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Catman

La casa junto al pantano

Capítulo 5

El día en que la vida de John Sanderson se convirtió en un infierno, era imposible que el hombre pudiese olvidarlo.
El tío Edward, previa aprobación del dueño de la talabartería, abandonó el local aproximadamente dos horas antes del horario habitual. Hacía algún tiempo que tenía intenciones de realizar algunas refacciones en la casa en que vivían, y ya lo estaba postergando demasiado.
Tal vez podía haberlo hecho un sábado por la tarde en que trabajaban hasta el mediodía, o bien el domingo. Pero cuando al tío Edward se le me metía algo en la cabeza, era muy difícil hacerle cambiar de opinión.

Al concluir su jornada de trabajo, John inició su camino hacia la casa imaginando que Edward ya estaría próximo a finalizar la tarea de reparación que tenía en mente y que no era gran cosa en realidad, simplemente reemplazar algunas tablas del piso de la planta baja, pues varias de ellas se hallaban tan dañadas que los tornillos ya no las sujetaban al suelo.

Al pasar frente a la panadería de Vogel Strauss, notó que un carruaje tirado por un solo caballo, del tipo que usan los gitanos que se dedican a la venta de diferentes artículos, se encontraba detenido a un costado de la calle.
Pudo ver que el conductor del vehículo se sacudía convulsivamente.
En ese momento y por fracción de segundos se sintió invadido por una extraña sensación.
Se acercó al carromato y pudo comprobar que el hombre, recostado hacia la izquierda sobre el pescante, había fallecido.
Caminó en busca de la policía para comunicar el hecho y enseguida el inspector Morris, a cargo del destacamento, y su ayudante el sargento Williamson, se encaminaron hacia el lugar.
Comprobaron que realmente el hombre había muerto, aparentemente de un ataque cardíaco, cosa que el médico del pueblo corroboraría más tarde.
El inspector agradeció a John por haber dado el aviso y el hombre prosiguió su camino rumbo a la casa.

Al día siguiente, pudo enterarse de algo verdaderamente insólito.
Dentro del coche, atada con cadenas y amordazada, había una mujer de mediana edad que intentaba desesperadamente deshacerse de sus ataduras, y cuando fue socorrida, intentó agredir a quienes estaban tratando de ayudarla.
Comprobaron luego que la pobre sufría de una severa enfermedad mental próxima a la paranoia, motivo por el cual, el médico recomendó su internación en un asilo.

Como lo suponía, al llegar a la vivienda comprobó que el tío Edward ya había concluido con la tarea, había preparado la mesa para la cena e incluso ya había tomado su baño en la tina, cosa que John hizo aproximadamente quince minutos más tarde.
El recinto estaba amueblado de forma austera, una mesa de madera de forma rectangular, cuatro sillas del mismo material y un mueble de madera labrada donde se guardaban la loza y utensilios de cocina.
Edward sirvió en los platos porciones iguales del guisado que ya tenía preparado, dejando luego la sartén sobre la mesa.
Bebieron un par de vasos de vino y después de la sobremesa, se aprontaron para retirarse a descansar.
En ese momento, una rata de gran tamaño entró a la habitación y al pasar junto al tío Edward, mordió a éste en una de sus piernas a la altura del tobillo.
El hombre se tomó el lugar afectado maldiciendo al animal, mientras John tomaba la sartén tratando de golpearlo con la parte inferior de la misma.
El roedor fue más rápido que él, y abandonó la casa por la puerta de entrada que había quedado abierta para que ingresase la brisa de la noche.
John trató de desinfectar de la mejor manera posible la herida en la pierna de Edward, colocando luego un esparadrapo y una venda para sujetarlo, mientras el hombre seguía maldiciendo a viva voz.

Los gemidos del tío Edward despertaron al joven que al acudir a su lado, pudo comprobar que ardía en fiebre y tenía los ojos desorbitados e inyectados en sangre.
Trató de calmarlo pero el hombre lo apartó violentamente mientras gruñía como una bestia enfurecida.
Decidió entonces marchar en busca del médico del pueblo para que éste pudiese determinar la causa de tal comportamiento y tratar de poner fin a su sufrimiento.

Sería aproximadamente la una de la madrugada cuando en el carruaje del facultativo llegaron a la casa.
Edward se retorcía en el lecho, de su boca brotaba una saliva espesa que se deslizaba por la mandíbula, sus ojos se movían de un lado a otro como si estuviese poseído por una inexplicable fuerza satánica.
El médico frunció el seño, consideraba que los síntomas que mostraba Edward Sanderson no eran para nada similares a los que presenta la peste bubónica, y buscaba una explicación valedera para determinar el comportamiento del enfermo.
¿Se encontraría ante a una enfermedad aún no descubierta? ¿Qué tipo de repercusión podía tener frente a la humanidad en caso de transmitirse a modo de epidemia?
Se acercó a Edward con el propósito de poder precisar a qué se enfrentaba, el hombre sudaba copiosamente y sus gruñidos inundaban el ambiente.
Colocó una mano sobre la frente del enfermo y éste reaccionó de una manera violenta, extendió un brazo y con las uñas extrajo trozos de piel de la mejilla del facultativo quien lanzó un grito de dolor, mientras retrocedía un par de pasos.
Edward se puso de pié y totalmente enfurecido, mordió al médico en el cuello a la altura de la yugular, arrancando con sus dientes un bocado de carne. De inmediato, la vena comenzó a sangrar a borbotones.

John se encontraba como clavado al piso, no era capaz de reaccionar ante tan horripilante acto y observaba la escena abrumado por la impotencia de no poder ayudar al médico, quien era atacado con saña brutal.
Al cabo de algunos minutos, el hombre ya había arrancado la carne del abdomen de su víctima, los intestinos caían al piso bañados en sangre y Edward removía trozos de carne de todo el cuerpo, para devorarla con apetito insaciable.
No le llevó mucho tiempo acabar con la funesta tarea, una pila de carne, vísceras y huesos se veían esparcidos por el piso de la estancia, como marco de una carnicería cruel y despiadada.

Ahora calmado, el tío Edward quedó sentado en el suelo de madera con la espalda reposando sobre una de las paredes de la habitación.
El joven no sabía a qué atenerse, su mente era un torbellino de ideas buscando de qué manera podría llegar a solucionar semejante catástrofe.
Viendo la calma que ahora embargaba al hombre, al igual que una bestia descansa después de la depredación, pensó que tal vez podría lograr llevarlo hacia el sótano y una vez ahí encerrarlo tras las puertas de hierro, antes de que el hombre volviese a tener otro de esos ataques de furia.
Tomando todas las precauciones posibles, lo asió por uno de sus brazos y haciendo que se pusiese de pie, logró conducirlo lentamente hacia el subsuelo.
Debía tener cuidado de que el hombre no tuviese otro estallido de cólera y se las tomase con él. No quería correr el riesgo de que le provocase alguna herida, y contagiarle de esa manera la extraña enfermedad.

Logró dejarlo en el sótano tras las puertas de hierro y luego de poner un candado a la misma, retorno a la casa.
Debía limpiar a conciencia todo ese desastre, pero antes tendría que llevar el carruaje al pueblo y dejarlo frente a la puerta de entrada de la vivienda del médico. Si todo salía según sus planes, darían al facultativo por desaparecido y nadie sospecharía lo ocurrido, menos por la distancia que separaba su casa de la del médico.
Dejó el carruaje en el lugar que ya había determinado, y seguro de que no había sido visto por persona alguna, ya que para ese entonces eran aproximadamente las dos de la madrugada, regresó a su vivienda lo más aprisa posible.

Le tomó más tiempo del que esperaba limpiar aquel desorden, se deshizo de los restos del médico, dejándolos sumergir en las aguas del pantano. Más tarde, limpió con cepillo y jabón la sangre esparcida por el piso de la planta baja, y luego se aprestó a tomar un baño. El reloj de péndulo marcaba las cinco y quince de la mañana. Ese día debería ir a su trabajo sin poder dormir.
Pensó que también debía urdir alguna mentira ante la ausencia de su tío, e imaginó que sería correcto argüir que la cuñada de Edward, viuda desde hacía un par de años y que se hallaba mal de salud, había requerido la presencia del hombre. Se suponía que ese había sido el motivo por el cual Edward Sanderson había tenido que partir hacia la capital y consideró que sería una excusa aceptable para justificar la imprevista desaparición de su tío.
En cuanto al problema originado con Edward, más precisamente por la rata que lo había mordido, la cosa era más complicada y debía dilucidar que hacer al respecto.


Continúa...

Tanto el nombre de los personajes como la historia aquí narrada son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, es pura coincidencia.



Texto agregado el 23-03-2013, y leído por 170 visitantes. (4 votos)


Lectores Opinan
18-08-2013 Para dolores de cabeza nada más el tío. filiberto
27-03-2013 Me da miedo Catman, de ese miedo que no quieres apagar la luz. 5* eti
24-03-2013 Tienes una imaginación escalofriante,(mmmm películas de terror superadas) maestro =D mis cariños dulce-quimera
24-03-2013 sanguinario y a su vez atrapante...al leer este capitulo recordaba los anteriores y coincido con girouette; de terror. Te felicito por tu imaginacion y espero ver como finalizara esta historia del tio Edward fabiandemaza
23-03-2013 Bueno, amigo. Eso fue un Home Run mayúsculo. Estoy agarrada de la silla con miedo a que me pase esa rata. Uyyy, qué escalofrío. Bueno amigo, si no morimos del susto, morimos de asco. Excelente, magistral narrativa, brillante trama y tu imaginación desbordante. Un abrazo de lejitos hasta que sepa que no te ha mordido esa rataaa Uyuyuy... SOFIAMA
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