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Atrapada, con la llave de esta miserable prisión en mis propias manos. La observo, dorada y brillante, quisiera usarla, quisiera salir y bien podría hacerlo. Recuerdo cuando esta jaula era todo en mi vida, todo lo que necesitaba para existir y ser feliz. Recuerdo lo cálido que se sentía su interior. Pero todo eso acabó y de ella sólo han quedado estas barras y esa puerta. Las retuerzo con la mirada, odio aquello que creé, y sin embargo ese sentimiento es siempre suavizado por un cariño que emerge -quizás- de algún lugar en mi memoria. Por las noches siento el frío abrazo de la estructura como si me ahorcara y trato de quitármela de encima cual una fiera embravecida. Cuando logro deshacerme de ella, de su asfixia y presión, me encuentro a mí misma vestida con unas cadenas que parecieran unirla a mi alma; se me hiela y endurece la sangre y luego comienza a pesar dentro de mí. El hierro en mis venas me arroja al suelo sin piedad alguna y no tengo fuerzas para cargar con un cuerpo tan ajeno a mí. Es inútil abandonarse al sueño, éste se niega a darme un descanso de esta agonía inventada y construida con tanto esfuerzo y dedicación. En ocasiones, recuerdo aquel tiempo en que disfrutaba decorando mi jaulita, la limpiaba, la pulía. Me gustaba ver cómo el sol se adentraba por entre las barras, ahora ya sólo me entretengo detestando las sombras que proyectan durante el día.

… Doce, trece, catorce y quince. “¡Hoy ya son quince barras!”, digo en medio de una risa sarcástica. “¡Quince!”, me burlo de mí misma y de mi locura. “Quince bonitas compañeras de celda, para que te sientas bien acompañada”. Frente a mi aburrimiento y desolación, comencé mecánicamente a agregar más de ellas, personificándolas, poniéndoles nombre e imaginando conversaciones interminables de amigas, doy vueltas en torno a ellas, charlo con una, con otra, con todas... Es duro cuando dejo ese estado de incoherencia y recobro la razón. Me veo sola y aislada en una celda cada vez más cerrada al exterior. Pero amo esa celda, o al menos amo las cenizas -que ya no quedan- de aquello que solía ser. No puedo dejarla, mi alma está atada, dejé tanto de mi vida y de mí misma en ella. No, no tiene caso salir, ¿Quién sería yo, acaso, despojada de todo eso? Me sentiría incluso más vacía… o no. Pero es todo lo que tengo y conozco. No estoy preparada para abandonar lo único que me queda y me pertenece.

….

No esperaba que un pensamiento, una decisión, valiera tanto. Esa noche pude entregarme a Orfeo, por fin, dormí más que nunca. Esperaba que los primeros rayos de la mañana me despertaran, pero por algún motivo nunca los sentí. Al abrir los ojos, luego de un insoportable y largo sueño, me horroricé. No podía creerlo. Mi desesperación pronto se disolvió y, con calma y una cierta alegría siniestra, comencé: “Una, dos, tres, cuatro, cinco… Trece, catorce, quince… veinticinco, veintiséis, veintisiete… cincuenta y nueve, sesenta.” Cubrieron la salida. De hecho, cubrieron todo.
“No había decidido aún…”

Texto agregado el 13-10-2011, y leído por 149 visitantes. (1 voto)


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