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Segundo intento


Una nave espacial de otro sistema solar invade la noche, pero este no es el cielo conocido, son terrícolas los invasores.

La Tierra - Cabo Cañaveral: año 2050

Era la última misión espacial comandada por el capitán Russell. La nave interestelar Pangea, con su tripulación, despegó sin contratiempo. Su rumbo, el sistema solar de la décima estrella más cercana a la Tierra, Eridani, a diez años luz de distancia. Su destino, el tercer planeta de los diez que lo compren, Annuvin. La misión, buscar vida inteligente en ese planeta y recuperar a la sonda no tripulada, Galilea, equipada de inteligencia artificial. Esta sonda había reportado el descubrimiento de un ecosistema desarrollado, saturado de una diversidad de vida.

Este último mensaje enviado por Galilea, fue en las cordilleras ecuatoriales de Annuvin, más allá del mar turquesa, sobre un aparente encuentro con seres inteligentes. Galilea tenía un protocolo para determinar la inteligencia de los organismos que descubriera. A través de un holograma proyectaba símbolos numéricos frente a los organismos y esperaba si éste era capaz de conceptualizar. Esa característica era suficiente para que lo clasificara como pensante. Un alienígena había respondido en forma positiva, pero en ese momento se cortó la comunicación con la sonda.


En el espacio: año 2061

Por once años la nave nodriza Pangea navegó al 90% de la velocidad de la luz, hasta que por fin orbitó en Annuvin. La estrella Eridani es levemente menor en tamaño y ligeramente más fría que el sol que ilumina a la Tierra. Saben que la gravedad es el 50% de la terrestre, su atmósfera más densa y la temperatura promedio de 22 ºC.

Pangea transportaba tres sondas que son tripuladas por dos astronautas. Columbus sería la primera que se enviaría hacia la superficie de Annuvin y estaría comandada por Russell y su copiloto Adrian. La sonda atraviesa la densa atmósfera a gran velocidad soportando con éxito el calor provocado por la fricción de descenso.

En Annuvin

El capitán desarrolla vuelos en vaivén que disminuyen la velocidad del Columbus para evitar colapsar contra el suelo firme. Para tener mejor visión de la superficie ordena desplazarse a vuelo raso sobre un valle atiborrado de vegetales en forma de tubérculos gigantes sostenidos por múltiples tallos delgados que en la Tierra serían incapaces de sostener tal peso.

En su trayecto avistan gran variedad de vegetación, complicados ecosistemas autosustentables. Luego da marcha atrás unos cuántos kilómetros para observar detenidamente un bosque de hongos gigantes. El suelo está diagramado por una red de ríos, como si fueran venas, en el que fluye un material viscoso, ahí se desintegran en nutrientes los millones de hormigas que son atrapadas. Los insectos se alimentan de los hongos, muchos mueren en el intento pero la gran mayoría arrasa con el bosque que resurge de los ríos infestados de vida. El ecosistema es un perfecto ciclo codependiente.

Después de atravesar el bosque, Adrian avista un enorme animal-vegetal que Galilea había denominado, Mastodogarden, por su peculiar aspecto; una montaña viva que se desplaza a velocidad imperceptible, que además tiene la capacidad para cambiar los ángulos de sus flancos o convertirse en planicie. En la espalda crece como parte integral del animal, un huerto de frutos que sirve de alimento a muchos otros que defecaban fertilizando y nutriendo al gran animal. No es la única especie híbrida, Galilea había descubierto más.

Llegaron a una zona arenosa en donde antes se alojaban los mares. Hacía millones de años que los océanos de Annuvin se habían evaporado, dejando una superficie árida, formada por toneladas de sales y minerales marinos, figurando como agujas retorcidas que a través de centurias han crecido poco más de un kilómetro. Debido a la evaporación, el aire se transformó en un manto inmenso y rico en oxígeno.

En esa extensa área, millones de organismos bioluminoscentes se alimentan de las sales, desintegrándolas en elementos químicos que fertilizaban al suelo haciéndolo apto para el desarrollo de flora. Pero no todos los mares han desaparecido, Annuvin todavía tiene uno del tamaño de Brasil. El capitán Russell guía la sonda hacia ese mar turquesa. Lo que desde el espacio parecía mar, de cerca no lo es; la orilla se asemeja a una enorme capa de gelatina.

Adrian opera el brazo mecánico tratando de atravesar la superficie gelatinosa. Es imposible. Una entreverada membrana elástica formada de microorganismos, plantum, algas, cristales de sal y agua, habían quedado atrapados antes de evaporarse. En realidad es una enorme colonia, una matriz simbiótica de vida que evolucionó antes de la evaporización. Es como un denso lecho marino rebosante de vida.

La ruta más corta para acceder a las cordilleras ecuatoriales, lugar donde despareció la sonda Galilea, es atravesando ese lecho turquesa. Antes de que Russell diera la orden de avanzar sobre el mar, recibe un mensaje de la nave nodriza.

-Pangea a Columbus, cambio.

-Adelante Pangea, le escucho.

-Capitán, una tormenta de desechos contactará con el Columbus en treinta segundos. ¿Tiene alguna instrucción especial, resistirá? ¡Ahí les llega!

Sin darle tiempo a responder, la sonda recibió el golpe de un ciclón de sales y minerales cáusticos.

-Columbus, cambio. Columbus, ¿me escucha? Cambio –insistió la voz nerviosa desde Pangea.

-Sí, fue una gran perturbación. Se dañaron algunos sensores. Respondió Russell

Pero no es la tormenta, la perturbación proviene de la forma de vida más extraña que se había encontrado en el universo: Los Sugi. Galilea los había bautizado con ese nombre debido a la leyenda japonesa del árbol que se movió de la ruta para dar paso a un sabio monje. Caminan erectos con dos piernas gruesas como tallos de árbol. Sus pisadas no penetran la superficie gelatinosa a pesar de su gran tamaño, a cada paso desprenden trozos de la membrana, pues se alimentan de ella a través de bocas que poseen en la base de la piernas, tampoco pueden parar porque los microorganismos del mar los devorarían.

Entre sus frondosas ramas habitan miles de hadas, quienes se alimentan de los frutos rojos que crecen en las vainas de los Sugi y depositan sus huevos en esas vainas que sirven de nidos. Los gigantes poseen una fuente de energía que incuba los millones de huevecillos. Cuando brotan las hadas bebés, las más débiles son atrapadas por unas estructuras cónicas y pegajosas como lenguas que se yerguen desde el mar. Las que logran salvarse se esparcen por el universo y regresan cuando llegan a la madurez para ovar y reproducirse.

Columbus por fin llega a la costa opuesta. La extensión arenosa parece una playa inhóspita que se extiende hasta las faldas de un acantilado, el inicio de la cordillera.

Es ahí donde los tripulantes de la sonda experimentaron por primera vez muestras hostiles. El mayor depredador del planeta, el Quetzlcoatl, una especie de halcón gigante, posee una serpiente enquistada en la cabeza. Es un ave descomunal que se desplazaba a gran velocidad, pero ésta no proviene de sus poderosas alas que al desplegarse miden más de diez metros; se origina de la propulsión del gas metano que queman por reacción química en dos huecos en cada ala. Alcanzan velocidades superiores a los doscientos cincuenta kilómetros por hora. Ese rápido desplazamiento es necesario para que la víbora se comporte como una lanza dentada que se clava en las sorprendidas víctimas.

La sonda Columbus no está equipada para defenderse de un ataque como ese. El peligro es mayor porque estas aves, que eran tres, cazan en grupo, lo que acusa una evolución mayor a la que se había previsto.

Cuando una de ellas ejecuta un vuelo de ataque frontal, a menos de cuatro metros del Columbus su figura se descompone y gira hasta darse contra la superficie. Los otros dos Quetzlcoatls corren la misma suerte. Los sensores de la sonda siguen detectando movimientos y el capitán busca entre los riscos al autor del derribo de las aves. Detrás de una roca de la ladera de una escarpada montaña, surge el par de seres que la sonda no tripulada había contactado e identificado como inteligentes.

Russell seca el sudor frío que se escurre por su frente. La carga emocional más fuerte que se pueda sentir es el encuentro con seres inteligentes de origen extraterrestre.

En la primera impresión, Russell pensó que se trataba de seres dotados de un cerebro superdesarrollado al confundirlo con la protuberancia gigante sobre la cabeza. En realidad se trata de una vejiga que llenan de nitrógeno del medio ambiente para estabilizar su vuelo. Si él hubiera tenido que describirlos con esquemas terrestres, habría dicho que se trata de una combinación de oso panda con cabeza de elefante. Para confirmar que se trata de la misma especie, despliega el holograma con mensajes binarios. La respuesta despeja cualquier duda. Son los mismos seres.

Estos alienígenas dan muestra de una inteligencia superior a la humana después de establecer el sistema binario como el lenguaje de comunicación. Son capaces de decodificar y analizar largas series binarias.

Los primeros mensajes proyectados por el sistema de inteligencia artificial del Columbus es la ubicación del lugar de procedencia. Los seres están sorprendidos por tanta información, hasta ese momento ignoraban que hubiera vida en otro lugar, pero pronto estos nativos de Annuvin empatizan con la sonda y creen que se trata de un ser vivo, desconocen la existencia del capitán Russell y del copiloto Adrian.

Para mostrar su afecto aportan datos sobre ellos y su forma de vida. Habían sido creados para poblar el planeta, adoran a su creador y se llaman Enki (Señor de Annuvin) y Nin-Ti, (Mujer Costilla).

El capitán decide que es momento de proyectar un holograma con imágenes de los humanos. Las escenas de la vida cotidiana en la tierra impactan a los Annuvinitas. Nin-Ti se acerca a la ventana frontal de la nave y descubre al capitán y a su compañero. Lee la mente de Russell, así visualiza los avances tecnológicos y los eventos de guerra de la civilización terrícola. Al hacerlo, sus facciones se retorcieron. Los controles del tablero de mando de la cabina semicircular de la sonda se mueven descontroladamente, lanzan destellos eléctricos y sonidos de alarma. Adrian se desvanece sobre su asiento, en cambio Russel siente una grata sensación, una infinita paz y un aroma a felicidad. El leve chasquido del cinturón de seguridad de Russell, inesperadamente se abre, interrumpiendo sus emociones. Se levanta para tratar de corregir los daños cuando un ruido le hizo levantar la vista hacia la pantalla electrónica que muestra imágenes desconocidas pero que le regresan a los efectos gratificantes.

Casi al final, antes de perderse en esa felicidad interior, pudo leer el último mensaje que Nin-Ti le proyectó:

“Del árbol del conocimiento del bien y el mal, no comerás”.




Fin


Para una hada, Sofiama

Texto agregado el 08-06-2013, y leído por 368 visitantes. (27 votos)


Lectores Opinan
23-04-2014 He releído el título ahora, y te juro que me ha removido por dentro... ikalinen
23-04-2014 Qué trabajo más pletórico de creatividad. Esa mezcla de ciencia ficción y fantasía en su estado más puro me resultó soberbio. Y ese final tremendo, descabellado, las religiones paralelas (o la misma) y el mensaje final, que se torna aterrador más allá de la advertencia divina. Una visión muy original. He disfrutado muchísimo esta lectura. ikalinen
25-08-2013 Muchas imágenes que me encantaron, como "Mastodogarden" y la dedicatoria inigualable.***** Solo_Agua
11-08-2013 Una gran revisión interna. Me gustó. ALBAdelROCIO1982
17-06-2013 Qué gran trabajo, para tenerte de modelo; ágil, muy creativo, no aburre, detallista y versátil, descriptivísimo...a propósito qué es un Quetzlcoatls ? nonon
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