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TRABAJO ESCOLAR
(2004)

Víctor regresó del colegio a su casa y después de pasar por la cocina y darle un beso a su mamá, entró al taller de su abuelo donde se encontraba este enfrascado en la elaboración de un extraño artefacto. Se sentó por un rato a observarlo trabajar. Admiraba la destreza con que manejaba las herramientas y la habilidad con que podía encontrar soluciones para reparar las cosas que estaban dañadas.
Después de una conversación cotidiana y una explicación confusa a cerca de lo que estaba haciendo, el niño le preguntó por qué razón el hombre era el único ser viviente que tenía conciencia de su propia existencia.
El abuelo se sorprendió con la pregunta, dejó por un momento lo que estaba haciendo y le dirigió una mirada interrogante. Víctor se limitó a decirle que en el colegio estaban haciendo un proyecto en la clase de ciencias y él debía hacer un trabajo que explicara esa afirmación.
El abuelo regresó a lo que estaba haciendo, pensando cómo a los niños de esos tiempos los inducían a hacer razonamientos que en su época de estudiante estaban considerados como temas aburridos para los adultos. En otras ocasiones su nieto le había pedido ayuda para realizar algunas tareas escolares sobre temas que él no conocía, pues la educación había cambiado mucho.
A él le habían enseñado de una manera absoluta que dos más dos eran cuatro, sin que existiera ninguna explicación del por qué y de esa manera absoluta lo había aprendido, mientras que Víctor trataba inútilmente de explicárselo a través de teorías de conjuntos. No obstante, el niño de trece años respetaba mucho el conocimiento de su abuelo y cualquier afirmación que este hiciera y por esa razón le pidió ayuda para su proyecto de ciencias.
Mientras seguía trabajando, el abuelo le dijo al niño que a pesar de tratarse de un tema que no era fácil de abordar, investigarían un poco y diseñarían la forma de hacerlo.
Víctor le respondió que tenía cuatro semanas para entregarlo y el abuelo asintió con la cabeza, al tiempo que concluía que lo terminarían en menos tiempo y que lo esperaba al día siguiente allí mismo en el taller para comenzar.
Al día siguiente después de clases Víctor estuvo puntual en el taller del abuelo para dar inicio a su proyecto de ciencias. Traía todos sus libros y cuadernos y no sabía qué otras cosas le pediría el abuelo para el desarrollo del mismo y cuando se lo preguntó, él le respondió con entusiasmo pero sin dejar lo que estaba haciendo que ese trabajo lo harían de una manera diferente y que no sería necesario nada de lo que había traído.
Le dijo que simplemente conversarían respecto a diferentes temas y eso les permitiría ir sacando las conclusiones necesarias para el trabajo y que si lo deseaba podía llevar una libreta para que tomara notas.
Al niño lo sorprendió la propuesta, pues no era el procedimiento con que en otras ocasiones habían hecho trabajos juntos y creía que para esa investigación necesitarían consultar en varias de las enciclopedias que su abuelo tenía, además que no estaba acostumbrado a tomar notas sobre una conversación, sino a copiar cosas que le dictaran o que estuvieran escritas en algún libro y así se lo hizo saber al abuelo quien esperaba esa reacción y detuvo por un instante lo que estaba haciendo para decirle a su nieto con una sonrisa que no se preocupara si no se sentía capaz de tomar notas de la conversación no las tomara, que de cualquier forma mantuviera con él la libreta por si necesitaban anotar cualquier cosa y que cuando terminaran de analizar el tema, entre los dos redactarían el trabajo para la escuela y que en caso de requerir alguna consulta puntual buscarían el libro que fuera necesario.
El abuelo comenzó por decirle al niño que el hombre en un gesto de infinita ignorancia y a la vez de arrogancia se creía que era el único ser vivo con la capacidad de pensar y que esa misma capacidad de pensar le permitía abstraer el concepto de su propia existencia, es decir saber que estaba vivo, que ocupaba un lugar determinado en el planeta y que tenía que cumplir con ciertas responsabilidades para poder seguir existiendo.
Al saber que ocupaba un lugar determinado en el planeta, entender que existía un mundo afuera de él mismo con el cual se relacionaba todo el tiempo porque le proporcionaba el alimento, el agua, el aire y el sol necesarios para mantenerse vivo a la vez que un espacio en donde habitar y que después de que muriera, ese mundo seguiría estando allí para que lo continuaran habitando otros hombres.
De vez en cuando el abuelo observaba con una leve sonrisa a su nieto sin detener el trabajo que realizaba, dando la impresión de darle poca importancia al tema que trataba.
Continuó diciéndole a Víctor que eso era de una forma sencilla lo que el propio pensamiento del hombre había definido como «Tener conciencia de sí mismo», pero que él se hacía una pregunta en el sentido de que si en realidad el mundo que un hombre había percibido que existía fuera de él, continuaría estando allí después de que ese hombre muriera y mientras hacía esta aseveración el abuelo miró con malicia a su nieto esperando alguna reacción por lo que acababa de decir.
Víctor se desconcertó por la pregunta que había planteado su abuelo e inmediatamente lo interrumpió para decirle que era obvio que después de la muerte de alguien el mundo seguía estando allí, pues ellos sabían de la muerte de muchas personas y el mundo no había desaparecido.
El abuelo lo escuchó sin dejar de trabajar y siguió diciendo que la única prueba que el hombre tenía de que existía un mundo afuera de él, era la percepción que tenía de ese mundo a través de sus sentidos, o sea principalmente la vista, el oído, el tacto y el olfato y que esa percepción la definía como realidad y sin dejar de ver a su nieto, continuó diciendo que si esa realidad era tan solo una percepción a través de los sentidos, qué tan real podría ser.
Agregó que a él le agradaba más la idea de que el mundo que percibimos es real para cada uno, pero que en cuanto dejamos de percibirlo, después de la muerte, deja de existir.
Es decir que existe un mundo real para cada ser viviente y que esos diversos mundos se interrelacionan. Recalcó que el mundo que percibimos después de que alguien muere, no es el mismo que percibía esa persona sino el nuestro que se interrelacionaba con el de esa persona pero que no era su mundo.
El niño no podía dar crédito a lo que su abuelo estaba aseverando y guardó un prolongado silencio tratando de procesar lo que acababa de oír mientras el abuelo siguió trabajando en lo que hacía sin borrar la sonrisa de su rostro y esperando a que el niño replicara, pero Víctor no lo hizo.
Por el contrario adoptó una expresión de abandono que le era familiar a su abuelo, siempre que se sumergía en profundas reflexiones y así se mantuvo hasta que su mamá los llamó a los dos, porque ya estaba servida la comida.
Mientras estaban sentados en la mesa Víctor le preguntó a su abuelo si él creía que los animales tenían conciencia de su propia existencia.
El abuelo le respondió que existían corrientes de pensamiento, estimuladas por la religión, que aseguraban que el hombre como rey de la creación y por tener esencia divina en su espíritu era la única especie que tenía la capacidad de razonar y por ende de tener conciencia de su propia existencia.
El niño le dijo que John Parker, su perro, era muy inteligente y que sabía hacer muchas cosas. Que en ocasiones le daba muestras de una inteligencia extrema, cuando con solo mirarlo hacía cosas que él no le había ordenado, pero que quería que hiciera y preguntó si esa no sería una prueba de que el animal más inteligente de la naturaleza también razonaba.
El abuelo comenzó por decirle que los animales más inteligentes que se conocían eran los delfines que en muchos experimentos se entrenaban para realizar labores muy complejas, pero que las corrientes del pensamiento a que se refería, explicaban aquello como meras reacciones instintivas, no obstante que en esos mismos experimentos se había logrado demostrar que los delfines tenían más desarrolladas ciertas partes del cerebro que el mismo hombre.
Víctor concluyó que si era así, por lo menos ciertas especies animales si podían tener la capacidad de tener conciencia de su propia existencia, a lo cual el abuelo interpeló diciendo que ese tema lo seguirían tratando al día siguiente, dejando en el niño una bruma de enigma que lo acompañó por el resto de la noche hasta la hora en que se acostó y mientras se dormía pensaba en todo lo que su abuelo le había dicho, como un gran rompecabezas en el que cada ficha tenía identidad propia, como una cara, o un reloj, o una casa, o un avión, o una flor, pero que se encontraban totalmente desordenadas y requerían de un poco de tiempo para poderlas colocar en su lugar.
Cuando Víctor entró al taller del abuelo la tarde del día siguiente, este tenía sobre la mesa de trabajo un viejo telescopio desarmado al que le estaba limpiando con esmero cada uno de los lentes y al ver entrar al niño, lo recibió con la pregunta de si él creía que hubiera vida inteligente fuera de la tierra.
El chico respondió que no sabía, que si así fuera él no podía asegurarlo porque no tenía pruebas. El abuelo hizo una pregunta distraída, como si pensara en voz alta, de para qué habría allá afuera un universo tan grande, con mecanismos físicos tan complejos, solo para que los hombres de la tierra lo pudieran observar en las noches despejadas.
El niño le preguntó a qué mecanismos físicos se refería y él respondió que los sistemas astronómicos más elementales eran como el sistema solar en el que unos planetas giraban alrededor de un núcleo al igual que en un átomo los electrones y protones giraban alrededor de un neutrón, pero que eso sería tema de otra conversación y continuó diciendo que el hombre solo tenía conciencia de su propia existencia y que por desconocimiento no podía asimilar que hubiera otras existencias más allá de los confines del planeta y que por arrogancia no podía aceptar que otras especies con las que compartía el planeta y a las que consideraba inferiores, como en otras épocas fueron considerados los negros o las mujeres, también la tenían.
Le propuso a Víctor que pensara en una hormiga que construye laboriosamente en compañía de muchas compañeras los intricados laberintos de su hormiguero y le recordó al niño el proyecto en el que habían construido algún tiempo atrás un hormiguero en un frasco de boca ancha y en el que podían observar a través del vidrio como se movían las hormigas por entre esos laberintos y le preguntó a su nieto si él podría pensar que si una de esas hormigas, a la que llamarían Pepita, tendría conciencia de su propia existencia.
Víctor reflexionó por unos instantes y le confesó a su abuelo que había estado pensando desde que comenzaron a hablar del tema, en la posibilidad de que algunos animales, los que mostraban mejor capacidad de comunicarse con el hombre y en algunos casos entre ellos mismos, si podían tener la capacidad de tener conciencia de su propia existencia, pero que en todos los casos siempre había pensado en especies grandes, como caballos, perros, o en los animales domesticados que tenían en los circos, pero que no se le habría ocurrido pensar en una especie tan pequeñita como las hormigas.
Agregó que le costaba trabajo entender que un animal tan pequeñito pudiera tener en el interior de su diminuto cuerpo un cerebro tan complejo que pudiera elaborar todos esos procesos y concluyó diciéndole al abuelo que pensaba que ello no cabía en aquello.
El abuelo le dijo que esa era la manifestación típica del hombre egocéntrico, que creía que no debería haber inteligencia por encima o por debajo de él.
Víctor le preguntó qué era egocéntrico y el abuelo le explicó que era una de las más comunes manifestaciones del género humano, de creer que el hombre era el centro del universo y que absolutamente todo giraba en torno a él.
Víctor repitió despacio en voz baja la palabra egocéntrico, como tratando de evaluarse a sí mismo, mientras el abuelo continuaba diciéndole que tratara de ponerse por un momento en la situación de la hormiga Pepita y de pensar como ella lo haría.
Era probable que ella tuviera conciencia de la existencia de un mundo exterior a ella misma, por lo menos en la forma más elemental como un mundo formado por tierra, el que ella tenía la capacidad de modificar moviéndolo grano por grano, hasta ir formando los túneles de sus laberintos, en los que posteriormente podía almacenar alimentos para el futuro.
Es decir que además tendría la capacidad de entender que existía un tiempo futuro, distinto del presente pues si no la tuviera, sencillamente comería sin parar hasta reventar o morir empachada y que tenía también la capacidad de planificar el trabajo de construcción y lo que era mucho más sorprendente, de hacerlo en equipo y sin que se interfirieran en ese trabajo unas a otras, además de la capacidad de planificar guardando alimento para el futuro, aspectos que el hombre, el rey de la creación en torno al cual giraba el universo, no podía manejar con tanta solvencia.
Volviendo a Pepita, hizo otra aseveración a manera de pregunta en la que planteaba qué pasaría por la mente de la hormiga cuando en el proceso de construcción de sus laberintos dentro del frasco de boca ancha, se encontrara de pronto frente a una pared de vidrio en la que no podía excavar pues era un material muy duro para ella, pero a través del cual se podía relacionar con otro mundo externo e intentó algunas respuestas.
Primero aseguró que era imposible que Pepita tuviera conciencia de que se encontraba adentro de un frasco de vidrio y mucho menos que ese frasco lo había premeditado un ser superior a ella, al menos en tamaño, para llenarlo de tierra y observarla trabajar.
Probablemente tampoco tendría conciencia de la existencia de ese ser superior ni de lo que a él le ocurría. Para ella la repentina aparición de una barrera transparente que le impedía seguir adelante con su trabajo, era sencillamente un obstáculo que podría superar trabajando en otro sentido.
Agregó que para los seres humanos era igual, cuando se les presentaba cualquier dificultad en la vida, solo que no la interpretaban como una barrera que formaba parte de otra realidad, exterior a ellos y de la que no tenían conciencia de su existencia, pero que en lugar de aplicar la sabiduría de la hormiga y seguir trabajando en otro sentido, se obstinaban por desgranar el vidrio y se lamentaban de su mala suerte y se preguntaban por qué aquello les ocurría a ellos particularmente y olvidaban con facilidad el objetivo inicial que los había movido.
El niño seguía con mucha atención la historia del abuelo cuando este le dijo que intentaran hacer una analogía entre la realidad de Pepita y la del hombre y otra vez Víctor lo interrumpió para preguntarle qué era una analogía.
El abuelo se limitó a decirle que era una comparación y prosiguió diciéndole que en la misma forma en que Pepita no tenía la capacidad de comprender la realidad a partir del frasco de boca ancha y toda la elaboración que un hombre había hecho al llenarlo de tierra y ponerla a ella allí, el hombre tampoco tenía la capacidad de entender la realidad que ocurría en el espacio exterior del planeta tierra ni la medida en que otras conciencias superiores a él mismo le pudieran estar manipulando la vida.
Le dijo a Víctor que si un día por casualidad o por error Pepita abandonaba la superficie de tierra del frasco de boca ancha y comenzaba a andar por su entorno en el cuarto donde se encontraba el frasco, explorando un mundo que para ella era totalmente nuevo, lleno de altibajos formados por los muebles, los libros, las herramientas, las cajas arrumadas, las paredes y por grandes valles como el tablero de la mesa o el piso y que en ese proceso de exploración empezaba a familiarizarse y adaptarse a ese nuevo hábitat y que cuando creía conocerlo y saber donde estaba cada sitio, de pronto entraba su mamá con la aspiradora en la mano para limpiar el cuarto y veía a Pepita paseándose por el centro del cuarto y sin pensarlo dos veces la aspiraba. La nueva realidad de Pepita se convertiría en un túnel totalmente oscuro, con un torbellino que la arrastraba incontrolablemente y en el que ningún esfuerzo que ella hiciera sería suficiente para permitirle pararse en sus patas y recobrar el equilibrio y que cuando finalmente el viaje de tumbo en tumbo se detuviera, seguiría ejerciéndose sobre ella una extraordinaria succión que la mantendría literalmente pegada a un nuevo mundo de basura en la bolsa de la aspiradora en el que terminaría por morir en corto tiempo.
Concluyó el abuelo diciéndole a Víctor que ellos dos sabían en lo que se había convertido la nueva realidad de Pepita, pero que con seguridad ella no y que la analogía consistía en comparar la realidad de la hormiga con la del hombre, cuando la realidad de este cambiaba de pronto bruscamente sin que el hombre pudiera tampoco entender por qué.
Después de un corto silencio el abuelo le preguntó a Víctor si podía sacar algunas conclusiones de todo lo que hasta el momento habían estado conversando y el niño a continuación le respondió que era muy sencillo, que había comprendido que todos los seres vivos, incluidas especies grandes y pequeñas, tenían conciencia de su propia existencia pero que les resultaba imposible entender que todas las otras especies también la tenían solo que era diferente.
El abuelo sonrió con satisfacción mientras armaba la última pieza del telescopio y le dijo a su nieto que había entendido con claridad lo que había tratado de explicarle y que ahora ya tenían los elementos suficientes para desarrollar el trabajo para la escuela.
Que ya era un poco tarde pero que lo esperaría al día siguiente con su libreta para redactarlo.

Texto agregado el 16-02-2014, y leído por 111 visitantes. (5 votos)


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