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Supongo que todo partió un día de invierno en la mañana, cuando me desperté en mi habitación. Me levanté tarde porque no se conectó la alarma del celular. Me encontré con el conserje abajo del edificio, me reclamo por el perro, que ladraba mucho en la noche. Le dije que si le molestaba tanto porque no se buscaba otro trabajo, que para eso pagaba los gastos comunes, incluyendo su sueldo. Trato de responder pero ya había cruzado la reja de salida.

Encendí la camioneta y partí raudo por las calles de la Avenida. Como de costumbre sintonicé la radio en la mañana, escuchando los comentarios acerca de las marchas estudiantiles y la gran demanda en educación de los alumnos de colegios y universidades; ¡que distante estaba de toda esa discusión que me parecía inútil!, no me interesaba que se titularán más jóvenes profesionales, los cuales inmediatamente aceptaban cualquier sueldo a cambio de un mísero trabajo.

Llegue finalmente a la oficina, estaba ella y el viejo; nos partimos la cara con unas miradas. Ella me ofreció un café, llovía profusamente afuera; acepté con una sonrisa. El viejo me llamó con la cabeza, me levanté de mi asiento y me metí a su cubículo. "Retrasado como siempre L." me lanzó a quemarropa. "Salí atrasado, no conecte el celular Sr." trate de explicar. "No quiero explicaciones L.; se puede retirar y volver el día lunes para retirar su finiquito; no insista, ya estoy cansado de sus excusas baratas, me ha entendido?". El viejo me miró con desprecio, luego de unos segundos lo mire y le di una patada en la rodillas que lo dejó inclinado, luego con la en-grapadora le conecte un golpe fuerte en la nariz, la cual sangró profusamente, pedía auxilio a gritos, desesperado. Salí calladamente, me metí a mi oficina, y me bebí el café caliente sentado, mirándola a ella con ojos desorbitados de cólera y pasión; no se había percatado de lo que había pasado al interior de la oficina del viejo. Unos minutos más tarde, con la nariz tapada con una gasa, volvió el viejo a mi oficina con un guardia de seguridad del edificio. Intercambiamos alguna palabras de ira, luego varios garabatos y manotazos que contuvo a tiempo el guardia, el cual me invitó a salir en calma. Ya habían llamado a la policía, que ya me esperaba en el vestíbulo.

Me condujeron a una sala vacía, enrejada. No sentía que había hecho mal en pegarle al viejo. Pase todo ese día viernes conversando con Pedro, un joven carabinero que se entretenía viendo el buenos días a todos, y luego las telenovelas de la tarde. Ese día salía temprano, porque trabajábamos hasta las 15:00 horas; sin embargo esta vez no sería lo mismo.

Ya de noche, trajeron a un tipo, tenía un tatuaje de colo colo en el brazo, me enseñó su navaja, no había almorzado así que no estaba de humor.

Luego de unos minutos de charla, le saque la madre, inmediatamente me enterró el punzón en pleno vientre. sentí la navaja limpia, perforando mi estomagó. Parecía que ese viernes no iba a ser un día normal, me desangré lentamente al interior de la celda, ya eran cerca de las diez de la noche, nadie acudió en mi auxilio. Miré por última vez al mal nacido, el cual terminó por darme el golpe final.

Me desperté sudando, con todas las sábanas mojadas; afuera llovía profusamente. Me pareció extraño discutir nuevamente con el conserje abajo. Llegue tarde a la oficina. Ella me ofreció un café. El viejo me llamó con la cabeza; me dirigí hacia su cubículo en forma silenciosa, nuevamente escuche sus quejas, y su sentencia con desprecio. Esta vez no agarré la en-grapadora. Salí comiéndome la rabia. El café estaba servido sobre la mesa de mi oficina.

Texto agregado el 17-08-2012, y leído por 108 visitantes. (0 votos)


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