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Inicio / Cuenteros Locales / fuentesek / Galeano 1540La doncella

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Los negros ojos del conquistador se fijaron sobre la doncella Xoachí de deslumbrante belleza. Sus más eróticas pasiones, ahora en obligada abstinencia desde que había zarpado de España, hacía seis meses largos, fueron estimuladas por la sinigual gracia de la nativa, que adornaba su cuello con un collar de semillas rojas y negras que hacía resaltar su esbelto cuerpo semidesnudo.

La natural saña de los conquistadores, acostumbrados a ser reverenciados como dioses en los territorios explorados y a sacrificar sin mayor motivo a pueblos enteros, no existían en el recién llegado Don Luis de Cuellar, deslumbrando ante la belleza perturbadora de Xoachí, que realizaba al amanecer un rito diario en las orillas del río grande y que dejaba extasiado e hipnotizado al noble español.

Bien temprano al rayar el sol, Xoachí acompañada de tres doncellas había iniciado su ritual, despojándose de todas sus prendas y vestiduras y sumergiéndose en las turbulentas aguas del río, para luego salir con destellos de mil colores en su contorno, reflejando al sol las gotas de agua, que lentamente escurrían por sus voluptuosos y redondos senos, su plano vientre, su prominente y velludo sexo para terminar cayendo al suelo como gotas de rocío mañanero. Luego su dorado cuerpo era friccionado suavemente con hojas de yerbabuena, flores de amaranto y extractos de plantas como la copiama y el pomarroso que impregnaban el ambiente de dulce y fragante olor, que penetraba hasta lo más profundo de las entrañas de Don Luis, haciéndolo divagar y teniendo en su mente los pensamientos más eróticos de su existencia, con la hermosa doncella de los Chitaraes.

El movimiento sensual de las manos de las doncellas acariciando con las fragancias el cuerpo de Xoachí y sus insinuantes miradas no dejó dudas a De Cuellar, de la provocación de que era objeto y solo el respeto a sus anfitriones, algo usual en el noble ibérico, lo contenía de hacer suya a la hermosa Xoachí.

Al medio día, Galeano ordenó un cese en la marcha junto a un arroyo de cristalinas aguas que serpenteaba perdiéndose en la distancia y sus hombres fatigados se acomodaron en el camino, a la sombra de enormes ceibas. Aurelio Aldana permitió a sus perros beber, mientras Rodrigo de las Casas, exploraba el terreno alejándose unos cien metros adelante. La trocha por donde caminaba seguía interminable y en un momento De las Casas se sintió observado. Desenvainó su espada y avanzó lentamente, intentando hacer el menor ruido posible. Su mirada penetró más allá de los arbustos, pero solo pudo observar el movimiento rítmico de la vegetación que se mecía con el viento.

Los desnudos pies del indígena Chitarae, no hicieron ruido mientras retrocedía paso a paso. La cerbatana de bambú sostenida en la mano derecha junto a la boca, estaba lista para impulsar el mortífero dardo si fuera necesario, pero el español dio media vuelta y volvió sobre sus pasos hasta el lugar donde reposaba Galeano y el resto de conquistadores.

Mientras Aurelio Aldana, reía a carcajadas, mofándose de la suerte del indígena muerto a dentelladas por sus perros, Martín Galeano solo miraba el adorno de oro arrancado al moribundo, mientras murmuraba.
- De donde viene este, tiene que haber muchos más.-
- Sabes como murió el indio.? Dijo Aldana y se contestó a si mismo,
- Vale decir que murió aperreado.- y soltó una sonora carcajada.
Receloso Rodrigo De las Casas, sugirió abandonar el lugar y muy pronto los treinta y tres españoles, con los indios baquianos al frente, reiniciaron la marcha en pos del oro y las esmeraldas que afanosamente buscaba el conquistador.

El cacique Cayacoa, mientras tanto, fue avisado, por sus ágiles vigías, que dos grupos más, igual a quienes ahora permanecían en el caserío se acercaban con fieros animales

Engalanada su cabeza, brazos y piernas con vistosos plumajes de guacamayas, águilas y cóndores que indicaban su linaje, reunió a su gente y les comunicó sobre la presencia de los extranjeros, de la superioridad de sus armas con truenos mortales, de la habilidad de los mismos al poder dominar grandes bestias que luego montaban y de tener barbas como Bochica, el dios supremo, hacedor de las aguas, de los vientos, del sol Xue y de la luna Chía, de las cosechas y la fecundidad. Conocedor de la crueldad de los invasores con los pueblos que les oponían resistencia, el Jefe se dispuso a proteger a los suyos, así fuera mediante el sometimiento y el vasallaje, y propuso sabiamente ser un aliado y no convertirse en un esclavo.

Las palabras del cacique, hicieron aflorar el ímpetu guerrero de varios de los jóvenes, entre ellos su propio hijo Tarapacá, quienes insistieron en hacer frente a los forasteros. El cacique vislumbró la inutilidad del sacrificio que representaba la resistencia y aconsejó recibir a los invasores, tal como lo habían hecho con Luis de Cuellar, mientras enviaba mensajeros a los otros caseríos diseminados por la ribera del río, para avisar sobre la presencia de los extranjeros.

.....(Continùa)

Texto agregado el 09-08-2004, y leído por 269 visitantes. (0 votos)


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