y prefirió no ahondar más sobre el tema. Por un momento estuvo tentado a contarles también lo de su propuesta pero se mantuvo en el propósito de esperar a que fuera algo seguro.
Trascurrieron varias semanas en las que se prepararon los aspectos formales del proyecto, hasta que un día el director lo llamó para confirmarle que todo estaba a punto para comenzar y que lo esperaría al día siguiente para entregarle el libreto y que se conociera con los productores.
Ramón estaba ansioso por conocer la historia y llegó temprano a la reunión.
Mientras esperaban a las demás personas empezó a ojear el guión y el tiempo se detuvo para él por un momento y le vinieron a la mente los recuerdos de la noche en que desaparecieron sus padres y en todo lo que había cambiado su vida a partir de ese día.
Para entonces ya estaban congregadas todas las personas y comenzó la reunión.
Después de conocer a Ramón los productores estuvieron de acuerdo que era la persona que buscaban para protagonizar la historia y se enfocaron en tratar la parte formal del proyecto. Cerca de terminar la reunión alguien anunció que en pocos minutos llegaría la coprotagonista para conocerse con Ramón.
Cuando Julieta entró al salón y vio sentado a Ramón y se lo presentaron como el actor con quien coprotagonizaría la historia, se quedó estupefacta y como una autómata le estiró la mano para saludarlo.
Para Ramón, quien no acababa de comprender lo que estaba pasando, el giro fue muy rápido pero cuando su mente se aclaró, al tiempo que miraba con sorpresa a Julieta mientras el director preguntaba si se conocían, se puso de pie sin quitarle de encima los ojos a su hermana y tenuemente respondía que no y estiró también su mano para saludarla.
En el instante en que estrecharon sus manos para los dos fue claro que si revelaban sus identidades en ese momento echarían a perder el proyecto más importante de sus vidas y sin cruzar ni una sola palabra, con ese apretón de manos sellaron el pacto implícito de hacer su mejor gala como actores y guardar silencio para mantener su secreto y salvaguardar sus carreras profesionales, aunque las verdaderas razones eran distintas. El implacable destino no les daba tregua.

Texto agregado el 16-02-2014, y leído por 138 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
21-05-2015 Lo vuelvo a leer y reviven las emociones Sendero
26-02-2015 Oh la vida que juega con nosotros, haciendonos sus marionetas. Un cuento de soledad, de indefenciòn, de lucha encarnizada por sobrevivr y no perderse en los vericuetos de la mente. Es un cuento intenso, claro que se le con facilidad y denota en el autor un manejo excelente del lenguaje. Un abrazo y gracias por compartirlo. sendero
 
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