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Sentía una gran curiosidad por lo que hablaban, a veces, al pasar, oía palabras que estimulaban su imaginación, aunque no comprendía cómo podían provenir de aquellas viejitas.

Trabajaba en esa residencia de la tercera edad porque no era una residencia normal, desde lejos olía a dinero, lujo y comodidad. Ella se aburría en casa, esperando un hombre que llegaba cansado, sin ganas de revolcones y como única atención un solo beso distraído en la mejilla. Entonces decidió aceptar la oferta de ser una enfermera por horas para entretener el tiempo en un trabajo que no empañaba su prestigio de señora bien.

Desde el principio, las dos viejecitas, radiantes, muy bien vestidas, cuchicheando, señalando con disimulo, le llamaron poderosamente la atención. Un día, al pasar cerca de ellas, oyó:

_El me decía que lo notaba húmedo y jugosito.

Se volvió sin disimulo, con una mirada tan sorprendida que la viejita, la miró con descaro y le dijo:

_ ¡Niña!, yo también fui joven como tú.

Nerviosa, dando traspiés, se alejó de allí, pero la curiosidad, por saber la historia de la mujer que desobedecía ordenes, tratamientos y siempre hacía lo que le daba la gana por más que se la reprendiera, ya no salía de su mente.

En aquel interminable día de fiesta, la residencia estaba casi vacía; los pocos ancianos a los que sus familias no habían visitado ni recogido parecían estar en otro mundo, muy callados. Presentía que tendría demasiado tiempo para pensar en su vida aburrida y sin ilusiones, pero de pronto, su mente la alertó: Problemas.

El ruido de unos altos tacones inundó el silencioso comedor. No tuvo dudas a quién pertenecían y se preguntó de dónde los habría sacado tras habérselos confiscado en la última inspección como consecuencia de otra caída. ¿Dónde los escondería?

Entró en el comedor y al mirarla pensó sonriendo:” ¡Joder con la viejita!”

Efectivamente, altos tacones, una muleta para ayudarse a llevarlos, un vestido de otra época pero tan especial que lo hubiese robado para ella, melenita blanca y como siempre muy pintados los labios. Realmente intentaba buscarle problemas esa noche, por lo que resueltamente se dirigió hacia ella, pero las palabras no salieron de su boca, se adelantaron las de la mujer:

_ Relájate, niña, que vas a envejecer muy mal. Si te portas bien, te regalaré mi vestido, que he visto cómo lo mirabas.

Y continuó:
_ ¿Por qué no estás en casa?
He comprobado que trabajas todas las fiestas, haces más turnos que ninguna otra enfermera y cuando te vas parece que regresas a la nada.

La miró con odio, en tan pocas palabras había descrito su vida, por lo que empleó el poder otorgado a su bata blanca:

_ ¡Con tacones otra vez!, ahora mismo se los quita, la responsable si se vuelve a caer seré yo, es usted una anciana descarada que sólo causa problemas.

Lejos de mostrarse arrepentida, la viejita contestó:

_Niña que sonrías o mejor que te follen bien. Anda, siéntate conmigo en esta noche de celebraciones y te contaré una historia que si no te hace sonreír, prometo que mi sobrino no volverá a traerme tacones a escondidas. Y ya te acabo de contar un secreto.

De pronto, recordó los comentarios cuchicheados y deseó saberlo todo de aquella mujer incorregible que no causaba más problemas que a sí misma.

Clac, clac, los tacones resonaron, al mirárselos la viejita le dijo:

_En mi época, llevábamos tacones altísimos que sonaban, aunque queríamos que lo hiciesen, sobre cualquier suelo; por el ruido que emitían los chicos nos llamaban las "claquer” y nosotras los hacíamos repiquetear con más fuerza.

_Zapatos tengo a montones y Álvaro me los trae a escondidas, cuando tras vuestras redadas me los quitáis. Pero no me preocupa, quedan todavía muchos, moriré antes de que se acaben.

La enfermera ya sólo atendía sus palabras:

_ ¿A qué se dedicaba usted?

La respuesta la paralizó:

_ Era como tú.

_Ven siéntate a mi lado, no creo que nadie te moleste mucho en esta noche y si no, pastillazo y a dormir. Te contaré mi historia.

La viejita acomodó su débil cuerpo, con disimulo se quitó el alto zapato derecho, acomodó la seda del vestido y mirándola, comentó:

_ Me aburría tanto como tú, trabajaba más aún, resolvía problemas, escuchaba, en el coche pasaba tantas horas que ya formaba parte de mí y también me divertía conmigo misma, tengo dedos. ¡Niña, cierra la boca! o ¿es que tú no los usas?

El rubor y los balbuceos fueron cortados de golpe:

_Pero descubrí que es mejor un cuerpo a quien abrazar y lo encontré.

Con ansiedad la enfermera la miró.

_ ¿Dónde?

La viejita soltó una gran carcajada:

_Eso es lo único que no contaré nunca. Pero lo encontré, tuve muchas dudas, fui muy feliz, con peleas que también hubo y ratos de malos rollos, como en todas las parejas y sobre todo no olvidaré nunca un día de otoño. Comenzó por la mañana, recuerdo que me sorprendió oír tan pronto su voz, no lo esperaba, él tenía una fiesta familiar y ni siquiera creía que se acordaría de mí. Pero allí estaba, llamándome niña y preguntándome qué hacía.

Durante unos momentos la viejita calló, su expresión se volvió muy dulce, ensimismada, sonrió.

El tiempo se hizo tan largo qué la enfermera insistió:

_ ¿No me va a contar nada más?

La mujer continuó su relato:

_Realmente le acababa de conocer y no pertenecía a su familia, pero a media tarde me llamó y el " niña, quieres que vaya a buscarte", estaba en mis oídos.

_ Me puse el mismo vestido con el que le conocí, los zapatos altísimos y su mano ya no soltó la mía. Me besaba, se dejaba besar en cualquier momento y lugar, excepto en el bar. Creo que en mi vida me han aireado tanto, decía que los amores hay que "airearlos" y cuando la noche era casi madrugada me llevó a casa.

La viejita notó la expectación de la enfermera y una pequeña risita se escapó de sus labios.

_Cuando abrí la puerta salió mi perrita y como gran recibimiento le pegó un mordisco en la mano, siempre le había consentido todo y entonces no iba a cambiar, además, tampoco era para tanto, solo le demostró que era un desconocido en nuestras vidas.

_Desprendió el único botón del vestido sin mucha gracia, le ayudé y cuando vio mis tetas, sí, niña, mis tetas, le encantaron. Yo las tenía olvidadas desde siempre y mientras sus dedos masajeaban mis pezones, no pude menos de bajar la mano y meterla en su pantalón.

_Después dijo que su dios le había mandado a la tierra para hacerme feliz; hizo que mi cuerpo subiese y bajase de una gran montaña a donde la mente lograba siempre alcanzar, pero que nunca podrían hacerlo los pies.

_Fui tan mujer como nadie lo será jamás, y cuando dijo que todo era por amor a dios mi risa no podía parar.

_No hay nada mejor en este mundo que pisar senderos de baldosas amarillas, que te cuenten cuentos al oído amándote y encima digan que es porque un dios lo ha mandado.

Narrado todo de un tirón y con tanta fuerza, la respiración de la viejita preocupó a aquella enfermera envidiosa de esos recuerdos, pero al verla sonreír con gesto malicioso, no le cupo ninguna duda: De ésta la viejita no se moriría.

_Creo qué dormité sobre su hombro, solo un ratito, muy pequeño. Después volvió a empezar y mi cuerpo respondió. La concha estaba húmeda y resbaladiza, tanto que me avergoncé, sentía que no podía contener el deseo y siempre sus besos. Nunca nadie se dejará besar tanto como él.

La luz del día me despertó, nuevas caricias y más besos y una pregunta:
"¿Tienes champan?". El brindis fue atrevido:" ¿Firmamos por mil por polvos? "

_Callada, con el cava penetrando en la cabeza me recibieron las sábanas y creo que los mil polvos los gasté todos en aquella mañana.

_Ya entrada la tarde, se fue, entonces despertó el dolor de mi cuerpo: la piel dolía, la nariz sangraba, dolían las caderas, la vagina tenía un tono rojo escarlata y palpitaba aún de tanto deseo, la boca estaba tan enrojecida que nadie al mirarme dudaría lo que había sentido y en qué había empleado el tiempo.

Mi cuerpo se había dado el banquete de toda su vida, olía entera a vida.

La enfermera, con los labios entreabiertos, y voz temblorosa añadió:

_ Después ¿qué ocurrió?

La viejita, una feminista radical, descreída del mundo, de dios y de los hombres, con una gran carcajada, respondió:

_Niña, eso sólo ocurre una vez en la vida, los hombres, todos, dicen ser los mejores amantes, pero la verdad, la única verdad es que solo una vez en toda su existencia lo son.

En la cara de la enfermera se pintaba un gesto de admiración, perplejidad y los dientes dolorosamente apretaban sus labios.

La viejita hizo un gesto de no hay nada más, mirándola con picardía le dijo:

_Creo que lucirás mi vestido, ¡niña!

Atrevida buscó el zapato, acomodó el vestido, coqueta, se apoyó en la muleta y dejando que el "clac" llenara la noche del inerte salón, se volvió y un guiño puso en su rostro el valor que se da a los recuerdos.

Texto agregado el 22-02-2012, y leído por 147 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
28-06-2012 Esta parte me dejó sin palabras: //_Niña, eso sólo ocurre una vez en la vida, los hombres, todos, dicen ser los mejores amantes, pero la verdad, la única verdad es que solo una vez en toda su existencia lo son.// Jajajaja,qué excelente texto******* Victoria 6236013
23-02-2012 Me quedé sin aire...Un texto magistral como hace mucho no leo, felicitaciones!!!****** silvimar-
22-02-2012 Mujer que texto, sigamos los consejos de esta sabia.Gracias amiga me encantó******* shosha
 
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