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Catman

La casa junto al pantano

Capítulo 11

Como si hubiese sido poco oportuna la presencia de Charlotte Greenhouse rondando por su vivienda, y teniendo él que acabar de manera tan drástica con su curiosidad, ahora se presentaba el “niño mimado” de la mujer, para seguir hurgando en su ya complicada vida.
Por supuesto que las sospechas de Donald Jackson eran totalmente fundadas, y si en lugar de llegarse hasta su hogar en busca de respuestas, hubiese ido directamente con la policía, las cosas se hubiesen enredado al extremo de hallarse en peligro de ser descubierto en sus macabras actividades.
La idea de acompañarlo hasta el pueblo y posteriormente al destacamento de policía, con intenciones de atacar al hombre y no permitir que llegase a destino, había dado resultado.

Brotaba un hilo de sangre de la cabeza de Donald Jackson, ya que el golpe provocado con esa piedra que John había encontrado junto al camino, había abierto una herida de considerable tamaño.
Reconoció que el trecho que había desde el lugar en que se encontraban, hasta el sótano de su vivienda, era demasiado largo para llevar al hombre a cuestas, y protegido por las sombras de la noche se encaminó en busca del carromato que utilizaba en sus andanzas por el cementerio.

Algunos minutos más tarde se hallaba introduciendo la carreta dentro del subsuelo, con la carga que de hecho el tío Edward recibiría con beneplácito.
Como si se tratase de una marioneta, el cuerpo de Jackson fue quitado del vehículo quedando un tanto recostado sobre una de las paredes.
Eran incontables las veces que John había visto al tío Edward destrozar a esos cuerpos de manera brutal, y ya se hallaba acostumbrado a ver su horripilante manera de devorarlos, pero en ésta oportunidad su asombro no tuvo límites.
La bestia se inclinó sobre el exánime cuerpo de Donald Jackson y utilizando los pulgares, hizo que los ojos del pobre infeliz saltasen de sus cuencas como si se tratasen de guindas maduras, quedando únicamente sujetos por el nervio óptico a la altura de las mejillas. La sangre brotaba de los huecos oculares como si fuese agua de un manantial, y algunas gotas salpicaron el rostro del muchacho.
Los ojos de Donald Jackson, meciéndose levemente sobre sus pómulos, parecían mirar fijamente al atribulado John.
El tío Edward los tomó con una mano y los introdujo en su boca comenzando a triturarlos con los dientes, pleno de satisfacción, mientras algunas gotas de humor acuoso resbalaban por su mandíbula inferior.

Las náuseas se hicieron presentes en el estómago del joven y no tardó en vomitar de manera convulsiva, parte del pastel de frambuesa que había deleitado en el salón de la panadería.
En el piso quedaron los restos de color entre rojizo y amarillento de aquella comida, dejando en su boca un fuerte sabor ácido.
Un nuevo deseo de vomitar se apoderó de él y salió del sótano lo más aprisa posible, para poder respirar el aire de la noche.
Caminó hacia la bomba de agua y mientras movía la palanca del pistón con una mano, con la otra formaba un hueco tratando de beber y refrescar su rostro.
Estuvo algunos minutos recostado sobre la bomba con uno de sus brazos apoyado en el fregadero de cemento que generalmente usaba para el lavado de ropa.
El tío Edward estaba lleno de sorpresas, de eso no cabía ninguna duda.
“Si Dios pone obstáculos en la vida del ser humano para comprobar hasta dónde llega su fe, ahora se estaba pasando de la raya”. Pensó John.

Al día siguiente y ya finalizado su horario de trabajo, volvió a encontrarse con Annette Winston. Ella lo saludó besándolo en los labios, y él devolvió la caricia.
Momentos después de hallaban de camino hacia la campiña.
El hombre llevaba uno de sus brazos sobre el hombro de la joven, mientras ella rodeaba con el suyo la cintura de John.
-¿Has hablado algo con tu padre?
-No todavía, John.- Contestó y preguntó enseguida: -¿Aún temes a como pueda reaccionar? Te he dicho ayer que mi padre es una persona accesible, tú eres buena persona y...
-De acuerdo, de acuerdo,- la interrumpió pensado en qué tan buena persona le parecería, si se enterase de sus macabras tareas. -No insistiré más sobre el tema.- Concluyó.
Dieron en pasar cerca de un cobertizo que se hallaba abandonado y que en su momento había servido como depósito de alfalfa y otros follajes, para guardar el alimento de los animales de una granja cercana.
Se miraron con un gesto de complicidad.
-¿Miramos qué hay dentro?- Preguntó John enarcando las cejas.
-Veamos.- Contestó mientras dibujaba una sagaz sonrisa.
Una vez en el interior, tomaron asiento en el piso sobre una especie de manto de heno.
-Debo suponer que no eres alérgica. –Sonrió tomándola de la barbilla y acercando su rostro la besó en los labios.
Poco después, y casi desprovistos de ropa, se hallaban entregados al placer de disfrutar cada uno del cuerpo del otro.
John sentía la sangre correr por sus venas como si se tratase de la lava ardiente de un volcán, mientras ella gemía de placer al recibir las caricias del hombre.
Al cabo de varios minutos en que se sintieron como si estuviesen solos en el mundo, y embargados por el más infinito de los placeres, quedaron de espaldas sobre el piso respirando entrecortadamente.

Cuando iniciaban el camino de regreso, el graznido de un cuervo sorprendió a la pareja e hizo que la mujer sintiese un escalofrío.
-¿Qué ocurre, amor?- Preguntó el hombre mientras pensaba si ése no sería el mismo animal que escuchaba cuando acudía al cementerio.
-Ese cuervo,- dijo ella. –No me gustan los cuervos.
-Son aves como cualquier otra.- Justificó el muchacho.
-¡No!- Se enfadó la joven. –No lo son, son engendros del demonio, carroñeros, comen la carne de animales muertos.
-Está en su naturaleza,- dijo John tratando de que la muchacha se calmase, mientras se preguntaba qué opinión tendría con respecto a Edward. –Y no podemos ir en contra de lo que la naturaleza ha decidido.
-Como sea, John, no me gustan los cuervos.
El hombre decidió no seguir contradiciendo a la muchacha, no tenía caso iniciar una discusión por algo que para él no tenía demasiada importancia.

Estuvieron de vuelta en el pueblo cuando el reloj del campanario de la iglesia marcaba las siete y quince de la tarde.
Estaban a punto de despedirse cuando ella explicó:
-No podré verte mañana, John,- dijo con tono de aflicción. –Ocurre que es el cumpleaños de la hija de uno de los parroquianos y ha decidido festejarlo en la cantina, así que deberemos prepararnos para el festejo, y luego atender a los invitados.
-Comprendo,- asintió. –No te preocupes, aunque lamentaré no estar cerca de ti.
-De todos modos,- sonrió. –Ya me las arreglaré para hacerte una visita en tu lugar de trabajo.
Intercambiaron un beso de despedida y la joven emprendió su camino hacia la taberna.

Ya de regreso en su hogar, cavilando sobre el grato momento que había pasado con la joven Annette, un sentimiento de ira se apoderó de él, cuando pensó que debía “alimentar” a su tío.
No tenía dudas de que se había enamorado de la muchacha y ahora Edward era un estorbo en sus relaciones.
Debía poner punto final a todo eso, y se dijo que esa sería la última noche que iría al cementerio en busca del sustento para el hombre.
Sabía que Rose, la prostituta asesinada, ya había recibido sepultura y no titubeó cuando dispuso que iba a ser ella “la última cena” para el tío Edward.

Avanzó por el sendero que conducía a la necrópolis, empujando la pesada carreta que había sido mudo testigo de las horripilantes incursiones en pos de cuerpos nauseabundos, aunque para Edward no eran otra cosa que su exquisito alimento.
Removió la tierra de la tumba y luego de realizar un gran esfuerzo logró izar el ataúd.
Se detuvo algunos minutos para recobrar el aliento. En su mente trataba de imaginar de qué manera se desharía del hombre que aún amaba, pero que con la llegada a su vida de la joven Annette, ahora se había convertido en una carga imposible de sostener.

Dejó el féretro en poder de la bestia y se alejó del lugar inmediatamente. Su estómago no se hallaba en condiciones de seguir vomitando, y trató de no pensar en las horripilantes acciones de Edward.
Tal vez, en un muy corto período de tiempo acabaría con esa maldición.


Continúa...

Tanto el nombre de los personajes como la historia aquí narrada son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, es pura coincidencia.



Texto agregado el 04-04-2013, y leído por 161 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
18-08-2013 Acá vengo filiberto
07-04-2013 A pesar de que John se ha ido transformando a lo largo de la historia no puedo dejar de sentir una gran pena por él. 5* eti
05-04-2013 De terror...uno por comer carne humana y el otro por pensar en cosas bien macabras, pero...me encantaaaaa!!!! fabiandemaza
05-04-2013 Eres muy buen pensador y redactor de macabras ideas, especialista en terror, seguramente ya sabes por donde llevar tu novela , felicitaciones (U:U) =D mis cariños dulce-quimera
04-04-2013 Pero, este caso no es cuestión de fe, lo que Jhon está viviendo es peor que una pesadilla. Estoy de acuerdo con la solución que da Sofiama. girouette-
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