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LA ÚLTIMA TRAICIÓN DE RITA HAYWORTH.
(Cuento corto) Serie Negra.
Por: DANIEL O. JOBBEL



En los últimos contactos que tuvieron con Luis Alberto Pazos, sus familiares no advirtieron nada extraño. Además, nadie en el vecindario lo escuchó gritar ni pedir ayuda.
Ahí tienes una auténtica historia, dijo Gerardo.
Quieres una historia, ¡ahí la tienes!
Trata de llenar la pipa, pero le temblaban las manos, y el tabaco cayó y se esparció por la alfombra. Es una historia verídica, ¡Hacé el favor de contarla! ¡Eso sí! Sin pasarte de la raya.
¡Ah, mirá vos!, dije con voz socarrona. ¿Sin pasarme de la raya?
Es que no se necesita ser un García Márquez para escribirla, dijo Gerardo. Aún falta el final.
¿Y?, atiné a decir.
Espera, ya va a llegar, me dijo.
Yo no pude con mi genio y reí. Gerardo se levantó del sofá medio ofuscado...
Si fueras un escritor de verdad, convertiría esta historia en palabras y no haría tanta mala cara, espetó. En realidad tenía cierta razón no era un gran escritor, así que tomé lo que me dijo como pude. Tragué saliva y fui al cántaro, a escribirla, sin saber que el final de la crónica lo inventaría yo.
Buenas noches, saludó Gerardo con cierto regocijo. Con aire de caballero. Sabiendo que yo escribiría la historia.
Chau, buenas noches…
Es legítimo imaginar, que lo que se cuenta, aunque se trate de una especulación gratuita, no verificable, que haya sido una traición de mi amigo Gerardo. Excede todos los límites. Parece haberle arrimado un título tan parecido al de una novela de Manuel Puig. Pero no. Gerardo a de ser extremadamente crudo. Un fans de Rita Hayworth. Tal es así que su esposa lleva el mismo nombre. Usted dirá, tiene velocidad y la falta de escrúpulos suficientes de un autodidacta salvaje, pero también es un extraño caso. Empecinado. El tipo con una autoridad conceptual que solo parece posible adquirir fatigando la tradición y los protocolos de esta disciplina, la del escribiente. Gerardo, lo sabía. Por eso aquella vez tomó confianza y pidió que el relato lo hiciese yo.
No tenía intención de sacar a relucir cierta vaguedad, dijo, pero, a la vista de tu comportamiento en esta noche, quiero decir que he estado en falta. No debí hablar de ese modo. Soy un maleducado. Pido perdón si acaso. Lo dijo Gerardo, con notable suficiencia y no supe responderle.

Traicionar es un trabajo mal pago, dice Gerardo.
Cuando vieron la película francesa “Qu'ils reposent en révolte (des figures des guerres)” de Sylvian George, sobre las duras condiciones que sufren los inmigrantes africanos en Europa; esa noche en el Bafici, tuvieron una agarrada con Rita, su mujer. Una pelea verbal que viene al caso. Con cautela abrió los ojos. Rita se había llevado una mano a la cara y lloraba. No se sabía si por la noche de cine o por la sutil confesión.
¿Qué pasó? ¿Porqué lo hiciste, Rita?, preguntó Gerardo.
Rita sacudió la cabeza sin alzar la vista.
¡Qué sentido tiene que te lo cuente! Sí la mujer de Pazos no se ahorró detalle. Además le creés más a ella que a mí...
Su mente acusó el impacto. Por espacio de unos instantes no pudo sino mirarse muda y fijamente las manos.
¡Lo sabía! Esa bruja de mierda me vendió. Y la mente le rugió al constatar que lo sabía.
¡Dios! ¡No! ¡Rita! ¡Que cagada!, dijo, apartándose bruscamente de la mesa.
¡La puta madre, carajo!
¡Por favor, Gerardo! ¡Entiéndeme cuando te hablo! ¡Te equivocás! , dijo ella, echando la cabeza hacia atrás.
¡Te dejaste, carajo!
¡No!
¡Te dejaste, sí!, gritó él.
No, no. ¡Es que no entiendes!, suplicó ella.
¡Te dejaste! ¡Accediste a probarlo! ¿No es cierto? No mientas...
Bajá un cambio, querés Gerardo. ¡A probarlo! ¡No tenés vergüenza!
Lo buscaste. ¿No fueron esas sus palabras? ¡Contéstame! –Gritó- ¿Lo estabas probando, no?
Escúchame, te juro que no fue así, y acá queda todo, eh, ¡imbécil! A mí me vas a decir lo que tengo que hacer con mi vida. ¿Te sentís bien con lo que estás haciendo? ¿Te sentís bien cómo los estás tratando a los chicos y cómo me estás tratando a mí? ¿Te hace bien Gerardo? ¿Te das cuenta de lo fuera de contexto y lo mal que estás psicológicamente?; ¿Te das cuenta del daño que estás generando? ¿Por qué no te serenás, por qué no te vas a dormir Gerardo? Andate a dormir. Dejá de tirar veneno.
Esto lo generaste vos con tu egoísmo.
Yo no generé nada.
¡Oh, Dios! ¡Maldita seas! Y Gerado arrugó con un silencio parco.
Esa noche no todo quedó ahí…
Un día él no soportó más y le dijo que había sido traicionado. Justo él, nada más que él. Rita hizo como que no le entendiese. ¿Traición? Cuando le explicó Rita le dijo que no podía ser,
Y que hay de esas con que saliste antes, ahora, y después;
Má que esas, que no salí con nadie;
Ah y dudás de mí, me tratás de puta barata, cuando vos te revolcaste con cuanta pasara por ahí.
Y él le dijo, morite y dejáme de joder, y vos ¿que hay del vidriero ese eh?
Y ella, no me vas a ver más me voy a morir traidor de mierda, hijo de puta, y todavía dudás.

Siempre, como esa noche, un duende suelto le da letra al inicio de una charla. Tomé el taxi de un Arjona exquis. Anónimo. A locutor baldío, nada mejor que taxista locuaz. Los taxistas (en especial los nuestros) más que oficio son una literatura. ¿Que fantaseo? Salía yo sábado de noche cuando las frases del taxista que me llevó al sitio convenido por Gerardo. Voces pedían ser oídas y dejé que se desfogaran en su nombre. El tipo estaba "sacado". Al menos, parecía. Se lo pasó mirando hacia atrás y no dejó de despotricar: No hay laburo por culpa de ellos. ¿Están todos locos?
¿Quiénes?
¡Los autos! Se les da por salir al mismo tiempo. No aguantan en sus casas y se les da por rajar a la misma hora. Hay cualquier cantidad. En los shoppings, en las plazas, yirando al cuete. No quedó ninguno.
El "ninguno" olía a Kafka. Le aclaré, con calma, que sería "la gente", no "los autos".
¿Ah sí...? ¿Lo dice en serio? Qué gente ni gente. Aquí ya no queda gente. ¡Aquí solo viven los autos! ¡Y mandan ellos! ¡Aquí la gente hace lo que quieren los autos! Imagine capo. Es que los taxistas son locuaces pintores de paisajes, a veces atroces: pura inspiración. Su ira ante los automovilitas hizo que le recordara un arduo comentario de Arthur Clarke de medio siglo atrás. Decía el tipo, que, de existir extraterrestres y sobrevolar la Tierra por el lado de Los Ángeles y sus freeways entre las 6 de la tarde, lo primero que pensarían es que los terrestres son automóviles. Que los "muñecos" alzando mangueras y corriendo raudos a orinar o comprar gaseosas no serían más que gomosos periféricos de morondanga al servicio de la multitud de bólidos rugiendo en el paisaje. Al fin llegue la oscura calle Harding, en busca del rumor.

Luis Alberto Pazos, un vidriero de 30 años que vivía en un departamento de pasillo de Ludueña Norte, fue asesinado a puñaladas ayer en su vivienda de Harding al 1000, en cercanías del parque Scalabrini Ortiz. Al Chavo, como lo conocían sus íntimos, le asestaron "entre 33 y 35 puñaladas". Fue encontrado por su prima en la cocina del que fuera su hogar. Para ingresar, junto con un vecino, tuvieron que forzar las puertas de chapa del pasillo y de la casa con una maza y un cortafierros ya que ambas estaban cerradas con llave.
Esto, para Philip Marlowe, hubiese sido un simple monólogo en “The lady in the lake” (1943). Sencillo. Es más hubiese indicado que habría sido atacado por alguien conocido o de su confianza. Pero para las pesquisas locales, todo un intríngulis. En las paredes y en el piso de la vivienda quedaron numerosas manchas de sangre que dieron testimonio de que Pazos peleó hasta morir. Sólo en la zona alta del pecho tenía al menos ocho puntazos.
En un primer momento, ante los testimonios de los familiares de la víctima, la pesquisa se orientó hacia un crimen pasional que hizo recordar esa milonga de Edmundo Rivero que describía el mortal desenlace de una infidelidad: "Con gran tranquilidad, amablemente, le fajó treinta y cuatro puñaladas".
Es que Pazos se había separado de su esposa el miércoles pasado. Sus familiares indicaron que la mujer vació la casa y se fue con los dos hijos de la pareja, de 8 y 5 años. También indicaron que la suegra de Pazos lo había amenazado de muerte, algo que no quedó asentado en ninguna dependencia oficial. Sin embargo, luego se fueron incorporando otras hipótesis que rozaban la venganza y hasta el "ajuste de cuentas". Harding 1074, entre Stephenson y Cangallo, a 70 metros de la escuela salesiana Santo Domingo Savio. Allí está ubicado el departamento de pasillo que alquilaba Luis Chavo Pazos.
De las tres viviendas de ese pasillo, la del Chavo es la única que tiene ventanas a la calle: la de una habitación, que está enrejada, y el ventiluz de la cocina. En ese lugar hasta el miércoles pasado residieron además de este hombre de 30 años, y oriundo de Santiago del Estero, su esposa y sus dos hijos.

La ruptura. Pero a mitad de semana la mujer se fue del hogar y, según los primos de Pazos, vació la casa. "Sólo le dejó la cama de dos plazas y un colchón, después se llevó todo", explicó Víctor, uno de los primos del hombre fallecido, que reside en el departamento contiguo. De la separación la mujer dejó dos registros en la comisaría 8ª. Uno para anunciar que se iba. Y el otro para contar que ya se había marchado. A la mujer, de 26 años, ayer le tomaron declaración testimonial.
El Chavo trabajaba como vidriero para una empresa. Sus familiares lo definieron como "un tipo que se la pasaba laburando de lunes a sábados". Comentaron en medio de la conmoción que "tenía algunos problemas con su esposa porque ella era muy religiosa, concurría a una iglesia cristiana de Santiago al 55 bis, y en todo le veía el mal. No podía ver televisión, porque era un pecado. No podía tomar, porque era un pecado. Y mi primo se empezó a cansar y se quería separar", relató Liliana, la prima de la víctima, que fue quien lo halló.
Con el devenir de la charla, la familia Pazos puso en la mira a la ex suegra del muchacho. "Siempre le decía que lo iba a hacer matar. Que no tenía problemas en mandar un tipo para que lo matara", recordó otro familiar, en estado de turbación, en la puerta de la casa. Según la familia todo eso se daba porque el Chavo se quería separar. En el lugar también se pudo escuchar que Pazos tenía problemas de adicción a las drogas.

El hallazgo. Pazos fue encontrado sin vida pocos minutos antes de las 9 de la mañana, cuando Liliana llegó a Harding 1074 y vio que el vidrio del ventiluz que da a la calle estaba roto de adentro hacia afuera. Los restos de los vidrios tenían manchas de sangre. Entonces comenzó a golpear la puerta, que estaba cerrada con llave.
Enseguida la mujer pidió ayuda a un vecino que estaba enfrente de la casa tomando unos mates en la vereda. "La oí gritar y hablar llorando por celular. Me acerqué y le ofrecí ayuda. Me dijo que algo no estaba bien. Que su primo estaba herido y que la puerta estaba cerrada con llave. Con un martillo y una maza violentamos la puerta y cuando entramos estaba el muchacho tirado, ensangrentado, al lado de la mesada de la cocina. Terrible", explicó el hombre.
Cuando la puerta se abrió pudo verse un escenario de horror. Las manchas de sangre que salpicaban las paredes y el piso de cerámico de la cocina daban idea de que Pazos se resistió y luchó hasta morir. El cuerpo del Chavo estaba boca abajo con un puntazo muy visible en la espalda a la altura del riñón derecho. Estiman que recibió algunos puntazos después de muerto. Había huellas de calzado sobre la sangre. En el dormitorio los pocos muebles que quedaban estaban revueltos y había manchas de sangre sobre el colchón. El diario del día estaba tirado a un costado de la cama.
"Fue planeado".Se lo encontró tirado en el piso. No se sabía si estaba muerto, pero había sangre por todos lados. Sus primos, que viven en el departamento contiguo y cenaron con él el viernes por la noche. Y no notaron nada raro. El sábado no lo vieron. En la casa se hallaron restos de comida pero era imposible precisar si eran del almuerzo o la cena. Algunos vecinos vieron ingresar al pasillo a una persona a la 1.30, pero nadie se atrevía a asegurar quién. La última señal de vida en la casa de Pazos fue a las 6.30 de ayer, cuando el diariero dejó el matutino del domingo por la ventana de la habitación. "Alguien agarró el diario, pero el canillita no puede decir si era Pazos".
La persona que mató al Chavo Pazos era conocida o de su confianza. Tras asesinarlo cerró la casa con llave. Fueron entre 33 y 35 puntazos. Tiene algunos profundos y otros superficiales. No hubo robo. Puede ser un crimen pasional, aunque no se descartan hipótesis. Algunos pensaron en Gerardo. ¿Indicios? El arma utilizada, encontrada en una alcantarilla, sin huellas, tiene en el mango grabado, la traición de Rita Hayworth y una hoja un poco más larga que un cuchillo de cocina.-



Texto agregado el 02-03-2012, y leído por 201 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
19-07-2012 FELICITACIONES. Te dejo un enlace relacionado que te gustará: http://www.youtube.com/watch_popup?v=mz3CPzdCDws ZEPOL
06-03-2012 Felicitaciones, te soy honesto al principio un poco lento pero despues descubras la trama del cuento y no paras de leerlo, ese misterio envuelto entre un crimen pasional. Abrazos. esclavo_moderno
 
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