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Vínculos

Viajaba a bordo del transbordador que cruza el Mar de Cortez, desde Cabo San Lucas a Mazatlán, cuando la vi por primera vez.

Sobre la barandal de estribor, acodada, apoyaba sobre la palma de sus manos la barbilla y descansaba el pie izquierdo sobre el protector más bajo, no dejaba de mirar la estela que trazaba la embarcación, formando suaves olas que a lo lejos se desvanecían para retomar la calma que caracteriza al Golfo.

Desde el vehículo la observaba con curiosidad. Nos separaba una distancia de aproximadamente quince metros, de modo que no lograba percibir alguna gesticulación en su rostro que me diera cierta idea sobre su estado de ánimo. Sí pude distinguir su cuerpo juvenil y ya voluptuoso que la vestimenta humilde que usaba no disimulaba.

En ese momento tuve una intuición como surgida de un sexto sentido, ese que las mujeres presumen exclusivo de su género. Quise diluir la visión que tuve de su futuro enfocando toda mi atención en los zapatos que calzaba la adolescente. Lucían toscos, no concordaban con la sencillez del resto de las prendas. Por su diseño simple presumí que eran ortopédicos.

Necesitaba verla caminar para comprobarlo, pero en espera de ese acontecimiento, la inactividad y el cansancio vencieron mi empeño de mantenerme en vigilia y dormité lo suficiente como para no verla abandonar el lugar.

Al llegar al puerto, bajar del transbordador fue una proeza. Se formó un caos de voluntades encontradas, de ejercicio de derecho y arbitrariedad. A esos minutos perdidos en maniobras debo el encuentro con la joven. Ella caminaba por la acera cargando con dificultad una caja de cartón.

En ese tiempo yo todavía conservaba algunos vestigios de decencia y amabilidad. Le ofrecí transporte si su destino era el centro de la ciudad. Dudó, era natural que sintiera recelo de mi oferta. Esos instantes de discernimiento me alcanzaron para darme tiempo de autoenjuiciarme y sentir culpabilidad. ¿Qué era lo que estaba haciendo? Podrían acusarme de pederasta.

Finalmente accedió, por algún motivo impostó la voz para responderme agradecida:

–Si no es mucha molestia, acepto.

Por diferentes razones no bajé para ayudarla a subir su carga al auto, la más poderosa era evitar el escrutinio de las miradas curiosas que yo ignoraría al tratar de dilucidar qué era lo que menos tolerarían al verme con una bella adolescente.

Ya de camino, avanzamos algunos kilómetros sin hablar, sin voltear apenas de reojo para vincularnos. Cuando mi aspecto bonachón le generó confianza relajó los hombres y sonrió. En plena comodidad entonó la canción que la radio transmitía.

Transitábamos en paralelo a la costa. En el tramo de mayor proximidad de la carretera con el mar, me suplicó que detuviera el auto, quería caminar por la arena. ¿Cuál fue el impulso que me llevó a condescender? ¿Por qué me permití esa concesión?

Dejó los zapatos antes de bajar del auto. Fue entonces que logré comprobar que eran ortopédicos. Sentí un rechazo inicial, después pensé que era muy probable que los usara porque los encontró o los recibió como regalo. Corría descalza con naturalidad jugueteando con las olas que iban y venían como si compartieran el juego. Observó hasta dónde avanzaban las olas más violentas para asegurarse que no borrarían el nombre que escribió en la arena, “Teresa”. Yo calificaba la torpe caligrafía, a ella no parecó importarle, sonreía y sin voltear a verme preguntó:

–¿Cuál es el tuyo?

–Hugo –respondí con desgano. Y lo escribió junto al de ella.

De regreso al carro preguntó si podía tomarme de la mano. Sentí encendido el rostro, fue una afrenta y me sentí humillado.

La naturaleza no me dotó de atractivos físicos, lo sabía, a cambio me llené de argucias y me convertí en un hombre astuto. Esa simple conducta me contrarió con la vida desde aquel mismo momento. Desde que bajó del carro, con el mismo ahínco y persistencia de un avaro, me dediqué a fabricar riqueza, a hacerme de un nombre y prestigio que no demoré mucho tiempo en lograr.

Con fortuna asegurada, procedí a vivir sin remordimiento, a mi antojo, retraído, con desapego a todo, como heraldo de la indiferencia. Fue tan profundo fue mi desapego que el mundo exterior me seducía muy poco o nada.

Sin percibirlo al principio, el humor se me agriaba. Cuando tomé conciencia de ello, me esforcé al máximo por potenciar ese carácter. Renuncié a las relaciones formales, las que atan. No se me conoció amoríos, no tenía amigos, me entregué a lo que la noche traía y no representara algún compromiso.

Una tarde, ya colmada de concupiscencia, visité un antro. Ahí estaba Teresa, bailando con destreza sensual en el “tubo”. Era difícil no dejarse llevar por el seductor espectáculo. No me extrañó que ese fuera su modo de vida, lo había imaginado cuando la vi en el transbordador.

Ella me atraía de una forma fragmentaria. Me reconoció, no era difícil, y bailó más sugestiva, tal vez sólo para mí. Esperaba que yo diera el primer paso, pero no hice intentos de adquirir sus servicios o hablarle, únicamente la miraba con avidez.

Mi visita al tugurio se convirtió en parte esencial de mi mórbida vida. Yo no la llamaba y ella evadía mi mesa. Ese comportamiento lo convertimos en un duelo de dominio. ¿Quién cedería primero? Yo deseaba el cuerpo que ella mostraba, ella quería el dinero que yo dilapidaba. Empezamos a entregarnos a un rencor sordo y creciente que tenía la eficiencia de la reciprocidad. Esa actitud cuajó hasta la hartura.

Cuando abandonó el tugurio, la busqué por todos los lupanares como quien busca su íntima parcela de tierra prometida. Fracasé, y al hacerlo, abandoné mis pesquisas prostibularias, llevé una vida insulsa por mucho tiempo.

Pasaron los años y estaba cerca de alcanzar los sesenta años, conducía el vehículo de regreso a casa y aún buscaba a Teresa entre las prostitutas de la calle. Era un deseo estéril, ella, posiblemente estaba retirada, estaría por cumplir los cincuenta años.

Una noche, por inverosímil que resulte, la vi entre el grupo de las más viejas. Frené con brusquedad. Lucía cansada y enferma. Ella no me vio esa ocasión ni durante toda la semana que la espié conduciendo despacio el auto o estacionado por las cercanías para observarla. Fue por casualidad que advirtió mi presencia. Imaginó que era un cliente y caminó para abordarme, pero al veme cesó el intento. En el tugurio no se acercó a mi mesa por orgullo, ahora, por vergüenza, supongo.

Una de esas noches por fin adquirí valor o mi debilidad ganó terreno y decidí hablarle. Ella estaba a resguardo de la brisa fría en el quicio de la puerta de una casa vieja y abandonada. Le hablé y el llamado la cogió desprevenida, aunque de alguna forma lo había esperado durante años, tal vez ahora era tarde, sabía muy bien que el exceso consumió su belleza y juventud.

Sin preámbulo, sin minucias amables, pregunté:

–¿Cuánto cobras por una noche, Teresa?

–Esperaste mucho tiempo, Hugo. ¿Por qué…? ¿Para que fuera más barato? En fin, con cien pesos alcanza.

Admito que la idea había revoloteado durante varios días por mi mente sin lograr concretarse. Sin embargo, la propuesta se definió nítidamente en ese momento. Lo hice por protección, casi arropamiento. No era compasión, estaba seguro, me repugnaba ese sentimiento.

Bajé del automóvil, ella seguía sin reaccionar, se le habían congelado las expresiones faciales, lo único que delataba conmoción eran sus ojos acuosos invadidos de lágrimas que retuvo estoica. La abracé por arrebato emocional, como hallazgo de una parte sensible oculta por mucho tiempo. Qué importancia podría tener que fuera prostituta si yo tenía el alma emputecida.

Así vivimos por algunos años; dos voluntades, dos soledades que se juntaron para duplicarse, sin besos, sin cuerpos unidos, sin definir un sentimiento que cambiara por el clima o el humor, como una nube que cambia de forma a capricho del viento. ¿Codependencia?, ¿costumbre? Cómo entender la esencia de esa convivencia sin traer a capítulo lo que soy.

Nuevamente desaproveché el tiempo y la oportunidad. Innegablemente, con Teresa había formado el único vínculo de afecto en toda mi vida. ¿Debí dejar que el sentimiento creciera…, caminara? No lo sabré, murió al cuarto año de vivir conmigo.

El día del adiós definitivo amanecía, así lo había decidido para no ser observado cuando estuviera listo para arrojar las cenizas de Teresa al mar. No es que ella me lo hubiera pedido como última voluntad, fue una ocurrencia, casi un capricho. Había figurado que era una buena idea regresarla al lugar donde la conocí.

El mar retrocedía unos metros, quizá para acunarse en otras playas, avancé con el pequeño baúl entre las manos, avergonzado de no poder rezar una oración pues las ignoraba todas. Me detuve en el lugar que consideré el más adecuado para lanzar los restos cremados, moví el baúl hacía atrás con ambas manos para tomar impulso y a punto de hacerlo, instintivamente aborté el lanzamiento. Una visceral sensación me frenó, sentí que me despojaba de mi mayor tesoro. Recapitulé, entendí que su contenido no me pertenecía, y sumergí la caja. El agua removió todo, incluso mis dudas.

Con dificultad y patética gallardía salí del mar y me dirigí hacía el auto. Dediqué una última mirada para buscar su nombre garabateado en la arena, lo único que violentaba la armonía del lugar eran las huellas que mis pasos vacilantes habían impreso; la marca uniforme de mi pie plano y la pequeña hondonada de mi prótesis.

Texto agregado el 02-12-2012, y leído por 548 visitantes. (28 votos)


Lectores Opinan
04-01-2014 Es extraño... me dejo un sabor amargo -como el carácter del personaje que narra-. Fue como querer ganarle a un imperativo del destino testarudamente. Bueno, al menos pudo disfrutar 4 años de ella. Quizás lo hizo mucho más a su manera, pero podría haber sido mejor para los dos (o quizás sólo soy una romántica) ikalinen
23-11-2013 Me gusta tu narrativa calmada de imágenes y gran léxico. Felicidades ***** Galileo
20-04-2013 3) Me refería a la intertextualidad. Enyd
20-04-2013 2) Por supuesto, eso es lo que me pasa muchas veces que existe coincidencias en escritores diversos que escriben "lo mismo cada uno en diferente país, idioma" producto de la casualidad o causalidad. En cuanto a la narración: impecable como todo lo que leí: Mis 5. Enyd
20-04-2013 Al leer, en un principio me pareció que el protagonista tenía el "sindrome de Lolita", basándome en los aspectos psicológicos del personaje de Teresa, una menor que provoca a un hombre maduro como en la novela de Navokov. Mientras avanzaba en la lectura, sin querer recordé el último libro que leí de Gabo "Memoria de mis putas tristes". Enyd
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