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Hola, soy una columba livia, bueno en realidad creo que más bien soy una paloma. Un palomo para concretar. Aunque presentarme como una clumba livia tiene más estilo ¿ no crees? Descubrí hace tiempo esta palabra y ahora se ha puesto de moda en mi bandada. ¡Ah, sí! Tengo que hablar de ella. Mis colegas no me perdonarían que explicara mi historia sin que ellos aparecieran.

Nos conocimos hace tiempo cerca de un cine. La gente iba y venía comiendo algo salado con un sabor parecido al maíz. Me gustaba porque parecía que fuera una nube inflada y blanca aunque también las había dulces y de colores. A mí me chifalaba, así que cada día iba al mismo lugar y me inflaba bien el buche. Vamos si me lo llenaba…¡ Luego me costaba hasta volar! Aquel día, harto de que mis despegues fuera complicados me forcé a comer una cantidad prudente. Estaba degustando aquel exquisito bocado cuando mi pico chocó con otro. Entonces levanté la vista y vi una pechuga balnca como la nieve, unos ojos construidos con la miel más ámbar y unas patas rojizas de ladrillo y goma que me dejaron sin habla. Ella pestañéo durante unos inastantes, bastante sorprendida, y después comenzó a reírse a carcajadas. Mucho me temí que era por mí. Al instante me acordé que el día anterior fui a parar a una casa, una choza de maderas y alambres y de techos de chapa y en el patio de aquella pequeña choza, había una gran manta de alambres abombados donde habían muchas más palomas, apretadas y gordas. Les intenté convencer para que escapara de allí pero no querían entenderme, o al menos yo pensaba que no me entendían porque me ignoraron. Un humano me cazó entonces. El que vivía en la choza me supuse. Entonces temí que me encerrara a mí también entre aquellas palomas extrañas y tuviera que extrañar para siempre mi ciudad y mi maíz de nube. Sin embargo nada de eso ocurrió. Simplemente cogió un spray y al rociarme perdí todos mis colores que se tornaron chillones malva, amarillentos pajizos y verdes. Y Así fue como me encontró aquella hermosa paloma, ridículo como aquel gorila albino, que la verdad, ¿Quién puede asegurar que no lo pintaran como a mí? Los humanos son extraños.
Estiré las alas para comprobar si aún me quedaba pintura, y me di media vuelta, intentando desear pasar desapercibido, al menos para la mofa de aquella cruiatura que había considerado hermosa.
- ¡Eh! No te vayas, ¡espera un momento!-Escuché tras mí.
Era extraño que siendo un macho tan ridículo no hubiera alertado a las demás hembras abucheándome o arrupándome hasta dejarme sordo.
Intentando ser amable me acerqué de nuevo a ella.
- ¿Qué querías?
- Te has olvidado el maíz que estabas a punto de comer.
- Te lo puedes comer tú si quieres- concluí desalentado.
- Oye, no tienes porqué irte, podemos compartir esta plaza.
- No quiero hacerte pasar vergüenza. Un palomo tan ridículo no puede ser digno de acompañar a una hembra.
Nos quedamos mirando fijamente. Le pregunté el nombre entonces, se llamaba Brisa de Primavera. Sus compañeras emprendieron el vuelo y se despidió: “hasta la vista”.

Y así fue como me dediqué a soñar con Brisa. En nuestra sociedad para que un palomo esté reconocida por una hembra o por un grupo tiene que tener una presencia imponente y un cuello bien inflado y cumplir grandes desafíos. Una hembra no podía exponerse a los peligros de la ciudad sin un macho que fuera capaz de protegerla a ella y a sus polluelos. Si no cumplías estos requisitos carecías de derecho ala anidamiento, en vuestra complicada sociedad, creo que sería una familia o simplemente ligar. Por eso resultaba imposible que Brisa se hubiera fijado en mí. De hecho mi imagen era la de un pichón inmaduro y ridículamente pintado, pero aún me animaba y en cierta manera me conformaba con ser su compañero de bandada.

Al cabo de unos días la bandada de Brisa volvió a la plaza de enfrente de los cines a comer nubes de máiz. Entonces conocí a Pluma roja, un pequeño líder con un pecho moteado de plumón rojizo. Me propuso llevar a cabo un plan para colabrorar con ellos y volcar uno de los tanquees que sujetaban las crías huamans de provisiones de nubes de maíz.
A mí los humanos me daban miedo, muy malas experiencias se contaban de ellos, y yo mismo ya había sufrido las mías, pero aún y así acepté la propuesta de Pluma roja. Lo que hice, fue intentar volcar el tanque que una cría sujetaba entre sus manos. A pesar de ser grandes tanques el viento y un empujón consiguieron hacerlo volar y todas las nubes de maíz de esparcieron por suelo. El niño corrió tras de mí, pero lo que sí que tienen los humanos y sus crías, o mejor dicho les falta es que no pueden volar con su cuerpo y pronto se cansó y volvió con su madre la cual le llevó lejos de los cines.
Bajé de la farola desde donde había contemplado a mi perseguidor y comí yo también con ellos hasta llenarme el buche. Para descansar me llevaron a un parque grandioso. Lleno de gaviotas, patos, y algunas golondrinas que perseguían nubes enteras de mosquitos en las orillas del lago. En el lago habían también humanos que se paseaban sobre el agua en un gran recipiente estridente y chapucero, los humanos tampoco sabían nadar bien con su cuerpo y hacían reír a los patos. Siendo terrestres quieren poseer también el agua, y entonces pensé que los humanos eran incuestionables.

En las orillas del lago estaba esperando dos palomas más. Me parecieron dos seres curiosos, quizás hermanos, que se pasaban todo el día peleando. Así fue como conocí a Ventisca y Archipiélago, y bajo su consentimiento me fundaron quinto miembro de la bandada. Me sentí honrado por primera vez.
Observé diferencias en los status de la bandada a lo largo del primer que pasé con ellos. Pluma Roja tenía derecho de anidamiento y aunque quería ejercerlo con Brisa, ella parecía desparecer y dividirse de la bandada en cuanto llegaba el tiempo de anidar.
Ventisca sin embargo estaba dispuesta a anidar con Pluma roja, pero él no mostraba jamás en esa época un mínimo de interés. Quién veía a Ventisca especial era Archipiélago, los celos infantiles pero inocentes del cual eran los que comenzaban una nueva discusión cuando la anterior había acabado. La pena de Ventisca era la que llevaba yo siempre a mis lomos, pues acogía sus lamentos siempre que Pluma roja la rechazaba.
En general tengo que decir, que son unos compañeros de bandada excelentes, desde el día que me acogieron, y hemos pasado muchas aventuras juntos.

Recuerdo aquella vez que descubrimos un laboratorio porque escogimos un rumbo equivocado para llegar al parque. Aquel día estaba nublado, y como las palomas nos guiamos por el magnetismo, nos despistaban las pequeñas acumulaciones de electricidad entre las nubes.
-Y dale, ¿ no ves que ya hemos pasado por el edificio del cielo de las cagadas municipales?- esto, para vuestra compresión humana, era un edificio de mi ciudad tan grande, que parecía que tocaba el cielo, y que llenábamos sus estrechas cornisas con cagadas improvistas en nuestro vuelo- Iba diciendo Ventisca aquel día, harta de que Brisa se pusiera al mando de la ruta, aunque hay que reconocer que es muy despistada.
-Creo que nos hemos perdido.-Afirmó ella.
-¡Ahora se da cuenta!
-Tranquilos, reencontraremos el rumbo, ¿y, qué es lo que te preocupa? ¿dormir hoy en
otro sitio?
Pluma roja calmó los ánimos de las dos, y aterrizó en la copa de un árbol, todos le seguimos. Estábamos sedientos y muy cansados, la bola del resplandor había desaparecido ya en el horizonte y no era muy recomendable volar a esas horas.
-Buscaremos algún edificio y dormiremos allí, ¿qué os parece?
Archipiélago alzó su pecho y anunció que detectaba comida. Todos empezamos a olisquear el aire, y fuimos a ver donde salía aquella fragancia. Siguiendo el rastro fuimos a parar a un edificio, y sin pensárnoslo dos veces nos colamos en él por una ventana abierta. La cámara que estaba oscura se iluminó de golpe como si la bola de resplandor se encontrara delante nuestro mismo. Una cobaya, entre nuestro aturdimiento, nos avisó a tiempo de que nos escondiéramos pues los humanos de aquel edifico eran peligrosos. Haciendo caso de sus instrucciones nos escondimos detrás de una caja, confiando siempre en nuestras alas, que eran las que nos salvaban del alcance humano, a excepción de que tuvieran armas que solían utilizar en campo abierto y no dentro de un edificio. Aunque una vez un caracol me contó que dentro de los edificios los humanos también podían disparar, pues disparaban también a los suyos. Los humanos hacen cosas incomprensibles.
En nuestro escondite, entre el serrín polvoriento y la caja de madera húmeda, pude rozar el pico de Brisa, casualidad de girar las cabezas al mismo tiempo. Como se nos escapó un arrullo, nos descubrieron y nos alzamos revoloteando por toda la sala mientras ellos agitaban sus brazos y nos gritaban:
-¡estúpidas palomas! ¡Fuera bichos! ¡largo de aquí!
Cuando el hombre se cansó de ladrarnos y su cara perdió la expresión de melocotón sonrojado llegó una humana más en ayuda al otro.
Nos tiraron trapos, objetos y erraron todos sus intentos, a mí me latía el corazón tan fuerte que pensaba que se me saldría. Sin embargo se cansaron antes que nosotros.
- Mañana llamaremos a la agencia de sanidad del ayuntamiento de la ciudad porque estamos infestados. Demasiadas palomas.
- El ayuntamiento ya tiene previsto para este año un plan de exterminio.
- Pues esperemos que lo pongan en marcha de verdad. Estos animales están por todas partes. Son una plaga- y alzó las manos gesticulando con su cara de melocotón.
Fue una opinión tan hipócrita que incluso me enfadé. Me enfadé muchísimo. Me propuse trazar un plan que llegó a oídos incluso de otras bandadas, que se unieron a la causa, porque principalmente quienes estaban por todas partes, eran ellos. Ocupaban mucho más territorio que nosotros y nos superaban en nombre. Porque yo me pregunto, ¿ellos dejarían de recorrer el lago con sus cáscaras gigantescas? ¿O de amenazar el cielo con sus edificios? ¿Porqué quieren acabar con nosotros? ¿Porqué nosotros que buscamos la paz y la armonía grupo? ¿Nosotros que no nos disparamos, ni nos enfadamos? ¿Nosotros que agradecemos y aprovechamos sus escombros como auténticos lacayos?. Inadmisible. Lo mismo opinaron las otras doce bandadas del plan de exterminio.
Al día siguiente escapamos con la bola de resplandor alta y no fuimos al cine comer nubes de maíz, sino que extendimos la noticia por todo el parque. El objetivo era saquear la comida del laboratorio que Archipiélago aseguraba que se encontraba dentro.
Así las trece bandadas entramos alborotadas por la ventana, arrullando:
-¡¡¡Esto es la guerra!!!, ¡sí a la vida! ¡Vosotros también sois palomas! ¡Humillaros ante el escuadrón!
Y pasamos de esa cámara a un pasillo muy largo lleno de sacos que comenzamos a agujerear y rajar, de donde manaba pienso que se escurría por el suelo como un río de agua. Comimos y manchamos todo lo que pudimos, sacudiéndonos para asegurarnos de que las plumas que se desprendían de nosotros acabaran quedando pegadas. El hombre con la cara de melocotón se puso las manos a la cabeza y nosotras le perseguimos luchando con nuestra “munición” que fue totalmente certera y alcanzó el blanco a lo largo del pasillo.
Recogí todas las semillas que pude y antes de salir de nuevo por la ventana, le dejé a mi amiga cobaya un sabroso aperitivo de semillas.
Y así fue que vencimos aquella mañana en el laboratorio. Meses más tarde vimos en el escaparate de una tienda de electrodomésticos el anuncio de un coche perseguido por unas palomas, parecido a nuestra proeza en el laboratorio.

Sí, menuda aventura aquella. ¡Una aventura emplumada! ¿O pensabais que una columba livia como yo tendría poco que contar?
Recuerdo muchas más cosas, sobre todo, aquel día en qué Archipiélago consiguió el permiso de anidamiento y liderazgo cuando derrotó a Sombra, el palomo veterano de la plaza del cine. Habían cerrado los cines, y la comida allí escaseaba. Ventisca pasó días sin llevarse nada a la boca, Archipiélago le ofrecía semillas que había seleccionado después de exhaustivas búsquedas. Pero ella no aceptaba, quizás por orgullo, vete a saber. Un día se las soltó bajo un arbusto y pensando que las había encontrado ella sola, se dispuso a llevárselas al pico. Sombras la derribó de un golpe de cola y se comió todo lo que Archipiélago había dejado. Enfadado e indignado se lanzó a picotear a Sombras y a revolotear sobre él, hasta que el palomo aturdido terminó huyendo.
La ceremonia de anidamiento de Archi, (así le llamamos todos) hizo que aplazáramos la migración un par de días, pues en invierno nos íbamos a otros lugares donde abundaba la comida. Aún y así el liderazgo no le permitió anidar con Ventisca enseguida, pero sé que ahora ella le guarda un gran respeto y que algún día le aceptará como el líder que es para nosotros. Pluma roja cambió de bandada, quizás ahora esté liderando algún vuelo, lejos de Brisa y de mí que hemos anidado este año. Esa fue la segunda vez que me sentí honrado.

Pues bien, me ahorraré las energías de despedirme de una forma conmovedora, puesto que me espera un largo vuelo. Pero como decís los humanos, estamos por todas partes, ¿o no?

Nota: éste relato lo construí a la edad de doce trece años para participar en un concurso literario de mi insitiuto. Lo he retocado pero conserva un aire infantil que creo que es el que definitivamente le da el golpe de gracia. Se debe leer simplemente para pasar un buen rato pues como podréis apreciar no tiene un gran trasfondo.


Texto agregado el 19-08-2004, y leído por 305 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
21-08-2004 Bonita historia, ya veo que te caen bien las palomas. Saludos. Nomecreona
 
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