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Era directo, sincero, sin vueltas. Decía que le gustaban las mujeres, todas. Y que nunca se había enamorado y que nunca lo iba a hacer, eso no se decide, pensé, pero no le dije nada. Estaba bien así, en ese momento de mi vida estaba perfecto para mi. Yo lo quería, lo quería mucho, no podía dejar de soñarlo, era involuntario, y si, los sueños son involuntarios, hasta lo soñaba despierta, en el momento más inoportuno, lo soñaba. Yo me enojaba, porque quería ser igual que él, que nada me importe, y que cuando estaba con él, era en ese momento y después de ahí, seguía siendo uno más que había pasado por encima mío. Me acuerdo de ese día que yo estaba en el bar, leyendo Ficciones de Borges, cuando él apareció de repente y me dijo: no lo dejes, es un autor interesante. Mientras yo pensaba en que él era más interesante y en querer darle la mano cuando saliéramos de ahí. Ese era un momento en que mi cabeza imaginaba lo que quería, pero él, de alguna manera, me enseñó a dejar de soñar.
Me enroscaba por completo cuando estábamos solos, me llenaba de besos y caricias como si fuera su primera vez. Un día se puso nervioso, entendí menos. Y así era todo, fuera de nuestra soledad juntos, éramos nada. Pero un nada en el cual salíamos de vez en cuando, nos reíamos, nos pasábamos libros y nos contábamos cosas como la que le pasó a mi mamá de haberse caído de la mesada por no llevar puesto los anteojos, fallar unos centímetros y hacerse mierda la rodilla contra el piso.
Todo cambió un poco cuando una vez me lo crucé en la calle con su perra envuelta en una frazada, él la venía mimando con cara de nene de ocho años y le iba diciendo: ya va a pasar mi chiquita, aguantá, aguantá. Lo saludé y él me dijo: vení acompañame, no se siente bien. Con cara de preocupados, (la primera vez que le conocí ese gesto) esperamos a que el veterinario revise a la perra. No paraba de dar vueltas, hacer gestos raros y hablar solo, parecía él, el que estaba envuelto en una frazada. Pasaron unos minutos bastante largos. Al ver salir al doctor, se levantó de la silla como un papá que iba a recibir a su hija. Por suerte no fue nada, un susto nada más. Su cara de suicidio desapareció, puso las dos manos en su pecho e hizo un gesto con la cara como hacen las viejas que de lo único que hablan es de las desgracias de la vida. Nos miramos y sonreímos, sentí que era la primera vez que lo conocía aunque sea un poco. Pasaron unos días después de eso, cuando arreglamos para estar solos un rato, otra vez. Entre besos y miradas raras que nunca había visto me dice: a partir de ahora lo que se diga no cuenta. Le saqué la remera y le dije: te amo. Él siguió con la mía y respondió: yo también.

Texto agregado el 10-06-2012, y leído por 134 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
12-06-2012 No se por qué nadie comentó este cuento, pero acá vengo a hacer justicia. ¡Me encantó!. Tan real, tan auténtico que parece sacado de la vida real. Excelente tu redacción, y la trama me fue llevando de la mano, hasta el desenlace que queda como la frutilla del postre. ¡Muy, pero muy bueno!. IGnus
 
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