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EN QUE NOS EQUIVOCAMOS
(2006)

Vicente y Amalia vivían una vida relativamente feliz sin mayores sobresaltos. Los dos eran profesores secundarios en colegios diferentes y la principal razón de sus existencias era sacar adelante a su hijo Gregorio, un niño de diez años, criado con el engreimiento propio de un hijo único que monopolizaba toda la atención y el afecto de sus padres.
Basaban su excesivo consentimiento hacia el niño en el reflejo de su propia frustración, bajo el concepto de brindarle a él todas las comodidades que ellos mismos en su infancia no tuvieron y respaldados en los novedosos criterios psicopedagógicos de educar sin violencia para formar personas más equilibradas, autosuficientes, desinhibidas y libres de complejos. Por esta razón toleraban los berrinches ocasionales que el infante protagonizaba, sin darle mayor importancia y concientes de que estaban dándole la mejor educación posible para que de adulto fuera una persona de bien.
En una ocasión Gregorio les pidió a sus padres que le compraran un juguete nuevo que había visto en la televisión y que era muy popular entre sus compañeros, pero ellos se vieron forzados a negarse pues se trataba de algo demasiado costoso que se encontraba totalmente fuera de sus posibilidades económicas.
Trataron de razonar con el niño y de explicarle que para ellos era imposible hacer ese gasto en ese momento, pero que quizás mas adelante. Como era de esperarse Gregorio se puso a llorar y empezó a protestar porque otros niños ya lo tenían y sin aceptar por qué él no y entre más esfuerzos por tratar de darle explicaciones convincentes, más frenético se ponía.
En pocos minutos estaba gritando sin control y a cualquier intento por parte de sus padres para tratar de calmarlo, más les gritaba que era un niño incomprendido, que no lo querían y empezó a lanzar los objetos que tuvo a su alcance contra el suelo.
Ante la impotencia de Vicente y Amalia para calmarlo, pues cualquier argumento de ellos era rechazado por Gregorio con más gritos y ni siquiera permitía que intentaran tocarlo para tratar de tranquilizarlo, optaron por dejarlo solo hasta que le pasara la histeria y se quedó tendido en el piso gimiendo y repitiendo una y otra vez que él quería ese juguete.
Cuando regresaron un rato después, lo encontraron dormido con la respiración entrecortada en un ahogo de suspiros repetitivos y lo despertaron para anunciarle que habían decidido postergar la compra de la lavadora de ropa que necesitaban y que le comprarían el anhelado juguete.
Gregorio sonrió y con los ojos húmedos aun por las lágrimas, corrió a abrazar a su madre y la felicidad volvió a reinar en la familia.
Sin embargo había una pequeña nube que poco a poco empezó a opacar la tranquilidad de los ejemplares padres.
Por una coincidencia los dos fueron convocados en sus respectivos colegios para participar en un taller promovido por el distrito escolar al que pertenecían y en el cual se analizaban diversos actos de violencia protagonizados por estudiantes dentro de sus propias escuelas.
Al principio cuando recibieron las invitaciones para participar en el evento, lo tomaron como el cumplimiento de un requisito curricular, sin darle mayor trascendencia, pero en la medida en que se fueron adentrando en el tema y en especial cuando asumieron la responsabilidad de hacer al final un trabajo de análisis que incluiría conclusiones y recomendaciones, lo tomaron mucho más en serio y fue a partir de allí que cuando empezaron a tratar los casos que el taller les iba proponiendo, siempre estaba presente en sus análisis particulares la imagen de Gregorio. No podían evitar hacer odiosas comparaciones, pero siempre concluían que su hijo nunca estaría involucrado en episodios similares.
Inicialmente les partía el corazón cada una de las historias que se presentaban, pero en la medida que iban conociendo más detalles, el dolor se trasformaba en miedo y en algunos casos en terror, no por lo sangriento que eventualmente hubiera podido ser el episodio, sino al ir descubriendo que muchos de los niños protagonistas de aberrantes actos de violencia en los que perdían la vida muchas personas y en muchos casos ellos mismos, no provenían de hogares con problemas, ni de padres alcohólicos o drogadictos y que en la mayoría de los casos no habían sido nunca victimas de violencia doméstica.
No podían entender por qué niños que no habían recibido lo que ellos consideraban estímulos propios que conducirían a desarrollar esas conductas, lo hicieran.
La mayoría de los casos se trataba de niños y adolescentes que presentaban cuadros de incapacidad para socializar y tendencias solitarias, tanto en el hogar como en la escuela, generalmente estudiantes promedio que cumplían con regularidad con sus obligaciones académicas, que paulatinamente iban dando pequeñas manifestaciones de egoísmo que con el transcurso del tiempo se trasformaba en un odio inespecífico, pero que inexorablemente acababa por proyectarse sobre sus propios compañeros y maestros. Muchos de ellos provenían de hogares con arraigados valores morales y no era comprensible la razón ni el momento en que en sus mentes se producía la transformación de esos valores y en que para ellos perdía sentido el respeto por la vida de los demás, en especial las vidas de personas que conocían, con quienes compartían a diario y por quienes era de esperarse que hubieran desarrollado alguna clase de sentimiento y no de personas extrañas.
También se analizaron algunos casos en los que los hijos habían asesinado a sus propios padres y otros en que los padres habían matado a sus hijos.
Dentro de los estudios posteriores, no se pudieron establecer patrones de compartimiento comunes entre unos casos y otros, salvo que el fenómeno había hecho su aparición en la última década.
Entre las causas, el único factor que se pudo establecer como probable fue el elevado nivel de violencia proyectado en los últimos tiempos en la mayoría de los programas de televisión que los niños veían, pero inicialmente se descartó como causa principal ya que todos los niños veían más o menos la misma programación pero solo una pequeñísima parte de ellos desarrollaban esas actitudes sicóticas.
No obstante, cuando se profundizó el análisis de los programas favoritos que los niños veían, basados en encuestas realizadas por agencias especializadas en publicidad, se estableció un patrón común de violencia en todos ellos y cuando a las estadísticas se sumaron los videojuegos más vendidos con el mismo patrón, con mucha preocupación el grupo de estudio concluyó que se encontraban ante una situación generalizada entre niños y adolescentes que era una verdadera bomba de tiempo y que se hacia urgente promover a nivel gubernamental una campaña que originara la creación de un departamento de censura adscrito al ministerio de educación, que regulara el nivel de violencia que estaba llegando a cada hogar.
A pesar de no haberlo hablado abiertamente, Vicente y Amalia compartían un profundo temor porque muchas de los comportamientos de Gregorio, lo enmarcaban como potencial candidato para un día llegar a protagonizar algún acto de violencia y no podían entender qué motivaba en el niño esas actitudes anárquicas.
El taller proyectaba concluir sin un resultado verdaderamente satisfactorio y el borrador del documento de conclusiones y recomendaciones, no era más que un ensayo retórico que no lograba abordar la problemática y lo único que estaban obteniendo todos los participantes era un profundo sentimiento de derrota al enfrentarse a un problema tan serio con tan pobres resultados.
Sin embargo Vicente y Amalia no se rendían ante el problema y siguieron tratándolo particularmente como si el taller continuara. Lo hacían siempre que tenían oportunidad de conversar, cuando iban en el auto, a la hora de la comida y cuando estaban metidos en la cama, antes de dormir.
Pasaron varias semanas pero ellos no desistieron en su infructuoso intento por encontrar alguna luz que les ayudara a hallar una respuesta satisfactoria.
Un día Amalia tuvo necesidad de hacer un viaje a otra ciudad pues su madre se encontraba muy enferma y decidió hacerlo en autobús para no tener que conducir por varias horas y durante el viaje coincidió con un agradable anciano como compañero de asiento, quien no tardó en entablarle conversación sobre temas cotidianos.
Al principio Amalia no le prestó mucha atención pues sus pensamientos estaban concentrados en el delicado estado de salud de su mamá, pero en algún momento el anciano hizo un comentario que la trajo de un tirón a la conversación cuando mencionó uno de los casos de violencia escolar que había ocurrido no hacía mucho tiempo y que había sido tratado en el taller.
Se refirió a él por el nombre de la escuela como referencia, para reforzar su aseveración de que el mundo se encontraba “patas arriba”. Ella se limitó a asentir con un leve movimiento de la cabeza en un gesto de aprobación de que lo que el anciano había asegurado era cierto, a la vez que con un sentimiento de arrogancia pensaba que tal vez si el abuelo supiera quien era ella, de su formación profesional y de su reciente participación en un evento que intentaba abordar ese delicado tema, quizás se hubiera abstenido de hablar al respecto, pero no dijo nada y siguió escuchando al viejo cuando este intentó sacar una conclusión diciendo: “Lo que pasa señora…”
En ese momento Amalia otra vez conjeturó mentalmente que ese venerable anciano se iba a atrever a lanzar conclusiones facilistas, sobre un tema tan complejo al que un grupo de profesionales no había podido enfrentar adecuadamente y miró con ternura a aquel pobre hombre que se disponía a aseverar alguna necedad.
“…es que los hijos de hoy no respetan a los padres.” Terminada la frase, se reacomodó en el asiento y después de una corta pausa, empezó a explicar de una manera magistral que los sistemas de educación actuales habían estimulado que en la relación entre padres e hijos hubiera un trato de iguales en el que paulatinamente se había ido perdiendo el respeto por la autoridad.
Aseguró que en el presente era común que los hijos discreparan de las normas que trataban de imponer los padres, que en muchos casos los ignoraran e incluso que los desafiaran creyéndose poseedores de verdades mas poderosas, menospreciándolos por viejos y arcaicos, argumentando que el mundo había cambiado, que el futuro había llegado y que la prueba de ello era que en la actualidad se vivía una vida mejor.
Recalcó que en algún aspecto tenían razón, pues la calidad de vida mejoraba día a día, aunque de inmediato hizo una pregunta, regresando a ver a Amalia como si le preguntara a ella pero que en realidad era reflexiva: “Será verdad que es mejor la vida que se vive hoy, que la que vivíamos antes?”
Y sin darle oportunidad a Amalia de que respondiera, se respondió él mismo: “Yo no lo creo.”
Aclaró que era cierto que la tecnología moderna ofrecía muchas comodidades que facilitaban el disfrute de la vida, pero que eso no era todo.
Hizo una rápida retrospección en la que comparó el presente con el pasado y con varios ejemplos ilustró que antes, a pesar de disponer de menos comodidades la vida era mucho más tranquila, que las personas podían deambular por las calles a cualquier hora sin mayores riesgos, que las mujeres eran más respetadas, que la gente joven le cedía el asiento o el paso a los mayores, que los derechos de los demás prevalecían sobre los propios y que en general siempre los recuerdos de épocas pasadas eran más estimulantes que lo que se vivía en la actualidad y remató con una referencia que fue un certero dardo al corazón de Amalia preguntando de nuevo: “Cuándo en el pasado se había oído de las masacres que estaban protagonizando hoy los estudiantes en las escuelas y en sus propias casas” y con sarcasmo se volvió a responder él mismo, que nunca.
Continuó diciéndole que se pusiera a pensar cómo en la actualidad el valor de la vida ajena para los jóvenes no significaba nada. Citó los ejemplos más comunes de la impavidez con que los adolescentes actuales le quitaban la vida a otras personas, en el intento por robarlas, en lo que parecía la simple satisfacción por matar e ilustró su aseveración mencionando que algunos días atrás había tenido la oportunidad de usar los servicios de un taxi y que durante la conversación con el taxista, este le contó algunas historias propias y otras de colegas suyos que habían sido víctimas de asaltos por parte de adolescentes y que le había hecho una confesión que le produjo a Amalia un escalofrío que le recorrió la espalda cuando lo escuchó.
El taxista le había asegurado al anciano que cuando a él le tocaba enfrentar un asalto, siempre rogaba a Dios porque los asaltantes fueran personas adultas, porque los adolescentes entre doce y dieciséis años eran los más peligrosos y que en muchos casos esos niños le habían quitado la vida a sus compañeros taxistas, por el simple gusto de matar, después de haber obtenido el dinero.
Y continuó diciendo: “Niños de doce años en las calles, de noche, asaltando taxistas”. Que de seguro muchas de esos niños se encontraban en las calles, haciendo esos disparates, mientras sus padres en sus casas sufrían el dolor de no saber qué hacían sus hijos a esas horas fuera de casa, matizado con la frustración de no tener la autoridad suficiente frente a ellos para impedirles que salieran y concluyó: “En el pasado nunca un padre hubiera permitido que un niño de esa edad anduviera en la noche por la calle”.
Retornó al tema inicial pidiéndole a Amalia que recordara que en el pasado, cuándo se había visto que los hijos les dieran el trato que les daban en la actualidad a los padres y volvió a responderse a sí mismo, que nunca.
Planteó que en el pasado los hijos acataban con respeto los criterios de sus padres aunque no los compartieran y que jamás los ponían en tela de juicio y mucho menos los contradecían abiertamente como lo hacían en la actualidad.
Recalcó que antes cuando los padres hablaban los hijos solo escuchaban, muchas veces con la mirada baja, pues el solo levantarla para ver al rostro a los padres cuando imponían autoridad era una falta de respeto y si se atrevían a decir alguna palabra, era muy probable que en respuesta recibieran una bofetada.
Y volvió al presente asegurando que hoy no, que los hijos no solo no les obedecían a los padres, sino que en muchos casos se burlaban de ellos y si el padre trataba de hacer respetar su autoridad escarmentando al hijo, era amenazado con ser denunciado ante las autoridades.
El anciano volvió a mirar a Amalia y le dijo: “Cuando los padres podían castigar a los hijos para educarlos, sin el temor de una sociedad que los reprimiera por ello, teníamos una sociedad mejor.”
Y agregó: “Nunca se debió permitir que el principio de autoridad se perdiera, pues cuando esto ocurrió, el resultado fue la anarquía.”
El anciano continuó diciendo que él estaba convencido que la responsabilidad de todo este caos, la tenían las propias madres y ante la sorpresa de Amalia por tal aseveración, empezó una breve retrospectiva que se remontó a los años sesentas, diciendo que en esa época había comenzado todo, cuando las mujeres decidieron liberarse y buscar igualdades con los hombres.
Agregó que esa época coincidió con el advenimiento de los anticonceptivos y la liberalidad de las relaciones sexuales, dando origen a un fenómeno de una forma de promiscuidad en la que las mujeres jóvenes empezaron a usar pantalones, para imitar a los hombres a la vez que estos comenzaron a llevar el cabello largo, como antes solo lo usaban ellas.
Los movimientos feministas empezaron a proliferar y en corto tiempo descubrieron que si en realidad querían competir con ellos en todos los campos, deberían hacerlo educándose y así lo hicieron.
El resultado fue que la siguiente generación puso en la actividad laboral, las primeras mujeres capacitadas, en muchos casos mejor que los hombres y se incorporaron al ámbito productivo y la liberación femenina comenzó a transformar de muchas formas el mundo, entre otras, creando una nueva generación de niños y posteriormente adolescentes que tuvieron que criarse en hogares sin madre.
Otro aspecto que ocurrió casi por la misma época y que contribuyó a incrementar la presencia de niños solitarios por muchas horas en los hogares, fue un cambio que parecía positivo para ahorrar energía y optimizar el uso del tiempo. Ese cambio, aparentemente inofensivo, fue que las tradicionales dos jornadas escolares, una matutina y otra vespertina, se transformaron en una sola, que iniciaba más temprano y les permitía a los estudiantes regresar a sus casas mucho antes que sus padres, quedándoles un largo periodo de tiempo sin supervisión.
Finalizó diciendo: “Las cosas eran muy diferentes cuando los niños llegaban por las tardes a sus hogares y encontraban una madre con quien conversar, que los orientara con los trabajos escolares y les dosificara las horas de ver televisión.
El anciano hizo una pausa mientras miraba por la ventanilla del autobús y cuando regresó a ver a Amalia, repitió la frase con que había iniciado su disertación: “Lo que pasa señora, es que los hijos de hoy no respetan a los padres.”
Amalia estaba conmocionada, pues aquel apacible anciano, al que ella menospreció en un principio, le estaba dando la respuesta precisa que había estado buscando inicialmente en el taller.
El resto del viaje, siguió conversando con ese abuelo sobre diversos temas, pero con la ansiedad de llegar a su destino y encontrar una maquina de escribir, para plasmar en un documento toda una nueva propuesta, no solo para el taller sino para la humanidad.
Ese día se trasformó las vidas de Amalia y su esposo, aunque no lo suficiente para hacerlos modificar su conducta frente a Gregorio, pues consideraban que su caso era diferente y que nunca llegaría a convertirse en un problema.
Después de retornar a su hogar Amalia se pasó la noche en vela contándole a Vicente de su experiencia con aquel apacible anciano, discutiendo y corrigiendo con él, el borrador del documento que había empezado a preparar para presentar a los demás participantes en el taller.
Cuando estuvo terminado ese documento fue acogido con gran regocijo por parte de sus colegas, los que unánimemente lo aprobaron y el cual dio origen a un libro que meses después escribieron sobre el tema los dos esposos y con el que iniciaron una campaña a nivel local de reeducación para los padres, que en un par de años los llevó a recorrer el país dictando charlas y conferencias, mientras comenzaban a llegarles invitaciones de otros países para conocer sus propuestas que parecían estar revolucionando a todo el mundo, bajo el lema: “Salvemos a nuestros hijos”.
Su propuesta básicamente consistía en motivar a los padres para que retomaran e hicieran respetar la autoridad sobre sus hijos, manteniendo a la vez una estrecha comunicación con ellos que les permitiera conocer la forma de pensar de los niños y las inclinaciones que manifestaran.
Debido a sus múltiples compromisos, Amalia y Vicente se vieron forzados a dejar el magisterio y su casa bajo el cuidado de una empleada.
Una noche mientras veían las noticias de la televisión en un cuarto de hotel de una distante ciudad a donde se encontraban dictando unas charlas para promover su libro, con estupor escucharon que en su ciudad natal un estudiante había entrado a su escuela con dos armas automáticas y había disparado indiscriminadamente sobre sus compañeros y profesores, quitándole la vida a catorce niños y cuatro adultos mientras gritaba que nadie merecía vivir, para finalmente dispararse a si mismo en la sien.
El alma se les heló cuando escucharon que el protagonista de la masacre había sido un compañero de su hijo.
Sumergidos en el aturdimiento y conmoción que les produjo la terrible noticia, lanzaron un desgarrador grito que se ahogó en el imperturbable silencio de los pasillos del hotel y se abrazaron estrechamente mientras se derrumbaban poco a poco hasta quedar tendidos en el suelo con un indescriptible rictus de dolor en sus rostros, gimiendo toda clase de preguntas incoherentes queriendo saber si su hijo estaría entre las victimas y con el inmenso sufrimiento de haber fallado como padres y como educadores y convencidos de que la propuesta que difundían no les había servido para nada en sus propias vidas.
En cuanto pudieron hablar por teléfono con su casa y confirmar que Gregorio se encontraba ileso, abandonaron el hotel y emprendieron el retorno a su hogar.
A partir de ese sangriento episodio, cancelaron todos los compromisos que habían adquirido y decidieron redireccionar sus vidas y ocuparse por completo de la formación de Gregorio, para asegurarse de hacer de él una persona de bien, basados en toda la experiencia que habían acumulado.

Texto agregado el 17-12-2012, y leído por 243 visitantes. (8 votos)


Lectores Opinan
22-09-2017 Una historia de vida que usted ha descrito correctamente. Coincido en ciertas reflexiones de su relato. La educación comienza por uno mismo, y los hijos serán el fruto del cultivo de amor y de valores que hemos sembrado en el intervalo de lo asimilado y lo aprehendido en relación a la vida que nos ha tocado en suerte,y de las vivencias cotidianas, los cambios de época que han socavado de forma determinada en nuestros pensamientos. Le agradezco su aporte. Solsticio
17-12-2012 Efecto mariposa o teoría del caos. Buena narración Carelo
17-12-2012 A veces, casi siempre, la vida no discurre como uno la planifica. Pero siempre uno se da cuenta que dispone de los suficientes recursos para afrontarla. Grande tu texto. Grande tú. ZEPOL
 
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