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FIÑIQUE O LA DIOSA DE LA SUERTE
En cualquier día, de todos los meses del año y, año tras año, en Loja de la Inmaculada Concepción, estaba entrando y saliendo de oficinas, viviendas, comercios… uno de los personajes pintorescos de nuestra ciudad: Fiñique o la Diosa de la Suerte, vestido impecablemente con su único terno de dril color amarillo, camisa y corbata y los típicos zapatos de golondrina: blanco con café. Pequeño, enjuto, peinado con brillantina, sonriendo siempre, y con aires de grandeza, ofrecía el gran sorteo para el premio mayor de la Lotería de Guayaquil.
-A mucha honra de profesión: comerciante de lotería-, decía a quien le preguntaba sobre sus quehaceres.
Era el octavo hijo de una familia de diez hermanos de los cuales, solo sobrevivan cuatro.
Su madre decía:
-Mi Fiñique vino al mundo sietemesino, por eso es flaco y chiquito, pero muy vivaracho, ¡eso si!
Había nacido prematuro en diciembre y, solo en febrero, o sea dos meses después, sus papás lo inscribieron en el Registro Civil. Hasta dos apodos tenía y casi nadie lo conocía por sus nombres y apellidos de bautizo. Desde el principio las cábalas marcaron su sino, jugando suertes y a las escondidas con números y fechas.
Su nombre, en realidad no importa en las calles anónimas, en donde se venden cigarrillos, chicles, caramelos, periódicos y lotería, el nombre es lo de menos, cuando todos conocían y respetaban a Fiñique o la Diosa de la Suerte, sin que importe mucho su pasado, y su futuro, que quién sabe cómo se materializará algún día ¿y su presente? eso si era realidad: vender lotería.
Este simpático personaje que, como buen lojano, era ocurrido y muy gracioso. Él mismo se había dado fama de que los billetes que vendía “tenían la suerte comprada” ya que resultaban ser los ganadores del “premio gordo”.
Tantas y tantas suertes habían dado a sus clientes, que muy pronto se hizo famoso. ¿Quién no quería comprarle un billete a Fiñique o a la Diosa de la Suerte? Las puertas de las oficinas públicas, de los bancos, de los comercios más grandes y prósperos de Loja estaban siempre abiertas para él. Bien sabido era que una audiencia con las autoridades se necesitaba de una cita previa, pero Fiñique, tenía paso libre o como se dice en Loja: “vara alta” para vender sus billetes.
Viejos y seguros clientes, que compraban el entero; otros, solo un guachito y, otros, el entero solamente en las fiestas de Navidad, en año nuevo o en la Semana Mayor y lo pagaban en “cómodas cuotas”. ¡Cuántas veces los clientes cautivos de Fiñique le confiaban cobrar premios de considerable monto y los reintegros!
-Traiga, no más, Don Raulito su billete premiado para cóbraselo en la agencia.
-Claro, claro hombre, yo soy ocupado, y ya sabes que te ganas tu propina.
Efectivamente, con puntualidad, Fiñique estaba de regreso al otro día con la platita.
Cuentan que alguna vez uno de sus clientes, empleado en la Aduana, había viajado a Quito. Al no encontrarlo, Fiñique repartió el entero entre los empleados de la oficina, quienes compraron dos, tres, hasta cinco guachitos cada uno. Cuando aquel hombre regresó, supo que algunos de sus empleados habían renunciado porque fueron ganadores del premio mayor.
En otra ocasión, la definitiva para Fiñique, cuando los años empezaban a hacer mella en su flaco cuerpo y el reuma de sus piernas no le permitía vender todos los billetes, se le había quedado uno… un entero, que tampoco alcanzó a devolverlo en la agencia. Estamos seguros de la contrariedad que debió haber pasado al tener que pagar el entero, que enterito se le había quedado al desconsolado Fiñique.
-Se imaginan lo que es pagar veinte guachos, sin haber comido ni bebido-, decía entre decepcionado y contrariado.
Pero cuando el lunes fue a la agencia a retirar los enteros para el siguiente sorteo, ¿cuál sería su sorpresa al encontrarse que el “billete quedado” era el ganador del “premio mayor”?
¡No lo podía creer!, el destino volvía, como cuando era chico, a jugar a las escondidas con él. Había vivido con ínfulas de millonario pero sin un sucre al bolsillo y ahora era millonario. ¡Millonario de verdad!
Sin embargo, Fiñique, La Diosa de la Suerte, siguió fiando, cobrando, vendiendo de contado y a plazos, enteros y guachitos de la Lotería de la Junta de Beneficencia de Guayaquil. Hasta el mismo día de su muerte.

Zoila Isabel Loyola Román
ziloyola@utpl.edu.ec

Loja Ecuador, octubre de 2012

Texto agregado el 07-12-2012, y leído por 139 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
08-12-2012 Le sonrió la diosa fortuna pero siguió fiel a su identidad. elbritish
07-12-2012 Ser billetero y dar suerte era el sentido de su vida. Lo encontró y lo siguió. Fiel hasta el final. Debió morir feliz felipeargenti
07-12-2012 Un personaje de esos que parecen salidos de un cuento, el tuyo en este caso. Bastante fuera de lo comun, lindo si fuera cierto. loretopaz
07-12-2012 Que historia mas bonita, me encantó la ternura de tu narración, gracias. Que lindo cuando el dinero no cambia a las personas y las hace mejores. Carmen-Valdes
 
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