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Catman

La casa junto al pantano

Capítulo 4

Acostumbraba a llevar al trabajo los sobrantes de comida que habían quedado de la noche anterior, pero en ésta oportunidad tuvo que prescindir de ello, dado que por el temor a vomitar, había preparado pocos alimentos y lo único restante eran los huesos del pernil de pollo.
Habituado a pasar momentos difíciles, pensó que si en eso radicara su mayor preocupación, podría sentirse poco menos que en la gloria.
Decidió entonces que podía almorzar en la cantina del pueblo e inclusive desayunar en ese lugar, por consiguiente y habiendo salido más temprano que lo habitual, llego al pueblo alrededor de las siete y cuarenta de la mañana y se encaminó directamente hacia la taberna, la cual se hallaba a dos calles de distancia de la talabartería.

Ingresó al local y una sensación de paz interior inundó su espíritu. Ahí estaba ella, la mujer que desde algún tiempo atrás había despertado en él algo más que un simple interés.
Annette Winston, la hija del dueño de la taberna, de unos veinticinco años de edad, le parecía lo más hermoso que la naturaleza había decidido situar sobre la faz del planeta. De dorados cabellos rizados, enormes ojos de color celeste que conjugaban a la perfección con su angelical rostro, y un cuerpo de delicados contornos que se movía con la gracia de una rama de mimbre cuando es acariciada por la brisa.
Ella atendía a los parroquianos que llegaban a la taberna, y al ver a John ocupando una de las mesas se le acercó esbozando una tan bella sonrisa, que el hombre pensó que su corazón quería escapársele del pecho.

John Sanderson se hallaba casi convencido de que la seductora mujer también sentía un cierto atractivo hacia su persona, pero no se animaba a conversar con ella al respecto, la situación en la que se encontraba por culpa de la extraña enfermedad que padecía el tío Edward, y dado el peligro que esto representaba, lo inhibía de estrechar vínculos con otras personas.

Después de intercambiar con la joven algunas palabras y de desayunar de manera frugal, ya que su situación económica no era lo que podía llamarse ostentosa, abandonó el local y se encaminó hacia su lugar de trabajo.
El señor Tyson, que ya lo estaba aguardando, sonrió al verlo y luego de los saludos de práctica se marchó en pos de encargarse de sus “asuntos”.

Fueron llegando algunos clientes, mayormente campesinos en busca de correajes para labranza. Uno de los consumidores era Vogel Strauss, el dueño de la panadería, quien era originario de Viena y que necesitaba guantes de trabajo para mover los leños que introducía dentro del horno donde luego cocinaría las piezas de pan.

Siendo aproximadamente las diez y treinta de la mañana, escucho el ruido del casco de varios caballos repiqueteando sobre el adoquinado de la calle.
Salió para comprobarlo y vio que desde el lado norte de la calzada, avanzaban dos carrozas fúnebres con las pompas usuales para esos eventos, dirigiéndose rumbo al cementerio.
Se recriminó interiormente por haber tenido el pensamiento de que ese suceso, no se trataba de otra cosa que una más de las cenas que disfrutaría el tío Edward.
¿Tanto se había insensibilizado como para alegrarse del fallecimiento de una persona?
¿A qué punto de la locura se hallaba su mente que ya no sentía compasión por otro ser humano?
Quitó tales ideas de su cabeza, aún a sabiendas que de todos modos, ese cuerpo iba a ser desenterrado dentro de un corto período de tiempo.

Cuando al controlar el reloj de bolsillo que había heredado de su padre, vio que éste marcaba el mediodía, puso llave a la puerta de entrada y se encaminó una vez más rumbo a la cantina con el propósito de almorzar y también de poder volver a contemplar a la mujer que le tenía absorbido el seso.
No se sorprendió cuando sentado frente a una de las mesas pudo ver al dueño de la talabartería frente a una pinta de cerveza, cuyo recipiente ya se veía vacío hasta la mitad de su capacidad.
Tomó asiento frente a él.
¿Puedo hacerle compañía, señor Tyson?- Preguntó.
-¡Por supuesto, muchacho!- Exclamó moviendo la cabeza con un gesto de aprobación. -¿Qué te trae por acá? Sé que no eres de frecuentar la taberna.
-Es verdad, pero no he traído la vianda el día de hoy y no me ha quedado más remedio que venir acá para almorzar.
-Entiendo, entonces pide lo que gustes, yo invito.
-Le agradezco señor Tyson pero no tiene usted porque pagar por mi comida.
-Insisto,- dijo atusándose el bigote y agregó: -No se hable más del tema.

Luego de algún intercambio de sonrisas con el joven, Annette se retiró para cumplir con lo que John había pedido para almorzar.
-No me gusta entrometerme en la vida de nadie, John,- dijo Tyson una vez que Annette se hubo marchado. -Pero nos conocemos hace ya un tiempo y me atrevo a preguntar: ¿Qué esperas para hablar con esa joven y pedirle una cita?
-Esperaba cualquier cosa menos esa pregunta, señor Tyson.- Dijo John visiblemente sorprendido. –No sabría qué contestarle.
-¿Es qué no has visto como se deshace en sonrisas contigo? Esa muchacha demuestra interés por ti.
-¿Usted cree?- Dudó.
-Diría que estoy seguro, los años no pasan en vano y yo tengo unos cuantos.
-Tal vez debería pensarlo.- Mintió el joven. Ni Tyson ni ninguna otra persona en el pueblo, sabía que desde algún tiempo atrás tenía interés en Annette Winston, pero su situación con el tío Edward se lo impedía.
-No lo pienses mucho, John, recuerda que las mujeres son impredecibles y que en cualquier momento puedes verla del brazo de alguien que seguramente no serás tú.
-Tendré en cuenta sus palabras y se lo agradezco.- Contestó asintiendo con la cabeza, mientras Bernard Tyson bebía un sorbo de cerveza como indicando que había concluido con el tema.

Finalizó el almuerzo y regresó a la talabartería.
Poco faltaba para que cumpliera con las obligaciones de ese día, cuando ingresó al local la persona que menos interés tenía en ver.
Charlotte Greenhouse, viuda, de unos cincuenta años, cara redonda y ojos pequeños, era la que administraba el periódico local, y que había heredado al fallecer su esposo.
Muchos en el pueblo aseguraban que la viuda mantenía en secreto una relación amorosa con Donald Jackson, el hombre que se encargaba de la imprenta.
Mujer indiscreta y chismosa, se autodenominaba “periodista”, pero lo que menos hacía era ejercer esa profesión.
Siempre tratando de indagar en la vida del prójimo para luego hacerlo público a través de su periódico, no era bien vista por la mayoría de los parroquianos, quienes intentaban evitarla cada vez que la veían.
-Buenas tardes, John,- saludó con una sonrisa forzada.
-Buenas tardes, señora Greenhouse,- correspondió al saludo aguardando a ver que se traía entre manos, lo que no se hizo esperar.
-¿Se enteró de la desgracia que ha enlutado al pueblo?
-He visto el cortejo fúnebre,- el joven movió la cabeza de un lado a otro. –Pero no sé de quién se trata.
-¡Una verdadera tragedia, John!- Se regodeó al saber que llegaba con la primicia. –El hijo de los O’Neill, lamentablemente falleció ayer por la tarde.
-Pobre niño,- se lamentó el hombre sinceramente. -¿Cómo fue?
-Un lamentable accidente,- gesticulaba al hablar. –Usted sabe que los O’Neill son granjeros, el muchachito jugaba junto al granero y en un momento dado perdió el equilibrio y cayó sobre un tridente que se hallaba en el piso con las puntas hacia arriba, las púas se clavaron en su pecho y cuando sus padres lo encontraron, el niño ya había fallecido.
-Lamentable en verdad, señora Greenhouse,- concluyó y cambió el tema. -¿Puedo ayudarla en algo?
-Eso espero, estoy en busca de una cartera donde pueda guardar los apuntes que necesito para el periódico.
John le presentó algunos modelos que la mujer pudiese elegir, pero al comprobar que no había nada que le agradase, comprendió que su visita no había sido más que una excusa para llegarse hasta ahí con la noticia del fallecimiento.

Una vez a solas, pensó que indudablemente no corría con suerte, o bien el demonio le había jugado una mala pasada, ya que pudiendo haber profanado la tumba de un cadáver fresco, éste distaba de ser apropiado.
Sería demasiado sacrilegio desenterrar a una criatura de seis años, solamente para satisfacer las necesidades de su tío.
Además, el hombre se hallaba acostumbrado a comer grandes cantidades y el cuerpo del niño difícilmente lograría satisfacerlo.
Supuso que se hallaba ante una encrucijada, y que no le quedaría más remedio que recorrer el cementerio en busca de un cuerpo que no estuviese demasiado descompuesto. Las fechas de fallecimiento escritas en las lápidas ayudaban a eso.

Cuando pasaba por la calle en que se hallaba la entrada al periódico de la señora Greenhouse, vio algo que llamó su atención y que además fijó una idea en su mente que aunque resultase aberrante, consideró que podía ser factible.
En el callejón que daba al costado de una de las paredes del edificio del periódico, vio a un hombre andrajoso, de larga barba y ropas raídas, que se aprestaba a tender un trozo de lona en el piso, con intenciones de pasar ahí la noche.
¿Sería esa una oportunidad para que el tío Edward comiese carne fresca?
La mente de John se había convertido en un torbellino, el darle de comer al monstruoso personaje un ser sin vida, ya era de por sí un ultraje, pero mucho peor era asesinar a una persona para lograr tal finalidad.
Prosiguió el camino rumbo a su vivienda, mientras esa idea se hacía cada vez más persistente.

Continúa...

Tanto el nombre de los personajes como la historia aquí narrada son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad, con personas vivas o muertas, es pura coincidencia.



Texto agregado el 21-03-2013, y leído por 155 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
08-10-2013 Pasar de asaltatumbas a asesino es ungran paso, pero nada que uno de tus personajes no sea capaz de lograr. cada vez más absorta en esta espeluznante historia nayru
18-08-2013 Y sí, es conveniente que tío coma carne fresca, de otro modo...los gases de la mala digestión son acobardantes. filiberto
22-03-2013 Muy buena historia, en verdad escabrosa,pero muy interesante para leer, sabes atraer la atención del lector con tu redacción, felicito te ( hace rato que los sé)(U-U) =D mis cariños dulce-quimera
21-03-2013 ¡Ay! Cuando apareció la bella Annette, pensé que algo cambiaría. El horrible destino del pobre John... terminará devorado por el Tío Edward? (ya empecé a especular) Excelente relato. Felicitaciones.***** girouette-
21-03-2013 Primero, que le avisen rápido a Annette Winston que ni se le acerque a ese John Sanderson. Uyuyuyu, debe ser repugnante ese tipo para hacer eso que hace. Segundo, tu narrativa es tan buena que con todo lo asqueante que es esta historia, te sigo. Mira, y menos mal que respeta a los niños. Ay, pero por Dios, suaviza un poco todo esto. Sigo sin abrazarte porque estoy aterrorizada. SOFIAMA
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