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ORBITA

El Comandante Johnson despertó susurrando una vieja canción de cuna casi olvidada. Había decidido que ese día sería su cumpleaños. Hacía mucho tiempo que el reloj averiado se debatía entre horas caprichosas que ya no mirábamos para no confundirnos. Zucker lo saludó con desgano y con un gesto casi anticuado, le ofreció el último chocolate liofilizado que nos quedaba. Nadie le creyó, pero tal vez el tiempo solo exista en los pequeños recuerdos. Construimos el ayer basándonos en el ritmo de nuestros estómagos, tímidamente disonantes. El anteayer y el mañana eran apenas nebulosas difíciles de desentrañar.
Los rayos entraban por las cinco claraboyas de la cápsula de manera bastante predecible, creando absurdos efectos que jugaban rectamente por nuestro pequeño espacio, hasta aquél día en que la órbita cambió y la gravedad dejó de ser constante. Al principio, nos animábamos a mirar hacia el exterior pero Zucker las tapó con una cortina de plástico para ahuyentar la nostalgia. La radio ya no emitía ningún esbozo de sonido y nuestras voces solitarias ya no articulaban demasiadas palabras para evitar el hartazgo. Yo le ofrecí al Comandante un apretón de manos y una de las pocas sonrisas que podía dibujar; mi cara cansada solo me permitía ese gesto (que debió parecer ficticio), ajeno a lo humano. Decía que eran sesenta y cinco años, mas nadie podía discutirlo. Los viajes tallan el rostro prematuramente con signos y reproches. La ingravidez, los cambios de presión, una soledad acompañada, alteran el funcionamiento de algunos tejidos. Johnson todavía conservaba una digna cabellera plateada y unas cejas sembradas en forma amenazante. Lo vi por primera vez en la Estación terrestre, algunas horas antes de la partida. Se comentaba que ya estaba retirado pero lo convocaron por la envergadura de la misión que estábamos a punto de emprender. Una mujer de piernas como rascacielos lo acompañaba, hermosa y mucho más joven que él. Tal vez su hija, nadie preguntó. Su fama creaba una atmósfera de respeto que era imposible quebrantar.

Conocí al Teniente Zucker durante el entrenamiento. Tenía una frondosa experiencia, que se negaba a compartir. Hablaba poco e interactuaba solamente con aquellos que conocía. Se destacaba en las prácticas físicas; era ágil y demostraba una fuerza inusitada. Era un excelente profesional; el mejor ingeniero espacial que se pueda tener, pero no sabía regresar. Después de cada misión se encerraba en una vorágine de alcohol y excesos, que le robaban sus afectos y dinero, hasta que se limpiaba por completo en alguna clínica de rehabilitación desconocida y volvía al entrenamiento, como el Teniente ejemplar que todos adoraban. Pero muy pocos sospechaban de la oquedad que se apoderaba de sus impulsos y su carácter, frío y oscuro como un arroyo de montaña o tal vez como una sombra que escapaba de otras sombras. Este sería su último viaje y se mostraba feliz por haberse comprado una casa en la playa con varias cocheras y bodega incluida, quizás ahora no volvería a beber.
Yo era apenas el Teniente del Sur, el novato con una sola experiencia nefasta, rodeado de múltiples suspicacias políticas. Aquél incidente en la Estación rusa nunca se me perdonó. Estaba libre de cargos, libre de todas las culpas, pues se concluyó que el desperfecto en la nave fue ocasionado por el paso del tiempo o el destino, certificado por una corte de peritos que utilizaban un sinfín de tecnicismos que no calmaban mi conciencia. Una conciencia que no olvidaba que el transbordador de emergencia fue activado por un solo hombre, que escapaba de destellos voraces que lo querían fagocitar, con sonidos espectrales provenientes de la nave que se ramificaban como ríos en su mente. Un hombre que observaba lejanos a sus colegas que se incineraban uno a uno, hasta que la estación implosionó en partículas infinitas y en esperanzas desecadas… Claro, estaba absuelto de cargos, pero la culpa iba de mi mano a donde fuese. Y mis colegas nunca olvidarían que cualquiera de ellos podría ser el próximo en encontrar su tumba en el espacio, si viajaba conmigo.
Ambos hombres trabajaron de manera tenaz y sistemática para ignorarme hasta el momento del viaje. La prensa insistía en pormenores importantes que ellos trataban de soslayar con detalles técnicos. Mi dificultad con el idioma sería la perfecta excusa para evitarme el oprobio de preguntas de miles de voces y cámaras encendidas que enceguecían nuestro camino al módulo espacial.

Desde el reproductor Ella Fitzgerald invitaba a un brindis solemne, vacío, como en un páramo artificial de dudas y de mareas mentales. Así nos sentíamos hace años, nadie lo decía nunca. El Comandante Johnson supuso que “Angel eyes” sería la canción más apropiada del mundo para este cumpleaños. No lo discutimos. Sus ojos azules estarían prontos a desaparecer, tal como en la canción, y los nuestros estarían demasiado lejos para asistir. El cruel silencio de la radio y la ausencia del tiempo no se llevan bien con la esperanza. Ni los absurdos pasatiempos que pudimos inventar, alcanzaban para llenar las horas de rutina e insomnio. Por entonces, cada uno tenía un ritmo distinto. El que lograba dormir, despertaba relatando algún sueño que se dejaba recordar. El Comandante soñaba con la universidad y sus hazañas amorosas, Zucker desentrañaba problemas matemáticos y yo repetía los sueños de los colegas muertos en la Estación rusa; eran sus sueños, yo no tenía propios. De vez en cuando soñaba con ella, pero no era mía y las horas siguientes se hacían interminables. Habíamos dejado de extrañar para evitar la desilusión. Los cambios de gravedad nos entretenían un poco, porque no podíamos predecir cuándo ocurrirían. Muchas veces hacíamos apuestas por alguna comida, libro o alguno de los murmullos que hacían ecos en nuestras cabezas. Teníamos alimento y aire para muchos años, pero ni siquiera sabíamos cuánto había transcurrido desde la partida y tampoco el tiempo padecido desde que perdimos la comunicación con la Tierra.

El chirrido era demasiado agudo y supuse que la radio había vuelto a funcionar. No había soñado nada pero mis ojos estaban claramente pesados. Le grité a Johnson pero durante mi sueño la gravedad había vuelto a cambiar y era difícil saber en qué lugar de la cápsula se encontrarían mis colegas. El ruido no volvió y me incorporé llamando a Zucker, quien seguramente estaría dormido. Escuché sus voces, ellas estaban allí. La radio seguía muda y recorrí todo el lugar sin encontrarlos. Había perdido a los espectadores de mi soledad. El asombro ya no constituía una opción. Ni siquiera la tristeza. Pasaron los días y seguí buscando con la ilusión diluyéndose cada vez más; se licuaba mi cordura, pisoteada en el piso por la realidad. Caí en la cuenta de que siempre estuve solo en este viaje, esta era mi misión. Ya casi no la recordaba, ¿la órbita de Juno, el planeta W-45sg, traer a casa algún satélite sonámbulo tal vez? No me importaba, había perdido toda conexión con mi casa; ahora mi hogar residía en un puñado de metros cuadrados de acero y circuitos.

Me sobresalté luego de otra siesta profunda; un cambio orbital abrupto me sacudió como un despertador voraz. Quizás había llegado a destino, pero los rastreadores satelitales habían dejado de funcionar y no sabía dónde me encontraba. Johnson y Zucker ya no estaban y decidí correr las cortinas que ocultaban las claraboyas. Así podría expandir el espacio que dentro de mí era enorme. Necesitaba buscar alguna verdad, desempolvar el misterio de mis años y mis errores, alguna redención que me proteja de mí mismo y de otros. Ahora las estrellas serían más constantes que la presencia de mis ocasionales compañeros. De vez en cuando Alguien me regalaría algún rayo de sol (apenas eso) y podría permanecer horas contando esas cápsulas numeradas como la mía que ahora veía sembradas por miles y que imaginaba pobladas de otros hombres mirando por otras claraboyas, que como yo trataban de atravesar la condena del destierro.

Texto agregado el 29-11-2013, y leído por 162 visitantes. (7 votos)


Lectores Opinan
02-12-2013 La ciencia ficción no es el ala que más me gusta ni acomoda... tu narrativa es fluida y envolvente. Te felicito. Un abrazo. gsap
01-12-2013 En el fondo los hombres estamos siempre inmensamente solos, y llenamos esa soledad con lo que nos rodea, pero cuando es la nada, lo que hacemos es imaginar las cosas...lo difícil es distinguir lo imaginario de lo que realmente existe...Buen relato...un gusto leerte felipeargenti
30-11-2013 Un estupendo relato contado en el más puro estilo tuyo, bien pensado, bien llevado, hilvanado con las palabras justas y envuelto en el papel de regalo apropiado que nos depara la sorpresa final. Brillante. ZEPOL
30-11-2013 Serjio querido, hacía tiempo que no leía cuentos así. Antes me encantaba el género. Más allá de la época y el plano donde estén, las necesidades primordiales del hombre son las mismas. Excelente!***** MujerDiosa
30-11-2013 Buena construcción. Es decir,, logras un buen y creíble ambiente que rezuma nostalgia, casi amargura y que se destapa con ese guiño final. En definitiva, un cuento depurado con un estilo que se transforma para bien. Sí, se disfrutó la lectura. pielfria
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