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A BOCA DE JARRO.
(Cuento corto) Serie Negra.
Por:Daniel O. Jobbel



Atardece muy lentamente. La maleza crece y llena de olores fuertes y ruido a bichos. Las vereditas estrechas se interrumpen cada tanto y los baldíos alternan con los pequeños negocios, un bar, un kiosco, la librería y una farmacia en la esquina. Seguía habiendo mucho cielo sobre las casitas dispersas. La vía parece que divide la muerte. El club Sportivo Alberdi es un viejo club de barrio. En su sede de Aráoz entre Valentín Gómez y Zelaya, en los confines de barrio Alberdi, los pibes del barrio pueden practicar defensa personal, pelota paleta, patín y voley. El club está a una cuadra y media de las vías, un mojón ineludible para marcar dos realidades vecinales diferentes. Todo depende de que lado de las vías esté ubicada la casa del vecino con el que se habla.

Hace unos años di clases de apoyo en un colegio que queda a dos cuadras del Club. Es un colegio del Estado donde concurren todos los chicos del barrio. Iba dos veces por semana y en la biblioteca hacían un lugar para que yo me reuniera con un grupo de alumnos de los últimos grados de la escuela primaria que aún no sabían dividir y poco multiplicar. Eran unos siete u ocho chicos, con distintas dificultades en matemáticas y por lo pronto también en educación. Uno de ellos, llamémoslo Rocco, había repetido dos veces y era el más grande del grupo. El que me miraba con mayor desconfianza y por supuesto el más callado. No sé por qué pero siempre me decían “Señor. Señor esto, o aquello.” Quizás por ser hombre.

Uno de los primeros días, en medio de la clase, se presentó la maestra a la que tenía que reemplazar. Descubrió que, a esa hora, casi las cuatro de la tarde, ese educador, o sea yo, lucía desgastado. ¿Quién era? ¿Qué podría enseñar un tipo así? No solo por su barba incipiente, sino otro tanto por los raídos puños de la camisa y un brillo algo raro de un saco que ni siquiera había sabido de antiguos esplendores. No podía hablarse de un desaliño personal a mi persona, pero ella veía esa rara particularidad, de ciertos tipos como yo que se ven desprolijos aún prolijos. Parte de la camisa levemente salida del pantalón, el cuello sin abrochar, el nudo de la corbata asimétrico y un cinto flojo para un abdomen demasiado prominente. Tampoco podía esperarse mucho de un sueldo de docente, reflexionó instantes antes de que volviese hablar.

Preguntó qué trabajos pensaba hacer con los chicos, y me deseó suerte. Antes de irse lo miró a Rocco y me dijo: " ése es un caso, atípico, especial, casi perdido, no se moleste con ese". Miré al chico y vi cómo los ojos le brillaban. "No le importa nada", agregó, "no le importa a él ni le importa a nadie, uno llama a la casa y ni sueñe con que alguien aparezca, a veces uno pierde el tiempo y nada...". Luego liquidó su hipótesis diciendo de lo cansada que estaba, de lo duro que era trabajar en ciertas condiciones, "los berrinches de estos pibes lo sacan a uno", y algunas cosas más referidas a ella y su trabajo que ya no recuerdo. Comprendí lo de la maestra. Sentí su suplicio. Es díficil y desgastante cumplir esa función en ciertas escuelas como esa. Cuando ella se fue recuerdo que lo miré y me tomé un momento para pensar qué se le dice a un chico en esas circunstancias. A su vez el pibe me miraba sin sacarme los ojos de encima.

Casi siempre estuve pendiente de Rocco, y de los demás chicos que habían escuchado la sentencia de la maestra. La tensión invadía al pibe, no era lengua suelta, medio nervioso, le costaba algo expresarse, parecía que iba a explotar, hasta que pudo hablar. Dijo: "ella hace que yo tenga ganas de matarla". Otra vez me quedé pensando qué se responde en un caso así. No obstante, tuve tantas dudas de que me haya entendido, no sé si es lo que debía decir o no en ese momento. Pero salió así. Como un el faro de ahogado. Hice lo que pude. Le dije que no se asustara, que si a mí me hubieran dicho lo que ella le había dicho a él, yo también sentiría ganas de matar, pero le recalqué: "lo que nos hace distintos es no hacerlo, eso nos hace humanos, a pesar de sentir ganas de matar a alguien nunca hacerlo".

Seguimos durante la semana la clase y luego otras. Enseguida me di cuenta de que Rocco y varios de esos chicos sabían dividir, pero lo que no sabían era operar el dibujo de una división sobre un papel. Si yo les planteaba un problema de la vida cotidiana, tantos chocolates o confites para repartir entre tantos amigos, ellos pensaban un instante y me decían exactamente cuántos tenía que recibir cada uno. Pero llevar eso a un papel les era imposible. Un detalle espeluznante: el pibe de dura mirada, sacó una vaina vacía calibre 22, no sabía dividir, pero sí sabía cuántas iban en un cargador de una pistola. Al poco tiempo Rocco dejó de venir. Averigüé y tampoco iba al colegio. Pregunté por él, me dijeron que habían llamado a la casa pero que nadie vino. Y ya no supe más de Rocco. Alguno de sus compañeros me dijo que si lo quería encontrar estaba siempre en los videojuegos, pero no fui a buscarlo.

Peke vive a siete cuadras de Sportivo Alberdi. Desde hace un mes su rutina tras regresar de la escuela —cursa primer año— es ir al club para practicar el deporte que popularizó el actor belga Jean-Claude Van Damme. Peke y los otros chicos van con lo mínimo indispensable al club. No lleva dinero, ni celular, ni mochila. Hace un mes le robaron una campera nueva, muy linda, que tenía. Le salieron dos, uno con un cuchillo y otro con un revólver. Fue acá en la esquina. Y como Peke no quería entregar la campera, uno de los ladrones le puso el revólver en la cabeza al amiguito. Así hasta que se la dio. Tiene unos 13 años, mide menos de 1,40 metro y su peso oscila los 40 kilos. En la zona de barrio Alberdi en la que vive lo reconocen por ese apodo de Peke y desde hace un mes practica kickboxing en el club, de Aráoz 1050.

Poco después de las 19 del miércoles, cuando el chico salía del club con otros tres amiguitos, cuatro muchachos que circulaban en dos motos los emboscaron a metros de Valentín Gómez y Aráoz , en la zona noroeste de la ciudad. Venían en contramano por Aráoz y cuando vieron a los pibes los esperaron a la vuelta del club, por Valentín Gómez. Cuando los pibitos pasaron, uno de los de la moto se bajó y los encaró. La clásica: lleva gorrita y capucha. Primero se pensó que eran dos grupitos de pibes peleándose. Uno de los motociclistas encaró a los pibitos y a punta de revólver los asaltó. Alguien dijo: «Amigo, no tenemos nada. ¿Querés los guantes?». Peke no se resistió. Como los pibes no tenían nada de valor, el ladrón empujó a Peke y antes de que este cayera sobre la vereda le disparó. Fue un sólo disparo y el plomo hirió a Peke en el abdomen. Las motos rugieron en su escape y se diluyen entre las sombras de algunos matorrales que crecen al lado de un sinuoso camino.

Con un balazo en la panza, sin orificio de salida. La bala le entró por el ombligo y le salió por las costillas. Tenía la marca de pólvora en la piel. El nene no se desmayó. Lloraba y pedía ayuda. Al Peke lo llevaron al club y desde ese lugar pidieron una ambulancia. Los padres del pibe llegaron antes que la asistencia. Fue trasladado al hospital Eva Perón de Granadero Baigorria donde le realizaron una cirugía, en la que no pudieron extirparle el proyectil y quedó internado en estado reservado. Sus familiares confiaron que la bala le lesionó uno de los pulmones. Araóz es una de las cinco cuadras que cruzan las vías entre la altura del 2000 de Superí y el 3500 de Salvat. La barriada esta a tres cuadras del barrio La Cerámica, pero el lugar más conflictivo no es ese sino el asentamiento que desde hace seis meses se instaló al costado de la vía.

"Este barrio es una pena. Esta calle (Aráoz) es la peatonal de los choros. Uno puede verlos venir con las motos choreadas en contramano y cuando cruzan las vías, desaparecen, pertenezco a un país en donde los delincuentes tienen más derechos que las víctimas. El alcaloide suma adictos ", reseñó uno de los vecinos.
El club sigue igual, prolijo, lleno de ilusiones deportivas. Al lado un negocio minimarket, todo desprolijo por fuera, con materiales para el inicio escolar. Entran varios chicos del barrio. Algunos van a comprar tarjetas para su celular, otros pastillas, o a sacar fotocopias. Todavía no empiezan las clases así que ninguno quiere acordarse de que existen cuadernos, mapas o lapiceras. Se los ve contentos, viviendo su vida, alguno abrazado de una chica. La casa de Peke sigue ahí.

Otra casa, paredes sucias, grises, agrietadas, a medio terminar, deja un espacio de entrada, para un auto que no estaba. El doble senderito de piedra y barro termina en un cobertizo lateral. Y al fondo se veía la prefabricada que me habían señalado donde viviera Rocco. Unas sillas, una mesa con la pata rota y una vieja lamparita amarillenta, eran todo el mobiliario. El resquicio necesario para un jovencito oscuro, pérfido y fantasmal, que nunca le anticipaba demasiados detalles acerca de los trabajo. El horizonte es infinito y de azul cegador. La casa está vacía, pero un vecino y unos metidos fisgones comunican que ya no está en el barrio.

Mientras espero el colectivo que me lleve al microcentro, me pregunto qué tan lejos de allí estará Rocco, no el Rocco que yo conocí, sino cualquier Rocco, un chico de su edad, que merecería estar con estos otros viviendo la vida que viven ellos, pero para quien se cortó el lazo. Un Rocco que se quedó solo aunque viva rodeado de gente. Los testigos lo señalan como el que efectuó el disparo a Peke. Me pregunto si ese Rocco podrá todavía encontrar el freno que hace tanto tiempo encontramos los hombres para poder vivir en sociedad. La sola idea me hizo temblar a lo largo de todo el cuerpo, aterrado, sin vislumbrar otra posibilidad más que esa. Con ese silencio sosegado y traicionero, al acecho en algún recoveco oscuro y húmedo, estará Rocco. Pienso en él. Hoy sería quizás mayorcito. Y seguramente ya no podría dominar su ciego impulso.

Me pregunto a quién le habrán disparado los que gatillaron cuando le robaron a Peke, si a alguien de su familia, a una antigua maestra o a mí un adulto al que se le cae el pelo, que seguí dando esas clases unos meses y luego no fui más.
El sol del atardecer hace espejitos de colores con los vidrios, llega el colectivo, pongo la tarjeta magnética en la máquina de boletos, y todos los sonidos de la calles eran un murmullo distante. Despierto al mundo tan cuerdo como un loco meditando.-


Texto agregado el 01-09-2012, y leído por 199 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
05-10-2012 Existen muchas razones por las cuales los niños terminan en las calles. La falta de educación es una. Excelente cuento. Exalta la explotación y la violencia, el abuso y la falta de escrúpulos, de atención y acceso a educación escolar: Muchos se encuentran indefensos, son discriminados y denunciados de manera general como delincuentes: la mayoría de los niños que viven en la calle ya tienen un historial de violencia y de abandono. Un relato que merece ser leído. !!!!! criterion
08-09-2012 Interesante tu historia. Maestras como la de este cuento dañan el alma de muchos niños, hasta lacerarlas de por vida, pero personajes como el protagonista de esta historia, tan humana, recogen los pedazos, limpian el rastro; y los Rocco y Pekes de tu historia, vuelven a resurgir de las cenizas. Es una historia que estremece en una narrativa pulcra, cuidadosa, bien llevada. Te felicito. Me encanta tu estilo. Un gran abrazo. SOFIAMA
 
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