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La familia de Doña Aracne

Jacinto y Felipe nunca se casaron. Después del incendio quedaron solos en la enorme casa. Cuando volvían del cuartel, Felipe tomó la costumbre de pintarse los labios y ponerse un vestido con el canesú bordado, y esto a su hermano le divertía hasta el punto de confesarse, que le gustaba ver ese revoloteo de faldas a su lado.
Antes del incendio, además de Jacinto y Felipe, vivían en la casa el hermano mayor, Herminiocon su esposa Vechi, la hija Bibi, los siameses y doña Aracne, madre de los tres hombres. La anciana pasaba sus días tejiendo algo que empezó siendo una bufanda, pero ya formaba un ovillo imponente que debía tener más de docientos metros de largo y que no se sabía para qué servía. Utilizaba la lana, el algodón y los hilos que le dejaban en la puerta de su habitación. Era una loca pacífica mientras tenía hebras para sus dedos, pero se volvía furiosa y rasgaba cuanto género encontraba si no los tenía. Cierto día estuba tan alterada que rompió en tiritas el mantel, que por otro lado, era el único que poseía la Vechi, su nuera. Desde entonces no lo repusieron ya que huéspedes importantes, en esa casa, no aparecían.
Como comenzaba a tajear las cortinas, Jacinto, que era el más rápido andando en bicicleta, fue al pueblo y compró cinco kilos de lana. La vieja se calmó y desde entonces pusieron en la puerta de la iglesia, con permiso del cura, una canasto para la recolección de ovillos y ropas de lana para retejer. La vieja Aracne vivía así tranquila, alejada de la familia, en una habitación del fondo de la casa. La locura de Aracne era hereditaria, de manera que sus descendientes estaban bajo la amenaza de recibir un día u otro el regalo genético. Ya en los nietos siameses, se empezaba a perfilar esa vena de demencia, que los hacía muy raros. La Vechi notaba con tristeza que sus hijos (uno albino ,el otro mulato) se estaban apartando de la cordura y probablemente por eso sufría insoportables dolores de cabeza. Los siameses murieron ahogados a los trece años. Uno de sus zapatos apareció en esa parte donde el río corre más veloz y es más profundo y supusieron que habrían caído peleado, como les era habitual. Cuando el moreno decidía ir hacia adelante, era seguro que el albino quisiera retroceder. Cierta vez estaban en el baño haciendo sus necesidades y el negro quiso levantarse, pero el albino, más lento en todo, se oponía. De tanto tirar de aquí para allá forcejeando con sus culitos pegados, terminaron por romper la taza del inodoro.
El día de la desgracia, la familia no se preocupó hasta tarde al no verlos regresar del colegio. Supusieron que se trataba de una de las tantas bromas que los desdichados inventaban para divertirse a costa de los demás, que si no, su situación hubiera sido como para llorar a gritos

Cuando los siameses hacían una de las suyas, la madre no los castigaba, decía que tenían suficiente castigo con cargar cada uno con el peso del otro a sus espaldas. Al día siguiente se enteraron de que en un recodo del río, a docientos kilómetros del pueblo, había sido hallado un cuerpo, que luego se verificaría que en realidad eran dos cuerpos con tres zapatos. La Vechi sentía que el nacimiento de sus monstruitos era un castigo divino, pero a pesar de que se había vuelto atea desde hacía mucho, este pensamiento la llenaba de angustia. No sabía si no hubiera preferido ser medio ida como los demás, ya que su cordura la hacía más sensible . Mientras todos estaban en el trabajo o en el colegio, tenía mucho que hacer con el orden, la limpieza, las compras y la comida, pero cuando volvían y hubiera deseado un poco de tranquilidad, la casa se llenaba de ruidos y ajetreos. Los siameses y los cuñados bomberos eran los que más molestaban. También la vieja Aracne armaba barullo al atardecer, cuando dejaba las ventanas de su cuarto de par en par abiertas para que entraran en su cuarto todos los pájaros que revolotebaban por el lugar. Las aves armaban un gran alboroto. Llegaban en bandadas, atraídos por las larvas que encontraban entre las cintas de metros y metros del interminable tejido. Al mismo tiempo que alimentaba a los pájaros, la anciana liberaba de bichos la habitación, de los cuales tenía varios ejemplares en el cabello y en la ropa.
A causa de esa invasión de gusanos, la Vechi dijo que haría desinfectar el cuarto, pero Aracne se opuso amenazando un ataque de los suyos. No quería que afumigaran, ni que tocaran su tejido, ni su persona. Desde entonces nadie entró en la habitación y tomaron la costumbre de dejarle la comida fuera de la puerta y retirar sus excrementos en un tazón, que la anciana ponía en la bandeja, junto a los restos de comida. Quienes querían verla podían llegar hasta su ventana, aunque estaba ya muy opaca a causa de los pájaros. Allí los hijos saludaban a su madre, que tejía incansablemente y los mirabacon mirar ausente. El rumor de las aves, los ensayos de Jacinto y Felipe, que hacían parte del la banda del cuerpo de bomberos; (trompeta Jacinto, tambor Felipe), le procuraban a la Vechi unos agudos dolores de cabeza, que según el médico se llamaban migraña. Y hubo veces en las que la migraña le tomaba la mitad de su cara, el ojo y los dientes.El repetirse de los malestares que la atormentaban sobretodo los domingos, le obligó a buscar una solución. Adaptó a sus necesidades un lugar que llamó MI ESPACIO, y allí se encerraba durante horas para escapar al pandemónium familiar, porque Herminio también aportaba lo suyo, con los partidos de bochas que organizaba con sus amigotes en el patio delantero de la casa. Una inutilizable glorieta del jardín fue el lugar elegido, le hizo cerrar los lados y poner una puerta, dejando sólo una abertura en el techo para dejar pasar aire y luz. Su deseo de que nadie, nadie, entrara cuando estaba, ni cuando no estaba, fue acatado. “ES MI ESPACIO” decía marcando tanto las sílabas, que fue claro que hablaba muy en serio, ya que nunca usaba un tono tan categórico para decir las cosas. El único inconveniente del refugio, era que después de las lluvias quedaba hecho un pantano hasta que se secaba el agua, que se había filtrado por el techo. A causa de la humedad, creció dentro una jungla. Las plantas se estiraba hacia la luz y estaban invadiendo el poco lugar que había. A la Vechi no le molestaban, cortaba sólo las que se metían debajo de la red que había tendido de pared a pared, porque le hacían cosquillas en la espalda.

Lo que proporcionaba el sustento a casi todos los habitantes del pueblo era una industria de pepinos en vinagre. Los hombres trabajaban en la línea de montaje, otros en el lavado y selección de los pepinos. Los envases ocupaban a una parte de las mujeres, mientras que otras se dedicaban a la confección y pegado de las etiquetas. Muchos estaban encargados del embalaje, el envío a la capital y la distribución en los pueblos cercanos. Desde que surgió la fábrica no hubo desocupación en el pueblo y Herminio, que trabajaba en la contabilidad, era de los más acomodados. Su trabajo era muy apreciado porque no había tenido nunca una falla en los libros, ya que conseguía emparejar los balances, propinando algún pepino al haber y sacando otros del debe, hasta que todo cuadraba.
Otras de las ventajas de la producción, era que a furia de ver y manosear pepinos, la actividad sexual de los habitantes aumentó notablemente y la población crecía a pasos agigantados.
Después del nacimiento de los mellizos Herminio y la Vechi no se atrevieron a traer al mundo otros niños. El accidente en el río fue considerado tácitamente como una liberación para ellos y para la familia, porque si ya peleaban por cualquier cosa, imaginarse los problemas que podrían surgir cuando los dos estuvieran con las hormonas alborotadas.
En la casa quedó sólo la primera hija del matrimonio, Bibi, que trabajaba en la etiquetación de las latas. Era una muchacha de aspecto bastante común, pero cuando una ancha sonrisa iluminaba su rostro se volvía casi hermosa. Sus dientes centellaban como granos de choclo; desparejos y amarillitos. A pesar de haber nacido sietemesina, Bibi era muy desarrollada y siguió siendo una niña robusta hasta la edad de los 16 años.
No daba trabajo. Era obediente y lo que la caracterizaba era su deseo de ayudar y agradar a todos. No podía soportar que alguien pensara mal de ella y se despojaba de todas sus pertenencias con tal de hacerse querer. Llegó al punto de no tener con qué vestirse y tuvo que recurrir a los vestidos de la madre que le quedaban enormes. Cuando ya no pudo ofrecer nada más, pensó que debía dejar de comer para no privar a nadie de alimentos. Poco a poco perdió los quilos excesivos, luego los superfluos y después los necesarios, hasta quedar en puro hueso y tan delgada, que se había vuelto transparente. Su madre afirmaba que era capaz de leerle los pensamientos entre las cejas. La Vechi sabía de dónde le venía a Bibi la inclinación por las dádivas y la tendencia a flagelar su cuerpo con ayunos de faquir, amén de su carácter caritativo y piadoso.
También sabía que las extravagancias de la hija, que ya tenía casi veinticinco años, no provenían de un amago de locura familiar, ya que su padre era quien ella bien sabía, pero el santo hombre había eludido su responsabilidad, y al tomar conciencia de las consecuencias del pecado cometido, se había hecho transladar a mucha distancia de los reproches de la Vechi y de los llantos de la niña, que aunque estaba todavía en el vientre materno, debía llorar a cántaros, dada la frecuencia con que la madre corría a aliviar la vejiga.
Jacinto y Felipe querían mucho a su sobrina y decidieron que lo que le hacía falta a la chica era un poco de alegría y distracción y la vistieron con unas sábanas, diciéndole que iría disfrazada de “reina de la noche” y la llevaron a la fiesta de carnaval del cuartel de bomberos, para que se encontrara en un ambiente distinto al de las cuentas de pepinos del padre, las migrañas de la madre y los pájaros de la abuela.
Bibi les acompañó con docilidad y, en efecto, una vez en la fiesta, no desentonaba con su vestido de sábanas y el ritmo de la música le hizo cosquillas en las plantas de los pies, le subió en temblores por las pantorrillas y comenzó a balancear rítmicamente el cuerpo descarnado. En menos de dos salsas bailadas con un muchachón gordo, (que siempre es válido eso de que los extremos se atraen), se entusiasmó con la fiesta, se acercó a la mesa donde además de pepinos había sándwiches y tortas y comió por todo lo que no había comido en los últimos meses. Sonreía con todo el esplendor de su choclera y el joven, notando el efecto que hacía en la muchacha se ofreció para mostrarle las instalaciones del cuartel, que ese día estaban desiertas. Como ella estaba siempre dispuesta a dar, ese día le dio al gordinflón lo único que todavía no había concedido a nadie.
Desde ese día, Bibi se olvidó de la anorexia y de su manía de dar sin recibir y cuando el bombero gordo fue transladado a otro cuartel, no le importó un pepino, porque se había vuelto normal, cosa confirmada por su médico. Ella preguntó si la anorexia tenía relación con el hecho de haber nacido sietemesina, a lo cual el galeno sonrió mostrándole la carpeta de su historial médico, donde constaba que había nacido a término y con un peso que hubiera obtenido el premio Guiness de los sietemesinos gordos. La revelación hizo que al volver a su casa se mirara bien al espejo, observara atentamente a Herminio y después de los exámenes oculares en los cuales constató que ninguno de sus rasgos correspondía a quien desde siempre llamaba papá, fue derechito a espetarle a su madre”¿ y...se puede saber de quién soy hija yo?”
La pregunta la tomó tan de sorpresa a la pobre mujer , que ipso facto le atacó la migraña más graña de su vida y corrió a encerrarse en MI ESPACIO. Bibi, entró en la glorieta transgrediendo la prohibición y repitió la pregunta. Exigía saber quién era su verdadero padre. La Vechi se sentía tan mal , que para que se fuera de una vez y la dejara en paz, le reveló que su padre había sido el cura de la iglesia hacía más de veinticinco años, que lo habían transferido a otro lugar antes de que ella naciera y que ahora era cardenal en Roma.
Tal como había sucedido con los siameses, la ausencia de Bibi de la casa no preocupó a nadie al principio, pero al día siguiente notaron la falta de un bolsón y se dieron cuenta de que en su cuarto la foto en blanco y negro de los siameses había desaparecido.La certeza de que se había marchado para siempre la tuvieron al descubrir que se había llevado algo más.
Probablemente en retribución a lo mucho que había dado a todos, se apropió de los ahorros que Herminio guadaba dentro del inodoro roto por los siameses y que ahora ocupaba un rincón del dormitorio. El escondite no era un secreto para nadie y todos lo llamaban “la caca fuerte.”
Al comprender que su hija los había abandonado La Vechi, dijo en vena de originalidad: así es la vida, los gorriones se van del nido cuando aprenden a volar, y agregó que todos los caminos conducen a Roma y con eso cerró la boca y no comentó nunca más la ausencia de la hija. Herminio, desesperado más por la pérdida de sus ahorros que por la ausencia de Bibi, empezó a beber más de la cuenta, y comenzó a faltar a la oficina y a equivocarse en los balances de los pepinos.
Entre él y la Vechi subentró una frialdad glacial que les impedía comunicar con palabras y también con la otra cosa, para la cual no se necesita hablar.
Un día, la abuela Aracne apareció en el comedor cuando todos estaban cenando y declaró que había ido a despedirse, porque al día siguiente pensaba morirse. Todos se asustaron, porque como hacía mucho que no la veían habían olvidado sus semblanzas y esa que tenían delante parecía una bruja. La voz era la que recordaban y los gusanos que le colgaban de las guedejas también eran los de ella. Los tres hijos la saludaron respetuosamente y le preguntaron si quería acompañarles en la comida, pero ante su negativa preguntaron a qué hora pensaba fallecer. La vieja dijo que ella no sabía nada de horarios pero que al día siguiente, cuando los pájaros llegaran a su habitación, como todas las tardes, estaría muerta. Antes de que se fuera, la Vechi ,que no hablaba desde que se había ido Bibi, le preguntó por qué había decidido morirse. La anciana le contestó con voz cansada: “porque ya no tengo ganas de tejer “
Que estaba más loca que una cabra todos lo sabían, pero sus palabras sonaron muy cuerdas y cada uno las interpretó a su manera. Jacinto y Felipe comentaron algo entre ellos, Herminio se sirvió otro abundante vaso de vino y la Vechi se fue a MI ESPACIO para digerir las palabras de la suegra.
Al día siguiente un hecho insólito atrajo la atención de toda la población. Las sirenas sonaron con toda su potencia; se había declarado un incendio en la fábrica. El único camión del cuerpo de bomberos, llegó al lugar que distaba a cien metros del cuartel, en el tiempo récord de media hora. Herminio se encontraba en la oficina junto con otras personas, pero se preocupaban más por echarle la culpa de lo que estaba sucediendo, que por ponerse a salvo. Le gritaban si se había vuelto loco ; había prendido fuego a los libros de contabilidad porque las cuentas no le tornaban. En menos de nada ,las llamas bajaron por la escalera como si alguien las hubiera llamado de urgencia.
Los obreros de la planta de producción salieron al abierto, pero en la oficina seguían discutiendo con creciente calor a causa de la irresponsabilidad del contador. Las palabras: loco, demente , chiflado, empezaron a chisporrotear de boca en boca y siguieron perdiendo tiempo. Cuando quisieron ponerse en salvo, vieron que la escalera se había desmoronado y estaban atrapados en el tercer piso.
Los bomberos no poseían escalas tan altas y la solución más rápida fue incitarles a arrojarse por la ventana sobre un montón de colchones para atenuar las caídas que los voluntariosos vecinos habían acumulado en el suelo.
En ese mismo momento, en la casa, Aracne cerró con un fuerte nudo el último punto de su tejido, abrió las ventanas de par en par y arrojó hacia afuera el rollo de la absurda bufanda para que los pájaros terminaran de limpiarla de gusanitos y lombrices y se acostó a dormir el último sueño, que no tardó en llegar.
Enterada del incendio, la Vechi corrió hacia allí en batón y pantuflas y llegó justo en el momento en que el penúltimo de los oficinistas caía como una bolsa de pepinos sobre los colchones. El único que aún no había saltado era Herminio, el cual apareció por un momento en el vano de la ventana, dedicando a los espectadores un saludo de payaso y una inconsciente sonrisa beoda. Le gritaban que se arrojara, pero nunca se supo qué le impidió hacerlo. Una vez dominado el fuego, los bomberos lo encontraron muerto al pie de la escalera destruída , con la nuca quebrada y la cabeza péndula.
Apenas supo lo sucedido, la Vechi regresó a la casa, tomó dos o tres cosas y sin esperar a ver a su marido muerto, así como estaba, montó en la bicicleta de Jacinto y se fue del pueblo.
Quién sabe si por un juego de los pájaros o un capricho del viento, el extremo de la bufanda de Aracne quedó enganchado en el guardabarros de la bicicleta y la mujer la fue llevando tras de sí como una cola interminable, que aún a varios kilómetros de distancia de la casa, seguía desenrrollándose.
La Vechi encontró esto de lo más normal. Pensó con toda su sensatez, que se puede abandonar el lugar donde se vivió media vida, pero no se puede evitar el seguir arrastrando una larga secuela de recuerdos.

Lectores Opinan

2011-04-27 05:17:31 Si definitivamente "realismo magico" muy bien ¡un abrazo! emihdez

2011-04-27 05:15:49 ¿Te inspiraste en Úrsula? para el personaje de Aracne, cuando irrumpe en el comedor y les baticina a sus familiares su futura muerte me recordo a Úrsula cuando sale al cortejo funebre ¿de quien era? ¿el coronel Marquéz? y le dice: -diles a los mios que allá los veo, ire a verlos en cuanto escampe... Genial el Gabo, como escapar de su influencia ¡un abrazo! emihdez

2011-04-22 22:32:20 El relato nos cuenta la historia de la familia de Doña Aracne con toda su problemática, los personajes se aproximan a “tipos”: doña Aracne enferma mental, sus nietos siameses, la nieta que no es la nieta, en condiciones rutinarias de vivir en un pueblo de pobrezas y angustias sin identidad ni esperanza de futuras mejoras, así el personaje de Bibi se acentúa y las situaciones se agudizan ante la falta de respuestas con angustia y desesperación, que termina por abandonar la casa de la abuela y todo el nefasto entorno que la rodea. Se lee una tendencia neorrealista social en su escritura, artística, por cierto, en modo o tendencia en la narración de situaciones enfadosas. Muy entretenida e interesante historia, bien escrita, me gustó. zimarron

2011-04-22 18:31:47 La claridad, la sencillez con que escribes, hace que el lector se amarre a la historia, al personaje principal y quienes le rodean. Todos ellos tienen un atributo, una conducta, un recuerdo. El fin la industria es el fin de una familia que ya se había venido desmoronando. Aromas de un realismo mágico que como la bufanda de aracne nos persigue... Un beso y un abrazo querida amiga Rub sendero


Texto agregado el 28-04-2011, y leído por 308 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
28-04-2013 Un enredo familiar, la historia de una saga. Me recordó a Gabo, en su saga de "Cien años de soledad", salvando las distancias. Me encantó leer este relato lleno de imaginación y creatividad. Enyd
13-04-2013 me encanto, muy entretenido******* pensamiento6
03-02-2012 Lo mas entretenido que leo hasta ahora. Te felicito. Me encanta la imagen de la bicicleta arrastrando la bufanda gigante, debe parecer que la sigueun arcoiris... de lana. pantera1
20-06-2011 Me gusta lo diverso de tu genero...eres un talento.saludos atte perres(el cuento...genial) perres
17-05-2011 coincido con lo del realismo mágico... con unos pequeños toques quedaría perfecto.... seroma
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