Sofía y yo nacimos el mismo año, asistimos a la misma escuela y nos conocimos en el mismo salón. Pronto fuimos inseparables. La banca que compartíamos estaba decorada con corazones de un rojo brillante, ella decía que era rojo menstruación; también estaban los nombres de hombre que se nos ocurrían, por esto último, Oscar nos apodó las “pirus”. Sofía, entonces, le propinó una paliza que fue causa de una de sus tantas visitas a la dirección.
Por las tardes hacíamos juntas la tarea. Sofía prefería que fuera en su casa, era exclusiva de nosotras, pues su madre regresaba de su trabajo ya muy entrada la noche. Gracias a ella aprendí a caminar con zapatillas, las plateadas me ajustaban de maravilla, siempre cuide que no se maltrataran y con ello me aseguraba que la madre de Sofía no se enterara de nuestras travesuras.
Al cumplir los 14 años, Javier me pidió que fuera su novia, no acepté hasta no platicarlo con mi amiga. Sofía era una experta en esas diligencias; así que le conté lo ocurrido. Con lujo de detalle me explicó todos sus encuentros amorosos y me advirtió, mirándome a los ojos, que ante todo debía saber besar. De repente, un calorcito invadió mi rostro me vi envuelta entre sus manos, sus labios. Cerré los ojos y una sensación extraña oprimió mi estómago. Jamás había experimentado sentimientos encontrados: tenía vergüenza y disfrutaba el momento; sentía miedo y al mismo tiempo una gran seguridad. Sofía retrocedió y me miro serena para sentenciar lo siguiente: “Cuando sea tu cita, por favor lávate los dientes”.
Llegué tarde al parque al encuentro con mi destino. Mamá dice que la mujer debe darse su lugar, Sofía; en cambio, que la mujer debe darse a desear. Yo sólo quería que Javier me besara. Ahí estaba con su hermosa sonrisa. El tiempo trascurrió; segundos y minutos que lo vi articulando palabras que no me preocupé por entender. El momento del intercambio de miradas se presentó. Su rostro se aproximó y sus labios rozaron los míos. Una sensación de asco me entró por la boca y me bajo al estómago cuando Javier introdujo su lengua y me exploró el paladar. Me separé de él y salí corriendo. Las calles estaban solas, mi casa estaba sola y yo con el recuerdo de Sofía, de sus cálidos labios y de su aroma.
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