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El edificio en la esquina de mi casa, sin saber la razón por la cual lo recuerdo ahora, lo digo: es de un color azul. Tiene aproximadamente quince niveles y, de lunes a viernes, las puertas están abiertas al público. La mayor parte del tiempo se les ve salir a cientos de personas por las puertas de cristal. Las hay de todo tipo: jóvenes perfectamente acicalados, con sus vestimentas muy bien almidonadas; también los hay más viejos, hombres y mujeres en edad madura, éstos los más.

Por las mañanas, sentía el placer de pedir a María que pusiera mi silla en la puerta de la casa y esperar. Durante el lapso de siete y media a nueve de la mañana, las personas entraban por montones. Observaba sus ropas e imaginaba las madres o esposas que se levantaron muy de mañana para hacer que esa pulcritud fuese posible. Veía sus cabellos y me gustaban. La mayoría muy guapos, bastante cuidadosos de que esa figura de gentleman se mantuviera a la vista de todos. Muchas veces su rostro denotaba un placentero orgullo al comparar sus ropas con las de otros compañeros de oficina, con los compañeros de elevador, o con cualquiera que pasara a su lado, sin desmeritarlo, solamente por el afán de sentirse parte de un lugar en el mundo.

Todavía recuerdo —tal vez hace más de cincuenta años— cuando ese edificio no existía. Había un pequeño parque donde por las tardes una señora vendía comida. Un hombre bastante mayor se sentaba a vender juguetes de plástico, que por aquella época solían ser la novedad de la ciudad. La gente iba y venía en su paseo de la tarde. Obviamente, en esos días no tenía esta salvaje costumbre de sentarme en la puerta de mi casa y observar a los demás. La ciudad, o más bien, la parte de acá de la ciudad, ha cambiado mucho. El parque se ha convertido en un enorme edificio, que no se ve tan mal como algunos lo quieren hacer creer. Mató muchos recuerdos, al menos en mí. Un día caerá y no quedará absolutamente nada. Ni piedra sobre piedra, pero eso no lo alcanzaré a ver.

Porque una persona a mi edad qué otra cosa podría hacer. Estoy muy vieja para buscar algún parque, sentarme durante toda la tarde y esperar a que las palomas de la iglesia se apiaden y bajen para que les dé un poco de comida. También estoy muy vieja para ponerme a pensar en los días que se han ido; sí, cuando se tiene mi edad no es verdad que se recuerda mucho. Se observa mucho, sí, pero los recuerdos van quedando como en un lejano sueño. Tal vez sea una ventaja. Tal vez no.

A las nueve de la mañana llamo a María. Ella viene y ya sabe que debe entrar para ponerme al lado de la mesa y comer, para luego acostarme a dormir un rato. Es la rutina. No es nada aburrida, porque todas las mañanas veo personas distintas y ellas no pueden ni siquiera imaginar que están siendo observadas por una anciana decrépita. Y si lo supieran, estoy segura de que no les importaría. Cuando me acuesto, me quedo pensando un largo rato en cada uno de los gestos, los rostros y las distintas ropas que he visto. Es mi manera de ir contando ovejas y quedarme dormida.

Al filo de las doce del mediodía me levanto. Mi rutina: tomar un poco de agua, buscar mi bacín para vaciar mi vejiga y mis intestinos, y luego trato de estar en el patio de mi casa un largo rato, mientras llega la hora en que las noticias están en la televisión. María me lleva a la sala y le doy las gracias. Ella, tan buena que es, se sienta a mi lado y de cuando en cuando me pregunta cualquier cosa sobre algún personaje o tal vez sobre anuncios, que los hay muchos, demasiados, siendo que se podrían simplificar. Por ejemplo, le decía a María, en un mismo anuncio meter el de las camisas, el de los pantalones y los cigarros con la cerveza que está de moda. De haber sido publicista, seguramente habría tenido éxito, porque veo las mentes jóvenes creando y me dan vergüenza. Actuaciones muy pobres, diseño de vestuarios y ambientes espantosos, sonrisas que no convencen ni a un niño de cinco años. Las noticias casi siempre son las mismas, variando de lugar, variando de circunstancias, en general las mismas.

El cuaderno donde apuntaba los nombres de cada uno de esos que morían, está lleno. No estoy segura si mi actitud era la de una vieja cínica, que a falta de mejores cosas que hacer, o a falta de movilidad, se empeñaba en apuntar nombres y datos innecesarios. Para guardar una memoria de lo que sucedía, de lo que pasaba en la televisión, pensaba yo. Pero cinco años son suficientes, o fueron suficientes, para dar término al cuaderno, y cada vez que vuelvo a la primera línea, veo el nombre y he olvidado quién era esa persona. Sólo dice Daniel Santiago, 28 años, dos tiros en el pecho. Y revuelvo mi memoria, tratando de hallarle un feliz término a lo que trato de recordar, pero es inútil.

Cuando mamá falleció, yo estaba rondando los casi cincuenta años. Ella había pasado el límite de la vida, y no puedo negar que haya sentido una gran pena por aquellos años; pero ahora, cuando veo esos fantasmas rondando el féretro de mi madre, no me deja de causar gracia cómo muchos sentíamos tristeza por ella, cuando a esta altura de la vida soy yo la que siente tristeza por los que se quedan; y me causa mucha mayor gracia pensar que me llorarán, que sentirán mi ausencia cuando yo sólo quiero morir.

Alrededor de las cuatro de la tarde salgo a esperar la salida de las personas del edificio. Muchos salen un poco más temprano. Las caras son distintas, los trajes ya están un poco arrugados y, no sé, creo que me gusta más esa imagen de verlos abstraídos y perdidos en otras cosas o pensamientos, con la decadencia del día reflejada en sus rostros, en el caminar un poco más presuroso pero desesperado; sus ropas arrugadas, lo mortecino del color de la tarde y mucha prisa por llegar a algún lugar.

Después de estar dos horas en la puerta, María me viene a buscar y entro a comer pan con café. Es uno de los placeres que no puedo disfrutar como quisiera a causa de la diabetes. A veces a escondidas, a veces a trazas, a veces a trompicones, pero siempre entro en mi habitación después de eso y duermo. Me gusta pensar que las cosas pueden mejorar mañana, o que esta silla de ruedas es sólo una ilusión que no he aprendido a deslindar de mi realidad.

Cuando estoy en la cama tal vez sea lo mejor de mis días, pues me detengo en cada uno de los rostros que he visto en el día, y trato de imaginar sus problemas y sus probables soluciones. A veces pienso que el mundo no tiene arreglo o que el mundo está mal por las cosas que les pasan, pero luego caigo en cuenta de que todo es una ilusión mía. Siempre he pensado que a Dios le pasa lo que a mí, que de pronto se da cuenta de las cosas, imagina sus soluciones, y, como yo, lo hace simplemente para que le dé sueño y pueda descansar.

Pero hoy no podré salir. María me ha dicho que la fiebre está más alta que de costumbre. Yo respondí que podría abrigarme bien. Me dice que ya es tarde. Por un rato me he enojado con ella, pero me he puesto a pensar por qué me cuida tanto. Nos hemos sentado frente a la televisión al mediodía y la fiebre subió más. Ella me llevó a la cama. No sé por qué he recordado tanto el día de hoy; tal vez sea un efecto de la insulina. María deberá inyectarme en quince minutos. No quiero que lo haga. La verdad es que estoy muy cansada y sólo quiero dormirme y que todo haya pasado, aunque tal vez no me atreva a salir nunca más. Hoy la gente me ha dado miedo y no quiero ni pensar por qué.

Son las tres de la tarde. Mañana, sí, tal vez mañana las cosas hayan mejorado y tengan una forma distinta de ser vistas. Pero si mañana faltara a la puerta, como hoy, no creo que se me eche de menos, ni nadie hablará de la pobre vieja inválida que se sentaba a ver a los que entraban en el edificio.

No, no creo que se me extrañe, ni siquiera porque tal vez mañana amanezca muerta.

Texto agregado el 01-08-2011, y leído por 370 visitantes. (5 votos)


Lectores Opinan
30-05-2015 Sat 30 May08:18 madrobyo No tenés puta idea de lo que es trolleo, putita mejicana. PrincipeNegroMx
08-08-2011 Eps, mírame, yo dando consejos. Digamos que estaba pensando en voz alta. Selkis
08-08-2011 Nos adentras en la mente de la anciana y lo haces muy bien. Pero estoy de acuerdo en que el final es demasiado empalagoso o lo alargas demasiado, o yo qué sé. Creo que recurriste al "justo es hoy el día en que se muere" para justificar la descripción. Quizá deberías haberla metido en la cama a dormir y punto. Selkis
05-08-2011 Por lo general es igual a lo de antes y lo de siempre. Es la nada. 1* Aquenomepescan
03-08-2011 Muy buen relato. La única observación que le haría sería haberlo cortado en la frase del penúltimo parrafo A VER A LOS QUE ENTRABAN AL EDIFICIO. p Por lo general muy bueno. FELICITACIONES. monicapilar
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