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Inicio / Cuenteros Locales / sayari / II. La visión del país en José Carlos Mariétegui

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La visión cultural que emana de Mariátegui es Occidental. Su acercamiento al Perú indio y el compromiso que desarrolló con la emancipación de esta amplia población nacional, no lo llevó a concluir ni a imaginar un Perú diseñado con perfiles mayoritariamente indianos y menos gobernado por indígenas. Hagamos un recuento cronológico del desarrollo de su pensamiento en este campo.

A su retorno de Europa, marzo de 1923, Mariátegui emprende una serie de conferencias en las Universidades Populares, concebidas en el Cusco durante el Congreso de Estudiantes de 1920 y que a la sazón eran dirigidas por Haya de la Torre. Las conferencias hacían un recuento de los sucesos de la escena mundial registrados por él en su estadía europea. Su primera exposición tiene lugar en junio de 1923, tres meses después de su arribo. La denomina: La crisis mundial y el proletariado peruano. Allí, al describir los desequilibrios de las instituciones europeas, señala que el Perú, como los demás pueblos de América, gira dentro de la órbita de la civilización occidental,... porque europea es nuestra cultura, europeo es el tipo de nuestras instituciones. Hace esta precisión no obstante, según señala, que estas instituciones democráticas, que…copiamos de Europa, esta cultura, que nosotros copiamos de Europa también,…están ahora en un periodo de crisis definitiva, de crisis total. Observa que la civilización capitalista que ha internacionalizado la vida de la humanidad, ha creado entre todos los pueblos lazos materiales que establecen entre ellos una solidaridad inevitable. Recalca que los intereses, las ideas, las costumbres, los regímenes de los pueblos se unifican y se confunden. El énfasis puesto en negrita es nuestro, y lo hacemos por que la cita reconoce que habitamos un espacio que es calco y copia y porque esa imitación a la que alude fue impuesto por la fuerza de las armas.

Observamos que Mariátegui no hace un distingo claro entre civilización y cultura y señala que sobre ésta recae la responsabilidad de la internacionalización de la vida de la humanidad…y que el progreso hace que los intereses, ideas, costumbres, regímenes de los pueblos se unifiquen. Si advertimos con cuidado veremos que la tendencia ha sido contraria; la sustancia civilizatoria del capitalismo ha establecido estándares internacionales en los sistemas productivos nacionales; pero, en el estrato cultural los pueblos y sociedades se han orientado a una particular diferenciación.

Unos días después de su primera conferencia, analizando el Nacionalismo e internacionalismo continúa observando que la vida tiende a la uniformidad, a la unidad; esta realidad afirma se vive igual en Buenos Aires, Quebec, Lima, que copian la moda de Paris. Señala que esta uniformidad no son exclusivamente occidentales. La civilización europea atrae, gradualmente, a su órbita y a sus costumbres a todos los pueblos y a todas las razas. Es una civilización dominadora que no tolera la existencia de ninguna civilización concurrente o rival. Una de sus características esenciales es su fuerza de expansión. Reconoce que ninguna cultura conquistó jamás una extensión tan vasta de la Tierra. El inglés que se instala en un rincón del África lleva ahí el teléfono, el automóvil, el polo. Junto con las máquinas y las mercaderías se desplazan las ideas y las emociones occidentales. Aparecen extraña e insólitamente vinculadas a la historia y el pensamiento de los pueblos más diversos. Añade que todos estos fenómenos son inconfundiblemente nuevos. Pertenecen exclusivamente a nuestra civilización que, desde este punto de vista, no se parece a ninguna de las civilizaciones anteriores. Notemos que aún cuando Buenos Aires pueda ser equivalente a Lima en términos urbanos no lo es en otros aspectos. Diferencia mayor aún con Quebec. Observemos que Mariátegui denomina nuestra a la civilización occidental, además de otorgarle ciudadanía universal.

En su artículo La unidad de la América indo-española, de diciembre de 1924, indica que el dominio español uniformizó la fisonomía étnica, política y moral de la América Hispana…La sangre española se mezcló con la sangre india. Se crearon así, núcleos de población criolla, gérmenes de futuras nacionalidades. Luego, idénticas ideas y emociones agitaron a las colonias contra España. El proceso de formación de los pueblos indo-españoles tuvo, en suma, una trayectoria uniforme. A la luz de los hechos de las últimas décadas en ésta América Hispana, podemos afirmar que la formación de nuestros pueblos no ha seguido una trayectoria uniforme; los núcleos no se distinguen por su tinte hispánico sino por el sustrato indígena que pervive y desborda lo hispánico. No poseemos rezagos de locales identidades hispánicas en nuestro suelo, siguen tercas las formas quechuas, aymaras, huancas, amázonicas. Es fácil verificar que las actuales nacionalidades no son todavía sociedades integradas bajo los núcleos de población criolla; más bien pugnan por integrarse bajo sus formas milenarias. Es la realidad y contra ella no caben disquisiciones teóricas aisladas. Lo que observamos son vastos sectores sociales que buscan desorientados hallar una identidad cada vez más cercana a sus orígenes ancestrales y lejanos de los oropeles criollos. En esta misma cita señala algo que definió la ruta de nuestro proceso social. Indica que la revolución no era un movimiento de las poblaciones indígenas, Era un movimiento de las poblaciones criollas, en las cuales los reflejos de la Revolución Francesa habían generado un humor revolucionario. Efectivamente, al no haber sido nuestra independencia un proceso conducido por indígenas, continuamos bajo la égida del dominio occidental.

Cuando avizora los procesos de integración americana señala poca o ninguna diferencia entre los seres de esta parte del mundo. La América española se presenta prácticamente fraccionada, escindida, balcanizada. Sin embargo, su unidad no es una utopía, no es una abstracción. Los hombres que hacen la historia hispano-americana no son diversos. Entre el criollo del Perú y el criollo argentino no existe diferencia sensible. El argentino es más optimista, más afirmativo que el peruano, pero uno y otro son irreligiosos y sensuales. Hay, entre uno y otro, diferencias de matiz más que de color. De una comarca de la América española a otra comarca varían las cosas, varía el paisaje; pero casi no varía el hombre. Y el sujeto de la historia es, ante todo, el hombre. La economía, la política, la religión, son formas de la realidad humana. Su historia es, en su esencia, la historia del hombre. Mariátegui toma al habitante criollo como modelo de comparación, población que, sabemos, no refleja la verdadera realidad poblacional. No obstante, las similitudes que observa son circunstanciales y lo eran más en esa época; las diferencias existieron y se han acentuado en las últimas décadas. Nuestras semejanzas raigales proceden de raíces hermanas que nos dotan de un follaje diverso; exceptuados aquellos países en que este pasado es tenue o ausente. Es una diversidad acentuada por la dominación occidental, que ha hecho con esta acción quizá la mejor de sus tareas, juntar, abrir espacios, relacionar culturas que antes estuvieron aisladas e incomunicadas.

En noviembre de 1924, cuando reflexiona en torno a Lo nacional y lo exótico redacta un alegato muy claro a favor de la influencia de Occidente en nuestra realidad y critica aquellas voces de alerta contra la asimilación de ideas extranjeras… Critica a aquellos que quieren que se legisle para el Perú, que se piense y se escriba para los peruanos y que se resuelva nacionalmente los problemas de la peruanidad, anhelos que suponen amenazados por las filtraciones del pensamiento europeo. Pero todas estas afirmaciones son demasiado vagas y genéricas. No demarcan el límite de lo nacional y lo exótico. Invocan abstractamente una peruanidad que no intentan, antes, definir.

Afirma que esa peruanidad, profusamente insinuada, es un mito, es una ficción. La realidad nacional esta menos desconectada, es menos independiente de Europa de lo que suponen nuestros nacionalistas. El Perú contemporáneo se mueve dentro de la órbita de la civilización occidental. La mistificada realidad nacional no es sino un segmento, una parcela de la vasta realidad mundial. Todo lo que el Perú contemporáneo estima lo ha recibido de esa civilización que no sé si los nacionalistas a ultranza calificarían también de exótica. ¿Existe hoy una ciencia, una filosofía, una democracia, un arte, existen máquinas, instituciones, leyes, genuina y característicamente peruanos? ¿El idioma que hablamos y que escribimos, el idioma siquiera, es acaso un producto de la gente peruana? Es evidente que no todo lo que el Perú estima lo ha recibido de Occidente y el listado de conquistas que señala une lo tecnológico y cultural lo que nos hace confundir el grano de la paja. Por otro lado, las razones que esgrime pueden llevar a una conclusión distinta, alejada de las parcelas de occidente y que promueva el renacimiento y recreación de una cultura que no sea su precaria extensión sino la formación posible de una peruanidad distinta, de pie andino, de sustrato nuestro.

Prosigue su reflexión afirmando que la nacionalidad peruana está en formación, se construye sobre los aluviones de la cultura occidental sobre los inertes estratos indígenas. Comprueba que la conquista destruyó el Perú autóctono…extirpó del suelo y de la raza todos los elementos vivos de la cultura indígena. Los descendientes de los conquistadores y los colonizadores constituyeron el cimiento del Perú actual. Describe luego la intervención indígena en la independencia, congruente con su opinión de lo inerte de los estratos indígenas, señalando que un artificio histórico clasifica a Túpac Amaru como un precursor de la independencia peruana. La revolución de Túpac Amaru la hicieron los indígenas; la revolución de la independencia la hicieron los criollos. Afirma que nuestro desarrollo ha dependido directamente de la asimilación de la cultura europea y recalca que todos los resortes materiales del progreso nos han llegado de fuera. Hemos tomado de Europa y Estados Unidos todo lo que hemos podido. Cuando se ha debilitado nuestro contacto con el extranjero, la vida nacional se ha deprimido. El Perú ha quedado así inserto dentro del organismo de la civilización occidental. Señala que tenemos el deber de no ignorar la realidad nacional; pero tenemos también el deber de no ignorar la realidad mundial. El Perú es un fragmento de un mundo que sigue una trayectoria solidaria. Los pueblos con más aptitud para el progreso son siempre aquellos con más aptitud para aceptar las consecuencias de su civilización y de su época. Aquí se desprende una pregunta pertinente: ¿quiénes constituyen el cimiento del Perú actual?, ¿lo indio, criollo, occidental, andino?; ¿podemos aceptar las consecuencias de una civilización y de una época?

En el mismo artículo, examina la realidad turca y aborda un tema que no ha tenido solución hasta nuestros días: la identidad turca. Describe la acción de Mustafa Kemal que lideró un proceso de occidentalización que tuvo profundos efectos en la antigua sociedad turca que proviene de una historia milenaria, como la nuestra, siempre sujeta en la encrucijada de dos mundos, dos culturas: Occidental y Oriental. Turquía, luego de la Primera Guerra mundial, emprendió una serie de drásticas reformas que pretendieron implantar bases occidentales en su estructura social y económica: abolición del califato, nuevo alfabeto, nueva legislación, etc. El objetivo era transformarla en una nación industrial moderna. Se cerraron las escuelas teológicas islámicas –madrazas – y la saria o ley islámica fue reemplazada por un código civil basado en el suizo, y se adoptaron el código penal italiano y el código de comercio alemán. En este contexto, señala Mariátegui: los viejos pueblos orientales a pesar de las raíces milenarias de sus instituciones, no se clausuran, no se aíslan. No se sienten independientes de la historia europea. Turquía, por ejemplo, no ha buscado renovación en sus tradiciones islámicas, sino en las corrientes de la ideología occidental. Mustafa Kemal ha agredido las tradiciones. Ha despedido de Turquía al kalifa y a sus mujeres. Ha creado una república de tipo europeo. Destaca que este orientamiento revolucionario e iconoclasta…marca un periodo de renacimiento nacional, que le ha permitido el respeto de Europa. La ortodoxa Turquía, la tradicionalista Turquía de los sultanes sufría, en cambio, casi sin protestas, todos los vejámenes y todas las expoliaciones de los occidentales. Presentemente Turquía, no repudia la teoría ni la técnica de Europa; pero repele los ataques de los europeos a su libertad. Su tendencia a occidentalizarse no es una capitulación de su nacionalismo.

Vemos que la opción de desarrollo mariategano para un país milenario, similar a otras antiguas naciones dueñas de formas políticas, sociales y religiosas propias y fisonómicas, que enfrenta la agresión occidental, es precisamente adoptar la cultura del agresor, occidentalizarse. La realidad y el tiempo no le han dado la razón a Mariátegui. Desde hace muchos años Turquía procesa un difícil retorno a sus fuentes culturales, alejándose de aquélla compulsiva transformación. Muchas de sus dificultades provienen de esta lucha por retornar a sus raíces. Es un país escindido entre dos rostros y dos culturas que no hallan aún espacio de síntesis o de exclusión de una de las dos básicas culturas en pugna. ¿Las razones?, el milenarismo al que alude Mariátegui, no puede ser sujetado por bridas legales y políticas, la sociedad turca se resiste a ser sepultada por Occidente.

Se pregunta: ¿puede el Perú, que no ha cumplido aun su proceso de formación nacional, aislarse de las ideas y las emociones europeas?; señala que las relaciones internacionales de la inteligencia tienen que ser, por fuerza, librecambistas…No es romántico pretender adaptar al Perú a una realidad nueva, Mas romántico es querer negar esa realidad acusándola de concomitancias con la realidad extranjera. Un sociólogo ilustre dijo una vez que en estos pueblos sudamericanos falta “atmosfera de ideas”. Sería insensato, continúa, perseguir las ideas que, actualmente, están fecundando la historia humana. Y si místicamente, gandhianamente, deseamos separarnos y desvincularnos de la “satánica civilización occidental”, como Gandhi la llama, debemos clausurar nuestros confines no solo a sus teorías sino también a sus máquinas para volver a las costumbres y a los ritos incásicos. Ningún nacionalista criollo aceptaría, seguramente, esta extrema consecuencia de su jingoísmo. Porque aquí el nacionalismo no brota de la tierra, no brota de la raza. El nacionalismo a ultranza es la única idea efectivamente exótica y forastera que aquí se propugna. Y que, por forastera y exótica, tiene muy poca chance de difundirse en el conglomerado nacional. ¿La idea es volver a ritos incásicos?, no, nunca fue el objetivo, ni siquiera en las ideas de Valcárcel, menos ahora. No se trata de renunciar a las máquinas de Occidente, se trata de distinguir entre cultura y civilización; la tecnología es irrenunciable y sería insensato clausurarnos al bienestar material producto del desarrollo; las máquinas, el incremento de las fuerzas productivas es parte de un proceso ineludible de planetarización indiscutible que incluye la uniformización de los costos de producción hacia la mayor eficiencia, como lo observó Marx. Sustraerse a esta competencia es ingenuo y quizá suicida; ninguna consideración es válida para cuestionar los avances tecnológicos en virtud de valores culturales, y viceversa. La civilización occidental no es satánica, tampoco lo es su cultura, es solamente inapropiada e incompatible con la nuestra.

Abordando aspectos más amplios del mismo tema, en su artículo Divagaciones sobre el tema de la latinidad, febrero de 1925, Mariátegui reconoce escasos elementos latinos en nuestra herencia hispánica. Contrasta esta visión con el reconocimiento positivo de otro segmento de Occidente, la cultura sajona: ni en la psicología ni en la mentalidad del hombre hispano-americano se descubren los rasgos de la mentalidad y la psicología del hombre del Latium. Indica que la gente de este flanco de la América Española no solo no es latina. Es más bien, un poco oriental, un poco asiática. Nuestros orígenes históricos no están en el Imperio. No nos pertenecen la herencia de César; nos pertenece, mas bien, la herencia de Espartaco. El método y las máquinas del capitalismo nos vienen, principalmente, de los países sajones. Y el socialismo no lo aprenderemos de los textos latinos. El nítido distanciamiento de Mariátegui de la gens latina, no lo acerca al verbo íntimo nacional, aún cuando señala que la gente de este flanco es…más bien, un poco oriental, un poco asiática. Su desapego a la herencia Cesarea no lo separa de Occidente, lo remite a Espartaco y a un espacio menos latinizado y maquinizado: los países sajones. Para él, ésa será una fuente inspiradora del socialismo peruano.

En su artículo, ¿Existe un pensamiento hispano-americano?, de mayo 1925, afirma que aún en crisis la civilización occidental no está próxima a caer en colapso y que nuestra América aún no se encuentra en condiciones de remplazar a Europa. Continúa mencionando que importamos de Europa libros, máquinas, modas. Lo que acaba, lo que declina, es el ciclo de la civilización capitalista. Las momentáneas dificultades del pensamiento europeo serán superadas; añade que nadie descarta que la cultura europea, que sucedió a la greco-romana se renueve y se transforme una vez más, pues Europa es el continente de las máximas palingenesias. Precisa que son europeos los mayores artistas, los mayores pensadores contemporáneos…Europa se nutre de la savia universal. El pensamiento europeo se sumerge en los más lejanos misterios, en las más viejas civilizaciones. Pero esto mismo demuestra su posibilidad de convalecer y renacer.

Distingue desarrollos independientes en el pensamiento de cada nación europea; todas alimentan una especie de occidentalidad supranacional. Sin embargo, el vigor de estos claustros nacionales resulta insuficiente para repetir esa realidad de manera autónoma e independiente en nuestras latitudes. La existencia futura de ese pensamiento en nuestro suelo deberá estar, como en Francia o Alemania, suscrita a la órbita Occidental. Cuando nuestra cultura se forme, menciona, lo hará tomando en cuenta los aluviones occidentales en los cuales se desarrollan los embriones de la cultura hispano o latino-americana. Comprueba la inexistencia de un pensamiento característicamente hispano-americano y comprueba la existencia de un pensamiento francés, de un pensamiento alemán, etc., en la cultura de Occidente. Nuestros pensadores, argumenta, son de educación europea, no se siente en su obra el espíritu de la raza. La producción intelectual del continente carece de rasgos propios. No tiene contornos originales. El espíritu hispano-americano esta en elaboración. El continente, la raza, están en formación también. Recalca que los aluviones occidentales en los cuales se desarrollan los embriones de la cultura hispano o latino-americana,…no han conseguido consustanciarse ni solidarizase con el suelo sobre el cual la colonización de América los ha depositado. Comprueba que en este pensamiento en elaboración no está presente el alma indígena, deprimida y huraña, a causa de la brutalidad de una conquista que en algunos pueblos hispano- americanos no ha cambiado hasta ahora de métodos.

Insiste en señalar: aquí la síntesis no existe todavía. Los elementos de la nacionalidad en elaboración no han podido aun fundirse o soldarse. La densa capa indígena se mantiene casi totalmente extraña al proceso de formación de esa peruanidad que suelen exaltar e inflar nuestras sedicentes nacionalistas, predicadores de un nacionalismo sin raíces en el suelo peruano, aprendido en los evangelios imperialistas de Europa, y que, como ya he tenido oportunidad de remarcar, es el sentimiento mas extranjero y postizo que en el Perú existe. El claro deseo de Mariátegui es el de soldar, fundir, un nuevo pensamiento hispano-americano a los aluviones occidentales en los cuales se desarrollan los embriones de la cultura hispano o latino-americana.

¿Por qué Mariátegui, radical en sus rupturas y posturas políticas, tuvo tal grado de adhesión a la cultura occidental? Una apreciación más amplia la haremos más adelante, mientras podemos adelantar una explicación: somos hijos de nuestro tiempo, nuestras ideas fermentan bajo una realidad concreta y el momento de Mariátegui estaba alejado de la creación de las teorías culturales vigentes y de la lucha de los pueblos por desarrollar su propia cultura e identidad. Por otro lado, sabemos lo decisivo que resultan las primeras experiencias sensoriales, admitir un territorio en nuestra experiencia, reconocer la geografía de un espacio para construir un concepto y una experiencia de patria. Nos cobijan el resto de nuestras vidas los sonidos aromas de la infancia; los valles, cordilleras, o arenales, moldean nuestra personalidad; más aún en Mariátegui, personalidad profundamente estética. Veamos una apreciación en este campo. Cuando se ocupa de El paisaje italiano, junio de 1925, hallamos esta forma sensorial de interiorizar la cultura Occidental y de distanciarse de la geografía nacional y de su expresión y contenido cultural. Le disgusta el hirsutismo, la desnudez de nuestro paisaje; elige por ello el paisaje italiano, a pesar de hallarlo demasiado ilustre, glorioso. Precisa que un paisaje virgen del Amazonas o de la Polinesia, es como un cafre o como un jibaro. Es un paisaje sin civilización, sin historia, sin literatura. Es un paisaje desnudo y sin taparrabos. Es un paisaje plenamente primitivo. Contrasta este hallazgo con un paisaje ilustre que es como un hombre de nuestro siglo. El paisaje bárbaro o tiene vestigios de civilizaciones pasadas, ni huellas de acaecimientos históricos, ni recuerdos de personales magnos. Nada que lo complique, nada que lo envejezca, nada que lo deforme, nada que impida poseerlo, conocerlo, gozarlo sin apriorismo, sin perjuicio desde el primer contacto. Los hombres de este siglo preferiremos, sin embargo, por mucho tiempo un tipo de paisaje menos hirsuto y menos desnudo. Y, mientras nos duren estos gustos, el paisaje italiano tendrá derecho a nuestra predilección.

¿Por qué esta relación distante de Mariátegui con el paisaje nacional, con su ethos, hirsutismo y desnudez? Sabemos de sus orígenes costeños; su conocimiento de la costa abarcaba la Moquegua de su niñez temprana, la aridez de Huacho de Sayán y los alrededores de Lima. Su temprana delicada salud le impidió seguramente conocer el interior del país; más tarde sus ocupaciones de joven obrero y periodista unido a las dificultades en la comunicación con el interior no le permiten planear viaje al interior. Sabe de él, por sus lecturas y testimonios que recibe con frecuencia de sus contactos y compañeros que provienen de la sierra. Su vinculación con la geografía Europea supera a la que mantuvo con la nuestra; sin embargo, su conocimiento del “viejo mundo” es también primordialmente citadino. Su deslumbramiento con la cultura, paisajes, centros urbanos y sociedad, le produjeron una honda impresión que él nunca disimuló y sí exaltó con entusiasmo. ¿Cómo influye en el análisis de un ensayista su desapego al paisaje cuando ubica en él al actor de los hechos sociales que lo usa y transforma?.

¿Cuál es su parecer del papel de la cultura?, ¿cómo llega Mariátegui a lo indígena?, dejemos que lo explique. En el prologo de Tempestad en los andes, de Valcárcel, señala que la reivindicación indígena carece de concreción histórica mientras se mantiene en un plano filosófico o cultural. Para adquirirla- esto es para adquirir realidad, corporeidad, - necesita convertirse en reivindicación económica y social. Mariátegui sitúa el tema cultural en un plano incorpóreo, irreal, subordinado; sacrifica el elemento fundamental de la trilogía que señala: la cultura es filosofía, pensamiento impráctico, inútil para los políticos que requieren realidades tangibles, uso de poderes fácticos. Esta visión está unida a dos factores: su criollismo supérstite y su marxismo. El llega a lo indígena a través del socialismo, como él señala en este mismo prologo Yo he dicho ya, menciona, que he llegado al entendimiento y a la valoración justa de lo indígena por la vía del socialismo. El caso de Valcárcel, indica, demuestra lo exacto de su experiencia personal. Hombre de diversa formación intelectual, influido por sus gustos tradicionalistas, orientado por distinto género de sugestiones y estudios, Valcárcel resuelve políticamente su indigenismo en socialismo. El tradicionalismo de Valcárcel, es decir su cultura, es corregida, para Mariátegui, por el socialismo. Queda visible la pregunta: ¿cuál es la vía apropiada? La obra del cusqueño genera en Mariátegui una serie de reflexiones posteriores. En pocos escritos su adherencia a la cultura europea es tan clara como cuando vuelve a referirse al libro en el artículo El rostro y el alma del Tawantinsuyo de setiembre de 1925. Señala: Valcárcel, quiere que repudiemos la corrompida, la decadente civilización occidental. Esta es una conclusión legítima en el libro lirico de un poeta. Me explico, perfectamente la exaltación de Valcárcel. Puesto en el camino de la alegoría y del símbolo, como medio de entender y de traducir el pasado, es natural pretender, por el mismo camino, la búsqueda del porvenir. Más, en esta dirección, los hombres realistas tiene que desconfiar un poco de la poesía pura. Precisa que Valcárcel va demasiado lejos como, casi siempre que se deja rienda suelta a la imaginación. Ni la civilización occidental está tan agotada y putrefacta como Valcárcel supone; ni una vez adquirida su experiencia, su técnica y sus ideas, el Perú puede renunciar místicamente a tan validos y preciosos instrumentos de la potencia humana, para volver, con áspera intransigencia a sus antiguos mitos agrarios. Explica que la Conquista y la República son hechos históricos, y que contra ellos poco o nada pueden las especulaciones abstractas de la inteligencia ni las concepciones puras del espíritu. La historia del Perú no es sino una parcela de la historia humana. En cuatro siglos se ha formado una realidad nueva. La han creado los aluviones de Occidente. Es una realidad débil. Pero, es, de todos modos, una realidad. Sería excesivamente romántico decidirse hoy a ignorarla. ¿Son la alegoría y el símbolo desechables en la construcción de una nación?, ¿son esos elementos fundamentales elementos de la cultura? Por encima de esas respuestas es clara la orientación que Mariátegui propone para la cultura indígena: su adaptación, asimilación a Occidente.

El tránsito de Mariátegui al indigenismo vía el socialismo es un factor determinante para su apreciación de la realidad india y más aún para imaginar el futuro de su participación en la creación de la peruanidad. Son entonces los revolucionarios socialistas, como el mismo les llama, quienes reivindican al indio; y lo hacen con esa carga positivista, occidental de las que viene premunido el marxismo. Por eso, a la par que recupera la tradición inkasica, no deja de lado las otras dos tradiciones: la colonial y republicana y se cuida, por tanto, de no expropiar a la nación criolla la conducción de los cambios. Veamos su artículo La tradición nacional de 1927. Se puede decir del Perú lo que Waldo Frank dice de Norte América: que es todavía un concepto por crear. Mas ya sabemos definitivamente, en cuanto al Perú, que este concepto no se creará sin el indio. El pasado incaico ha entrado en nuestra historia, reivindicado no por los tradicionalistas sino por los revolucionarios...La revolución ha reivindicado nuestra más antigua tradición.

A una crítica familiarizada con las conciliaciones de la revolución y la tradición, el indigenismo de los vanguardistas peruanos no les parece arbitrario…La tradición nacional se ha ensanchado con la reincorporación del incaismo, pero esta reincorporación no anula, a su turno, otros factores o valores definitivamente ingresados también en nuestra existencia y nuestra personalidad como nación. Con la conquista, España, su idioma y su religión entraron perdurablemente en la historia peruana, comunicándola y articulándola con la civilización occidental. El Evangelio, como verdad o concepción religiosa, valía ciertamente más que la mitología indígena. Y, más tarde, con la revolución de la Independencia, la República entró también para siempre en nuestra tradición.

Es Mariátegui también un defensor de Occidente cuando es criticada desde otras visiones. En noviembre de 1927, en el artículo Occidente y oriente, señala su desagrado porque algunos orientalistas se vuelven ansiosos hacia el Asia. Esta realidad, señala, acusa un sentimiento de decadencia, derrotismo y desilusión. En la actitud de algunos “orientalistas”… aparece evidente la abdicación de las mejores cualidades creadoras del pensamiento occidental. El Occidente es ante todo voluntad, energía. Su civilización es la obra magnífica de estas fuerzas que han alcanzado un grado místico de exaltación creadora. Por consiguiente, todo éxtasis morboso, ante los misterios asiáticos, no puede dejar de conducirla a la desilusión. No obstante estas afirmaciones de vinculación a la cultura y civilización occidentales, hallamos también apreciaciones que matizan estas apreciaciones. En esta aproximación a Oriente tiene Mariátegui apreciaciones certeras. Comentando La revolución china en octubre de 1924, menciona: …espiritual y físicamente, la China está mucho más cerca de nosotros que de Europa. La psicología de nuestro pueblo es de tinte más asiático que occidental. Esta similitud cultural se hará después más evidente por los estudios arqueológicos y antropológicos modernos; cualquier viajero u observador atento confirmaría esta realidad. Mariátegui no desarrolla posteriormente estas ideas.

Hemos visto que el socialismo lo conduce al indigenismo. Sabemos que su posición política está sustentada en el marxismo, la más pura expresión del desarrollo de la filosofía, la sociología y la economía occidentales. Sus contenidos y conceptos exigen un conjunto de preceptos teóricos que son poco o nada contemplativos con las diferencias culturales. Leamos a Mariátegui sobre este punto: La precipitada definición del orientalismo como sucedáneo o equivalente del bolchevismo, arranca del erróneo hábito mental de solidarizar absolutamente la civilización occidental con el orden burgués. La revolución rusa…no es en su espíritu un fenómeno de oriental sino occidental. Su doctrina es el marxismo, que como teoría y como práctica no habría sido posible sin el capitalismo, esto es, sin una experiencia específicamente occidental. Lenin, Trotsky y demás líderes de la revolución rusa, son notoriamente hombres de inteligencia y educación occidentales. En esta línea de pensamiento reivindica los aportes primigenios de Roma a la construcción de Occidente cuando apunta que Occidente, sin Marx, sin Engels, sin Sorel, sin el socialismo teórico y práctico en una palabra, se habría ahorrado al bolchevismo. Precisa que Occidente se halla desarmado cuando pretende reducir su riqueza espiritual a lo puramente europeo, sea germano o latino. Su defensa exige que la civilización occidental no solo civilización capitalista ni sea solo civilización romana.

El ideólogo de los Siete ensayos, obra publicada en 1928, nos muestra a un ensayista en plena y temprana madurez. Aquí organiza categorías políticas y sociales de una manera más orgánica y penetrante que en sus artículos periodísticos. Por eso la importancia de las paráfrasis que aquí se anotan. Una de sus reflexiones más conocidas es su análisis de las diferencias en el proceso de conquista de la América española y sajona. Usa la religión para esta interpretación. Una digresión: ¿hay sustancia más cultural que la religión?, junto al lenguaje, son elementos sustantivos de la cultura. Por lo tanto, señalar diferencias entre actos y consecuencias del puritano y el cruzado o caballero, es subrayar la influencia de la cultura en la edificación de una nación. Es, sin precisarlo, lo que hace Mariátegui cuando señala: …se puede decir que el colonizador de la América sajona fue el pioneer puritano, no se puede decir igualmente que el colonizador de la América española fue el cruzado, el caballero…El Virreynato, molicie y ocio sensual, traería después al Perú nobles letrados y doctores escolásticos, gente ya toda de otra España, la de la Inquisición y de la decadencia. ¿Qué orienta las visiones diferenciadas de un pioneer y un escolástico o inquisidor?, es evidente que la cultura que portan. Entre ambos no hay diferencias en los fines que persiguen ni en su ubicación en la escala de clases sociales. Aquél, ha sido formado en una cultura donde el trabajo recompensa y santifica; mientras, los españoles apelan a la vida muelle y al razonamiento impráctico y anquilosado, además de usar la represión despiadada como ruta salvífica. En ningún caso se diferencian por sus orígenes de clase, es la cultura que promueve profundas diferencias e influyen en la manera de articular un país.

En el ensayo Esquema de la evolución económica hace un recuento de la forma en que superamos la crisis post-bélica, señalando al Canal de Panamá como un hecho que superó el acortamiento de las distancias y del aumento del tráfico entre el Perú y Estados Unidos y Europa. A consecuencia de la apertura del Canal de Panamá que mejora notablemente nuestra posición geográfica se acelera el proceso de incorporación del Perú en la civilización occidental. Se observa que su preocupación iba más allá de identidades culturales y se relacionaba con cercanías físicas que vinculara más estrechamente al Perú con Europa.

Pero, dentro del viejo mundo, España no era su mejor referente. En el ensayo sobre el Problema de la tierra, refiere que este país no ha sido el mejor vehículo para acercarnos a la cultura occidental: No renegamos, propiamente, la herencia española; renegamos la herencia feudal. España nos trajo el Medioevo: inquisición, feudalidad, etc. Nos trajo luego la Contrarreforma: espíritu reaccionario, método jesuítico, casuismo escolástico. De la mayor parte de estas cosas nos hemos ido liberando, penosamente, mediante la asimilación de la cultura occidental, obtenida a veces a través de la propia España. Cuando se ocupa de analizar la forma cotidiana, diaria, en que se fragua la nacionalidad, menciona en su ensayo La región en la república que el indio en la sierra tiñe de indigenismo al criollo. No obstante esta comprobación no avanza a considerar que esta fuerza india, poderosa y envolmente sustituya en algún momento el fermento occidental. Veamos su comentario: El Perú actual es una formación costeña. La actual peruanidad se ha sedimentado en la tierra baja. Ni el español ni el criollo supieron ni pudieron conquistar los Andes. En los Andes, el español no fue nunca sino un pioneer o un misionero. El criollo lo es también. Hasta que el ambiente andino extingue en él al conquistador y crea, poco a poco, un indígena. Este proceso de indigenización se ha venido dando en el país desde el momento inicial de la conquista. En las últimas décadas se ha hecho evidente. No hay región ni espacio en el Perú, incluido lo amazónico, en el que el ambiente andino no haya extinguido al conquistador.

Esta incapacidad de lo andino para gobernar y la incapacidad criolla para seguir gobernando crea un cuadro de vacío político y social que llena al país de violencia y desconcierto. Es la contradicción principal en la vida nacional. Mariátegui lo advirtió temprano, cuando señala la dualidad de la raza y la lengua, nacida de la conquista, como el principal tema a resolver. Indica que la raza extranjera, no ha conseguido fusionarse con la raza indígena ni eliminarla ni absorberla. Aquí hallamos el punto nodal de su pensamiento sobre el papel de Occidente en el Perú. Considera que la raza ni la lengua ni el sentimiento indígena han podido fusionarse ni ser absorbido por Occidente. Ahora sería llamada inclusión social. Frente a esta realidad aparece una pregunta que genera dos posturas, nítidas y contrapuestas: ¿quién debe absorber a quién? Dejemos a Mariátegui explicar su posición: La raza y la lengua indígenas, desalojadas de la costa por la gente y la lengua española, aparecen hurañamente refugiadas en la sierra. Y por consiguiente en la sierra se conciertan todos los factores de una regionalidad si no de una nacionalidad. El Perú costeños, heredero de España y de la conquista, domina desde Lima al Perú serrano; pero no es demográfica y espiritualmente asaz fuerte para absorberlo. La unidad peruana está por hacer; y no se presenta como un problema de articulación y convivencia... En el Perú el problema de la unidad es mucho más hondo, porque no hay aquí que resolver una pluralidad de tradiciones locales o regionales sino una dualidad de raza, de lengua y de sentimiento, nacida de la invasión y conquista del Perú autóctono por una raza extranjera que no ha conseguido fusionarse con la raza indígena ni eliminarla ni absorberla. Es clara su postura: el Perú criollo aún no es asaz fuerte para absorber lo indígena; el Perú costeño no ha conseguido fusionarse ni eliminar ni absorber la cultura indígena. ¿El tiempo en que esta fortaleza se consolide y esté en condiciones de ejecutar la tarea pendiente será el tiempo del socialismo, para Mariátegui? Como queramos elegir la respuesta, este es el espacio vital donde se resolverá la contradicción principal. Mariátegui optó por el dominio occidental. Nosotros optamos por el indígena, por la forma actual y moderna en que lo indígena se expresa ahora, a través de la cultura andina. Ni asimilación ni absorción, equiparidad, independencia, autonomía. Y si el imperativo del momento obliga a actualizar la contradicción: asimilación, absorción de lo occidental en lo andino.










Texto agregado el 22-07-2012, y leído por 180 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
25-07-2012 1. Amigo Hugo, la visión cultural que emana de nuestros pueblos hispano americanos, que no sólo del Perú, es copia fidedigna de la situación capitalista que se ha adueñado de la mentalidad de nuestros pueblos en general; de ahí, que tu premisa sobre que la visión cultural de José Carlos Mariétegui no lo llevó a concebir un Perú mayoritariamente indiano es, perfectamente, válida para mí y creo que para todo el que –seriamente- haya conocido su obra. (Continúa…) SOFIAMA
25-07-2012 2. Es imposible, amigo, que Mariétegui haya tenido diferente punto de vista filosófico para desplegar su obra cuando como tú mismo lo señalas en este profundo análisis, nuestros pueblos aborígenes fueron y seguirán siendo dominados por lo que Mariétegui llamó “nuestra civilización occidental.” SOFIAMA
25-07-2012 3. La penetración occidental (con armas o sin ellas) es tan predominante que hasta el propio Mariétegui, le otorga a la “civilización occidental” una “ciudadanía universal”, impuesta en nuestras consciencias y, luego, asimilada por nosotros como algo natural, valido y superior. Además, mi querido Hugo, “somos hijos de nuestros tiempos.” Tú lo dijiste. SOFIAMA
25-07-2012 4. A mí, me preocupa que estos grupos indígenas aislados que luchan, aún, por preservar su identidad cultural terminen por ser doblegados a los chantajes de los “oropeles criollos”, ya que como tú bien lo señalas en este ensayo: “al no haber sido nuestra independencia un proceso conducido por indígenas, continuamos bajo la égida del dominio occidental.” SOFIAMA
25-07-2012 5. Me inquietan todas las preguntas que plasma la obra de Mariétegui porque pareciera que a tantos años de haber sido escrita y “difundida”, aún tengamos las mismas interrogantes sin respuestas, y con el hacha de las grandes potencias mundiales, amenazando con acabar con lo poco o nada que queda de nuestro acervo cultural originario. SOFIAMA
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