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Inicio / Cuenteros Locales / SusanaSerra / ¿Queda alguien adentro? III

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¿QUEDA ALGUIEN ADENTRO?

Capítulo 3

Observando el pianoforte, que me estaba invitando a interpretarlo, comencé vertiginosamente a hacer un racconto de las biografías de músicos, tratando de ubicar a alguno que témporo espacialmente coincidiera con la época y el lugar en que nos encontrábamos o fuese anterior (le calculaba que estábamos alrededor de mil setecientos).

Ahí descubrí mi ignorancia sobre biografías de autores, estaba casi segura de que Chopin era posterior, pero ¿y Beethoven, Bach, Wagner?, ¡ay, cuánta ignorancia!. ¿Por qué no habría leído las figuritas que siempre traían los cuadernos Istonio con la biografía de los músicos?.

¿De qué forma podría ponerme a interpretar a alguno y luego no poder explicar quién era?. Todo, suponiendo que Jordana tocase el pianoforte y que los padres me lo pidieran, por supuesto.

Por suerte, momentáneamente, quedé relevada de mi obligación, pues el padre Alonso me llamó a la mesa y luego con una sonrisa me dijo:

- Jordana, luego de cenar, tú que eres joven y ágil ¿podrías alcanzarle su cena a Fray Clodoveo?, mis pobres huesos ya no están para esas subidas y bajadas hasta sus habitaciones y hoy está de muy mal humor. En cambio, contigo, tiene un trato muy especial.

Yo me reí para mis adentros, pensando que en ese momento, aparentemente, mis huesos respondían ¿qué edad tendría Jordana?.

Disfrutando mi salud, le aseguré que lo haría, siempre confiando en que pronto volviesen en mi búsqueda (ya Aída no podía tardar), levanté mi brazo pero ¿cuál no fue mi asombro al tratar de atraer hacia mi vista mi reloj pulsera y ver que no existía?, ¡no había nada en mi muñeca!, además, ¿quién era Fray Clodoveo y dónde estaban sus habitaciones?, ¿de qué forma lo preguntaría sin caer en sospechas?.

En esas cavilaciones estaba, cuando Fray Alonso se acercó con una sopera humeante y una buena tajada de pan con queso en una bandeja.

- ¿Podrás sola? me preguntó ¿o quieres que te ayude hasta las escaleras?.

¡Se solucionaban en parte mis problemas del momento!, le respondí que me ayudaría muchísimo si me acompañaba hasta la escalera (¿qué escalera sería?, ¿dónde estaría?) pues mi equilibrio era caótico. (De esta forma, ya algo lograba).

Dicho y hecho, el padre Alonso comenzó a caminar hacia la capilla y yo detrás de él con la mayor naturalidad del mundo. ¡Por Dios!, ¿de dónde estaba sacando serenidad?.

¿Cuál no sería mi sorpresa al ver que el cura me acompañaba hasta una puerta escondida detrás del altar, la misma por donde vi subir al primer jesuita?.

Abrí la puerta, me alcanzó la bandeja y un candil, y yo, que con una simple taza de café en la mano soy capaz de llegar con la mitad del contenido, comencé a bajar unas escaleras desconocidas, iluminadas de tanto en tanto por un farol, ¿hasta dónde?, esperaba que algo o alguien me dijesen cuándo debería detenerme.

Con mis pensamientos iba, aunados al temor de tirar la sopera y quemarme con el candil (al menos así me despertaría) cuando en un rellano vi luz debajo de una puerta y una voz muy afrancesada preguntó:

- Jordana ¿eres tú, niña?, pasa, pasa, que mi estudio está cálido e iluminado.

Si la sopera no se me cayó en el descenso, poco faltó para que estallara en ese momento contra el piso. Mi asombro era inaudito, delante de mí se abría una amplia habitación atiborrada de libros, manuscritos, rollos (como de pergaminos o papiros) una clepsidra, mapas, compases, matraces, probetas, retortas y todo el material de lo más disímil posible.

Detrás de una gran mesa, tapado por infinidad de manuscritos, se hallaba un monje, que bien podría haberse escapado de un libro de Umberto Eco, con una gran tonsura, el cabello cortado estilo taza, una copiosa barba gris, vestido de blanco, con una cruz colgando de su cuello.

Fray Clodoveo me invitó a sentarme enfrente, pero en ese momento fue como que ni yo, ni la sopa, ni el queso, existimos más para él, tan concentrado, tan imbuido estaba en sus manuscritos y sus lecturas.

Jocosa me pregunté ¿qué haría este pobre fraile si lo colocaban frente a una PC? lo más probable sería que tratara de exorcizarla.

Me quedé un largo rato concentrada en el ir y venir del agua en los vasos de la clepsidra, ¡si hubiera sabido leer la hora en ese reloj!, pero, ¿qué era lo que podría leer, ni averiguar, ni pensar?, ¿la fecha, la hora, el lugar?, ¡si todo era onírico!, ¡una tremenda y espantosa pesadilla!.

¿Cómo podría decirle a este fraile sentado frente a mí o a los padres Figueras y Alonso, lo que me estaba sucediendo?.

Lo más probable era que me encerraran en una habitación tomándome por loca, o lo que era mucho peor, poseída. Menos mal que no eran franciscanos o dominicos, si no ya me veía entre las llamas de la hoguera.


CONTINUARÁ

Texto agregado el 28-05-2012, y leído por 61 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
25-02-2014 Advierto que tu relato es la continuación de otros. ¿Es novela o cuento?. Seguiré la secuencia pero no está demás recomendar que cada pieza tiene que estar entrelazado con un final que impacte al lector como quien eres un tirador y le das al blanco. inkaswork
 
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