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El futuro de nuestra cultura


El ser humano asocia su transformación al trabajo y se enfrenta a esta tarea provisto de capacidades culturales, eficazmente probadas en una vasta experiencia anterior. La cultura es el ámbito donde los humanos individualizamos nuestra identidad ante otros seres, por tanto, es condición fundamental para confirmar su existencia como miembro productivo de una sociedad. Es fundamental para el desarrollo de nuestras potencialidades reconocernos como individuo dotados de filiación personal y social que nos permita luego integrar una colectividad que comparta nuestros intereses individuales. Carecer de identidad significa dislocar el ser social y conciencia; por tanto, aliena al ser humano; lo enajena y lo destruye como individuo social y productivo.

No es casual la diversidad cultural en nuestro planeta. Se cuenta alrededor de seis mil lenguas en menos de trescientos países; significa un alto promedio de culturas diferenciadas por país. En el Perú viven 77 etnias, vinculadas a 68 lenguas pertenecientes a 16 familias etnolingüísticas. La diversidad es lo frecuente y en nosotros es signo distintivo. El origen de ésta pluralidad se deriva de la forma de relacionarnos con la naturaleza y del modo cómo se organizan los humanos para trabajarla y cómo, luego, se distribuyen los bienes extraídos. Freud define la cultura como el vínculo que existe entre el saber de los hombres para dominar la naturaleza y satisfacer sus necesidades y las relaciones para distribuir los bienes naturales. Señala que la distribución de los bienes ejerce profunda influencia sobre las relaciones sociales. Por tanto, es la manera como nos situamos frente a la naturaleza la que resuelve distintas creaciones culturales. Nuestra diversidad geográfica lo acredita. Eric Fromm, señala la vinculación estrecha entre la cultura y el desarrollo humano: sólo mediante el trabajo productivo se relaciona el ser humano con la naturaleza, identificándose con ella. Mientras el hombre permanece enraizado incestuosamente en la naturaleza, en la madre o en el clan, no puede desarrollar su individualidad, su razón. Únicamente desarrollando su razón y su amor, únicamente pudiendo sentir el mundo social y el natural de una manera humana, puede sentirse en su patria, seguro de sí mismo y dueño de su vida.

Los peruanos por siglos no nos hemos sentido propietarios de nuestra patria ni tampoco dueños de nuestras vidas. Vivimos en medio de una especie de patología social producto del trauma de la conquista y sus secuelas que alienó nuestra relación con la naturaleza y nos impuso formas de organización que estaban en abierta contradicción con nuestras ancestrales convicciones culturales. Nos reviste un pastiche cultural ajeno a nuestra naturaleza e inútil para domeñar nuestro territorio y fomentar lazos humanos y productivos. La cultura occidental cercenó nuestros orígenes y negó nuestros ancestros, expropió nuestro lenguaje, nos arrebató el entendimiento de los cielos y nos impuso padres adoptivos que construyeron hogar ajeno para nuestra cultura. Al separarnos de nuestra precisa manera de relacionarnos con la naturaleza y de alterar el modo de organizarnos en la distribución de los bienes nos alienaron, enajenaron y fracturaron nuestra capacidad productiva. Dejamos de ser dueños de nuestras vidas, nos expropiaron un destino cierto y compartido. Toda nuestra historia colonial y republicana ha sido una lucha permanente del pueblo por resistir, defender su cultura, y hallar un camino que nos haga reencontrarnos con nosotros mismos.

Los códigos culturales impuestos negaron una lógica distinta de relacionarnos con la naturaleza, negaron la racionalidad andina; extinguieron formas organizativas fundadas en la propiedad comunal, tratando de desaparecer cualquier atisbo cultural que permita restablecer la unidad creada entre nosotros y la naturaleza. El argumento errado afirmaba que éramos un rezago de épocas superadas, cuando, y ahora lo sabemos, lo nuestro se fundaba en un universo distinto. Ni mejor ni peor; nada más diferente. Terminada la colonia, la estructura de poder republicana dio por cierto que el país que recibieron era ya la extensión natural de la cultura europea impuesta por la fuerza de las armas: un país monocultural. Los pequeños resabios de culturas atrasadas y supérstites tendrían con el tiempo que incorporarse a la cultura dominante como único e inevitable destino. Aquellas organizaciones que defendieron de los atropellos y la explotación extrema a los seres de la cultura marginada, lo hicieron sin cuestionar la superioridad y supremacía de la cultura occidental. Dieron como hecho inevitable que la cultura nacional debía ser respetada otorgándole tiempo para que se desintegrara, extinguiera o fuera asimilada por occidente. No hubo una sola voz que se planteara la remoción de la cultura usurpadora. Creyeron, y aún creen, que esta cultura foránea responde, parafraseando a Fromm, a las necesidades más profundas de la naturaleza humana y que la aceptación de ese tipo de vida y de valores era y es demostración de salud mental y madurez. Descolonizada la forma de organizarnos políticamente, subsistió la colonización del estado y de nuestras mentes.

Es maduro el momento para propiciar la reversión de esta realidad, es irrenunciable el momento para propiciar un cambio radical en el estado y en nuestras mentes. Es aparente la hora para reconocernos de nuevo como una sociedad sin identidad; apenas adosados a una cultura occidental que nunca, además, nos aceptó como semejante y socio igualitario. Es el momento de sentirnos capaces de sustituir a la cultura dominante, reconocernos tributarios de una vertebral cultura andina temporalmente cercenada en su continuidad milenaria que soporta una ruptura de su desarrollo de apenas medio milenio y que se halla en condiciones de ser parte de un esfuerzo continental de crear una nueva cultura y una nueva civilización. Debimos ser el tronco patrón, el que recibe la yema a injertar; devinimos en planta extraída de su hábitat natural e injertada en receptor extraño. La planta madre fue transformada en el injerto. ¿El resultado?, una sociedad de falsa occidentalidad y de real contenido andino, contradicción que debe ser resuelta en favor nuestro. Se ha creado una sociedad enferma en busca de su identidad y sus orígenes. Ningún ser humano y menos una colectividad social puede ser productiva, equilibrada, justa, si en su seno alberga esta contradicción. Una sociedad de estas características nunca alcanzará el desarrollo pleno ni la conquista de sus facultades totales; un ser humano con problemas existenciales nunca será un ser humano integral, tampoco una colectividad alcanzara su realización plena si no reconoce su verdadero rostro.

El avasallamiento cultural no ha podido vencer la sutil o violenta defensa de nuestro ser primigenio. Nuestra callada o fiera resistencia, la hemos sentido siempre, consciente o inconscientemente, como una obligación para cautelar nuestra propia supervivencia como colectividad única e irremplazable. En esta tarea nunca hemos estado solos; nos ha acompañado la América Profunda; los mapuches, guaraníes, aymaras, guaraníes, cariocas, chibchas, cañaris, quechuas, huancas, campas, cajamarcas, otavalos, caribes, mayas, aztecas. Todos ellos, y otros, son parte de esta América de la que hablaron ciudadanos como el argentino Rodolfo Kush y el mexicano Guillermo Bonfil.

¿Por qué cultura andina? Esta palabra ha adquirido poder de síntesis. Nos define como ciudadanos de los andes, cordillera cuna de nuestra civilización; resume los intereses de culturas que han hecho su hogar aquí. Y porque aquellos que observan los andes desde las planicies costeñas y selváticas también han recibido y reciben la impronta telúrica de su presencia. Su simiente fecunda tiñe de andinidad el territorio que influencia. No hay peruano que pueda negar en su incipiente identidad alguna forma o vestigio de cultura andina, bien sea en su forma aymara, qechua, o vicús o chachapoyas o huanca. Lo andino no niega ningún aspecto de lo peruano; nos incluye a todos, sin excepción. Lo andino subsiste y existe en todos los confines de nuestro país, incluye a todas las culturas que han desarrollado sus perfiles sobre este suelo. No anula lo huambisa y mucho menos lo cajamarca; tampoco desaparece el perfil otavalo, ni desoye lo valdivia. Por esto incluye a otros dos países hermanos con quienes compartimos lo andino en tres territorios distintos. Desde el sur aymara-boliviano hasta la diversidad cultural ecuatoriana, somos herederos de una sola identidad andina con variantes numerosas. Es el horizonte unificador, uno sólo, pan cultural; suma, añade, nos identifica a quienes crecieron domeñando la grandeza de los andes, viviendo a la vera de sus feraz compostura. Y si alguno se puede sentir desplazado, decimos que lo andino tampoco niega lo criollo, lo negro ni lo chino, que conviven en nuestro suelo. Todas esas colectividades están ahora también teñidas de lo andino. Nos unen en un solo haz de cielo acogedor e integral; el término se desliza de su acepción geográfica y se torna en voz inclusiva que respeta a todas las sangres y a todas las patrias. Bajo su manto podremos decir: soy andino, peruano, de la cultura quechua, huanca, aymara, criolla…Así nos distinguimos de otros hermanos de la América nuestra que también van haciendo su propio camino. Algún día, desde la mapuche Tierra del Fuego hasta las planicies cherokes, hallaremos un futuro compartido; juntos, daremos forma a un estadío de superior desarrollo humano que unifique nuestros horizontes culturales y le otorgue forma a la nueva civilización indoamericana. Esa realidad será alumbrada luego; ahora nuestras tareas son más cercanas.

Cada cultura tiene sus intérpretes. En el Perú tenemos el privilegio de poseer a nuestro lado la vida y la obra de andinos peruanos que han actuado como faros orientadores en el camino de nuestra redención. Garcilaso de la Vega, en él se encarna el primer peruano, referente para entender el modo cómo la simiente quechua incorpora el aporte español y alumbra lo nuevo. Huamán Poma de Ayala, lucaneño, de la estirpe Yarovilca Allauca Huanuco, gobernantes anteriores a los incas y señores de Chinchaysuyo; por su linaje materno descendiente de Tupac Inca Yupanqui. Asumió la defensa de los suyos en medio del tiránico orden toledista que se instalaba. Sus crónicas, dibujos, su vida entregada a esta causa, alumbra el camino de persistencia y tenacidad que requerimos para esta gran cruzada de reencuentro con nuestras raíces culturales. José María Arguedas, es la contemporánea señal, sonora, profunda, de la vitalidad y vigencia de la cultura andina; renovada, actual, de rostros múltiples, de todas las sangres y todas las patrias, abierta a otras culturas, respetuosa de todas las lenguas. Triada de seres que son como ceques que nos señalan que nunca fuimos derrotados, que siempre, aún en los momentos de mayor obscuridad hubo un cabo encendido, un nudo de resistencia que nadie pudo destruir.

¿Miramos al pasado?, no, el futuro está por delante. La pregunta pertinente: ¿cómo se organiza?, ¿cuál el objetivo máximo? La idea básica, fundamental: proponernos la remoción de la cultura occidental como cultura base, sustituirla con la cultura madre: andina. Atañe comprobar que la presencia de occidente es una realidad ineludible de ignorar. Pero, ineludible también de corregir. ¿Utopía, necedad, sueño imposible? Seguramente que es un esfuerzo de difícil realización. ¿Pensamos ilusos que restituir la salud de nuestro pueblo resquebrajada por siglos, conducirnos todos al encuentro de nuestro propio ser, es tarea sencilla, carente de dificultades y desafíos amedrentadores? Claro que no. Esta es una empresa compleja. La descolonización del estado y de nuestras mentes es una tarea difícil, complicada; pero, necesaria emprenderla.

El propósito es remover, reemplazar, nuestra ficticia realidad eurocéntrica, occidentalizada, por otra, andinocéntrica, real, objetivamente cierta. Pasar, del sometimiento de nuestra cultura madre, al gobierno desde ella misma, a la reconstrucción del estado con la cultura andina dentro de él. Queremos un estado con soberanía cultural; sin revanchismos, con respeto a las diferencias, dialogando, tendiendo puentes entre las distintas tonalidades culturales de nuestro pueblo; pero, construyendo una nación con andina soberanía cultural. Hay que develar la cubierta que esconde lo ficticio; que emerja la claridad de nuestra cultura, formada por nuestras raíces comunes y por otras distintas que se entrelazan y nutren mutuamente. Construyamos puentes para entrelazarnos con quienes no comparten nuestras raíces, pero sí el propósito de crear un mundo en el que se puedan instalar otros mundos; distinta de occidente, inclusiva, respetuosa, no sólo tolerante.

Requerimos transformar las pequeñas y regionales plataformas étnicas, indígenas, gremiales y elevarlas al universo de la política. Desechemos la defensa del folclore como programa máximo, destruyamos la creencia que el folclore es la casa que habitamos. No solicitamos ya un espacio marginal dentro de occidente; reclamamos el espacio que le corresponde a cualquier cultura madre. Tampoco aspiramos a ser voceros de una causa sectaria y estrecha. Debemos hablar por la integridad de los peruanos: andinos, andinos de la amazonía, mestizos, occidentalizados, negros, chinos. La nuestra no es una causa racial, es cultural. El color de la piel no define nuestras fronteras. Para nosotros la importancia de la cultura se impone sobre conceptos raciales aniquilados por la ciencia moderna; nos alejamos de clasificaciones biológicas y estrechamos lazos con la cultura. Esta visión implica optar, decidir, unirse a una causa, a un modo de vivir, es asumir una cosmogonía que nos viste, nos conduce, sin saberlo nosotros. Nos conduce la razón y el derecho de organizar nuestro país de acuerdo a nuestros códigos culturales que es un concepto que invalida cualquier disquisición básicamente biológica. Por ello nadie puede ser occidental ni andino por obligación y encargo externo; cada ser toma una opción en el camino de su realización plena.

Esta no es, reitero, una obra partidaria; es colectiva; construcción no excluyente ni de revancha de los vencidos. Lo que debemos alcanzar es una nación multicultural, multiétnica, donde se cobijen todas las sangres, todas las patrias. La hegemonía que hoy ejerce occidente debe ser transferida a la cultura andina; la unidad la recogeremos de nuestra diversidad cultural. Es este el mensaje central. El objetivo y los métodos no pueden alejarse de propósitos ni de instrumentos políticos. La meta final es la construcción de una nación con soberanía cultural. A esta tarea están todos convocados.

No pretendemos la renacida continuidad indigenista de antaño. Tampoco propugnamos el resurgimiento de fenecidas asociaciones pro indígenas o de folclóricos esfuerzos para insertar la cultura andina en la marginalidad de occidente. Menos pretendemos el renacimiento del fenecido Imperio del Tahuantinsuyo, fruto de otro tiempo y espacio. Nos interesa el hoy y el futuro; restaurar el pasado no es el camino. A la soberanía cultural andina se puede adherir cualquier peruano sin importar su origen étnico o cultural. El propósito es construir la nación en torno al eje cultural andino. Este espacio de confluencia será el territorio de los acuerdos y los consensos con otras expresiones culturales que tienen legítimamente el derecho de ser participes de las decisiones que conduzcan a nuestra patria al desarrollo y a la superación de lacras vergonzosas y centenarias. Somos la expresión política de una cultura que ha luchado cinco siglos por su supervivencia y que anhela reconstruirla recuperando su patria de la órbita occidental. Queremos contribuir a la construcción de una nueva cultura que edifique a nivel continental una nueva civilización.

La sustitución del estado monocultural por otro pluricultural, significa autonomía política para los espacios culturales y unidad política en el estado nacional. Equivale a autogobierno en los procesos económicos, educativos, financieros, culturales y sometimiento al estado nacional en política internacional y defensa nacional.

En el ámbito de las acciones concretas debemos de señalar que los fundamentos de la nación deben asentarse en la comunidad de base; hacer uso de sus principios básicos y adecuarla a la modernidad. Occidente no ha podido construir una identidad social, profunda, permanente, desde las identidades individuales. En cambio, los andinos procreamos las identidades personales desde lo social. No es casualidad que la estructura del quechua privilegie la identidad colectiva. Debemos poner en cuestión la homogeneidad mercantil industrial por otra clase de modernización económica que surja de los hábitos, habilidades y racionalidad del mundo andino. Esta nueva racionalidad puede verse hoy en el emporio de Gamarra, parque industrial de Villa el Salvador, la agrupación de comerciantes ayamaras de Huayocachi y distintos centros industriales y comerciales que han usado formas modernas de reciprocidad y laboriosidad andina, transformando caducos modos de organización occidental. Con estos criterios requerimos rediseñar nuestra estructura productiva y reubicar a nuestro país en el contexto productivo internacional, construyendo en primer lugar nuestra seguridad alimentaria. Requerimos abordar primordialmente el terreno de la agricultura, forestería, ganadería, minería, pesquería e industria.

Es necesario rediseñar nuestra estructura espacial de asentamiento poblacional. Debemos reconquistar los andes; por lo tanto trasladar la sede del poder político al interior andino. Requerimos rescatar valores de vinculación y conservación de la naturaleza. En este punto el sistema educativo tiene rol preponderante. Diseñemos la pluralidad educativa, replanteemos profundamente los principios que ahora la sustentan. Debemos trasladar a las aulas el contenido completo de la cosmovisión andina, sin desmedro del conocimiento y asimilación de otras culturas. La educación para el trabajo, la producción y el rescate de nuestra cultura. Una educación que se imparta en la lengua materna de los estudiantes. Un sistema educativo que construya ciudadanía y nos haga una sola colectividad dentro de la diversidad.

El modelo de desarrollo deberá priorizar el mercado interno sin desvincularse de la economía mundial. Nuestros costos de producción deben de reflejar los estándares internacionales. Nuestra inserción en la economía internacional debe romper nuestro antiguo vínculo de proveedor de materias primas e importador de productos terminados y tecnología. Debemos usar las específicas e irrepetibles condiciones geográficas y climáticas para satisfacer nuestra demanda interna y exportar los excedentes. Esto significa el rescate de toda la tecnología andina, revisarla, ponerla al día.

Se requiere la unidad continental, en camino a la construcción de una nueva civilización, camino que verán resuelto sucesivas generaciones. Mientras, requerimos la unidad de los iguales, la unidad de los andinos. Por tanto será de primordial importancia reconstruir la unidad territorial que fuera patrimonio compartido de estas naciones hoy artificialmente separadas. Es prioritario trabajar con los pueblos andinos de Bolivia y Ecuador. Construyamos la confederación de pueblos andinos, busquemos su concreción en el más breve plazo posible. Esto equivale a integrarnos políticamente como hijos de una sola madre. Debemos caminar a la concreción de un solo Estado, un solo país.

Desde diversos ámbitos surgen voces que denotan la misma intención de construir el reencuentro con nuestra identidad andina. El proceso empieza a madurar. Es tiempo de reunir esfuerzos, organizar voluntades, integrar nuestras antiguas experiencias con las nuevas voces, los nuevos cantos. Integrémonos en la construcción de esta nueva síntesis que deja ver cada vez más un rostro librado de los fantasmas del pasado. Propiciemos la organización de todos aquellos que se sienten herederos de la tradición andina, hoy constreñida en los espacios de la vergüenza y el olvido.

Se requiere construir juntos una sociedad ajustada a sus leyes y tradiciones que gratifique nuestra ética del trabajo, ausente de privilegios, equitativa, de igualdad de oportunidades para todos y que promueva el aprovechamiento racional y sostenido de la riqueza nacional. Que oriente nuestras vidas a la integración de la nación dentro de las más variadas formas culturales, estrechamente vinculados al vasto territorio latinoamericano, hogar mayor de nuestras raíces y cultura desde el cual reclamamos con justicia construir una nueva civilización que nos otorgue ciudadanía universal.

Apostamos tercamente por persistir, por seguir hurgando en nuestro compromiso con la nación, soñando con un pueblo dueño de su propia historia, desarrollado y próspero, abierto al mundo, orgulloso de su cultura, persistiendo en la vieja ilusión de construir una patria como quería Arguedas … en la que cualquier hombre no engrilletado y embrutecido pueda vivir, feliz, todas las patrias, en una sola nación.

Nuestras reservas éticas y morales se confunden con los siglos. Somos parte de esa dolorosa síntesis que vamos logrando entre nuestra marginalidad occidental y la utopía andina, proceso de ríos profundos que apenas afloran ahora luego de una larga lucha de confrontación con el país oficial. Provenimos de las entrañas de nuestras minas, de nuestros campos y de nuestras aguas, por eso nuestra filial vinculación con el país, con su destino.

La cultura dominante no ha desaparecido en nosotros la magia ni el mito que alimenta nuestras vidas cotidianas de trabajo y sacrificio. No somos, como algunos podrían creer, una muestra de museo perdido en el laberinto de la historia pasada. No, aún amanecemos y anochecemos premunidos de la cultura fresca de nuestros ancestros. Aún permanece en nosotros, firme y enhiesta nuestra cultura madre, como un río caudaloso que es necesario reencauzar. Muchos nos expresamos en la lengua madre, otros hablamos en el idioma de los vencedores acomodada a nuestra lengua, otros pensamos en runa simi y nos expresamos en castellano; pero, todos, cuando nos sentimos solos y desamparados, continuamos volviendo la mirada a nuestros apus tutelares y nos hermanamos cuando palpamos y conversamos con la piedra sobre la que está fundada nuestra cultura. ¿Somos por eso, animistas, arcaicos?, ¿somos por eso, excluyentes y peligroso portadores de exclusiones y de aventurerismos mesiánicos? No, sabemos ser modernos, adelantados en artes y oficios; ahora ya manejamos telares digitales, organizamos industrias, dirigimos compañías que comercian con el extranjero, laboramos en laboratorios. Somos la herencia de los mitimaes antiguos, nos hemos trasladado a todos los confines de nuestra patria. Podemos decir que poblamos todos los valles; somos como almas perdidas en busca de nuestros padres. Mientras no los reimplantemos en nuestras vidas, la nuestra será un largo peregrinar como el que hizo Huamán Poma en su tiempo, o el largo viaje interno que hizo Garcilaso en busca de su identidad perdida o la que llevó al sacrificio a José María Arguedas.

Sin nuestra identidad nada somos, sin saber de nuestros padres, sin recogerlos de manos extraños, nada seremos. Dicen que los pueblos también pueden cobijarse en un diván. Es algo que tenemos que hacer, todos juntos. Hallar nuestra conciencia perdida, nuestros cantos y nuestra lengua. Nuestra travesía es hacia el futuro, a los horizontes que van más allá del Ausangati y se extienden hasta todos nuestros andes, costa y nuestra amazonia. Nuestra travesía es con las conquistas que hemos hecho a lo largo de estos siglos, nos pertenecen. Tenemos el rayo, los truenos, los átomos de nuestra parte.

Aquí está nuestro José María Arguedas, voz de Túpac Amaru, para decirlo:

Desde el día en que tú hablaste, desde el tiempo en que luchaste con el acerado y sanguinario español, desde el instante en que le escupiste a la cara; desde cuando tu hirviente sangre se derramó sobre la hirviente tierra, en mi corazón se apagó la paz y la resignación.

A pesar de tantos siglos de ser considerados seres sin alma ni raciocinio, apneas un poco más que los mastines de los encomenderos y un poquito más que los allcos de los hacendados, nos dimos maña para teñir con nuestros colores a todo el espacio de esta patria nuestra.

Escúchalos, padre mío, Serpiente Dios. ¡Estamos vivos; todavía somos! Del movimiento de los ríos y las piedras, de la danza de árboles y montañas, de su movimiento, bebemos sangre poderosa, cada vez más fuerte. ¡Nos estamos levantando, por tu casa, recordando tu nombre y tu muerte!

Estamos aquí sanitos, alegres, vigorosos, ahítos de nuestras costumbres, de nuestra música, cantos y ceremonias. Hablamos todavía en nuestra propia lengua y así, al lado de nuestros quepis, nuestras guaguas, animalitos, tiestos, hemos invadido cerros infértiles, arenales incandescentes y los hemos forzado a producir. Hoy día habitamos en cada rincón de nuestra patria y no hay peruano que se pueda entender como parte de este territorio si no acude a revisar su savia andina, sin reconocerse hijo de la cultura madre.

Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestro corazón lo alcanzamos, lo penetramos; con nuestro regocijo no extinguido, con la relampagueante alegría del hombre sufriente que tiene el poder de todos los cielos, con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de lavar algo las culpas por siglos sedimentadas en esta cabeza corrompida de los falsos wiraqochas, con lágrimas, amor o fuego. ¡Con lo que sea! Somos miles de millares, aquí, ahora. Estamos juntos; nos hemos congregado pueblo por pueblo, nombre por nombre, y estamos apretando a esta inmensa ciudad que nos odiaba, que nos despreciaba como a excremento de caballos.


Los andinos no somos aculturados. Quinientos años después de la razón de las armas, la violencia y coerción, nuestra cultura original está aquí en la palma de nuestras manos, en la cúspide nuestros corazones. Occidente es apenas una brizna de tiempo en medio de nuestro largo camino hacia nosotros mismos.





Texto agregado el 24-03-2012, y leído por 145 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
24-03-2012 Puse un comentario largo y no fue aceptado. Ensayo serio y profundo. Es una utopía, realizable en muy largo tiempo. simasima
 
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