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UNA GOTA DE INFIERNO.
(Cuento corto) Serie Negra.
Por: Daniel O. Jobbel.



Me propuse relatar todo lo que suceda con este cuento, que no conozco aún porque ni siquiera lo he pensado. Sé que deseo escribir. De a ratos, la realidad sólo se deja percibir confusamente. Se me asemeja. El escenario ya está preparado para transcribir textualmente todo lo que me salga con la más absoluta naturalidad. Con las palabras casi desnudas, deslizándose arriba y abajo por las páginas en blanco, donde el cuento termina por escribirse a sí mismo.
La plazoleta Rodolfo Walsh es el escenario. Continuaré contando que es una tarde/noche nítida y serena, donde nubes desesperadas y puntuales en el fallecimientos del sol, bailan un ritual de todo horizonte, apenas cruzan el espacio lentas aves, testigos sobre la perspectiva en que se disuelve la luz de un abanico delirante, vida y fuego no existen dice el poeta, son solo ceremonias del cielo. La calle está completamente casi vacía; por lo tanto, con ese ´casi´, habrá pocos testigos que dirán lo suyo, o no, excepto las aves que no hablan. Después de semejante confesión enciendo el primer cigarrillo y automáticamente pienso en el personaje adecuado. La plaza, ubicada en Isola al 300 bis y donde terminan sus recorridos las líneas 146 y 107, volvió a ser noticia por segunda vez en pocos meses el viernes por la tarde.
Había algo en el aire. Dos sombras se desplazaron ágiles entre los árboles de enfrente. Instintivamente un auto a baja velocidad apaga sus luces. Se oyó el ruido de una persiana que se cerraba. Una voz se alzó y un grupo de pibes se dispersa como cuando uno pisa un hormiguero. Entre ellos dos chicas. Hubo varios disparos desde la misma vereda y alguien, sin dejar de correr rocía de balas al grupo. Otro se acercó a los árboles del cordón.
Fue un pibe de gorrita blanca el que contestó desde el umbral. Tres tiros muy rápidos, casi nerviosos, y una sombra se derrumbó detrás de un tapialito cerca del quiosco. Ese otro saltó a la calle y disparó ahora contra la vereda de enfrente y nadie contestó.
Corrió entonces hacia la esquina pero una bala zumbó su cabeza y lo hizo meterse en un zaguán. Por un momento volvió la calma. Gritos, perros que ladran.
En ese momento hubo un chirriar de frenos en la esquina y el auto se cruzó de cordón a cordón sin dejar de acelerar. Enderezó como pudo y salió por el centro de la calle Isola. El del zaguán se lanzó de cabeza dentro del vehículo, mientras el auto clavaba los frenos, cordoneando con las ruedas traseras. La puerta se agito y golpeó contra el árbol. Estalló su ventanilla mientras el tipo se zambullía de panza por el hueco, las piernas le quedaron colgadas y pataleó para ponerse a salvo cuando el conductor había vuelto acelerar y las chapas del Corsa eran penetradas una y otra vez por balazos que cruzaban la calle.
Sin embargo esto sería el principio del fin. La voz no fue muy clara porque el tipo que había hablado desde la puerta misma del auto, estaba con una media que le cubría la cara. El arma qué tenía en la mano era un detalle más, un grosero detalle de muerte. Faltaba una gota de infierno.
Ahora me abstengo de fumar y quedo abstraído con mi mente en blanco, y me asalta la terrible sospecha de que el cuento se está volviendo autónomo. La víctima estaba reunida con un grupo de jóvenes que militan en la facción de Diego O´, principal referente de la barra brava rojinegra. Por este homicidio está acusado A´, un adolescente que es hijo del asesinado ex líder del paravalanchas leproso, quien ya había estado vinculado con otros ataques armados en esa zona, la misma que ha servido de escenario de al menos siete crímenes en tres años.
Olor a pólvora, estampido de balazos, pibes asesinados y nombres recurrentes. Que yo sepa nadie ha explicado esto convenientemente, de modo que lo mejor sea ponerse a explicarlo, despacio y para siempre. Explicar es algo que hacemos todas las veces que nos ocurre algo impensado. Las balaceras volvieron a ser tema de conversación para los aterrados vecinos de los complejos de monoblocks ubicados de avenida Grandoli hacia el río Paraná, en jurisdicción de la comisaría 11ª. Ahí donde resaltan el barrio Municipal, el Fonavi de Grandoli y Gutiérrez y el Parque del Mercado.
Es que desde que el viernes pasado Maxi N´, un chico de 19 años sin antecedentes penales, fue acribillado en Isola y pasaje 412 (ex Maestros Santafesinos), la zona quedó en estado de crispación. Una usina de versiones y promesas de venganza se abren paso. Una vez más el nombre del más chico de los hijos de aquel temible ex barra, surgió en la calle como apuntado por el crimen.
Todos los vecinos del barrio Municipal y su lindero Fonavi sabían ayer de los dos tiroteos que ocurrieron un día antes y que terminaron con la muerte de Maxi N´, no escapa de lo cotidiano. Una mujer, de 54 años, que tiene un comercio en la zona, describió que todo pasó alrededor de las 20.30 de anteanoche, cuando ella esperaba el colectivo en compañía de su hija de 33 años.
Miro el fondo de sus ojos plenos, sus ojos color de almendra que hablan de agradecimientos, y la triste sonrisa única que me dedica estallando en el aire aséptico que se cortaba con un cuchillo. “Como nos dimos cuenta que no teníamos tarjeta para el urbano fuimos hasta una granjita que queda a pocos metros de la parada. Al pasar por los baños, que están destinados a los colectiveros que terminan su recorrido, advertimos la presencia de un grupo de 10 pibes porque dos personas que se trasladaban en un automóvil rojo detuvieron la marcha y dispararon contra los chicos, que también respondieron a tiros la agresión”
Al ver que les contestaron a balazos, los del auto que para esa instancia estaban por Maestros Santafesinos al 4900, frente a los baños, aceleraron la marcha hasta Isola al 400 bis. Al llegar a la esquina hicieron un movimiento extraño, como si el conductor perdiera el control del vehículo, fueron marcha atrás unos metros hacia el este para luego acelerar para el lado de Grandoli, y en medio del tiroteo el chofer de uno de los colectivos que estaban estacionados le gritó que se subieran y aceleró. En ese momento, un disparo ingresó por el vidrio trasero del transporte urbano que siguió hasta Grandoli, donde el chofer dejó a la señora y su hija para luego guardar el coche en el galpón.
Las agresiones no terminaron ahí sino que, cuando la quiosquera se bajó, vio que el auto quedó abandonado por Isola a pocos metros de Grandoli. Ella sin mirarme, tal vez con nuevos miedos mezclados con una creciente vergüenza, se precipita repentinamente en una casa, presumo que es la suya. Yo acercándome como un intruso, como una sombra deslizada, estoy a un metro… ahora a quince centímetros… tal vez cinco, esperando una posible palabra suya. “Después las personas que se quedaron me contaron que volvieron dos pibes en moto y ahí fue cuando lo matan al chico”, dijo con una pizca de vergüenza adolescente.
El crimen de Maxi N´, la mención en boca de los vecinos, el rumor de calle de que la tumba del ex líder del paravalanchas en el estadio había sido violentada —en la semana posterior al que hubiera sido el cumpleaños de Tito, como también se reconocía al ex barra—, colocaron al barrio en tensión.
Plomo y muerte. El viernes a las 20.30, mientras un coche de la línea 107 hacía tiempo en la punta de línea, se desató esa balacera importante. Desde un auto rojo ocupado por cuatro hombres abrieron fuego contra un grupo de 10 o 15 muchachos que estaban en la plazoleta Rodolfo Walsh.
En ese grupo, que según confiaron los vecinos no integraban simpatizantes leprosos adherentes a la barra, estaba Maxi N´ quien terminaba el secundario en la escuela de Anchorena al 200 y que tiene dos hermanos. Del grupo donde estaba Maxi N´, alguien contestó el fuego. "La gente corrió a todos lados pero los pibes sacaron revólveres y se armó un tiroteo bárbaro, casi me infarto", relató la vecina.
En medio del tiroteo, un proyectil impactó en el colectivo de la 107, cuyo chofer salió a toda velocidad del lugar. En tanto, el auto rojo tomó por pasaje 412, subió a la vereda y chocó contra una columna de material frente a un quiosco. A pesar de eso no detuvo su marcha y rechinaron las gomas para salir a la carrera por Isola. El grupo de pibes de a pie, en tanto, se dispersó.
Tal vez entendiendo que como nada habían hecho podían estar tranquilos, Maxi y otro amigo caminaron a uno de los playones de los monoblocks. Minutos más tarde apareció una moto con dos muchachos que los interceptaron y balearon a Maxi. Ahí surgieron dos apodos: Pitu y el de A´, el hijo más chico de aquel ex líder de la tribuna y hermano de Chapu Loreto. Ellos serían los pibes de la moto.
Por fin, digo por fin porque toda cosa debe tener su fin, y ésta lo tiene. Con cierto alivio escribo estas últimas frases tratando de disolver una angustia espesa, tibia, repugnante, que baja lentamente por mi garganta hasta asentarse en mi estómago.
Con la lluvia abofeteándome la cara, la fría lluvia de invierno que restalla sobre el pavimento de la calle desierta, la avda. Grandoli tiene su marca de miedo y ello se nota.-



Texto agregado el 15-08-2011, y leído por 274 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
03-03-2012 Ya lo creo que tiene su marca de miedo la avenida y todo el vecindario. Todos armados, gran violencia. Muy cotidiano, por desgracia, y muy bien relatado. chilichilita
08-09-2011 Espero que no pienses que el gobierno tiene la culpa de esto. Seguramente dirás que es "inseguridad". malnacida
26-08-2011 Magnífico relato, mitad periodístico, mitad literario, pero muy creíble. Nos hace imaginar que ocurre en Rosario, de donde los ingenuos porteños, creemos cualquier cosa. Felicitaciones zumm
 
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