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La noche del Nahual

Cuando llegó el transporte que me llevaba al colegio cruzó la carretera un enorme perro negro. Un par de señoras que bajaron del camión al verlo hicieron la señal de la cruz en su pecho y rezaron ¡líbranos señor de todo mal!

Por la tarde jugaba con mis amigos en una improvisada cancha de fútbol. Interrumpimos el juego al ver pasar a don Pedro accompanies por un señor vestido con la formalidad propia de la ciudad. Ver a don Pedro es un acontecimiento que produce nervio y hasta miedo, pero que fuera platicando con alguien era un acto extraordinario.

Esperamos hasta que desaparecieran por la vera del río, al estar libres de su mirada nos agrupamos y hablamos de lo ocurrido, preguntándonos si la razón de la visita era porque conocía lo que se rumoraba de don Pedro. ¿Acaso en otros lugares sabían lo que el pueblo conocía en forma íntima, secreta?, porque no es sencillo aceptar abiertamente lo que no tiene explicación. Era una comprensión irracional, y por ello callada.

Cada uno habló lo que sabía de don Pedro. Lo hacíamos nerviosos cuando de súbito Enrique interrumpió a los demás para proponer una idea escalofriante.

–¡Vamos a espiarlos! –Exclamó levantando la voz emocionado.

Solo tres aceptamos la osadía.

El sol se nos había negado cuando caminábamos por la vereda tortuosa que corría por el contorno del río. Por el moroso curso del agua las figuras ennegrecidas y alargadas de los peces figuraban como amenazas marinas y temíamos resbalar en el húmedo limo. En los atajos para librar escollos y escarpados acantilados avanzamos con la sensación de ser observados.

Cruzábamos por dos troncos en donde el río se estrangulaba entre dos peñascos cuando escuchamos un zumbido estremecedor que nos hizo perder el equilibrio. El ruido provenía de miles de murciélagos que levantaban vuelo desde una caverna cercana. Seguimos por una vereda aún más estrecha y empinada para subir una loma forrada de árboles de frondoso ramaje que rozábamos con nuestros rostros y hombros al avanzar.

Frenamos al ver la luz de una fogata.

Don Pedro platicaba con el visitante en el delta que el río formó al dividirse en dos causes. Enrique se acercó a mi oído tanto que sentía desplegar sus labios para decirme que nos moviéramos al amparo de algún tronco, mis manos empezaron a temblar frenéticamente, no estaba preparado, inconcientemente había figurado que el encuentro demorara un poco más.

Lentamente deslizamos nuestros pasos hasta ocultarnos en el tronco más grueso, desde esa joroba topográfica nuestra posición era privilegiada, yo me ubiqué en el hueco de un viejo árbol desde donde observaba fácilmente a don Pedro, en tanto que Enrique y Miguel debían esconder el cuerpo y asomar la cabeza para ver algo. De pronto don Pedro detuvo su explicación y volteó el rostro hacia arriba, a la misma dirección que estábamos, fue tan solo por breves instantes pero nos paralizó ahogando la respiración para no delatar nuestra presencia.

Después él siguió en lo suyo, moviendo los brazos al mismo tiempo que realizaba carreras cortas alrededor del visitante. Las voces no subían hasta nosotros por la distancia que nos separaba, por tanto, no entendíamos lo que hacía. Absorto, procurando entender lo que veía, no me percaté de nada extraño hasta que el ruido de la carrera de mis compañeros me hizo salir a gatas del hueco del árbol para encontrarme de frente al enorme perro negro que había visto por la mañana, se acercaba hacia mi lentamente, tomándose tiempo para incrementar mi pánico, ímprobo retrocedí empujándome con los pies y las manos hasta que mi espalda y mi cabeza toparon con el árbol, incapaz de moverme, miraba aterrorizado los ojos del perro que agachaba la cabeza para estar a mi nivel, él se acercaba más y más hasta tocar su hocico mi nariz, el cálido vaho de sus fauces nubló mis lentes y cerré los ojos sometiéndome a su voluntad, porque no obstante que ya no veía sus amarillentos y amenazantes colmillos, sabía que ahí estaban; esperé lo peor.

Ocurrió lo inesperado.

Dos manos callosas me sujetaron de los hombros sacudiéndome para que saliera de mi estupor, al ver quien era un pensamiento lúcido me hizo voltear hacia el delta, me pregunté cómo era posible que don Pedro hubiera llegado tan rápido hasta nuestro escondrijo. Para mi asombro él seguía platicando con su huésped.

–¡Quien busca, merece la suerte de encontrar! –Me dijo con voz potente pero cálida, sin atemorizarme. Esperó unos segundos a que el firme contacto de sus manos sobre mis hombros me tranquilizara para agregar:

–¡Vamos a enseñarle a ese preguntón algunos trucos! –Después de pronunciar sus mordaces palabras rió estremeciendo el cuerpo.

Me sujetó del brazo ayudándome a incorporar y caminé con él, dócil, sin recelo rumbo a su “otro yo”. La gravedad se desvaneció, de un brinco llegamos al meandro, al caer una sensación poco familiar me abrumó, me hallaba en una atmósfera más densa como si las partículas del aire estuvieran encerradas en pompas de jabón y que rompía, en tanto que don Pedro habituado a ese ambiente gritó al atento sujeto.

–¡Mira lo que te trajeron! –Lo dijo refiriéndose a su desdoblamiento.

El interlocutor reflejó en sus facciones el miedo que lo atenazó, se incorporó de un brinco y retrocedió unos pasos al mismo tiempo que miraba con los ojos abiertos al máximo al don Pedro que me acompañaba, giró rápidamente la cabeza para ver al otro don Pedro, pero éste, se había esfumado.

–¡Te lo dije! Si no estás atento puedes perder la idea –Lo regañó mientras reía irónicamente.

–¡Perdón!, pero no entiendo don Pedro, ¿cómo pudo…? –Preguntó aún notoriamente perturbado por la visión anterior.

–¿Por qué te asustas? ¿No es esto lo que vienes a buscar? –Lo dijo con un tono de voz que denotaba contrariedad.

El resto de la velada estuve ahí, insignificante y fascinado, observando a don Pedro realizar prodigios inexplicables y cuestionables, mostrándonos desdoblamientos, transmutaciones. En todo momento bromeaba para aligerar la tensión, de lo contrario el despliegue de tanto portento me hubiera abatido, la única ocasión que respondió serio y sombrío fue a la pregunta:

–¿Por qué un Nahual se transforma en animal?

–¡No hay opción. Todos llevamos una bestia en el interior, la mía se manifestó –respondió secamente sin mostrar emoción alguna y agregó–. ¡No te equivoques! ¡No elegí vivir así! ¡Esa es mi naturaleza!

–¿Y puede convertirse en león?

–No seas zonzo. Nadie puede ser lo que no conoce.

–Bueno, dígame ¿en qué animal le gusta más convertirse?

–En perro. En realidad soy un perro desde hace mucho. Así lo decidí desde que me perdí por amor con la Micaela. Mi tata me decía que estaba aperrado por esa mujer. Mis amigos me decían que parecía perro faldero, y ella remató al decirme que prefería a un perro que a mí. Desde entonces renuncié a las mujeres.

–¿Cómo dejó de pensar en ellas?

–Fácil, al momento de que una se te mete en la cabeza, con enjundia repites ¡a la chingada!, ¡a la chingada!..

–¿Cómo un mantra?

–¡A chingá! Suena bien, pero no importa como lo llames, es para que no pienses tarugadas.

Guardó silenció por breves instantes, se volvió hacía mí y cruzó su brazo sobre mis hombros para abrazarme, entonces me dijo al oído con voz exigua como para que el viento no se enterara del secreto.

–¡Es muy tarde, debes regresar a tu casa! Recuerda la única verdad en esta noche es que existen “sucesos” que no puedes percibir y no todo lo que percibes existe –me guiñó un ojo y palmeó mi hombro.

Por despedida realizó el acto más impresionante, brincó sobre los rescoldos de la fogata proyectando esquirlas de fuego en todas direcciones, un torrente de ellas fue directo al cuaderno de notas del visitante, mientras él se ocupaba en apagarlo la cabeza de don Pedro, lo único que quedaba de él, me advirtió con, literalmente, ardientes palabras que no le temiera mas, después se evaporó.

Han pasado muchos años, ya no recuerdo por cuánto tiempo mi rostro reflejó mi íntima satisfacción. Orgulloso poseedor de un misterio que provocó que durante algunos años, sin tener o desear una sola partícula de ese poder, portara el sobrenombre del Nahual, detalle nimio comparado con el valor de la amistad que entablé con el solitario y perpetuo don Pedro.

Texto agregado el 07-01-2014, y leído por 295 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
18-01-2014 Me encantan estos cuentos,gracias por compartirlo. jaeltete
10-01-2014 Me gustó mucho el cuento. Será verdad eso? También escuché lo que leí en un comentario, que es posible llegar con un avanzado estado de conciencia a trasladarse en espacio y tiempo. Interrogante que quedará. Buen texto. biyu
09-01-2014 El nahual es una realidad que persiste en la memoria de muchos pueblos de México...tu relato parece fiel a alla...muy bueno felipeargenti
09-01-2014 Ahhhh... que excedlente cuento, abarcando nuestras tradiciones y cultura ancestral... te robo algunas ideas amigo... ji ji ji Cinco aullidos transmutados yar
08-01-2014 En mi región, siempre oí hablar de pájaros que eran brujos que viajaban para hacer daño. Cuando somos niños nos atraen estas historias. El nahualismo negro, es magia negra. Excelente relato.***** girouette-
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