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Minuciosamente, como si se tratara de una operación, el Capitán Ramírez derretía el cebo de una vela sobre la superficie de sus botas de gala. Las gotas aceitosas caían hirviendo sobre el cuero negro esperando ser esparcidas. Luego, justo antes de que la película de cera se solidificara, complementaba la mezcla untando una mínima porción de betún “Kiwi” y humedecía la punta de sus dedos en un envasito plástico para dejar caer gotas de agua sobre el cuero, mientras pulía delicadamente el zapato haciendo círculos con una mota de algodón.

Yo husmeaba calladito detrás de la puerta, escondido para poder presenciar este mágico ritual. El Capitán, sentado en su cama y absorto en su proceso, era incapaz de percatarse de mi existencia. Toda su atención se centraba en su meticulosa labor. Después de dejar sus zapatos perfectamente lustrados, tomaba de su repisa la botella metálica de Brasso, arrancaba un trozo de estopa, y se enfocaba en su siguiente objetivo: dejar pulidas y relucientes la hebilla del cinturón, las estrellas y sus insignias doradas. Estopa, betún, algodón, velas… sus herramientas de limpieza impactaban a la vista por su perfecto orden, formadas a disposición del Capitán, pero sobre todo impresionaba su pericia de cirujano, que le permitía culminar su cometido sin derramar una gota o una hebra, ni mucho menos ensuciar sus manos.

Cuando todo estaba listo lo veía colocarse la camisa azul perfectamente planchada, anudar su corbata y colocarse la guerrera, desde donde emanaban centellazos de brillo provenientes de sus condecoraciones. Su imagen imponente y su atuendo impecable eran una especie de introducción al momento estelar del día, ese que esperaba con el más morboso de mis temores y el más impaciente de mis deseos: El Climax que llegaba justo cuando abría la gaveta de su mesita de noche y sacaba la enorme pistola negra. La revisaba, sacando y colocando de nuevo el peine de municiones, le sacudía el polvo acariciándola con un pañuelo y la guardaba en la funda de su cinturón.

A mis siete años, Ese momento era una confrontación del respeto que sentía por mi Papá y el temor que me generaba verle con una pistola en la mano. “Va a salir a la guerra… va a matar a alguien” pensaba aterrado, y le imaginaba corriendo en medio de un campo repleto de soldados que caían uno tras otro víctimas de su fuerza y puntería. Para mí era un mercenario implacable siempre dispuesto al combate, de venas gruesas aflorando en sus brazos y manos pesadas que podían partir cráneos de un solo golpe.

Yo continuaba lelo, escondido tras la puerta hasta que le veía colocarse el kepis frente al espejo, señal inequívoca de que estaba listo. Entonces huía sigilosamente hacia la sala y me sentaba frente al televisor para hacerle creer que estaba viendo a Ultraman luchando contra algún monstruo despiadado (de esos a los que se les veía el cierre del traje). Podría jurar que le veía pasar tras de mí a pesar de tener los ojos clavados sobre la pantalla. Sentía sus pasos y su sombra cubriéndome, el olor a recién bañado y el aroma de Lavanda Atkinson que inundaba la sala. “Que se vaya pronto, que salga de la casa” rezaba en silencio. En ese momento sentía que convivía con una especie de guerrero, y temía que algún enemigo irrumpiese de imprevisto en la habitación rompiendo las ventanas y repartiendo balazos a diestra y siniestra, bajo riesgo de que una bala perdida nos alcanzara a mamá y a mí por carambola.

A pesar de su paternidad cavernícola. Papá se percató de que el temor era el principal motor de nuestra relación, y con todas sus limitaciones afectivas hacía un esfuerzo considerable para revertir la situación. Al principio intentó resolverlo tratando de suavizar su trato para conmigo, llevándome con él en sus ratos libres, que se limitaban a un par de horas a la semana en las canchas del cuartel. Pero la verdad es que accedía a acompañarle al campo de softball más por miedo que por diversión. Es que él no podía evitar ese hablar golpeado, no podía evitar dar órdenes y para mí era terrible tenerlo a mis espaldas, abrazándome mientras ponía sus manos sobre las mías que tomaban el bate. Apretaba fuerte y me decía en la patica de la oreja: “¡agarra el bate duro, como un hombre!”. Yo veía las venas brotadas en sus brazos rozando los míos, me ahogaba el olor de su colonia y me raspaba los cachetes con los cañones de su barba, mientras esperábamos que algún recluta designado por él me lanzara una bombita fácil de batear. Luego sentía que me arrancaba los brazos en un Swing violento… “plinnnnn” retumbaba la pelota estremeciendo el bate de aluminio. “¡Carajo, le diste!” gritaba, y comenzaba a celebrar por un batazo que no era mío. Yo le seguía el juego, aparentaba emoción y volvía a casa contándole a Mamá la experiencia. Hacerle quedar bien con mi Madre era la manera de agradecer su esfuerzo. Pero ambos sabíamos que para mí todo eso no era una experiencia agradable. A pesar de todo jamás podría reprochárselo, porque fui yo quien nunca le permitió romper esa barrera.

Curiosamente, guardo un montón de recuerdos que involucran a mi Padre, pero no logro rescatar tan sólo un pensamiento sólido que me transporte a la figura de Mamá y represente una vivencia inolvidable a su lado. Pareciera que a lo largo de mi infancia ella hubiese sido un personaje secundario que, más allá del sentimiento, pudo incluso suprimirse. Su mayor virtud fue estar siempre allí. Una compañera silenciosa que transmitía una especie de solidaridad con su sola presencia.

Hace muchos años que Mamá murió. Ahora que soy adulto y analizo su comportamiento, me doy cuenta de que ella le temía a Papá tanto o más que yo y vivió encerrada en un triángulo de amor, miedo y protección. Es comprensible, porque a mis cuarentitantos, todavía siento que estoy superando el temor que papá me generaba, y sólo Dios sabe cuánto hubiese querido que ella hubiese podido superar el suyo.

Esta particular relación Padre-Hijo fue una constante que no cambió sus características a pesar de que me fui haciendo hombre. Los años transcurrieron y la adolescencia irrumpió en mi vida al ritmo de la fiesta, haciéndome rebelde, evasivo y aún más encerrado en mi mundo. La música representó una válvula de escape maravillosa que me permitía encerrarme durante horas en mi cuarto con el Picó gritando “Volvereeeee, porque te quiero, hasta tu puerto volvereeeee…” Fernando y Juan Carlos fueron mi Lennon y Mc cartney, Yordano y Frank Quintero fueron mi trova cubana ochentera, con sus letras que se me presentaban profundas. El amanecer gaitero fue mi woostock personal y en un desenfreno total conocí la marihuana mientras Neguito Borjas cantaba “Sin Rencor” en el Poliedro de Caracas. Fue allí cuando Papá cambió la estrategia y desistió de la pendejada esa de intentar ser mi amigo. “En esta casa mando yo carajo!, ¡esto no es un hotel para que entres y salgas cuando te dé la gana!” me gritaba en la madrugada, cuando me abría la puerta de la casa. Porque es oportuno rememorar que Papá nunca me dio llaves, y aún a mis veintidós tenía que tirarle piedritas contra la ventana durante horas para despertarlo. Culpable del delito de haber crecido antes de la aparición de la telefonía celular.

Gracias a la alcahuetería de Mamá alguna vez tuve llaves de la casa. Ella, con total premeditación, dejó caer una copia por ahí que yo robé de su peinadora a los catorce años, pero sólo la usaba para poder entrar y salir sin ser visto, y unos años después para meter noviecitas en mi cuarto cuando ambos estaban en la calle. Guardé esa llavecita como mi más preciado tesoro y lo administré con profunda sabiduría. Aprovechando las horas en que ellos salían al supermercado (Papá siempre llevaba a mi Madre al mercado, a pesar de ser uno de esos hombres que se quedan dentro del carro leyendo periódico mientras la mujer hace las compras), o a visitar a alguno de esos militares compañeros de promoción. Pero la felicidad es un placer efímero e intermitente, realidad que nos negamos a aceptar cuando vivimos circunstancias favorables. En algún momento tendría que agotarse el poder extraordinario de ese minúsculo cetro de la felicidad, “Las Puertas del Cielo” como le decíamos los panas.

Una tarde cualquiera estaba previsto que Papá y Mamá salieran al Mercado, y mi mente maestra había sincronizado esta oportunidad con mis ganas de tirarme a la catirita que atendía el puesto de loterías. Salí de casa bajo pretexto de reunirme con mi grupo de estudio para preparar una exposición y me escondí en la plaza esperando ver salir la Camioneta Caribe de mi Papá. Después de una media hora desfilaron frente a mí, El con su rostro severo, ella con su mirada triste y su habitual silencio. Ese era el santo y seña que había esperado durante una semana, el que me daba luz verde para buscar a la mujer que me sacaría los malos espíritus.

Pero, por situaciones imprevistas del destino, esa tarde Papá no esperó en el estacionamiento como de costumbre. En una operación perfectamente planificada, le ordenó a Mamá que comprara con calma, para darle un poco de tiempo mientras resolvía “una diligencia”, ese término indescifrable que significaba cualquier cosa y no aceptaba una explicación adicional. Una vez que Mamá bajó de la camioneta, salió disparado de regreso a casa. Allí le esperaba Susana, la hija de la vecina. Una jovencita de 25 años, de carnes duras y débiles principios que se encandiló con el carácter firme del entonces Coronel Ramírez.

El resto de la historia es vergonzosa y previsible. Papá tuvo la delicadeza de no meter en su cama a una mujer distinta a Mamá. Por eso, cuando abrí las puertas de mi cuarto dispuesto a dar unas cuantas sacudidas con aquella muchacha cuyo nombre ni recuerdo, me encontré la repulsiva imagen de un viejo sesentón y peludo haciendo su mejor esfuerzo por satisfacer un compromiso que, a vivas luces, le quedaba inmenso.

Entre sorprendido y asustado se puso sus interiores “ovejita” con una agilidad que le creía perdida y tomándome de un brazo me sacó del cuarto a empujones.

-¿Qué coño haces aquí?, ¿quién es esa loquita que estás metiendo en la casa?

-¡Pero bueno Papá, Tu si tienes riñones! ¿Todavía tienes las bolas de regañarme?


Fue la primera vez que lo tuteé, y para el Coronel fue una ofensa que generó reacción inmediata. Me dejó privado contra la pared de un certero golpe en medio del pecho. No dijo ni una sola palabra y se metió en mi cuarto, cerró la puerta y luego de unos minutos de silencio que parecieron eternos se volvió a enfrascar en su combate perdido. Aún tengo el remordimiento de no haberle contado nada a Mamá, otorgándole una lealtad inexplicable a quién en el momento me generaba la más genuina repulsión.

Mientras pienso en todo esto me doy cuenta de que guardo por Papá una serie de reconcomios que en el fondo son injustos. No puedo cuestionar a mi Padre con argumentos de pleno siglo XXI. El cumplió con creces su obligación de hombre, y satisfizo los requerimientos de su generación. Fue un hombre trabajador, que cobijó bajo su seno a su familia protegiéndola para que nada le faltara. Bajo los parámetros de la época Mamá fue una mujer privilegiada, que contó con un Hombre que le dio techo y sustento durante toda su vida. Yo tuve una crianza severa, enfocada en hacer de mí un “hombre de carácter”. Nunca hubo hambre en mi casa, nunca faltó techo, ropa y estudios. Y nos quiso, de eso no me cabe la menor duda. Sólo que el manual de crianza de la época no incluía, por perjudiciales, las muestras de afecto, el diálogo y la confianza que son públicas y comunes en la paternidad de nuestros tiempos.

Por eso, luego de la muerte de Mamá, traje a mi Padre a vivir en mi casa. Junto a mi Esposa y mis dos muchachos, con la esperanza de entregarle un poco de la melosidad de estos nuevos tiempos a través de sus nietos (dicen que los nietos suavizan al más severo de los seres). Pero no fue tarea sencilla, mi hijo varón desistió de abrazarlo y besarlo, porque mi abuelo le hacía sentir que su acción era cosa de maricas. Mi hija dejó de cocinarle galleticas y mimarlo, cansada de atenderlo sin recibir un poquito de agradecimiento, como si fuera una obligación, y mi viejo se fue aislando poquito a poco en su cuarto. Protestando frente al canal de noticias y lustrando sus zapatos religiosamente todas las semanas.

Hoy es su cumpleaños 86. Quise hacerle una fiesta para celebrar pero fue tajante al decir que “a mí no me gustan estos bochinches, y a quién coño voy a invitar, si mis amigos o están muertos o son viejos inútiles que se mean en los pantalones" .Así que, tras todo un proceso de negociación, aceptó compartir un almuerzo con la familia. El destino escogido es el viejo Restaurant de Carnes, donde según dice, preparan el mejor centro de lomito de la ciudad, aunque su salud le obligue a comer a lo sumo un trozo de pollo a la plancha.

Todos nos alistamos, los muchachos esperaban en la sala y mi mujer hacía los últimos retoques al maquillaje, pero Papá aún no salía de su cuarto, así que fui hasta allá para ver si algo le faltaba. La puerta estaba entreabierta y me asomé silenciosamente para no molestarlo. Aún estaba sentado, en pantalones y franelilla, tratando de atinarle a los zapatos con el cebo de una vela encendida. Sus manos temblorosas hacían que unas cuantas gotas salpicaran en el piso. De inmediato retrocedí treinta y cuatro años hacia atrás, y volví a ser el niño miedoso que le observaba escondido tras la puerta. Lo ví lustrar sus zapatos, bañarse de perfume y peinarse minuciosamente sus cabellos escasos, para luego colocarse la camisa perfectamente planchada. Y el miedo de esos años retornó hasta mis huesos. Era un miedo viejo, cansado y maduro que se arrastraba tembloroso dentro de mí.

Pero ya no temía por el salvaje mercenario que, armado hasta los dientes, hacía justicia con su mano. Temía por mí, viendo a mi viejo como un espejo gastado que me mostraba el paso de los años, que han rodado por sus arrugas, pero también por las mías. Pensé en el cariño que aún no había expresado, en el tiempo perdido lejos de la familia. Pensé que pronto se iría mi Padre sin que nunca le hubiese expresado cariño en forma franca y abierta.

Entonces entré, Papá me miró de reojo mientras intentaba abotonar el cuello de su camisa. Me paré frente a él y con cariño introduje los botones dentro de sus ojales mientras le hablaba.

-Viejo, deja que te ayude, Dayana y los niños esperan afuera… Carajo, ¡si que te ves guapo!

Cuando terminé de alistarlo, tomé su cabeza entre mis manos y recostándolo en mi pecho le di un beso en la frente. Era la primera vez que besaba a Papá en cuarenta y dos años de vida.

Cerró los ojos, y con su cabeza aun recostada sobre mi cuerpo, me dio un par de palmadas en la espalda. Fue un gesto casi imperceptible ante los ojos de cualquiera, pero para mí fue una sensación cálida que detuvo el tiempo y me dejó un dulce sabor en el alma.

-Bueno, estoy listo. Vámonos que ya tengo hambre. Además, estamos como muy viejos para meternos a maricones.

Texto agregado el 01-05-2012, y leído por 174 visitantes. (1 voto)


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