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Eugenia


Yo no tengo ni gatos ni perros ni plantas.
Los tuve en otras etapas de mi vida.

A Ángel no le gustan los animales y no tengo espacio en mi mini-departamento de Long Island. Un día, cerca de mi cumpleaños, recibí una caja, me la enviaba mi hija Cecilia desde El Salvador, donde vive desde hace años. Dentro de la caja, encontré un pequeño arbolito, con aspecto de árbol ya maduro, pero de tamaño diminuto, no más de 30 cm. de alto incluyendo su elegante macetita.

Se llamaba Eugenia (en serio, no te rías, es la especie "Eugenia multiflora"), traía un certificado y las instrucciones para su cuidado, me causó gracia el nombre y a partir de allí, siempre nos referíamos a el/ella como Eugenia:”- ¿Regaste a Eugenia?”-“Parece que Eugenia tiene sed”,”- Eugenia necesita mas luz”, cosas así...

A veces le hablábamos directamente:”-¡Eugenia, mira que lindo día!”-“¿Que pasa Eugenia? ¿No te gusta este lugar? ¿Está muy frío? ¿Muy caliente?”
Y ella parecía escuchar y largaba hojitas nuevas, crecía tanto que tenia que “cortarle el pelo” y las “uñas”, para que siguiera siendo un bonsái

Pero, llego Luciana con mis nietos y absorbieron tanto mi atención que un día encontré a la pobre Eugenia triste y alicaída. O debería decir “hojicaída”?

Traté de explicarle, que Melissa necesitaba esa operación tan delicada, y que por un tiempo íbamos a compartir el departamento con ellos. Que a Erick, le fascinaban los dinosaurios y que con sólo cuatro años era difícil que no hiciera ruido. Que probablemente tuvieran que quedarse varios meses…
Eugenia fue testigo de fascinantes obras de teatro, con argumentos escritos por los niños, De lo que fue encontrarnos por primera vez en persona y que ellos vieran que la Abue, no era virtual, que de verdad estaba del otro lado de la computadora y que ahora, ellos también.

Traté atenderla, le puse su música favorita, pero volví a distraerme ante la cantidad de ocurrencias y demandas de mis chiquitos. Las paredes se poblaron de obras de arte, con dinosaurios multicolores y hojas secas de otoño recogidas al volver de la escuela. El olor a vainilla y chocolate invadía todos los rincones mientras Melissa y yo horneábamos galletitas en las tardes de nevadas.
Eugenia empezó a mostrar signos de decaimiento .Creo que fue más de tristeza que de sed porque ya había sufrido de sequía antes, cuando tome unos cursos en Manhattan.
Aquella vez, nadie la regó en los tres días que estuve fuera, pero cuando volví, la sumergí en agua y las hojitas recuperaron su turgencia y empezó a largar brotes nuevos.

Esta vez no, creo que sufrió un ataque de depresión agudísima y... a lo mejor le pasó como a los perros que se mueren de tristeza cuando cambian de dueño o los abandonan.

Sinceramente creo que se dejo morir.
Yo le hablaba, le cantaba, la regaba, la alimentaba con los cristalitos verde esmeralda especiales para ella, le explicaba la situación pero, no quiso reaccionar, a lo mejor no me creyó. O se puso celosa,…después de todo debe ser difícil para una planta hija única aprender a compartir las atenciones de su jardinera… O le molestaba el ruido al que no estaba habituada. Además cómo podría explicarle que todos esos días en el hospital esperando que Melissa se recuperara eran la razón de tanta ansiedad en el ambiente? Lentamente se puso marrón y después se quedó calva.

Entonces la tristeza me invadió a mí, porque ya no vería a Eugenia dando brotes en la próxima primavera.

Me sentí culpable por haberla abandonado a su suerte, aun cuando el hecho de tener a mis nietos por primera vez al alcance de mi abrazo y no a través de la pantalla de la computadora pareciese una justificación válida para el “planticidio por negligencia involuntaria”.

Mantuve el cadáver de Eugenia en su estante cerca de la ventana por un tiempo con la esperanza de ver algún signo de vida, después de todo mi experiencia anterior con un helecho me daba motivos para esperar que pudiese resucitar, pero las visitas la miraban con cara de asco y decidí esconderla en otro estante, fuera de la sala, hasta que mi culpa me dejara disponer de ella como debía.

Hoy, la saqué de su maceta y la tire a la basura. La tierra amalgamada con sus delgadas raíces encogidas y resecas retenía la forma del recipiente.

Solo tuve que dar un golpe firme en la mesa de madera y se soltó. Pobre Eugenia, todavía me da lástima y me siento mal al pensar en la sed o la soledad que habrá sufrido.

Acabo de lavar y fregar muy bien la pequeña maceta de cerámica china en la que me la regalara Cecilia. Es esa de ahí, junto a los libros, ves? También es verde con vetas negras, de forma hexagonal y con chispitas doradas esparcidas en toda la superficie

Es lo menos que puedo hacer por su verde memoria, por tantos días de compañía sin pedir nada más que un poco de conversación y agua a cambio.

Texto agregado el 27-10-2013, y leído por 226 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
28-03-2014 Creo que se trataba de un bonzai. La verdad es que requieren de mucha dedicación. La virtud de tu cuento es que nos trasmites esa realidad... lindero
25-11-2013 en la sencilles de las palabras están los sonidos mas dulce del alma tu lo trasmites en este hermoso relato casi una adnedota bien contada, un aplauso y miles de estrellas unabrazo rolandofa
14-11-2013 Que bonito escribis, emocionante tu relato. jaeltete
05-11-2013 Ahhhhh... tierna historia, un tanto triste también, adoro las plantitas, ¡¡les pondré nombres!!, Cinco aullidos para Eugenia yar
04-11-2013 Una contelaxion de estrella***** terref
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