Odas de un hombre muerto
Son ocasos, son amaneceres, son los pálpitos fugaces llenos de furias asesinas. Amantes de amargos destellos, de dolores irónicos e insensatos, de un iluso e ilógico ser degradado en una sombra fugaz.
Tiene alas, pero no vuela; tiene manos, pero no siente; tiene ojos, pero no ve; tiene pies, pero no camina, y un nombre que ya no recuerda.
Forastero en tierras desiertas y malditas, oculto tras las huellas del tiempo, te desangras por tus múltiples heridas, lloras sin saber siquiera el nombre de tan nefasta necesidad.
Te has convertido en la oda de un hombre muerto, víctima de tu propio ego. Obsequiaste al hombre el libre albedrío; le diste poder por amor. ¿Y qué ganaste? Tú condena: ¡LIBERTAD!, el nombre de tu verdugo.
Ámense los unos a los otros, aún lo proclamas. Sacando de tus flancos destazados tan hermoso y puro puñal: '¡LIBERTAD!'. Calla, corre, colócate a salvo, las ratas te persiguen tras los rastros de sangre.
Naces y mueres en la oda de un hombre muerto. Eres un rey sin trono, un héroe caído, un ídolo olvidado. Vives del olvido, recordando al hijo maldecido por el padre.
Extrañas tu trono, tu elemento vital: el poder. Aún después de tanto tiempo, no eres ángel ni demonio, sino un simple mortal. Si ayer fuiste padre, hijo y espíritu santo, sabes que hoy sólo eres un hombre más sin rostro. Una oda inconclusa, fragmento de un sueño roto. Tu identidad se desvanece en la niebla de tu propia ilusión.
© Master Marat |